lunes, marzo 19, 2012

El gran Vázquez, algo más que una película

Recientemente he visto esta película, española y protagonizada por Santiago Segura. En ella se narra en un tono jocoso y satírico la vida y pendencias de un dibujante de historietas al servicio de la extinta editorial Bruguera. En realidad, el filme parece más un homenaje que el extracto biográfico de alguien de carne y hueso. Y eso es lo que me llama poderosamente la atención con los tiempos que corren.

He sido admirador de ese antiguo género de cine pícaro italiano que con frecuencia protagonizaban Marcello Mastroianni, Vitorio Gassman, Totó y compañía y que en los cincuenta y sesenta constituían todo un éxito en las salas de cine a ambos lados del Mediterráneo. Eran otros tiempos sin duda. La crisis global que ahora vivimos entre iPads, ordenadores de última generación y 3D, poco tiene que ver con pretéritas épocas de posguerra donde el individuo cobraba el protagonismo absoluto al depender únicamente de sí mismo y sus argucias para sobrevivir entre los demás o a costa de ellos si fuera necesario.

Para poner un poco en antecedentes, el metraje nos explica las artes y las malas artes de un dibujante de historietas que lleva a gala la estafa y el engaño como modo de vida, pero que, a tenor de lo aparecido en la película, también es el creador de Anacleto, agente secreto y otros personajes que marcaron una etapa de la niñez de varias generaciones. El objeto de estas letras, no es poner en tela de juicio al dibujante, sino la intención y decisión de figurarle como protagonista homenajeado en un filme. Algo cuanto menos, no curioso por habitual ya en nuestro país, pero sí interesante para conocer la mentalidad parcial y sectarista de una parte de la sociedad que además tiene el monopolio de la "cultura" cinematográfica y del humor en nuestro país.

El que escribe fue un fiel consumidor de Bruguera. Hasta tal punto que siempre me he preguntado como era posible que existiendo bastantes clientes entregados a la lectura infantil de ésta y otras colecciones de la marca, llegara a irse a pique. Incluso todavía conservo varias decenas de kilos en libros de esa editorial. Yo podría haber sido uno de esos niños que hacían cola para que les firmaran un ejemplar. En realidad no he sido mucho de hacer colas, pero no me hubiera importado conocer en persona a Ibáñez o a tantos otros que me hicieron pasar instantes memorables gracias a su cromática literatura. Super - Humor, Famosas joyas literarias, el Capitán Trueno o el Jabato eran algunas de sus puntas de lanza de las que me declaré ferviente seguidor.

Han pasado ya bastantes años y sabemos que para encontrar en el recuerdo de la editorial infantil más famosa de España, una parte de ese mundo de la "cultura" ha dedicado una película a un estereotipo concreto y determinado como espejo en el que se miran sus propiciadores para exportar al público. No se trata de dramatizar y con ello adoptar ese papel gris del que dice lo que hay que hacer. En realidad cada persona escoje entre lo disponible por muchas razones y yo pongo de relieve la opción de escoger al gran Vázquez en medio del siglo XXI azotados por una crisis a la que sin duda, los mismos personajes de la "cultura" no dudarían en levantar un linchamiento mediático por estafadores o explotadores. Menuda paradoja, y ya van....

Porque cualquiera que vea la película, notará que se trata de una comedia, sí, de esas que pretenden hacer reír y algo más. Una aprobación de un estilo de vida por parte de los responsables del largometraje que se contrapone claramente al censor precisamente de ese proceder, un oscuro personaje que además de feo y antipático, dice en ocasiones cosas tan lógicas o sensatas que le convierten en alguien recriminable y "timable" por el protagonista a discreción pero que encajaría perfectamente como funcionario moderno de cuentas públicas anti ricos - villanos. Así asistimos a la recreación de un producto sellado por el nuevo régimen que, desde esa versión simplista de buenos y malos que compone la democracia de pandereta, implica caricaturas tan sesgadas como algunas películas del oeste del Hollywood de los 40 valiéndose en la actualidad de la risa mordaz y de denostar el razonamiento como aguafiestas de ese carpe diem a la española.

Ahora bien. En un alarde de ingenio e ingente consumo energético neuronal, imaginemos al personaje encarnado por Torrente, es decir, Segura alias Vázquez frente a un ordenador manejando cuentas de otros o en el sillón de una oficina bancaria al uso. Ya no hablo, disponiendo de responsabilidades en el desempeño de competencias financieras como gran prócer ejecutivo. ¿Seguiría haciendo la misma gracia? ¿Existiría esa solidaridad o camaradería pícara que justifica el mal ajeno a costa de unas risas? ¿Titubearía el dibujante de disponer en sus manos de la jubilación de decenas de personas con las que poder darse la vida padre?

Parece ser que existe un gran número de personas, entre las cuales un elevado porcentaje están dispersas entre el mundo de la cinematografía patria, eufemísticamente de la "cultura" que tienden a simplificar la vida y las opiniones en caricaturas semejantes a los tebeos de décadas anteriores. De ese modo, pertrechan soldados. Soldados que son infiltrados en géneros de lo más variados para atacar a sus oponentes sin importar que derramen "sangre" de cartón piedra si ésta es de los enemigos.

La sanción - aprobación que merece el personaje miserable homenajeado en el filme se debe únicamente a ser el oponente del raquítico censor con aspecto de interventor de la postguerra. O dicho de otro modo. La mejor manera de hacer simpático a un estafador es contraponer un "coco" simplón que resulte más antipático a los que buscan risas sin seso ni reflexión.

La paradoja aparece cuando algunas de las conversaciones entre el malo y el bueno, sin el aderezo de prejuicios instigado por el perpetrador, llevarían a la conclusión justamente opuesta: a variar papeles de malo y bueno y acoger al rancio fiscalizador del régimen como sensato protector de bienes y confianza, y al simpático y dicharachero camarada vividor como un delincuente de bajo pelaje que sólo la habilidad de sus manos puede camuflar con invulnerable capa de artista bohemio y anárquico. El mensaje es claro: mientras no sea a mi, que timen a los demás puede resultar muy gracioso. "Todos somos Vázquez", que diría alguno, y desde ahí, ponte a esperar de tu país que funcione y que los responsables de lo bueno y lo malo acojan sus responsabilidades. ¡Ja!

