sábado, marzo 02, 2013

La patología del sentido común

Así podría decirse de la gente que es coherente, fiel a sus principios y que no necesita de grandilocuencias para presentarse. Algo como el "antipolítico" tipo, el sujeto impopular que dice lo que piensa pero al tanto, no porque necesite decirlo cual postiza expresión de libertad, no, hablo de aquél que ya ha pensado y reflexionado y pese a ello muestra el arrojo suficiente anticipando la aparición de esa moderna inquisición de grupos autoritarios acostumbrados a amedrentar con el uso de problemáticas humanas en su beneficio. Insisto igualmente en descartar a los imberbes sabelotos que se quejan de ver cercenada su libertad de expresión cuando alguien rebate con argumentos lo que acaban de decir dejándolos en evidencia. El sentido común y unos principios sólidos no admiten de "evoluciones" que destierran lo pregonado poco tiempo antes en pos de electoralismo o popularidad y luego lo sancionan con la palabreja de marras. No hablo por tanto de individuos capaces de adecuarse a un abstracto ente poblacional diciéndoles lo que desean oír sobretodo tratando de enardecer su ánimo. Esa gente es tan dúctil como grandiosa su ambición por conseguir unos objetivos particulares disfrazados de altruismo o de cruzada de cualquier tipo. La dictadura del sentido común impide hacer muchas cosas que los desalmados realizan sin pestañear, como decir cosas contrarias a lo que uno piensa si es que lo tenía ya pensado, a gritar lo que uno siente obligando a los demás a transigir con sus gritos y luego llamarlo libertad o a justificar razones peregrinas en la defensa de lo que entiende suyo. Los afectados por esa patología notan un "chirrido" cuando dicen cosas sin convencimiento o no tratan de imponer sus consideraciones por la vía emocional aún con el convencimiento de que ésta es la más efectiva. Huyen del populismo y a veces son contrarios a ellos mismos y los suyos por despejar la justicia y respetar el compromiso con un país que por lo general es más ingrato con los que no son vanidosos. El sentido común hace tiempo que tiene vacuna y se está erradicando de nuestra sociedad a pasos agigantados cual evolución de modernidad ya incapaz de reconocer el país que está dejando atrás. La vacuna capaz de justificarlo todo ya está aquí, esa que cura los conatos de responsabilidad incómodos con la tan atractiva libertad modelable al uso. Todo se ve fácil y la democracia universal ha hecho creer a todos sus partícipes con súbitos y gratuitos poderes de análisis superiores, además de autoridad moral para juzgar a cualquiera sin tener más que emplear calificativos copiados de prensa afín. El sentido común por fin muere y los sentimientos lo enterrarán ya que ahora se deben abordar las problemáticas entre lágrimas de rabia u odio como si de venganzas de familia se trataran. Los temas tabú no han desaparecido desde el franquismo, simplemente éstos han cambiado y ahora otros son los temas y distintos los jueces, pero todos igual de inquisitivos. También se acabará con la experiencia del sentido común sustituida por memoria de hechos concretos que cada uno decide como deuda pendiente que saldar se lleve a quien se lleve por delante. Por ello el pasado y la historia no nos habla del ser humano y sus infinitas posibilidades de repetir sus errores sino de gente que son los buenos y otros los malos, decididos por los vacunados con recetas de una palabra sin necesidad de más explicaciones. Esas vacunas no tienen efectos secundarios, bueno en realidad sí las tienen pero permiten olvidarlos y mirar siempre al futuro, no como un trazo de optimismo, sino como una huida de lo incómodo de algunas decisiones. La patología es farragosa y se empeña en dar razones cuando uno puede convencer con humor y mucho menos aliento. Para qué complicarse la vida si hay tanta gente igual que vive su libertad traspasando continuamente aquellas barreras tan impopulares propias de tiempos pasados. A fin de cuentas tanta gente habla el nuevo idioma de la evolución. Los trasnochados y anticuados que se guarden sus sermones porque el nuevo tiempo de la libertad ha llegado y la juventud la dirige con mano firme y grandes pancartas. El mundo es de los que no piensan, de los que actúan, de los que viven felices por una sociedad maravillosa en la que los personajes grises no tendrán cabida. Se ha erradicado al siempre molesto sentido común. Al trajeado y formal hábito que hace de aguafiestas a los impulsos vitales. Es el tiempo de la libertad.

viernes, marzo 01, 2013

Voluntad democrática Vs Estado de Derecho

Aunque pudiera parecerlo, no voy hablar del choque de dos ciudades, ni de dos equipos, ni de dos maneras de hacer o proceder. Sin duda cada urbe tiene unos hábitos y maneras propias que, en aras de un interesado maximalismo se trata de enfatizar como ejemplo positivo o negativo de determinadas conductas, únicamente por defensa de las propias.

