sábado, abril 09, 2016

Los guiñoles de la política

Ya he dicho muchas veces que una de las mayores motivaciones del ser humano es llevar la contraria, un instinto de defensa, de competición, de compensación del propio complejo de inferioridad que lleva a las personas a reaccionar sistemáticamente dando una réplica, a acelerar en un semáforo cuando otro lo hace, a querer aquello que no tendría interés si no fuera porque otro lo pretende, etc. En España, tierra de emociones intensas, ésto se constituye en paradigmático y las adhesiones y los "argumentos" van y vienen muy influidos por ese patrón, de tal modo que cualquier planteamiento, con absoluta independencia de su enjundia, pasa a ser discutido o discutible en función de quién lo exprese.

Yo he relatado mi frustración con Rajoy en este blog largo y tendido. Creo que es el peor gobernante del PP posible tras el descalabro de sufrir un Zapatero en nuestras carnes: el presidente gallego ha conseguido que se afiancen todos los inputs morales e ideológicos que introdujo su predecesor y convertir en normal un modelo de pensamiento político y relativismo moral que desplaza toda referencia muy a la izquierda y a concebir como asumible el independentismo. Rajoy, como un Rey disponiendo de mayoría absoluta, ha sancionado todo lo que fue objeto de disputa y lucha política en el PP durante nuestra exigua democracia. Así, ha hecho añicos un legado que siempre ha recibido una inmensa contestación por parte de una Izquierda articulada por resortes de motivación referidos en el primer párrafo. Quizás por ello al aparecer esa savia nueva que era para algunos Ciudadanos y para otros Podemos, muchos pudimos sucumbir a sus influjos. El que escribe está en otra galaxia a la podemita que le  parece más bien un estudio universitario de manipulación de masas que un verdadero proyecto encaminado al bienestar del país. Sin embargo a Albert Rivera y Ciudadanos lo conocíamos ya los que vivimos en Cataluña, desde ese primer instante en el que, ataviado solo con sus manos aparecía poblando los carteles publicitarios de media Barcelona: una ingeniosa manera de darse a conocer en la densa balsa catalana que solo daba voz a los afectos. Sin propósito de extenderme más sobre el pasado, resumiré diciendo que yo voté a Ciudadanos en las pasadas Elecciones Generales. Yo creí lo de acabar con rojos y azules disponiendo un fin último que era el bienestar del país. Fíjense que todo acaba rodando en relación al primer párrafo pues el partido naranja venía a propugnar que no utilizaría un enemigo objetivo para acercar a los posibles amigos. Yo le creí y ya he dicho lo que pienso sobre Rajoy que puede extenderse a su séquito, con la contada y discutible excepción de Pablo Casado.

LA PRESENTACIÓN

Asistimos desde más de cien días a una especie de sainete en el que unos y otros buscan el papel del actor principal o que por lo menos, de dicha obra se propicien mejores papeles en un futuro cercano.

Para situarnos haré una breve descripción, producto de una pretendida observación naturalista, de los intervinientes de la función.

Mariano Rajoy. Lo primero que me llama la atención es su falta de empatía, todas y cada una de sus manifestaciones giran en torno a su propia persona y a sus dificultades para superar una realidad que se le antoja hostil injustamente. Si algo caracteriza al mandatario gallego es una anhelante necesidad de reconocimiento por la que lucha con la táctica del Don Tancredo. Los patrones típicos que le adornan son la ironía y el silencio cuando se siente traicionado, que es siempre que no se le concede su razón. Su arma con los demás es la condena al ostracismo, de tal modo acaban sucumbiendo más supuestos afines que los del otro bando sobre los que conserva ese masoquista deseo de reconocimiento.

Pedro Sánchez. No se le puede negar algo, es inasequible al desaliento. Es de ese tipo de personas que si quiere algo no le importa resultar pesado e insistente hasta conmocionar al sentido común. El problema de este perfil surge cuando asocia inexorablemente el bienestar de los demás a que sea implementado por su propia persona, una especie de Escarlata O'Hara que con una determinación a prueba de barones y de lo que sea, no dudará en emplear la impostación, la intriga y a los medios para conseguir su objetivo. La mera descripción de sus métodos describe al hombre. Muy marcada ambivalencia entre complejo de superioridad/inferioridad.

Pablo Iglesias. O la reencarnación del mismísimo Lenin. El líder de Podemos es una amalgama de conocimiento superficial desplegado con pericia e indudable prosodia. Es la maximalización personificada, alguien capaz de establecer en un ejemplo toda una totalidad, el antagonista de la complejidad que sucumbe a razonamientos que superan determinado número de variables es la panacea política en un país de resúmenes y de brevedad gracianesca. Tras esa apariencia amable no quedan ocultos destellos de fanatismo capaz de justificar lo que sea necesario por un fin.