Pero es que la incongruencia sigue. Cualquiera que tenga relación con el guión o dirección de esta historia, apuesto todo un céntimo de euro, que políticamente no dudarían en manifestarse contra el liberalismo económico y apelarían vehemente a censores de cuentas como el burócrata perseguidor de Vázquez y a pertrechar numerosos controles sobre los responsables internacionales de las finanzas para evitar estafas de gran calado que, individuos con una inclinación similar al protagonista, llevaron a cabo a gran escala, eso sí quizás con mayor o menor gracia. No en vano, el director, agudo él, como eximiéndose de responsabilidad por el ejemplo ofrecido, pone en boca del tramposo, palabras dirigidas a los camaradas de profesión (aquellos dedicados al robo y la estafa, no vayamos a confundir) la pertinente y supuesta eximente de los ladrones "buenos" y entona un clamor contra los poderosos porque "ellos sí que saben"...robar y estafar. Y así compañeros, tan contentos porque el malo es el que hace lo mismo pero diferente, el de la otra clase, el rico señorito. Es que aún hay clases. ¿Imaginan una película de un banquero estafador riéndose del vulgo en tono de comedia? Podríamos adjudicarle una habilidad circense o artística para buscar una mayor empatía, pero me da que entre dinero y ostentación por chistoso que fuera provocaría un levantamiento de los potenciales seguidores de la peli buena, la de el gran Vázquez. Porque tiene un sabor especial, un sabor nuestro, propio y latino con el que nos mostramos indulgentes. Es de los nuestros, es simpático, y un timo en sus manos, pues qué cojones, se aprueba... y a tomarnos unas cañitas. A fin de cuentas tampoco importan tanto los dramas de quienes le rodearon y el ejemplo ese del que se ríen abiertamente ni mencionarlo, porque hay películas con moralina y están éstas, las que se mofan de ejemplos y moraleja hasta rizar el rizo. Lo criticable no es la enseñanza o lección reflexiva de una película o libro, es si gusta o no o es proclive a la "moral" adecuada del gremio cinematográfico, ese referente humano que sin duda ocupa un puesto preferente en eso de atraer la atención de los consumidores.

Lo mejor es decir la tuya en tono divertido o justamente todo lo contrario, solemne y dramático, mientras se va soltando por lo bajini tu crítica o mensaje moral. Justamente lo opuesto a este blog, que es rollero, sesudo y un ladrillo de mucho cuidado. De ahí que si me propusiera embaucar a la ciudadanía, tiraría de tipo gracioso o con carisma para, entre chistes y anécdotas graciosas o tragedias terribles de humildes personajes anónimos, venderles mi producto y enganchárselo en el mesoencéfalo vía corteza prefrontal.

Esta película nos ayuda a entender por qué ahora hay huelga general y antes los sindicatos prácticamente no piaban y tantos otros raseros de plastilina que animan a ver las cosas como un mundo de gente diferente, no por lo que hacen, sino a quien pertenecen y de "quienes son", si del bando bueno o del malo.

domingo, marzo 18, 2012

Ambigüedad

Ser demencialmente curioso con lo que me rodea, mantener un diálogo constante conmigo mismo en pensamientos, analizar las razones de las decisiones humanas hasta el más minúsculo detalle, son rasgos que, según como se expliquen abonarían la idea de un personaje interesante o un loco. ¿Por qué despreciar parte de lo que configura a un ser humano? Me siento bien siendo diferente y escuchando justificaciones ajenas que recurren a mi exceso de tiempo para ser como soy o pensar como pienso.

Comprender, comprender y comprender no es grato a veces. Las personas por lo general se sienten bien en la ignorancia tanto propia como ajena. El saber es como ese niño pesado que pregunta el porqué de todo y que uno trata de evitar para no comprometer una apariencia que sin complicaciones convive bien en la estimación propia y ajena. Porque la ignorancia ajena es la más solidaria y afectuosa con los semejantes. Nada hay peor que sentirse estúpido con alguien que sabe lo que tú ignoras. El orgullo humano no puede con eso. Las neuronas espejo entienden que tu reflejo ha abandonado la impresión favorable que existía sobre tu persona y desde ese instante no se molesta en agradar sino que adoptan una posición hostil como si todo estuviera ya perdido y de perdidos al río.

Es lastimosamente duro percibir como todas y cada una de las reacciones humanas son previsibles en razón a unos presupuestos que parten de un esquema fisiológico. La respuesta de las reacciones humanas es perfectamente causal. Incluso para aquellos que piensan que sus reacciones son alocadas e imprevisibles.

Percibir toda esa construcción causal hace sufrir a uno especialmente cuando topa con los que sientan cátedra sobre la ambigüedad y postulan la indefinición o la subjetividad como supuestos patrones o referencias capaces de aniquilar cualquier atisbo de orden. Es terrible porque aprecias como su estructura de razonamiento defiende denodadamente su propia idiosincrasia como una referencia aplicable a toda la humanidad sin importar que no comporte un resultado satisfactorio o una formulación con la que aplicar una constante válida. Es un grito de reafirmación a la propia personalidad como un hijo pide ser reconocido por su padre. De ahí surgen filosofías, políticas o religiones basadas en los resquicios del hombre en los que no cabe la razón para configurar grupos de maleables personalidades que no comprenden ni se molestan en comprender los porqués de la vida que, apoyados en la fuerza de la masa instruyen teorías solidarias con los que se ven perdidos ante referencias sólidas que los pondrían en evidencia.

Lo peor es que se rigen por una ambigüedad que les permite poner en duda todo lo que existe como si ello fueran argumentos de una teoría superior que sólo se basa en exterminar referencias con las que se sienten incómodos. El caos que origina ello es fuente de errores previsible que se justifica en el cortoplacismo y en al placer inmediato, además de consecuciones ilógicas que obligan a terceras personas a distraer la atención de lo primordial para satisfacer una emotividad insaciable que, exagerada o deprimida, rige los cuerpos de sus ocupantes en detrimento de una razón que configura idiomas con límites y referencias con las que no pisar suelo resbaladizo.

Así, cualquier consideración recibe por respuesta un porqué retórico. No dirigido al conocimiento cierto sino a desfigurar cualquier razonamiento apoyándose en todo lo que no sabemos y no en lo que podemos afirmar. Es una convivencia pactada con la oscuridad que satisface a los que no encuentran respuestas lógicas por mostrarse incapaces de sentir y correlacionar esos sentimientos con causas al mismo tiempo. Al final se dirime todo en la estructura cerebral, en el uso de la materia gris, de la red de sinapsis que viste el órgano trascendental del ser humano.

Al final, la ciencia y el conocimiento topan con el subjetivismo del ser humano. De ahí cada sensibilidad dirigida a investigar algo en concreto que responde a unas motivaciones personales muchas veces desconocidas por el propio investigador. No se puede descuidar la cooperación entre especialistas naturales, es decir, que reúnan atributos innatos para percibir aspectos que los que adquieren la misma información con el estudio, no podrán aplicar del mismo modo.

Mirar un microscopio requiere del que mira una particular capacidad de interpretación de lo que esté mirando para detectar lo realmente destacable o relevante. En la vida es igual. La inteligencia que denominaría resolutiva o directa con una capacidad de cálculo superlativa y escáneres cerebrales que dictaminan menos sinapsis, pero supuestamente más eficientes no pueden dictar las pautas de la investigación ni del conocimiento como referencia para comparar con todo lo demás. La diferencia entre los individuos cuenta mucho más que las teorías que son consecuencias muertas sin el ser que les ha dado vida.

Las personas nos regimos por variables y variables. Un "matrix" de probabilidades en las que cada decisión se apoya en más variables que a su vez reposan en otras. Por ello, aunque la eficiencia neuronal en los cálculos sea muy valorada, considerando la cantidad de variables que manejamos inconscientemente los individuos, no hay que despreciar el razonamiento reflexivo que pone en evidencia los entresijos neuronales generosos en escáneres cerebrales.