Yo soy nacido en Barcelona y por ello como catalán no puedo hablar de barceloneses y madrileños ya que posiblemente no entraría en los estándares que definirían a un ciudadano tipo cuyas características más frecuentes se suelen usar como la definición de un todo que apoya las premisas del interlocutor de turno. Por eso prefiero decir lo que he dicho, soy nacido en Barcelona y punto.

He ojeado un poco de BTV, es decir, Barcelona Televisió, canal del Ajuntamiento de la ciudad condal y he extraído una serie de conclusiones que se centran en tanto personajes propios de la programación de ese canal como en invitados que dan su propia opinión, y de cómo reacciona la dirección - moderación del programa y el entorno te puedes formar una idea de lo que se entiende por normal en Barcelona y por extensión tirando el resto de Cataluña.

Lo primero de todo es definir unas pautas de salida porque cuando las polémicas se debaten con reglas distintas de juego por cada una de las partes se puede afirmar que el entendimiento es de difícil a imposible. Esto es un poco lo que sucede con el asunto del nacionalismo en Cataluña.

Las referencias serían los pilares que sirven a un grupo de población a definir conductas que pueden considerarse como normales y éstas se pueden construir, es más de hecho así se hace, potenciando unos principios o valores (que pueden ser de cualquier índole) y/o deprimiendo otros. La responsabilidad de instituir unas determinadas referencias teóricamente debería corresponder a los progenitores, pero en la actualidad existen muchísimos padres putativos de esos mismos progenitores que informan y forman sin cesar a base del control de esa información y su difusión entre los ciudadanos. De ese modo, todo aquello que sea susceptible de conocerse y aprenderse de manera consciente e inconsciente implica una influencia sobre los individuos afectados que igualmente se gradúa en función de valores de cantidad. Así, el despliegue de medios e instituciones en un territorio dirigido a difundir una serie de premisas y datos particulares conformará las pautas de salida que antes refería y por tanto las reglas de juego válidas para los receptores de dichas premisas. De hecho no estoy explicando nada más y nada menos que lograr influir en la población para producir un cambio de mentalidad con la que desvincularse o desentenderse de otros. ¿Es posible hacer eso? Es necesario disponer de un control muy importante de los medios e instituciones dirigidos a formar a la población y reducir la discrepancia interna al máximo. Por mucho que una persona defienda su autonomía en la opinión o una libertad en la elección de sus principios, debe convenir al menos para considerar su defensa válida, que dada la permeabilidad de la percepción humana es susceptible a un entorno y mucho más si éste es abrumadoramente mayoritario y silenciosamente progresivo.

Si nos fijamos en la historia, existen millares de personas capaces de abstraerse de la realidad adaptándose a una nueva en aras precisamente de eso: la adaptación. Por ello, en regímenes autoritarios suele ser normal la aceptación de de las premisas hasta tenerlas como normales y sólo cuando se ponen en cuestión por una mayoría suficiente, la población tan borreguil como antes, se ve capaz e incluso da un giro radical renegando de lo que anteriormente se aceptaba e incluso se había llegado a defender como normal. El cerebro humano es maravilloso a la hora de defenserse y justificar las propias acciones. Por ello, cualquier discusión con un sujeto "adaptado" a los nuevos tiempos se defenderá y acudirá a cuantos subterfugios encuentre a su alcance efectuando juicios de valor "prevaricadores" que justifiquen las acciones subjetivamente. Por ello, lo que antes podía ser válido, ahora ya no lo es y se puede excusar con facilidad hablando de "evolución" o la pertinente razón instituida por los medios e instituciones mayoritarias.

