martes, junio 14, 2011

¿Democracia real?

Me llama la atención el nombre que pongo en el título. He de confesar que ignoro si es un clamor, un eslogan o el nombre de un grupo de indignados, pero cada vez que ojeo algún periódico observo noticias de personas que se piensan amparadas por la autoridad moral que les brinda esa frase.

Desde este instante, ya podemos eliminar la idea de democracia tal como está instituída y determinar tan democráticas y válidas cualesquiera acciones que se les ocurran a un grupo de ciudadanos, estipulando como requisito esencial que sean lo suficientemente numerosos como para que cuando se manifiesten, constituyan un problema serio para la Administración y concretamente para las fuerzas del orden. A fin de cuentas cuando se habla de "democracia real" se está dando a entender que la democracia existente no merece el calificativo que se otorgan los indignados y por tanto no se reconoce la legitimidad de la misma.

Entramos en época de simbolismos azuzados por populismos y manipulaciones sentimentales a escala global tan en boga en tiempos difíciles y por tanto, se hace necesario disponer de "guías" que lleven de la mano al resto. Los porcentajes que constituyen esas personas que exigen lo que sea que exijan no se corresponden con el ruido que levantan y los altavoces que llegan a mover son desproporcionados y muy amplificados siguiendo la mera justicia numérica. Es posible que ello aumente exponencialmente gracias a que, por ejemplo un oportuno sondeo de opinión formado por escuetas y ambiguas preguntas nos de traslado del veredicto de una parte de la audiencia. Pero entonces, ¿Qué importan ya las elecciones democráticas si ya disponemos de grupos "macro" que nos resumen lo que quiere y pide la población de un modo alternativo? Por supuesto esta ironía tendría gracia si no fuera porque parece ser que internet hace posible los sueños de los más aguerridos. Aquellos que se les concede la pretensión de creerse cruzados por una causa siempre superior que justifica la imposición de su visión de las cosas al resto, aunque eso contravenga la máxima de igualdad que pregonan. La omisión, es decir, las personas que no están en la calle cuentan exactamente lo mismo que las que no están. Eso podría parecer obvio, pero me parece que es necesario recalcarlo. Porque la queja es el modo más efectivo de aglutinar gente que por otras razones jamás se pondría de acuerdo entre sí, de ahí que entre las doctrinas de índole social y moral, disponer de un enemigo objetivo sea la mejor receta para un éxito rápido.

Los arrebatos de indignación suelen ser tan intensos como breves, gracias a Dios. La indignación permite disculpar a personas que se salen de tono al reclamar sus exigencias que entienden justas por derecho propio. Provocan empatía ciudadana y solidaridad por un efecto espejo de los que se ven en situaciones parecidas o potencialmente parecidas. Nada que decir.

El problema viene siendo el que abraza a toda la sociedad de este siglo y que es el lógico resultado de su historia reciente: la elección de un tipo de principios que parece no han dado el resultado previsto y ahora se desean devolver, pero sin abandonar la idea central del principio descrito: la inmediatez.

Ya comenté en su momento en algún excéntrico artículo que los 80 fueron el cúlmen de nuestra sociedad de consumo extraordinariamente ejemplificada en el cine estadounidense. En el mundo occidental, por aquellos tiempos aterrizaba la deseada consecución de lo que exigía la juventud en los sesenta y setenta a padres bregados y hastiados de soportar esfuerzos y sacrificios por mantaner a los suyos debatiéndose entre la simple dualidad de honradez y picaresca. El choque de dos generaciones: una, la mayor, moldeada a base de disciplina, trabajo, rigidez e ilusiones sencillas y otra, la joven y pujante, mucho más confortable y flexible, deseosa de cambiar las reglas de todo para lograr grandilocuentes utopías, daba el mismo resultado que un metal al acercarse a un imán. La imposición de los más ruidosos, los que luchan o salen a la calle, los que gritan y exigen cualquier consideración sin importar tanto la que sea sino cómo sea.

Pues bien, en los 80, la forma de esos jóvenes cristalizó en todas las facetas que acompañaban a éste y que suele ser siempre el final de toda civilización y puerta de entrada de su decadencia: la búsqueda del éxito rápido. Es normal que el vigor juvenil no repare en reflexivas y aburridas consideraciones argumentales cuando las sensaciones pueden sustituir y gratificar con mucha mayor generosidad. Así, la sensación de vivir en la calle rodeado de gente como tú pidiendo algo al unísono en la creencia de que será lo mejor, no puede ser en absoluto comparable a procesos que requieran más esfuerzo (de contención) y resultados más pobres.

El éxito rápido y fácil es la consigna de la juventud y no se puede culpar a ésta de anhelarlo. De hecho, el éxito de una sociedad reside en el estado del pulso entre las exigencias de dicha juventud con los estamentos privados y públicos. Éste pulso conforma principios sobre los que la gente no suele reparar y que sencillamente están basados en la forma y no el fondo. Por eso, lejos de mi intención está el culpar en modo alguno la ambición del éxito. Eso sería mutilar la libertad de una sociedad. Lo importante aquí es el modo de tratar de obtener nuestras reclamaciones. Por ejemplo, una de las demandas que suelo oír con insistencia es la de listas abiertas en los sufragios. Desde mi punto de vista una "chuminada" que puede propiciar la entrada de seres carismáticos en lugar de eficientes y grises gestores con discutibles dotes de comunicación. La imagen al poder con tal de brindar al elector la posibilidad de realizarse señalando una casilla con unos nombres que un elevadísimo número de la población ni tan siquiera conoce.