Un futuro de ciencia ficción abona la especialización cerebral natural y no la elección sentimental. Pinta poco romántico, pero la realización personal que abona poder usar plenamente todas las habilidades propias, dejaría apartadas las consideraciones que los prejuicios películeros o literarios contrapondrían como atractivas y ambiguas razones. Ser feliz no es mentirse a costa de pasar unos instantes de supuesto placer. El aprendizaje de algo así debería ser el siguiente paso de la humanidad y el final de los manipuladores de masas.

domingo, marzo 11, 2012

Normalidad

Entre la llamada normalidad, es común aceptar toda una serie de ideas que se aceptan como ciertas e indiscutibles. Esa "normalidad" no es más que una reacción previsible sobre unos supuestos. Cuando la reacción de un individuo difiere de la que se espera, se habla de salirse de la normalidad, lo cual puede ser positivo o negativo en función de lo que marque la maleable línea de normalidad. La normalidad es necesaria pues otorga seguridad a las sociedades, no obstante cada normalidad puede diferir diametralmente dados unos principios rectores determinados, ya que a fin de cuentas supuestamente será el resultado de un conglomerado de valores que rijan dicha sociedad.

De la normalidad no debe inferirse un valor moral positivo o negativo. La normalidad es la consecuencia de aceptar unos postulados por una gran parte de la población. Igualmente, la normalidad puede variar exponencialmente a lo largo del tiempo sin que sus principios rectores se hayan alterado, lo cual pondría en evidencia el desplazamiento de los hábitos sociales ante una referencia que permanece inamovible. La normalidad por tanto, puede llegar a desvirtuar los derechos que una sociedad se otorgó bajo unas premisas cuando esta misma llega a superar los principios que la fundamentaban.

Una actitud disconforme con la normalidad no significa necesariamente infringirla o rebelarse ante ella, sino construir una estructura racional de principios, la que sea, que aunque difiera con los estipulados como normales, puedan adaptarse del mejor modo posible para una necesaria convivencia.
Por ejemplo, el manifestar opiniones contrarias o discrepantes se puede hacer de modos distintos, pero la referencia con la cual calibrar la manera de expresarse no debe ser la normalidad, sino los valores susceptibles de verse vulnerados.

Las sociedades son muy susceptibles de estigmatizar los modos y maneras de la normalidad rebasando el espíritu de los principios que la hicieron posible. Una persona que se cree capaz de manifestarse con violencia en la calle y afectando derechos de personas que también tienen opinión pero no la expresan con la misma contundencia, en el caso de no recibir una igual contundente respuesta de la Administración competente, puede propiciar un cambio en el modelo de conducta de una población y más cuando se permite a unos grupos y a otros no. Así, se puede imaginar un grupo "ultra" y otro defensor de derechos civiles. Si ambos cometen violencia, no podemos seguir diferenciándolos como grupos unos justificables y otros no, ya que en ese caso admitiremos que el fin justifica los medios y que los derechos son flexibles en función de los individuos que los vulneren.

Sin embargo, el gran problema de la normalidad es la frecuentemente mal interpretada apertura de miras. Existe por lo general toda una serie de prejuicios basados en asociaciones de ideas que generan etiquetas sobre comportamientos, actitudes, principios o creencias religiosas. Eso sucede cuando la normalidad se antepone a los principios que la fundaron y que siempre deben regirse por el escrupuloso respeto al pensamiento de cada individuo. No en vano, se puede caer en el error de asociar un concepto de apertura de miras con una específica actitud o principio determinado de modo rígido, es decir, considerándolo como una causa y efecto sin realmente serlo. En ese caso, la normalidad no es más que el seguimiento de los dictados de una mayoría y con ello quebrar los fundamentos que la propiciaron. Ello supondría una masa susceptible de seguir al dictado la interpretación flexible de los principios rectores por parte de próceres y élites manipuladoras de opinión.

Por ejemplo, es frecuente considerar un tipo de vida bohemia, anárquica, como más libre o tolerante que aquél que siga unas normas religiosas o unos principos rectores separados de lo considerado normal. El caso es que tal afirmación puede ser o puede no ser necesariamente así, porque estamos considerando los efectos aparentes de cada una de las actitudes, pero no los principios rectores combinados con las personalidades que las aplican. Un artista bohemio que no repara en cumplir hábitos cotidianos considerados normales, puede ser un talibán con actitudes familiares que él entienda conservadoras y rechazables. En este caso, el factor cuantitativo es el que se toma en valor y no el cualitativo, es decir, sí la presión social es favorable a defender la idea o actitud del bohemio por parecerle más atractiva, lo que estará pregonando no será la apertura de miras sino actitudes anárquicas que satisfagan los impulsos o actitudes dirigidas a crear un determinado ambiente con sus propias normas por poco convencionales que sean. Esta postura no responderá a un resultado racional de análisis de las libertades ajenas que redunde en actitudes tolerantes o abiertas sino la defensa de un patrón conductual determinado y el rechazo a otro. La cuestión es más importante de lo que parece porque la cierta apertura de miras es mucho más resistente a la manipulación de medios o al influjo de una determinada normalidad que una actitud socialmente atractiva y aprobada por la normalidad.

Desgraciadamente, la normalidad muchas veces se resume en un conjunto de prejuicios que acoge unas actitudes y rechaza otras. Así, un ciudadano públicamente "respetable" que se postula sin disimulo como autoridad moral, es susceptible de lograr una mayor aceptación que un desconocido no identificable y, si bien ello es lógico, ello no debiera hacer delegar el necesario filtro racional que tome en consideración sus expresiones y actitudes, que a fin de cuentas son tan susceptibles de demostrarse capaces o incapaces como cualquiera.

En regímenes donde la presión social y la manipulación es tan activa como subrepticia, las personas que no disponen de métodos racionales donde ubicar su propia referencia, acogen unos postulados concretos por razones alejadas a la apertura de miras, es más, son justamente lo contrario, personas cerradas con la idea de que sus patrones de conducta son los mejores y capaces moralmente de elevar juicios de valor sobre terceros.

En la actualidad, ello parece muy evidente a personas que toman como ejemplo localidades rurales del EEUU profundo o la España profunda, donde sus valores suelen ser el producto de herencias dogmáticas que ni los propios pobladores comprenden y se limitan a seguir como una superstición (cuando ello sea en esos términos). Pero acudir a ejemplos más o menos extremos que podrían comprobarse racionalmente como ciertamente cerrados, no pone en la cabeza del que enjuicia más valor o enjundia o apertura de miras, sino todo lo contrario por tomar como referencia casos exagerados con los que demostrarse a sí mismo como moralmente superior para juzgarlo.

