viernes, abril 23, 2010

El libro y el hombre

Que grandeza cabe en el hombre que se le concede poder ser escritor, lector, opinador y todo ello incluso al unísono si hay dotes. Qué maravillosa libertad la de no tener que renunciar a nada y transigir que el intelecto se sacie de experiencia ajena sin temer la divergencia ni acusarla de molesta, mientras ésta sea bien servida. El libro no es inerte y sí puede molestar al que se molesta con los hombres, porque son palabras de hombres, son su legado y no se puede separar a uno de los otros. Uno se puede hacer dueño del papel y apropiarse de su cultura como un avaro acumula riqueza, pero lo grandioso de la lectura es lo que se extrae de ella, tanto lo que se da de uno mismo como lo que se recibe del autor, de manera que alabar un libro es otorgar un cumplido al hombre sin mirarle a la cara. El libro aún diciendo lo mismo puede lograr lo que no consigue el hombre entre los que no son suficientemente hombres, porque en la solitaria intimidad de la biblioteca se soslaya el orgullo del que sigue siendo interlocutor. Por eso conocemos a hombres que coleccionan cultura como trofeo y cuando hablan dan datos y más datos y otros no los dan, simplemente los practican. ¿Sabiduría o cultura en propiedad? El libro está ahí y los hombre escogen, siempre los hombres.