sábado, julio 26, 2014

Comentario publicado en ABC.es "El clan Pujol", una familia cercada por la justicia.

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http://www.abc.es/catalunya/barcelona/20140725/abci-familia-pujol-juicios-casos-corrupcion-201407251947.html#disqus_thread

Había una vez un lugar feliz donde la gente vivía feliz y nada crispada, pero tenían a otro pueblo que les oprimía y no les permitía ser libres, o al menos eso decían los líderes de esa Arcadia. Cuando leías los periódicos y veías la tele o escuchabas la radio, conocías cómo el pueblo crispador les robaba y se peleaban sus políticos entre ellos con profusas y continuas noticias en los medios explicándolo casi a diario. Todo diferente a este pueblo feliz, contento, orgulloso y calmado. En este territorio no había luchas, no se conocían disputas entre sus políticos ni corrupciones, era diferente. Su líder animaba a formar una piña y a mostrar cuán de distintos podían ser los habitantes de uno y otro pueblo. Lo cierto es que en el pueblo “opresor” existían grupos de comunicación poderosos que tenían dos puntos de vista distintos sobre política, eran rivales y competían por los titulares de sus portadas. Sabías que lo que no publicaba uno lo haría otro aunque fuera por plantar cara al contrario. Esos grupos los formaban personas que debatían igualmente en tertulias, incluso airadamente, con el acaloramiento que luego imprimían a sus ediciones matutinas creyéndose valedores de la libertad de información. Todo eso era distinto en nuestro pueblo feliz, la información de los taimados, corruptos y aprovechados era copada por los protagonistas del otro pueblo. Es cierto que podía haber algún caso del pueblo que nos ocupa, pero nunca mereció más que uno o dos días en el candelero porque todos esos medios buscaban la concordia y sabían que dar más información era ceder al ataque de los que pretendían emponzoñar la vida diaria de este territorio tranquilo y cabal. El protagonismo lo ocupaba el otro pueblo, el ejemplo de lo que no se deseaba, de aquello con lo que no se quería tener nada que ver, y así poco a poco se vió la diferencia entre ese pueblo malo y el bueno que era tan diferente y civilizado. Los habitantes de este pueblo fantástico, ni mejor ni peor decían, aseveraban orgullosos sus rasgos y despreciaban los intentos de los del pueblo malo de malograr su reputación tan honorable. Aquellos que tenían certeza de cosas mal hechas callaban en este pueblo porque querían aspirar a ser buenos ciudadanos y a fin de cuentas, en asuntos de dinero sólo había que saber con quién tratabas y qué debías hacer según la situación, conocer las reglas no escritas ni mentadas jamás en público. Los maletines que se conocieron entre colegas y susurros siempre fueron muy discretos, en piel marrón de Loui Vuitton o Loewe; las decisiones sobre casos de importancia se hacían con estilo u originalidad: estudios “curiosos” o intrascendentes a bufettes con dinero público que a buen seguro irían a parar a mejores manos, aprobaciones de permisos para determinadas actividades profesionales sin necesidad de cumplir con los requisitos generales, reuniones con sobres, iguales que los que se publicaban del pueblo malo, pero éstos nunca se sabrían; leyes que se modificaban para beneficiar a un grupo empresarial concreto con apellido muy jugoso y patriótico; especulaciones en terrenos, lo que los malos llamaban pelotazos urbanísticos, o cantidades ingentes de dinero que iban a cuentas de los que velaban por el bien de ese pueblo feliz. Muchos conocían esas historias porque eran partícipes por acción u omisión de ellas, en primer plano o de reojo, pero siempre cautos miraban por su país, al igual que los medios de comunicación que buscaban lo mejor estando todos unidos y coincidentes. Y así los buenos ciudadanos podían ser felices, podían comprar casas con dinero negro sus dirigentes o con billetes procedentes de paraísos fiscales a sabiendas que los patriotas no hablarían ni se producirían grietas como en el mal pueblo. Incluso la información privilegiada podía ayudar a crecer a los esforzados colaboradores ya que todos juntos remaban en la misma dirección. Porque en este pueblo comprometido los jueces también podían participar en la causa junto con abogados ilustres y reputados, incluso los bancos o las cuentas que prestaban dinero sin necesidad de devolverse, práctica común en ambos pueblos, pero que se solía configurar como portadas en los pueblos crispadores y beligerantes. Así, la Arcadia feliz podía tirar hacia adelante, sabiendo que aquellos que quisieran destapar las faltas o deslices de sus próceres serían personas non gratas y que incluso insinuar un halo de posible corrupción era una afrenta intencionada del pueblo enemigo. No podrían contra ellos y se sintieron mejores y capaces. Los ciudadanos tuvieron fe y enarbolaron su blasón a la búsqueda de su emancipación. Querían despegarse de los malos y crispados opresores para poder ser y disfrutar de su bondad y calma en su mundo civilizado. Sabían que no eran perfectos pero tenían la certeza de que eran diferentes. Era un sentimiento, basado en tantos ciudadanos que cumplieron su deber en su puesto y eliminando o desactivando los que pretendieron derribar ese proyecto feliz de gente libre, gente convencida de que eran lo que les dijeron que eran, y lucharían por ello, ¿Quién no lo haría en su lugar?

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Un excéntrico pensador que emplea este blog sin concesiones a la mesura ni a la inteligibilidad