La apertura de miras es un proceso racional de comprensión de las actitudes ajenas tomando como referencia las circunstancias ciertas que rodean a las personas que las toman y determinando sin afectación personal de por medio, las consecuencias que suponen para su felicidad. A fin de cuentas, se supone que cualquier consideración humanística que, de buena fe, un cerebro pueda confeccionar, va dirigida a mejorar la calidad de vida de los individuos en un plano abstracto, no dirigista. Es por tanto necesario que los juicios de valor emprendidos con apertura de miras, tomen en consideración todas las variables en conflicto para enarbolar un criterio lo más ecuánime posible. Ello hace rechazable de plano todas aquellas actitudes que siendo consideradas normales entre las sociedades que las practican, se dirigen claramente a primar elementos intangibles, simbólicos o emocionales como derechos superiores con los que dirimir sentencias sobre grupos o personas. En esos casos, los derechos de las personas pasan a someterse al criterio de normalidad pregonado por sus próceres abandonando las referencias incólumes que debían ser los límites de esa normalidad. Eso abona corrupción, manipulación y políticas absolutamente discrecionales y dirigistas.

No obstante, los seres humanos topamos con un factor insuperable como es la especifidad. No todas las personas sienten ni ven las cosas de la misma manera aunque todas ellas pudieran parapetarse bajo un mismo paradigma de principios. El alcance de profundidad en el análisis, el modelo de razonamiento de cada individuo, en definitiva, la estructura cerebral de los sujetos, les hacen más proclives a identificarse con unos modelos o con otros. Ni más ni menos porque se consideran más adecuados para un perfil y/o incapaces para otro. Algo que puede generar, además de la aceptación de los modelos que le son a uno más propicios, un rechazo frontal y visceral sobre los que dicho sujeto entiende antagónicos.

Por todo ello, encomendándonos a Perogrullo podemos observar que en el proceso de advenimiento de "normalidades" el más atractivo o el más fácil de encajar con impulsos humanos es el que tendrá más popularidad y aquellos que requieran de mayor esfuerzo intelectual y personal tenderán a verse en minoría y rechazarse por la mayoría. El papel que tienen los medios de comunicación para favorecer la idea de normalidad es vital, pues se constituyen en la referencia y aval que necesita la sociedad para sentir que su postura es la correcta y su moralidad la adecuada.

No existen secretos acerca de las respuestas humanas si nos proponemos desentramarlos. No es más tolerante alguien que sigue una idea o principio únicamente por seguirlos. A veces necesitamos el aplauso de una mayoría que responde a una identificación de grupo o tribal, tan frecuente como "normal" a lo largo de la historia de los habitantes de la tierra.

La comprensión es el pilar de la apertura de miras y ésta se puede instalar en cualquier principio que busque la felicidad del individuo en abstracto. La falta de comprensión es directamente, la compra de un status definido que se entiende más o menos aprobado por la sanción de una normalidad que dirige nuestras vidas. Algo que da explicación a todos y cada uno de los regímenes autoritarios que han convivido con una injusticia sin que sus ciudadanos se percataran o se molestaran en advertirla porque más bien al contrario, pensaban que ellos eran los que obraban correctamente o en uso de la verdad. Claro que para ello, los reclamos y premisas lanzadas por los medios de comunicación deben generar espacios de autosatisfacción y autodefensa, precisamente generando enemigos u otras actitudes reprobables. Algo que se podía ver claramente en la época medieval con la Inquisición y la idea del pecado. Existirían los clérigos comprensivos, empáticos y aquellos, por lo general con ambición de poder temporal que tomarían la presión social y el recurso al enemigo objetivo como factores de cohesión y aglutinación de sus seguidores. El que se quede mirando ese período y esa manera de hacer sin saber cómo se aplica en la actualidad, entiende los principios como patrones rígidos sujetos a las servidumbres de sus normas y por ello se asocia con uno, el que le parece mejor o el que le aplaude para atacar a otros.

La comprensión es un proceso racional y emocional que no valida las actitudes ajenas, pero que sí se ve capaz de desarrollar el porqué un individuo ha llegado a proceder de una determinada manera. Conviene tener claro este elemento, pues la comprensión no puede confundirse jamás con la sanción o aprobación a una conducta sino el entendimiento racional y emocional de los individuos que llegan a ella y sus razones. No es lo mismo una solidaridad sentimental, de afinidad o empatía que una valoración racional - empática de circunstancias que rodean un acto. En ambos la sentimentalidad está presente para sustanciar una idea de identificación con el otro individuo, pero difieren en la base del criterio. Mientras en un caso, la defensa será visceral y tribal sin atender más razones que las propias, en el segundo caso, la valoración queda sujeta a las variables en conflicto y la defensa que con dicha decisión se debe hacer de la ecuanimidad. Todo el mundo puede sentir empatía sobre un padre que reacciona violentamente ante el ataque de unos forajidos sobre su familia, pero eso y poner como juez a ese padre son cosas muy distintas.

Por este motivo, convivir o no emitir juicios de valor negativos sobre un individuo que obra públicamente de modo abominable, no implica aceptar esos postulados o vivir en hipocresía. La hipocresía es precisamente creerse con una apertura de miras que no es tal. Eso es lo que suelo denominar "fariseísmo" y que está muy asentado en la "respetabilidad" como un título basado en la apariencia y no en la aplicación honrada de unos principios de manera anónima. Algo que es el antónimo de la humildad cierta, que supondría aceptarse uno mismo con sus virtudes y sus defectos y ser coherente. Lo más difícil que puede llegar a ejercer un ser humano.

La actual sociedad tecnológica y globalizada, está más que nunca a merced de una normalidad creada por los medios de comunicación y entretenimiento que no tienen fines altruístas por definición, sino su crecimiento y capacidad de influencia. Tomar la normalidad de lo que dictan los medios de comunicación y entretenimiento como resultado de la aplicación de los principios rectores que abonan nuestra civilización es un riesgo y una realidad demasiado presentes que está marcando el devenir del siglo XXI. De ahí a la persecución de posturas no "normalizadas" a base de presión social, dista poco trecho. Todo disimulado entre el enorme ruido del consumo y los estereotipos sociales. La naturaleza del ser humano no ha variado a lo largo de su historia, para bien o para mal, por ello al estudiarla podremos ver las mismas ambiciones, virtudes y defectos de cada uno de sus ciclos. Aprender no es memorizar, sino aplicar el conocimiento del pasado al presente. No necesitamos memoria histórica sino racionalización de nuestra historia. Algo muy distinto que está pendiente en nuestra civilización para romper de una vez las repetitivas etapas en bucle que nos llevan a caer en los mismos errores.

viernes, marzo 09, 2012

La gangrena nacionalista

El que escribe es lo que se dice un "charnego". Alguien que, nacido en Cataluña, tiene padre o madre catalán. Eso podría justificar mi oposición al nacionalismo, pero yo pienso que tal circunstancia no viene de la "tierra" más que como justificación recurrente de quienes ven en tí un contrincante ajeno. Es tan posible hallar catalanes no afectados por el mal de la propiedad de la tierra como no catalanes más enfervorizados que nadie. El traje de esta enfermedad se hace a medida.

El nacionalismo es una patología que envilece a los que la padecen sin que éstos se percaten, ya sea porque oculta y distrae otras afecciones del alma o sencillamente porque cual pacto a lo Fausto otorga unas atribuciones supuestamente morales que confieren poder a quienes se aprovechan de sus efectos.