El problema mayor con el que topamos con la rapidez, es la necesidad de imponer al resto nuestra visión de las cosas, de modo que adoptamos una perspectiva de utilidad a todo lo que rodea la cuestión y de ahí que se propicie con facilidad la aparición de bandos: favorables y contrarios. Una sencilla dualidad confrontada por la necesidad de la celeridad. Una aparente paradoja de quienes se supone desean el bien común, un par de palabras que es un eslógan quimérico.

Como decía anteriormente, en los 80 surgieron los "yuppies", engominados ejecutivos que con su agresividad se postulaban como desafiantes buscadores de oro y riqueza fácil, favorecida por posos de industrias forjadas con duro trabajo y esfuerzos de muchos años. A su vez, los medios de comunicación y entretenimiento nos ofrecían cada vez más recreaciones virtuales de éxito fácil al adquirir cualquiera de sus productos y los jóvenes apretaban para no tener que pasar por lo mismo que habían pasado sus progenitores para llegar a disponer de algo que se llamara vida. Desde ese instante, la motivación había dejado de ser otra cosa que material, aunque se disfrazara de derechos, utopías y espiritualidades. Los logros eran elementos tangibles que debían ser capturados por la fuerza antes que por la consecuencia de causas naturalmente lógicas. La juventud no valoraba la felicidad del proceso de la vida, sino un aparente y resplandeciente dorado que se constituía en requisito sine qua non para lograr algo parecido a la felicidad. Expectativas que se venden como productos cobran desde entonces cada vez más fuerza y protagonismo porque se da la tremenda paradoja de que son a la vez la causa que defienden y la que atacan sin percatarse de ello.

Se pone en manos o en mentes de personas una idea de mejora que lo que hace desde ese instante es justamente lo contrario, convertir lo que era bueno en insuficiente y quitar valor a lo cotidiano comparándolo con causas enormes revestidas de una justicia que no es más la respuesta al propio deseo. Así nos encontramos con pulsos de éxitos rápidos de infinidad de productos que tratan de destacarse confiriéndoles una pátina de autoridad moral, un manto de razón con la que pertrechar a sus seguidores. Entretanto, las causas de lo que sucede permanecen inalterables y completamente ajenas a las razones de los acusadores.

A fin de cuentas, el éxito rápido ha sido una constante de nuestra sociedad del que no hemos hecho ascos hasta que nos ha golpeado con dureza. Todos o casi todos nos hemos plegado a sueños vendidos por empresas conformadas por sus empleados, personas de carne y hueso que desean triunfar o ascender de una manera u otra. Porque al deconstruir el proceso siempre encontramos personas, y no entes malvados que trazan planes, que aunque los hayan, no podrían llevar a cabo sus planes si el resto fuera íntegro. No en vano, la tentación del atajo se convierte en epidemia con suma facilidad.

Hemos jugado con unas cartas y ahora deseamos cambiar esas cartas que antes nos daban victorias en las partidas y ahora nos han llevado a la bancarrota. El sufrimiento humano lleva a hacer lógico lo que sea con tal de sobrevivir, pero el halo de autoridad moral lo ponen personas que siguen avalando el éxito rápido en la venta de sus productos, sea de información, de ideologías o creencias. Los periódicos firmados por periodistas y editores nos iluminan sobre lo humano y lo divino cual homilía de sacerdote siglos atrás en el Medievo. Escogen los temas y nos los presentan con gráficos y mayor o menor notoriedad, a veces sazonados de opinión expresa, porque siempre existe la tácita, la inherente a una foto, composición sintáctica o mera inclusión o desaparición en una portada. En resumidas cuentas, un corolario de opciones limitadas y descritas por los informadores.

La democracia en un país se demuestra en las urnas nos guste o no. Lo demás es otra cosa pero no democracia. De lo contrario, cualquier ciudadano podría exigir lo que considerara oportuno en tanto se defendieran los derechos de queja de igual manera.

El éxito fácil se suele responder con palabras de apoyo y caprichos otorgados de quienes desean ser sus vendedores diciéndoles a sus clientes lo que desean oír. Los tiempos son difíciles porque la desesperación parece ser un valor en alza que sólo busca venganza ante cualquier enemigo objetivo que se ponga a tiro por los vociferantes vendedores de expectativas. El examen de conciencia y la búsqueda de mejora no son opciones, pues qué mejor que culpar a los demás sobretodo si nos arengan a ello constantemente.

Las fórmulas del éxito no han variado, ni la idiosincrasia del ser humano. De hecho, en la medida de que el hombre es hombre, lo demás seguirá funcionando de la misma manera, con iguales mecanismos. Antes girábamos la cabeza a un lado, ahora hacia el otro, menos pensar lo que haga falta. La sencillez de lo original se desprecia por soluciones magistrales que remedian la injusticia y dan caza a los malos que son los culpables de nuestros males.

Cuántos "malos" se han linchado o ajusticiado en nuestra historia y cuantas veces volvemos a repetir los mismos errores en ciclos. La igualdad pregonada como un valor ya no parece ser de derechos sino de iguales, o sea de homogeneizados individuos que deben dar y recibir lo mismo. Algo que favorece a los que recibían poco y quieren más. ¿Derechos? La misma ambición avalada y garantizada por la fuerza. La multitud de seres que pueblan la tierra no son iguales y sólo se respetarán si entienden la libertad de cada cual como un regalo y no como una ofensa. El respeto surge de cada individuo y el éxito rápido es lo que convierte a los demás en números o piezas para conseguir un fin. Los principios no son un producto para lanzar en la cara de alguien. Si se aplican, justamente se hará todo lo contrario, ponerlos en práctica uno mismo y no usarlos como armamento para vencer. Los principios deben beneficiar a uno mismo y a los demás por consecuencia. No se cambian ni adecúan en razón a los sujetos. Son universales.

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Un excéntrico pensador que emplea este blog sin concesiones a la mesura ni a la inteligibilidad