Está claro que nada es inmutable y sobre lo explicado uno puede decir que siempre el ser humano cambia por influencias externas siempre y por tanto todos como población seríamos consecuencia de dichos cambios e influencias. Sí hasta cierto punto. Se deben aceptar unos principios que sean válidos para todos, los que piensan una cosa y su contraria en cuestiones, digamos, territoriales, porque de esa manera al hablar de temas que puedan resultar espinosos todos podrán acogerse a las mentadas reglas de juego con las que argumentar sus acciones y decisiones. Pondré un ejemplo sencillo. Si la variable "sentimiento" se considera válida para justificar decisiones políticas, entonces la estamos determinando como una constante consensuada que servirá como referencia para que todos los sujetos de una población puedan esgrimir su libertad de elección. Los compromisos adquiridos en ese caso estarían igualmente sujetos a la ductilidad de dicha emoción y de la eficacia de los medios e instituciones para lograr enardecer a los habitantes se deduciría un éxito en superar tales compromisos. Pero sería también aceptar los sentimientos de quienes rechazan la anterior visión y sus consecuencias, un modo de solemnizar la irresponsabilidad. Y es a partir de este punto donde lo encardino con las declaraciones de ayer en el programa "La Rambla" de BTV de  Jordi Martí, presidente del PSC en el ajuntamiento de Barcelona, el cual fue muy explícito. Vino a decir que bajo la legislación actual no existe encaje a las demandas nacionalistas y que es un asunto de "diálogo" y negociación política que requiere la oportuna voluntad. Un día concreto, una persona concreta, José Luis Rodríguez Zapatero anunció en un mitin un cheque en blanco para confeccionar el Estatuto catalán, desde entonces el supuesto debate es: Voluntad democrática Vs Estado de Derecho. La denominación de "democracia" o "voluntad del pueblo" empleados en contraposición a un Estado de Derecho democrático supone, tal como ponía como ejemplo, la aceptación de la ductilidad de unas referencias que nada tienen que ver con la democracia, sino en coyunturas maleables por fuerzas capaces de influir en poblaciones que se ven capaces de alterar sus compromisos y con ello, modificar lo que eran unas reglas de juego por ellos admitidas. Pero lo más llamativo es que la contraposición que da título a este artículo es una contradicción maniquea que predomina interesadamente el primer concepto para superar el segundo, negando a éste último legitimidad suficiente. Vendría a suponer la aceptación de que las manifestaciones en la calle son más democráticas que el sufragio universal. Es el colmo de la metonimia donde unos toman la representación del todo para adueñarse de la supremacía moral y erigirse en receptores de la "voluntad del pueblo".

Es cierto que las personas capaces de admitir la variable "sentimentalidad" como una razón válida juegan con ventaja a la hora de justificar sus decisiones, precisamente porque no necesitan hacerlo. El problema viene cuando esas emociones sólo se justifican desde una perspectiva y no se acepta el nuevo juego de referencias de manera general, no porque tenga que hacerse tamaño disparate sino porque supone que uno no se molesta en reflexionar acerca de las consecuencias de su decisión y niega lo mismo que uno está haciendo al resto exigiendo implícitamente el reconocimiento de un privilegio que por mucho que se niegue, es el fundamento base de la reclamación.

Otra conclusión significativa es volver a relacionar lo dicho con el programa "Telemonegal", en el que un señor que niega ser presentador de Tv e igualmente niega erigirse en juez o crítico de los demás programas,  basa su programa en analizar y por tanto emitir juicios de valor sobre los mismos en razón a su personal punto de vista. La génesis de un desapego surge con facilidad cuando uno se tiene por persona con la autoridad moral necesaria para juzgar al resto exonerándose con ello de su responsabilidad y pidiendo a los que son objeto de su "análisis" que transijan y acepten lo propugnado por el presentador como cierto y susceptible de un análisis. Todos los que vean ese programa y no acepten el "desapego" de su presentador a la hora de emitir juicios de valor, son potenciales candidatos a transigir con una manipulación que les conferirá esa divina facultad de abstraerse de quienes considere lejanos y juzgarlos a un tiempo. Una manera de conferir a la población objetivo una supremacía moral con la que determinar la aptitud de los que determinen. La premisa fundamental es la solemnidad o la capacidad sancionadora que se otorga a tal sujeto. Si éste se presenta como un opinador o es algo más que da por sentadas sus propias reglas de juego al resto. El juego mediático se vale y se ha valido precisamente de esa capacidad de abstracción para juzgar a partes como si en ello no le fuera nada y así conformar un desapego. Sería como publicar en los diarios que PP y PSOE se pelean y dar a entender que no queremos saber nada de ello porque "estaríamos por encima" de dichos procederes. Claro que existe con mayor capacidad, pero justamente ésta es la que no lo pregona o lo presenta como un rasgo exclusivo de un grupo, sino tan propio e inherente del ser humano que al tirar la piedra debería pensárselo, no una sino mil veces.

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Un excéntrico pensador que emplea este blog sin concesiones a la mesura ni a la inteligibilidad