Nada de lo que digo es gratuito. Se puede demostrar con ejemplos de vida, con experiencias reales de personas que no estaban afectadas por esta gangrena y tan pronto se les inoculó el veneno comenzaron a disputar por cuestiones que nunca habían ocupado un mínimo protagonismo en sus vidas.

Parece que el nacionalismo en Cataluña es algo de toda la vida. Los que son todavía barbilampiños elevan cánticos u ondean banderas como si continuaran la particular historia que sus libros de texto presentaban como natural y cierta sin que desentonara entre los medios locales sino todo lo contrario. De ahí la lógica de unas nuevas generaciones de catalanes que sólo tienen espacio emocional, no para querer a Cataluña en acto de generosidad como se podría pensar, sino para defenderla incondicionalmente de un supuesto invasor: el enemigo objetivo.

El nacionalismo es un ser con vida propia que pasa por alto la lógica que pueda habitar en los individuos para instalarse como un parásito afectando particularmente las riendas de lo que puede dominar al ser humano sin dificultad: los sentimientos.

No importan las razones, que por supuesto existen en cada disputa política, el nacionalismo las diluye entre un compendio de reclamaciones con fuerte componente emocional que conforman una "justicia", la suya. De modo que el parapeto es mucho más resistente que el construido por principios racionales vulnerables a la palabra inteligible. Así, una reclamación política en vez de ser una demanda de personas para conseguir más poder o atribuciones, se convierte en una cuenta con la justicia de un territorio, un ente impersonal erigido como símbolo pero que se sustancia materialmente al estar comandado por esas personas que deciden lo que es adecuado y bueno para Cataluña con independencia que la realidad sea tozuda en demostrar lo contrario.

El nacionalismo como bien alecciona el homogeneizador catalán, busca siempre el hecho diferencial, el núcleo que sirve para desmarcar, para equidistar, para poner de manifiesto, no lo que une, que es mayor y cierto, sino lo que separa como fundamento que explica la propia catalanidad de modo que se busca el antónimo, la confrontación, la disputa de los líquidos en vasos comunicantes.

En el caso catalán, el torpedeo mediático del nacionalismo viene desde la llegada de Jordi Pujol i Soley tras el amago de retorno de Tarradellas. No conozco personalmente al que fue molt honorable, pero recuerdo con la prudencia debida al proceder de juicios externos, que lo tildaban de persona muy inteligente y sensata salvo cuando se abordaba políticamente el tema de Cataluña. Es posible que la diferencia de opinión abonara esa idea, pero no se suele destacar de una persona un caso aparte sobre un tema salvo que éste le afecte personalmente y siempre he pensado que Pujol ha estado afectado de esa manera. Algo que impide ver más allá de lo que siente uno mismo. El ex presidente de la Generalitat estuvo en primera línea en la época de Franco y esos galones obtenidos en tiempos de "guerra" siempre han supuesto méritos para los de paz, pero ello no quiere decir que para el dirigente nacionalista su "guerra" hubiera finalizado. Algo frecuente entre los combatientes.

Es comprensible que después de sufrir una dictadura que prohibiera denodadamente expresarse en catalán, los más afectados buscaran una sonora revancha con resarcimiento desmesurado, pero el problema viene cuando tales afectados inoculan al resto la semilla de un odio interno ligado necesariamente a una expectativa que, de no conseguirse supondrá la depresión. El nacionalismo es una emoción que no difiere de otras en las que se establece una asociación de expectativas, sólo que en este caso, necesita distorsionarse la realidad a través de los sentimientos para que las personas alteren su orden de prioridades rechazando aquellas que de no mediar tal gangrena les propiciaría vivir feliz y satisfactoriamente. ¿Cómo? A través del control mediático y el más viejo de los recursos para aglutinar a las personas. Recientemente Lluis Foix en su blog hablaba del riesgo que suponía instituir el temor sobre la población en vez de un optimismo o al menos razones positivas para luchar y tirar hacia adelante. Pues bien, el periodista catalán jamás habrá percibido temor en la infinidad de declaraciones nacionalistas tendentes a proteger la cultura y el territorio catalanes del avance castellano, pero eso es lo que ha infundido hasta la saciedad y así continúa la coalición nacionalista.

Miedo a la desaparición del catalán, miedo a pagar más, miedo a ser gobernados por los de fuera, miedo a que Cataluña desaparezca incluso hemos llegado a oír en palabras de Pujol.

Podemos destacar hechos objetivos y objetivables y enmarcarlos para que se conformen en prueba inapelable, pero poca mella harán en los que ya padecen la gangrena. Su cometido será defender, defender y defender contra ese enemigo instigado por el miedo.

Mi familia materna es del Empordà. Recuerdo cuando era niño, en los setenta, que visitaba el precioso pueblecito gironés existiendo una democracia en pañales y tranquilidad, mucha tranquilidad entre los habitantes. Mi familia y todos los vecinos hablaban catalán, pero no tenían ningún prejuicio particular sobre quienes se expresaban en castellano. No sacaban arengas patrias sin venir a cuento y convivían con paz de espíritu y normalidad al pronunciar España. Los grises eran los malos y todo estaba claro y dispuesto. Por supuesto, la juventud era otro cantar. Recuerdo un familiar tan imbuido con el comunismo que se fue a vivir a la URSS un tiempo. Ahora es un rico comerciante aburguesado votante de CiU. La vida.

Pasaron los años y mi familia ampordanesa no era inmune a la televisión, los periódicos y todo de lo que nos hemos empapado los residentes de la tierra de la barretina. Empezó el orgullo a la catalanidad como un hecho diferencial digno de destacarse y vocearse, los comentarios miméticos de la televisión en referencia a España, estado español, estado central, etc., la incipiente insistencia sobre las personas que viviendo en Cataluña no se expresaban en catalán. Se expandía la simiente emocional que usurpaba la tranquila normalidad de las gentes de bien orgullosas de su nacer y buen hacer por las ya viejas pautas de los interesados en levantarlos en derredor de su causa.

Mi suegra es catalana. Siempre ha hablado catalán, pero no se recuerda su empeño y obstinación en obligar a hacerlo a los demás con una insistencia "familiar" hasta hace pocos años ya en democracia. Todos han usado esta lengua para relacionarse, con prohibición y sin ella. La han mantenido pese a que es posible que sufrieran la experiencia de algún intolerante arrogado en capaz de privarles de su libertad. Ahora ellos ya no se preocupan de lo que hablan, sino de lo que deben hablar los demás.

No en vano, para la mayoría, insistiendo en lo que deben hacer los otros o no, existe "normalidad". Una normalidad que se ve únicamente truncada por los que no ven tal normalidad o ven en la misma una imposición social que avanza coactiva e inexorablemente.

Parece ser que un valor a defender es la llamada "normalidad" por encima de otros factores, sean derechos de libertad o semejantes. Un simulacro de formalidad que detesta las quejas de los que no pasan por el aro. Una manera de decir: "si yo estoy y bien y los que me rodean están bien con lo que hay, tú no puedes interferir y crispar la sociedad". Y claro, en poder de todos los medios y recursos, la opción es tragar o quejarse.