Albert Rivera. Lo primero que propone su rostro es espabiladez, alguien inquieto y proactivo dispuesto a zambullirse ante quien sea necesario confiado en sus casi ilimitadas dotes de oratoria y réplica argumental. De todos los descritos es sin duda el que sus rasgos proponen mayor bonhomía y por tanto, el que tiene menos cicatrices de numerosas batallas en las que la espada de la guerra partidista acaba haciendo sangre. La duda surge por saber si esa invulnerabilidad es fruto de una confianza hipertrofiada o de una imposibilidad de aglutinar la experiencia como lección de futuro que tan amiga es del dicho: "la intención es lo que cuenta".

LA REPRESENTACIÓN

En cualquier batalla, los generales comienzan con el inventario de sus fuerzas para conocer sus posibilidades, sus puntos fuertes y débiles con vistas a afrontar el conflicto de la manera más exitosa posible. El escenario de ésta era y es tan definido que viene representado por el número de escaños posibles, desde ese presupuesto solo queda concebir a qué está dispuesto cada general para aunar su propio ejército, qué prebendas, qué cesiones, qué traiciones, qué principios doblegar si los hubieran, y qué impostaciones.

Cada grupo tiene un ejército propio y una potencialidad que vienen definidos en el ADN de sus políticas y maneras de hacer política, que no viene a ser lo mismo:

- El PP de Mariano Rajoy puede acordar con Ciudadanos, Coalición canaria y no sabemos si tras los devaneos del partido de Rajoy con Bildu, sería posible alguna entente con el PNV, pero todo queda en entelequias ya que ni votando afirmativamente por la investidura de Rajoy éste alcanzaría mayoría suficiente en primera o segunda votación.

- Pedro Sánchez solo veta al PP y dice no al independentismo en público mientras le concede escaños y despacha con éstos tanto en público como en secreto.

- Pablo Iglesias tiene un proyecto por el que además ha sido bien remunerado y en factibles pasa por unirse al posible frente popular instigado junto a Pedro Sánchez con el plácet de los independentistas.

- Albert Rivera y su férrea defensa de la integridad territorial de España ofrecen como única posibilidad un acuerdo a tres bandas con los dos partidos principales: PP y Psoe. Todo lo demás no suma.

El primer paso lo da Sánchez, que se antoja generoso "porque sí" y cede unos escaños al independentismo. En política no se da puntada sin hilo aunque muchos no den hilo en sus puntadas al analizarlo. Ese es uno de los argumentos clave.

Mariano Rajoy declina proponerse como candidato habida cuenta del NO en la frente que le ha clavado Pedro Sánchez hasta en 17 ocasiones. No en vano, conociendo el patrón rajoyano de "esperar y ver", su discurso se centra exclusivamente en apoyar a la lista más votada exigiendo de los demás los gestos que dispongan la aclamación a su elocuencia que obviamente no se produce.

El Pedro Sánchez post electoral es un reducto provisional supuestamente en manos del aparato de su partido y de las fauces de Susana Díaz. Los resultados han sido malos considerando el propicio escenario de desgaste del Gobierno del PP y su aprovechamiento, ínfimo. El líder socialista, analizando los números y solo éstos, se asemeja a un político desahuciado aguardando un final que todos publican en titulares.

Entretanto, un Pablo Iglesias crecido cree manejar el cotarro de la Izquierda, el chute electoral le ha dado tal subidón que ya ve un 60 más alto que un 90, algo parecido a la diferencia de estatura.

Pedro Sánchez en ese momento no puede desafiar a todo el aparato pues sus fuerzas están más bien diezmadas y la autoridad moral circundante es escasa, de modo que son momentos de tirar de dichos populares y jugar con las tropas disponibles y los cantos de sirena: es momento del todo o nada o de perdidos al río, nada hay que perder desde semejante punto de partida y decide su estrategia maestra que le permitirá: a) Salir a flote y b) hacerse lo suficientemente público para no ser "asesinado" en directo por las huéstes socialistas. Es el momento de agarrarse a la almadia de Ciudadanos que ha asumido su papel de acuerdo por España hasta sus últimas consecuencias incluso desvirtuando el propio espíritu de ecuanimidad. Pedro Sánchez no tenía ninguna alternativa, el permanecer inane le convertiría en cadáver político y su intención de formar un frente popular muy discernible en sus constantes alocuciones no era en ese momento una opción.

