viernes, agosto 02, 2013

El circo

Cada persona imprime una parte de su propio ser al escoger un candidato en política. Sea con interés o sin él, con razones sesudas o inflamadas emociones, los motivos que responden a una elección como esa muchas veces son ignotos incluso para las personas que escogen. La mayoría cree que toman sus decisiones con plena libertad de conocimiento y las más de las veces eso no es otra cosa que el producto de una afinidad inconsciente que sucede antes de la elección.

Como tampoco quiero andarme con derivaciones que caminen por espirales demasiado intrincadas sobre el libre albedrío, me limitaré a hablar de eso: afinidad, sobre la que los lazos emotivos ligados a la idea de uno mismo, a la que uno pretende tener de uno mismo al menos, se deposita la mayor parte del pastel mental que toma la decisión de turno, la que manifiesta un acto de simpatía o antipatía hacia algo o alguien. De ahí que resulte tan complicado variar las actitudes de los que siguen a uno u otro determinado partido o candidato. Los nexos entre éste y aquél no caminan tanto por razones explicadas en la superficie, sino por otras más íntimas que son el resultado de un poso de experiencia de vida que se acumula en nuestro cerebro y cristaliza en unos esquemas cognitivos. Ahora bien, los que acumulan muy poco conocimiento de sus experiencias siendo incluso gente que puede disponer de grandes bases de datos adquiridas por estudio directo y/o los que vuelcan sus capacidades en un propósito puramente hedonista, esos no tendrán tanta dificultad en alterar su criterio de voto, pero no será por la razón que darán: apertura de miras o cualquier epíteto dirigido al autoensalzamiento, sino porque cuando existen pocos nudos es mucho más fácil proceder al desenlace. Y es relativamente difícil filtrar a los cínicos de los ciertamente abiertos de mente ya que los primeros suelen suplantar una causa o cruzada a través de su persona y mezclarla confundiendo a los demás en los resultados. Para éstos la causa o cruzada de turno no es más que un medio para llegar a un fin puramente personal y sobre el que no escatimarán medios porque al unirlas, la defensa de la cruzada no será más que la defensa de uno mismo.

Por el contrario, el abierto de mente, aunque igualmente tiene una idea de defensa de sí mismo, ésta lo es por extensión de un global que no pretende esa suplantación de su persona con el fin o cruzada de turno, por el contrario tiene que despersonalizarla y relativizarla un tanto apreciando las infinitas variables en el camino que la desproveen de grandilocuencia, de ese rasgo utópico que surge de la teoría, de la hipótesis sin tacha, para aterrizar en las personas de carne y hueso que rompemos y despedazamos cualquier idea o ideología al materializar las propias pretensiones. Porque el abierto de mente necesita de dos requisitos: uno emocional que coloca las propias pretensiones en un espacio de generosidad o de un concepto altruista no definible ni por el propio actor; y dos, un requisito de inteligencia transversal, es decir que tome los hechos desde muchas perspectivas y ángulos y no una visión monocorde. Sin embargo, es razonable pensar que los ideólogos que buscan la lucha de clases, la separación, la exaltación de un aspecto o la cruzada contra otro, lo sean por especial sensibilización con un aspecto del entorno del cual o bien han sido testigos o protagonistas. De ahí que la impresión resultante en el sujeto logre un efecto emocional de tal orden que convierta en inexpugnable su causa para dejar resquicio a comprender otros factores que, comparados, le parecerán irrelevantes. Y cuidado, conviene no confundir la capacidad de analizar distintos ángulos con la de conferir la adecuada importancia a cada cual.

Todo el conocimiento del mundo navegando entre las neuronas no garantiza la inmunidad ante la necedad ni mucho menos, es más, los henchidos acumuladores de conocimiento e información son más susceptibles, por un orgullo hedonista, de creerse más capaces para enarbolar cruzadas y lograr la extraordinaria satisfación emocional de liderar a una masa. No hago más que desarrollar un tanto lo contrario a tener "los pies en el suelo", sobre lo que también he de decir que creo que los hombres, por una especial vulnerabilidad a la vanidad, somos mucho más proclives que las mujeres.

En el circo de la información y la política observas muchos de esos perfiles. Quizás sea por eso que siempre he mostrado un cierto veto natural sobre los personajes carismáticos de todo orden, sujetos que necesitan y de hecho tienen un orgullo hedonista mucho máyor que sus pares. La confianza personal no requiere de ese resorte, ni del de la falsa modestia que es incluso peor que el anterior y muchas veces complemento accesorio. Pero en cualquier caso, no hay que confundir al vanidoso con el seguro de sí mismo que dispone de razones ciertas para fiarse de sus capacidades. En esos casos, cuando las actitudes son firmes no implican necesariamente presunción, sino que es mucho más probable que el problema sea de la audiencia. Es propio de los seres humanos la necesidad de "igualación". Un recurso típico que trata de rebajar e incluso postrar a los que triunfan o destacan exigiéndoles el tributo de la mediocridad o el igualitarismo. Uso que con la necesidad de la coacción o la fuerza impone un estado de cosas en el que sólo pueden sobresalir los taimados manipuladores que antes refería, aquellos que unen su persona a la causa.

El funcionamiento de la condición humana da respuesta a todas las manifestaciones que se representan en ese circo político y mediático al que asistimos algunos atónitos por repetido y representado a lo largo de toda la historia con los mismos resultados.

También hay que ahondar algo en la lógica y discernir que quien busca un puesto de notoriedad está más sujeto a la posibilidad de sucumbir a sus efectos, por ello en política e información es imprescindible conectar a un tipo de gente de "dentro" con la de "fuera" para que no se rompa el cordón umbilical de la  realidad. A veces los problemas de personajes se producen únicamente por el ritmo frenético de una labor que no deja tiempo a la reflexión más que para reconducir los recursos a continuar ese frenesí y a permitir su supervivencia.

Siempre hay que desconfiar de los que apelan a las emociones especialmente dos: 1) Las negativas: odio, separación, diferenciación, etc.; y 2) Las aduladoras: aquellas que flirtean con la audiencia buscando afinidades no tanto per se, sino para buscar la separación con los rivales; las que otorgan derechos gratuitos; las que nos dicen lo buenos que somos y nos venden que si apartamos a otros lograremos nuestro sueño; las que nos conceden de boquilla nuestras reivindicaciones que tiempo antes fueron introducidas por medios interesados subrepticiamente. Todo eso es demagogia que a diario pervive en los medios y la política.

Porque la queja es solidaria, atractiva, empática y multitudinaria, un cebo tan y tan apetitoso que mientras existan taimados dispuestos y hábiles para aprovecharse de ello y sean protagonistas de un modo u otro, la audiencia seguiremos señalando equivocadamente a los culpables sin saber que la injusticia es moneda de cambio cotidiana en ese maravilloso y tecnológico mundo nuestro.

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Un excéntrico pensador que emplea este blog sin concesiones a la mesura ni a la inteligibilidad