Como en muchas ocasiones lo que está en juego, lo que produce indignación son las consignas que se lanzan como ejemplo para las nuevas generaciones, te limitas a transigir y a agachar la cabeza. Puedes escuchar insultos o referencias peyorativas en comunes y recurrentes conversaciones familiares o de amigos, puedes ver programas en la televisión pública catalana que dan por sentado un perfil homogeneizado de catalán competente para criticar a sus "diferenciados" e incluso verte incluido en su sarta de epítetos, puedes acudir a comercios y tolerar exabruptos prepotentes y sobrados de personas que se entienden propietarios de un país y sus ideas. Hasta en mi banco tuve que escuchar del cajero una referencia política de mal gusto soltada sin la menor vergüenza en claro acto de "libertad".

Es lo que hay. Pedir empatía de quienes son los que propician tal situación por acción u omisión es como decirle a un griposo que estornuda a tu lado que se tape la boca. Seguro que te mirará con mala cara pues ya no se molestó en tomar las debidas precauciones al hacerlo.

Las razones nacionalistas catalanas perviven por las cuestiones objetivas de pasado y las de presente. Las unas no difieren de otras regiones europeas sin mácula nacionalista de por medio, pues territorios más jóvenes que el nuestro formando patria los hay bastantes e incluso con lengua de por medio. Las otras, las nuevas razones, se actualizan y difunden entremezcladas con las anteriores para dar consistencia al producto final, ya que se supone que esa historicidad da pábulo a exigir nuevas prerrogativas.

La gangrena cala hasta los huesos en aquellos que piensan que no necesitan nada más que desautorizar a cualquier opositor tachándole de anticatalán o el "pseudónimo" que más rápido acuda a sus cabezas. Porque las cruzadas y las causas de los irredentos intolerantes diferenciadores no son comunes a otras aunque versen de dinero y poder, son por "justicia histórica" en la que ellos actúan por supuesto de juez y parte interesada.

Qué estorbo poner en la balanza derechos o justicia cierta de los que están en minoría. ¿Por qué hacerles caso? Mejor aplastarlos entre el silencio mediático, confundirlos con foráneos disruptores como cualquier régimen que considera espías o agitadores a quienes discrepan abiertamente. No en vano, ¿Existen razones lógicas para ser la excepción a la homogeneidad catalana? ¿Se puede defender racionalmente tal enmienda a la totalidad del nacionalismo catalán?

Difícil tarea la de decirle a ciudadanos convencidos emotivamente de un principio de defensa que no se defiendan contra quien no es su enemigo, pues llevan escuchando demasiado tiempo lo contrario y se puede decir que el fútbol no ayuda.

No sorprende que las personas prefieran entre lo peor de uno mismo que lo mejor de otro, aunque ese otro pueda ser tan suyo como cualquiera. La evidencia es una realidad que no sirve pues el hambre de la expectativa destroza los indicios del desastre nacionalista. Cataluña ha estado gobernada por nacionalistas toda su historia democrática. De un corte o de otro, todos se han peleado por demostrar una risible idea de catalanidad como quien presume de correr más rápido entre niños de diez años. La emotividad lleva a extremos que ocasionarían vergüenza presenciados en cabeza ajena. El resultado se intenta sempiternamente fingir por la culpa de otros, ya que el nacionalismo dispone de ese superior privilegio: todo lo negativo es obra del enemigo y lo positivo desciende directamente de la autoridad de Sant Jordi hasta la mano de los gobernantes que cuidan su cruz, o algo parecido en la práctica. De ese modo, conocer a corruptos, traficantes de influencias o terratenientes de la terra no supone más que un silencio cuchicheado como pueblerinos que rumorean asuntos familiares. La prensa y los medios ni mu. Supimos y sabemos de motivos que inhabilitarían a personas en naciones civilizadas a gobernar e incluso a la incivilizada España, pero en la formal Cataluña no se mueve una brizna. Es más, existe absoluta connivencia entre todos los diarios y medios públicos y privados para proclamar editoriales conjuntas o demandas que dejan a un porcentaje importante de ciudadanos sin voz ni derechos. Eso se sabe y es real, pero no sucede nada.

El fin justifica los medios con el nacionalismo más que en ningún otro caso. El silencio es necesario para no quebrar un proyecto. En este sentido ya se pronunció en varias ocasiones Jordi Pujol como si de un grupo capaz de perpetrar actos no legales con una bula especial se tratara.

La "normalidad" sigue avanzando y salvo los radicales a los que he citado, mucha gente sigue siendo guiada hacia donde le dicen "defenderá" Cataluña. Sin preguntas. La juventud está conseguida en gran parte por las competencias de educación y TV3 junto al arco mediático privado catalán y recientemente el TSJC dispuso un coqueteo con la administración nacionalista sentando bases para que un derecho recogido en la Constitución y que no es algo ofensivo más que para los que defienden la dictadura se constituyera en una opción exclusivamente aparejada a una demanda judicial. En Cataluña la lengua vehicular es el catalán y punto, como diría cualquier terrateniente de la serie Cuéntame.

Yo comprendo desde una perspectiva de estado el peso de la lengua como aglutinador de masas. Cualquiera que tenga dos dedos de frente y sepa algo de historia o política sin verse afectado por esa gangrena (o incluso precisamente por verse afectado por ella) sabrá de la idoneidad de homogeneizar a territorios entorno una lengua y una cultura. Por ello, la milonga de un catalán en peligro que "seguro" que advertiría Lluis Foix si lo detectara, no es más que un recurso al pavor para sumergir a los ciudadanos en la grande y diferenciada idea de Cataluña.

Pocos son los que se percatan o pueden atisbar sobre sí mismos un boceto tan siquiera de intolerantes o totalitarios ciudadanos al obligar a terceras personas a expresarse en lo que determinen a voluntad. No. Entienden que Cataluña debe ser un paradigma, no de libertad, riqueza o convivencia, sino de imposición de todo lo que estipula separación con el resto de España y claro no es imposición si quien lo determina está de acuerdo. Que en Cataluña uno no pueda estudiar en catalán y castellano salvo que decida lanzarse al ruedo de la justicia dice mucho de esta región. Pero lo terrible, lo más terrible de todo, es que para muchos lo que dice es para bien. Disponemos entonces de ejemplos vivos de territorios doblegados por la presión política y social para entender la historia y el porqué de tanto autismo en situaciones de injusticia.

