lunes, marzo 13, 2017

El conflicto de grupos

Prólogo. Escepticismo ante las ciencias humanísticas

En todo proceso de análisis que pretenda algo de rigor deben relacionarse todas las causas con sus consecuencias o correlaciones para conferir al planteamiento un objeto. Algo radicalmente opuesto a los presupuestos que manipulan las variables o asumen sesgos para concluir algo que ya pretendían probar antes de confeccionar su estudio. En esos casos, no se busca dilucidar un objeto, una fórmula, una constante que aporte explicación a los hechos, solo se genera un propósito, en muchos casos inconsciente, que como tal se dirige a un fin concreto: valerse de una metodología objetiva, la científica en humanidades, para demostrar o aportar evidencias de hipótesis voluntaristas y con ello influir en la sociedad. En esos casos el centro del estudio es el sujeto y no el objeto, es valerse del foco sobre sujetos escogidos aleatoriamente para demostrar una correlación pretendida apriorísticamente. Se buscan fiabilidad y validez estadística para conferir la formalidad necesaria al estudio que permita su aceptación en la comunidad científica. Ello es posible en el instante que la Psicología y las ciencias sociales se deben tratar con valores cuantitativos y por tanto requieren de los pertinentes constructos, la necesidad de convertir variables intangibles en valores cuantificables y medibles. De tal modo, podemos encontrar estudios para todos los gustos con los que poder esgrimir las afinidades ideológicas que acaban impregnando toda expresión humana.

Existe por tanto una relativización en el campo científico que afecta de lleno a las ciencias sociales que se viste con una ristra de expresiones eufemísticas con las que conferirle si cabe una carga ideológica todavía mayor: discusión científica, debate sobre hipótesis, evolución, desarrollo de ideas, ciencia en movimiento, etc. Todas manifestaciones humanas con un punto de partida obviamente subjetivo, pero con un punto de llegada igualmente subjetivo, pues son los seres humanos, sujetos a sus servidumbres psicológicas, las que amparadas en un determinado número de variables sostendrán las hipótesis más afines con su universo cognitivo, que es muy amplio e incluye variables de todo orden además de las puramente cognitivas.

Hecha tal apreciación que creo del todo necesaria para entender el funcionamiento de un sistema de ideas que se ha convertido en la fuente de fe de una sociedad hiper consumista, sostengo que vivimos en una sociedad que ha abandonado, si es que alguna vez llegó a tenerla, una capacidad de escrutinio propia para delegarla en las fuentes oficiales de confianza. La ciencia como tal debería ser por tanto la más precavida a la hora de permitir que un estudio que afecta al ser humano desde aproximaciones no biológicas pueda ser tomado como una verdad hasta que se demuestre lo contrario, pero en ese terreno es necesario comprender que los protagonistas del estudio están desarrollándose profesionalmente a través del mismo y su manifestación pública. De tal modo que se baja la guardia intelectual ante unos presupuestos que se asumen como dogmas en un terreno en el que disponemos de estudios capaces de defender lo uno y su contrario. La falsación, como método de validación de una teoría, ha quedado postergada al baúl de los recuerdos, entre otras cosas porque entre constructos artificialmente construídos, acaba resultando relativamente fácil sostener verdades aparentemente inescrutables. 

La causalidad y el presupuesto moral

Para alguien como yo que establece en el ser humano procesos cuasi mecánicos de comportamiento, la causalidad es una constante inexorable solo amordazada por el número de variables y el correspondiente sesgo en su evaluación. Así sucede que la psique humana es extraordinariamente intrincada y compleja pero no por ello deja de ser causal o pasa a ser "mágica", sino todo lo contrario, a mayor conocimiento de las variables implicadas, mayor capacidad predictiva.

En estas lides, el buenismo es una constante actitudinal que acaba definiendo a los sujetos que lo expresan, permite inferir aspectos de su personalidad, de sus motivaciones personales, de la necesidad que tienen de crecer emocionalmente y de la cantidad de variables que manejan en sus valoraciones o el necesario sesgo que las abona. Pues el buenismo es un recurso dirigido, como toda manifestación humana, a la potenciación del yo. Un concepto, el yo y la necesidad de su sublimación, como constante universal del ser humano.

La relación del buenismo con el presupuesto moral subyace en el aspecto volitivo, de la voluntad, y más concretamente de la intención que viene promovida por la actitud del sujeto. Quedando la moral e incluso la ética sujeta al factor interno del sujeto, al que se refiere a la necesidad que tiene de realizar el bien o lo que entiende por el bien mucho antes que reaccionar al estímulo que lo propicie. Pero el buenismo necesita fundamentalmente del reconocimiento grupal como rasgo característico que acaba definiéndolo, de manera que no necesita de una manifestación actitudinal, solo con la afinidad o la aceptación de sus presupuestos se puede recibir el preciado reconocimiento de grupo que anhela el bienintencionado.