Albert Rivera, el buen samaritano. Aparece para rescatar a un Sánchez teóricamente acabado pero dispuesto a dar batalla hasta sus últimas consecuencias. El barcelonés se convierte en el salvoconducto con el que proponerle al Rey la investidura de la "buena intención por España", en la que ambos lograrán: a) Desencallar el callejón sin salida que ha supuesto el desenlace electoral; b) Quitar el foco de atención en un recientemente estrenado Rey en estas lides, que debe congraciarse con la izquierda (endémicamente) y que debe evitar la incomodidad de parecer parcial a los ojos prejuiciosos de la artimaña emocional de clase; y c) Depositar la presión de la responsabilidad por España íntegramente en Rajoy, que debe decidir, tal y como reza Rivera, someterse a los acuerdos y no a las personas con Pedro Sánchez como candidato. Albert Rivera es el salvador de la carrera de Pedro Sánchez, el que le ofrece la oportunidad que en ese momento carecía. No en vano, eso le permite demostrar con hechos la coherencia que pretende a sus palabras y desmarcarse de su máximo rival en la pugna de votos, el PP, ofreciendo lo que Rajoy nunca ha sabido dar: acción y decisión. Ambos líderes, no muy favorecidos en el desenlace electoral o menos que de lo que sus expectativas presagiaban, han dado un golpe sobre la mesa que les permite granjearse las simpatías de los medios anti Rajoy, es decir de todos menos ABC y el grupo 13TV y La Razón. En ese momento pulpo pasa a ser en los diccionarios un animal de compañía y Rajoy debe abrazar a Sánchez como candidato a instancias de un insistente Rivera que lo condena sistemáticamente como recurso de las nuevas formas del cambio para ser querido y aceptado incondicionalmente. El último reducto de empatía o de simulación ajena muere y la lógica ciudadana asume que lo normal discurre en aceptar al que solo le faltó golpearle en el Debate como nuevo salvador de España por un alto patriotismo. El acabóse. La tirria a Rajoy puede con todo.

No en vano, la película continúa y Sánchez erguido y con la bombona de oxígeno naranja a cuestas decide pulsar la vida política "al tun tun" reuniéndose con Puigdemont primero, que le inspira una encomiable declaración tipo alianza de civilizaciones, y con Junqueras después en secreto. Cosas de políticos sin importancia ni enjundia. Rivera nota unas incipientes protuberancias sobre sus sienes que deben ser ocultadas o manejadas en un compendio de displicencia y compromiso con España. Albert Rivera evoluciona o involuciona de ser el "primo de Zumosol" al de Sánchez. No en vano, la cantinela, entregada ella, empieza a agarrarse a "la intención es lo que cuenta" como acto de fe y justificación inconsciente ante colosal tomadura de pelo. En ese punto, el más difícil, Sánchez debe ponderar de nuevo su recuento de tropas y Díaz ya no parece la amenaza que antes resultaba devastadora. Es momento de conocer si existen posibilidades de formar el sueño húmedo del ex jugador de baloncesto: su particular frente popular, pero Iglesias no está por la labor y como en un buen partido de izquierdas que se precie, las llamas empiezan a asomar por todos lados, nuevos barones, cuotas de poder y el polítburó comienza su lucha fraticida con los púgiles Errejón e Iglesias, el pragmático y el fanático. Las encuestas empiezan a añadir pimienta, pero Sánchez ha conseguido lo que no hubiera imaginado ni en sus evocaciones oníricas más megalomaníacas, parece postularse como el líder de la izquierda y los pronósticos le sitúan el primero y subiendo. Las prisas ya no son necesarias y alternativamente a la pared ya no está la espada de un tal Damocles. Las reuniones que tiempo atrás mostraban a un Sánchez desesperado, ofrecen a un altivo y alto dirigente esperando a que le lluevan ofertas y cesiones, y Sánchez se deja querer y adorar. ¿Por qué acordar ahora con Podemos si existe la posibilidad de salir reforzado tras unas elecciones y liderar sin ambages el frente popular?  Si el acuerdo con Podemos y los independentistas sale, culpo a Rivera de rigidez y no dar una salida para un Gobierno en España progresista y si no cristaliza porque no se abonan mis exigencias, culpo a Podemos postulándome como patriota no dispuesto a ceder en cuestiones fundamentales abrazado a Ciudadanos camino a un nuevo reto electoral del que llevo la mejor propaganda posible.

Rivera ha salvado la carrera del desahuciado Sánchez y se ha constituido sin pretenderlo en el mejor factor para radicalizar la vida política española: los que no podemos ver a Rajoy ni en pintura tenemos menos alternativa que nunca al frente popular y el peor socialista de los posibles que hace palidecer a Zapatero ha salido reforzado en el sainete. ¡Gracias Albert!

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