El nacionalismo es un camino para llegar a un fin con sus propias reglas. Una manera efectiva de imponer el criterio propio, pero el saldo del nacionalismo siempre acaba siendo negativo cuando hablamos de democracia e injustica de unos pocos que quieren dominar a unos muchos. Eso no es Cataluña. Alemania cambió de cabo a rabo. Toda su población siguió a un líder nacional socialista. Los rasgos del nacionalismo son enemigo objetivo y exaltación de lo propio diferenciado del resto. Lo demás no lo podrán apreciar los afectados, pero al menos esto último sí. O quizás no porque los discrepantes pasan a ser su simetría en contrario. Diga lo que se diga, un mal del corazón no puede remediarlo la mente. La gangrena avanza.

jueves, marzo 01, 2012

Unamuno sólo hay uno

Los que como yo mismo mantenemos nuestra excentricidad en secreto obligados por las ineludibles costumbres sociales que reposan en el compromiso contraído con tu familia, más que en un convencionalismo almidonado por la necesidad de aparentar, nos estremecemos al hallar un alma gemela que pregona una sensibilidad semejante a la nuestra. Aunque Miguel de Unamuno pertenezca a una alcurnia intelectual que no alcanza el que escribe, no por ello mi vello deja de erizarse aclamando los razonamientos de quien, como yo padecen la patología de la inagotable curiosidad por lo que somos los seres humanos.

Mi Religión

Me escribe un amigo desde Chile diciéndome que se ha encontrado allí con algunos que, refiriéndose a mis escritos, le han dicho: "Y bien, en resumidas cuentas, ¿cuál es la religión de este señor Unamuno?" Pregunta análoga se me ha dirigido aquí varias veces. Y voy a ver si consigo no contestarla, cosa que no pretendo, sino plantear algo mejor el sentido de la tal pregunta.

Tanto los individuos como los pueblos de espíritu perezoso —y cabe pereza espiritual con muy fecundas actividades de orden económico y de otros órdenes análogos— propenden al dogmatismo, sépanlo o no lo sepan, quiéranlo o no, proponiéndose o sin proponérselo. La pereza espiritual huye de la posición crítica o escéptica.

Escéptica digo, pero tomando la voz escepticismo en su sentido etimológico y filosófico, porque escéptico no quiere decir el que duda, sino el que investiga o rebusca, por oposición al que afirma y cree haber hallado. Hay quien escudriña un problema y hay quien nos da una fórmula, acertada o no, como solución de él.

En el orden de la pura especulación filosófica, es una precipitación el pedirle a uno soluciones dadas, siempre que haya hecho adelantar el planteamiento de un problema. Cuando se lleva mal un largo cálculo, el borrar lo hecho y empezar de nuevo significa un no pequeño progreso. Cuando una casa amenaza ruina o se hace completamente inhabitable, lo que procede es derribarla, y no hay que pedir se edifique otra sobre ella. Cabe, sí, edificar la nueva con materiales de la vieja, pero es derribando antes ésta. Entretanto, puede la gente albergarse en una barraca, si no tiene otra casa, o dormir a campo raso.

Y es preciso no perder de vista que para la práctica de nuestra vida, rara vez tenemos que esperar a las soluciones científicas definitivas. Los hombres han vivido y viven sobre hipótesis y explicaciones muy deleznables, y aun sin ellas. Para castigar al delincuente no se pusieron de acuerdo sobre si éste tenía o no libre albedrío, como para estornudar no reflexiona uno sobre el daño que puede hacerle el pequeño obstáculo en la garganta que le obliga al estornudo.

Los hombres que sostienen que de no creer en el castigo eterno del infierno serían malos, creo, en honor de ellos, que se equivocan. Si dejaran de creer en una sanción de ultratumbas no por eso se harían peores, sino que entonces buscarían otra justificación ideal a su conducta. El que siendo bueno cree en un orden trascendente, no tanto es bueno por creer en él cuanto que cree en él por ser bueno. Proposición ésta que habrá de parecer oscura o enrevesada, estoy de ello cierto, a los preguntones de espíritu perezoso.

Y bien, se me dirá, "¿Cuál es tu religión?" Y yo responderé: mi religión es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad, aun a sabiendas de que no he de encontrarlas mientras viva; mi religión es luchar incesante e incansablemente con el misterio; mi religión es luchar con Dios desde el romper del alba hasta el caer de la noche, como dicen que con Él luchó Jacob. No puedo transigir con aquello del Inconocible —o Incognoscible, como escriben los pedantes— ni con aquello otro de "de aquí no pasarás". Rechazo el eterno ignorabimus. Y en todo caso, quiero trepar a lo inaccesible.

"Sed perfectos como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto", nos dijo el Cristo, y semejante ideal de perfección es, sin duda, inasequible. Pero nos puso lo inasequible como meta y término de nuestros esfuerzos. Y ello ocurrió, dicen los teólogos, con la gracia. Y yo quiero pelear mi pelea sin cuidarme de la victoria. ¿No hay ejércitos y aun pueblos que van a una derrota segura? ¿No elogiamos a los que se dejaron matar peleando antes que rendirse? Pues ésta es mi religión.

Ésos, los que me dirigen esa pregunta, quieren que les dé un dogma, una solución en que pueda descansar el espíritu en su pereza. Y ni esto quieren, sino que buscan poder encasillarme y meterme en uno de los cuadriculados en que colocan a los espíritus, diciendo de mi: es luterano, es calvinista, es católico, es ateo, es racionalista, es místico, o cualquier otro de estos motes, cuyo sentido claro desconocen, pero que les dispensa de pensar más. Y yo no quiero dejarme encasillar, porque yo, Miguel de Unamuno, como cualquier otro hombre que aspire a conciencia plena, soy una especie única. "No hay enfermedades, sino enfermos", suelen decir algunos médicos, y yo digo que no hay opiniones, sino opinantes.

En el orden religioso apenas hay cosa alguna que tenga racionalmente resuelta, y como no la tengo, no puedo comunicarla lógicamente, porque sólo es lógico y transmisible lo racional. Tengo, sí, con el afecto, con el corazón, con el sentimiento, una fuerte tendencia al cristianismo sin atenerme a dogmas especiales de esta o de aquella confesión cristiana. Considero cristiano a todo el que invoca con respeto y amor el nombre de Cristo, y me repugnan los ortodoxos, sean católicos o protestantes —éstos suelen ser tan intransigentes como aquéllos— que niegan cristianismo a quienes no interpretan el Evangelio como ellos. Cristiano protestante conozco que niega el que los unitarios sean cristianos.

Confieso sinceramente que las supuestas pruebas racionales —la ontológica, la cosmológica, la ética, etcétera— de la existencia de Dios no me demuestran nada; que cuantas razones se quieren dar de que existe un Dios me parecen razones basadas en paralogismos y peticiones de principio. En esto estoy con Kant. Y siento, al tratar de esto, no poder hablar a los zapateros en términos de zapatería.

Nadie ha logrado convencerme racionalmente de la existencia de Dios, pero tampoco de su no existencia; los razonamientos de los ateos me parecen de una superficialidad y futileza mayores aún que los de sus contradictores. Y si creo en Dios, o, por lo menos, creo creer en Él, es, ante todo, porque quiero que Dios exista, y después, porque se me revela, por vía cordial, en el Evangelio y a través de Cristo y de la Historia. Es cosa de corazón.

Lo cual quiere decir que no estoy convencido de ello como lo estoy de que dos y dos hacen cuatro.

