jueves, septiembre 08, 2016

La burbuja

Se ha hablado de la burbuja inmobiliaria como una de esas grandes causas de la crisis que nos ha azotado. Obsérvese que he dicho nos ha azotado, pero lo correcto sería decir, con la que nos hemos azotado. Porque yo soy uno de esos malévolos individuos que conceden al ser humano algo impensable cuuando hablamos de 2016: responsabilidad. ¡No, no, en absoluto! saldrían exclamando los maledicentes predicadores laicos y, levantando su cetro de autoridad, lanzarían su dedo acusador sobre unas poderosas y malignas fuerzas que oprimen y esquilman al resto de la población, sin escrúpulos, sin titubeos, convencidos de la justicia y enjundia de su causa sin pararse ni una décima a estimar las consecuencias de sus imprecaciones. El vulgo, la masa, es decir, nosotros, acogeríamos las acusaciones con fervor e indignación sabedores que los culpables son otros y nosotros las víctimas propiciatorias de los delitos de los ambiciosos próceres sedientos de dinero y poder.

Bien, cuando hablo de burbuja vengo a referirme a permanecer aislado y ajeno a la realidad por disponer de un caparazón acuoso que nos protege del conocimiento efectivo y solo llega a nosotros un conocimiento, el de los predicadores. Tal conocimiento es tradicionalmente positivo desde un plano hedonista, pero también desde un plano moral, de nuestra moral. Y lo es porque nos concede la facultad de ser jueces de terceras personas sin ambages ni remilgos, nos faculta plenamente a dictar sentencias sumarísimas con el apoyo solidario de millones desplegados por todo tipo de frentes: televisión, radio, noticias impresas, noticias digitales, cine, teatro, literatura, y en cada uno de esos medios, los correspondientes subgéneros que, hacen de transporte de las consignas principales, así pues: documentales, informativos, drama, tragedia o humor, mucho humor, en todos viene la impregnación de la imprecación incrustada como elemento ya normal de nuestra propia cultura: la de la queja.

Y es que claro que hay víctimas propiciatorias, en concreto dos:

Las víctimas de los canallas padeciendo sus robos, hurtos, aprovechamientos y estafas. Lo es ciertamente una parte de ella, débil, desvalida, casi anónima, porque son los que no se oyen, los que no tienen voz o solo son utilizados ocasionalmente por los predicadores para elevar sus soflamas. Mucha de esa gente ya es mayor, toda ella tiene una vida cumplida de trabajo y esfuerzo y las ambiciones que les quedan son pasar sus días junto a sus seres queridos, sabedores de que es lo más valioso entre las fortunas disponibles y no disponibles. Los encuentras en los autobuses y hay que cederles el puesto, paseando a sus nietos o ayudando en lo que sea menester. También hay de esa gente entre los de mediana edad que, además de tocar vida, la han masticado en sus cerebros y saben del bucle humano sin solución. Esa gente sabe lo que es humildad de verdad y la distinguen de la pandemia de falsa modestia que afecta muy particularmente a los predicadores, todos ellos emborrachados de poder. El hecho de controlar a una masa es un compromiso social, dirían, y así nada tendrían que ver sus aspiraciones personales y el casual lugar de tronío mediático que les proporcionan sus actuaciones.

Todas esas personas por estar fuera de la burbuja ya son víctimas, pero también están las que conscientes de su realidad, tienen escrúpulos de conciencia porque asumen la responsabilidad por sus actos y saben que, al juzgar a otros, deben pensar antes de proferir. Esas personas son las que nunca tienen que ver con las guerras porque su bando es la sensatez y el verdadero juicio. Esas personas no son potenciales masa-vulgo de los predicadores cualesquiera que estos sean porque no necesitan de intérpretes de la realidad que concedan derechos de acción sobre terceras personas. Esas personas saben que hay gente de todo orden y condición en todos sitios capaces de aprovechar sus oportunidades para hacer mal o bien a los demás, no grupos de bien o de mal. Saben que muchas de las personas que amasan y tienen son pobres de espíritu y potencialmente adoradoras de su metal por encima de todo, pero las compadecen y no las envidian ni lo más mínimo. Esas personas no se aprovecharían de una situación de ventaja ni para distraer un euro. Esas personas reaccionan a la verdadera injusticia provenga ésta de donde provenga, sean fuertes o débiles, sin etiqueta o con ella, sin compadreo, solidaridad o camaradería eximente de responsabilidad por en medio, ciñéndose únicamente a la justicia del caso. Esas personas son pocas comparadas con la masa, no dan audiencias, no dan mayorías suficientes a los partidos, no cuentan. Esas personas llevan marcada la empatía en sus rostros y no la solidaridad que bebe de la implicación y el imaginarse a sí mismo siendo ultrajados. Esas personas saben que emitir una sentencia es juzgarse a sí mismo en tantas facetas de la vida sencillas y aparentemente livianas que no osan hacerlo a la ligera. Son justos y tienen verdadero poder, el poder de decidir por sí mismos sobre los demás. Algo que la sociedad actual no tolera ni tolerará jamás mientras existan predicadores de esta ralea.


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Un excéntrico pensador que emplea este blog sin concesiones a la mesura ni a la inteligibilidad