Si se tratara de algo en que no me fuera la paz de la conciencia y el consuelo de haber nacido, no me cuidaría acaso del problema; pero como en él me va mi vida toda interior y el resorte de toda mi acción, no puedo aquietarme con decir: ni sé ni puedo saber. No sé, cierto es; tal vez no pueda saber nunca, pero "quiero" saber. Lo quiero, y basta.

Y me pasaré la vida luchando con el misterio y aun sin esperanza de penetrarlo, porque esa lucha es mi alimento y es mi consuelo. Sí, mi consuelo. Me he acostumbrado a sacar esperanza de la desesperación misma. Y no griten ¡Paradoja! los mentecatos y los superficiales.

No concibo a un hombre culto sin esta preocupación, y espero muy poca cosa en el orden de la cultura —y cultura no es lo mismo que civilización— de aquellos que viven desinteresados del problema religioso en su aspecto metafísico y sólo lo estudian en su aspecto social o político. Espero muy poco para el enriquecimiento del tesoro espiritual del género humano de aquellos hombres o de aquellos pueblos que por pereza mental, por superficialidad, por cientificismo, o por lo que sea, se apartan de las grandes y eternas inquietudes del corazón. No espero nada de los que dicen: "¡No se debe pensar en eso!"; espero menos aún de los que creen en un cielo y un infierno como aquel en que creíamos de niños, y espero todavía menos de los que afirman con la gravedad del necio: "Todo eso no son sino fábulas y mitos; al que se muere lo entierran, y se acabó". Sólo espero de los que ignoran, pero no se resignan a ignorar; de los que luchan sin descanso por la verdad y ponen su vida en la lucha misma más que en la victoria.

Y lo más de mi labor ha sido siempre inquietar a mis prójimos, removerles el poso del corazón, angustiarlos, si puedo. Lo dije ya en mi Vida de Don Quijote y Sancho, que es mi más extensa confesión a este respecto. Que busquen ellos, como yo busco; que luchen, como lucho yo, y entre todos algún pelo de secreto arrancaremos a Dios, y, por lo menos, esa lucha nos hará más hombres, hombres de más espíritu.

Para esta obra —obra religiosa— me ha sido menester, en pueblos como estos pueblos de lengua castellana, carcomidos de pereza y de superficialidad de espíritu, adormecidos en la rutina del dogmatismo católico o del dogmatismo librepensador o cientificista, me ha sido preciso aparecer unas veces impúdico e indecoroso, otras duro y agresivo, no pocas enrevesado y paradójico. En nuestra menguada literatura apenas se le oía a nadie gritar desde el fondo del corazón, descomponerse, clamar. El grito era casi desconocido. Los escritores temían ponerse en ridículo. Les pasaba y les pasa lo que a muchos que soportan en medio de la calle una afrenta por temor al ridículo de verse con el sombrero por el suelo y presos por un polizonte. Yo, no; cuando he sentido ganas de gritar, he gritado. Jamás me ha detenido el decoro. Y ésta es una de las cosas que menos me perdonan estos mis compañeros de pluma, tan comedidos, tan correctos, tan disciplinados hasta cuando predican la incorrección y la indisciplina. Los anarquistas literarios se cuidan, más que de otra cosa, de la estilística y de la sintaxis. Y cuando desentonan lo hacen entonadamente; sus desacordes tiran a ser armónicos.

Cuando he sentido un dolor, he gritado, y he gritado en público. Los salmos que figuran en mi volumen de Poesías no son más que gritos del corazón, con los cuales he buscado hacer vibrar las cuerdas dolorosas de los corazones de los demás. Si no tienen esas cuerdas, o si las tienen tan rígidas que no vibran, mi grito no resonará en ellas, y declararán que eso no es poesía, poniéndose a examinarlo acústicamente. También se puede estudiar acústicamente el grito que lanza un hombre cuando ve caer muerto de repente a su hijo, y el que no tenga ni corazón ni hijos, se queda en eso.

Esos salmos de mis Poesías, con otras varias composiciones que allí hay, son mi religión, y mi religión cantada, y no expuesta lógica y razonadamente. Y la canto, mejor o peor, con la voz y el oído que Dios me ha dado, porque no la puedo razonar. Y el que vea raciocinios y lógica, y método y exégesis, más que vida, en esos mis versos porque no hay en ellos faunos, dríades, silvanos, nenúfares, "absintios" (o sea ajenjos), ojos glaucos y otras garambainas más o menos modernistas, allá se quede con lo suyo, que no voy a tocarle el corazón con arcos de violín ni con martillo.

De lo que huyo, repito, como de la peste, es de que me clasifiquen, y quiero morirme oyendo preguntar de mí a los holgazanes de espíritu que se paren alguna vez a oírme: "Y este señor, ¿qué es?" Los liberales o progresistas tontos me tendrán por reaccionario y acaso por místico, sin saber, por supuesto, lo que esto quiere decir, y los conservadores y reaccionarios tontos me tendrán por una especie de anarquista espiritual, y unos y otros, por un pobre señor afanoso de singularizarse y de pasar por original y cuya cabeza es una olla de grillos. Pero nadie debe cuidarse de lo que piensen de él los tontos, sean progresistas o conservadores, liberales o reaccionarios.

Y como el hombre es terco y no suele querer enterarse y acostumbra después que se le ha sermoneado cuatro horas a volver a las andadas, los preguntones, si leen esto, volverán a preguntarme: "Bueno; pero ¿qué soluciones traes?" Y yo, para concluir, les diré que si quieren soluciones, acudan a la tienda de enfrente, porque en la mía no se vende semejante artículo. Mi empeño ha sido, es y será que los que me lean, piensen y mediten en las cosas fundamentales, y no ha sido nunca el de darles pensamientos hechos. Yo he buscado siempre agitar, y, a lo sumo, sugerir, más que instruir. Si yo vendo pan, no es pan, sino levadura o fermento.

Hay amigos, y buenos amigos, que me aconsejan me deje de esta labor y me recoja a hacer lo que llaman una obra objetiva, algo que sea, dicen, definitivo, algo de construcción, algo duradero. Quieren decir algo dogmático. Me declaro incapaz de ello y reclamo mi libertad, mi santa libertad, hasta la de contradecirme, si llega el caso. Yo no sé si algo de lo que he hecho o de lo que haga en lo sucesivo habrá de quedar por años o por siglos después que me muera; pero se que si se da un golpe en el mar sin orillas las ondas en derredor van sin cesar, aunque debilitándose. Agitar es algo. Si merced a esa agitación viene detrás otro que haga algo duradero, en ello durará mi obra.

Es obra de misericordia suprema despertar al dormido y sacudir al parado, y es obra de suprema piedad religiosa buscar la verdad en todo y descubrir dondequiera el dolo, la necedad y la inepcia.

Ya sabe, pues, mi buen amigo el chileno lo que tiene que contestar a quien le pregunte cuál es mi religión. Ahora bien; si es uno de esos mentecatos que creen que guardo ojeriza a un pueblo o una patria cuando le he cantado las verdades a alguno de sus hijos irreflexivos, lo mejor que puede hacer es no contestarles.

Salamanca, 6 de noviembre de 1907.

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