Qué es buenismo y qué no lo es

Pero no vayamos a destrozar toda buena acción que exista en la humanidad argumentando la falacia buenista, porque el buenismo coincide en un punto de sus procesos con la bondad. Ambas requieren de una respuesta a un estímulo cuya volición viene motivada por esa buena intención y la necesaria restauración de una homeostasis psicológica que tiende a la armonía del sujeto. Ahora bien, la diferencia fundamental entre el buenista y el bondadoso radica en el grado de armonía interior, el grado de homeostasis existente. El que no es armónico en su interior entendiendo ello como la combinación de conocimiento, aceptación de sí mismo y realización personal, el que necesita equilibrar su interior a costa de modificar lo que no le gusta del exterior, está proyectando en el exterior aquello que no le gusta de su interior y necesita ser aplacado o reducido para que no dañe su yo o para preservarlo de un juicio negativo que afecte a su autoestima. Así, el buenista está en un propósito distinto al bondadoso, pues su motivación, con independencia de que la finalidad sea bella, parte de un necesario resarcimiento personal con el que aplacar las propias insatisfacciones o las partes que no agradan de uno mismo. Un ejercicio de compensación con el que ensalzarse ante otros que pasan a considerarse en la comparación con el propio yo, como peores y susceptibles de ser juzgados por quien pretende para sí una elevación, una forzada situación de autoridad moral para juzgar a los demás y evitar hacerlo consigo mismo. Ello fuerza al buenista a recrear mundos virtuales y por ende a generar malos con los que salir airoso en la comparación. El buenista por concepto exige a los demás, el bondadoso se exige a sí mismo.

Ideología, política y religión

En la actualidad el estandarte buenista lo porta hegemónicamente la Izquierda y el Progresismo liberal. Ambos lo exponen como cartel electoral para diferenciarse de una Derecha presentada en su extremo más insensible y utilitarista posible. Pero lo cierto es que el buenismo surge de ideas conservadoras y más específicamente de la aplicación inadecuada de la religión cristiana y la necesidad de lavar la propia conciencia del pecado en una sociedad culturalmente estigmatizada y presionada por la culpabilización moral.

Como en toda manifestación humana de un presupuesto ideológico, político o religioso, todo paradigma debe cruzar el inexorable destino del cerebro humano y de resultas conformar un resultado que puede distar un mundo del presupuesto original. Las ideas están hechas para los seres humanos y no al revés, los seres humanos para las ideas, existe gente que eso no lo tiene claro hasta el punto que subliman unas ideas de imposible aplicación en una realidad humana.

Cada planteamiento encierra su propia dificultad pues las propuestas ideológicas y políticas se dirigen a la organización de una sociedad y por tanto, su viabilidad depende de factores psicológicos y sociológicos en su materialización. En tanto que la religión apunta a la individualidad, a la idea de conciencia del individuo y la distribución de sus actos y pensamientos a lo largo de un orden moral que transcurre entre el concepto de bien y mal. La religión en su presupuesto original se delimita la salvación de cada alma y no una organización social o política determinada. El presupuesto intrínseco de cada paradigma difiere de raíz pues, de la aceptación de cada paradigma se debería aspirar a la consecución de unas actitudes muy diferentes.

El objeto de cada planteamiento, sin embargo, en su inevitable transcurso por el ser humano puede acabar adulterando su propósito, de modo que una ideología o un sistema político que lo materialice puede actuar como una religión y viceversa, una religión acabar imponiéndose como un sistema de estado o como una ideología.

Tanto en la organización de un estado en la que prima el poder público y se deducen unos compromisos y deberes con sus ciudadanos en base a la apelación del bien común, como en otro en el que ese estado se reduzca a la mínima expresión apelando a la responsabilidad individual y cultura del esfuerzo de sus ciudadanos, en ambos pesa una obligación erga omnes, les agrade o no, sea motivador o desmotivador, propicie una armonía o un caos, el sistema de estado necesita de medidas coercitivas más o menos tangibles que definan unos límites para sus ciudadanos. Pero la religión es una creencia íntima e individual que se expresa en la sociedad en tanto el ser humano es un ser social. Ahora bien, la coincidencia entre personas que profesan una religión acaban configurando algo parecido a un sistema de estado con sus normas temporales observadas por cada uno de sus miembros. Y es en esa observación donde cada sujeto adapta el credo a su personalidad individual transformando lo objetivo en subjetivo y produciendo las reacciones psicológicas en los que el juicio de valor y los mecanismos de sublimación del yo dan entrada a respuestas que pueden ser o no coherentes con la religión propugnada.

La importancia del yo en todo proceso de expresión humana: los grupos

Tal como explicaba en el artículo anterior, la referencia sobre la que gira el comportamiento humano es el yo, y su expresión en la realización personal. En base a ello, cada individuo basa el desarrollo de su realización personal en lo que considera sus fortalezas, rasgos de su personalidad e inteligencia que en la comparación inconsciente comprueba más diferenciadas, eso le lleva a escoger los entornos más propicios para su expresión, aquellos en los que sabe puede producirse un reconocimiento de los demás a sus capacidades y en los que al mismo tiempo el sujeto toma sus arquetipos o modelos qué seguir. Desde la niñez y la necesidad de aprobación paterno filial a la posterior adaptación a grupos, las personas despliegan su yo en todas sus vertientes y en todas busca un reconocimiento, que si bien difiere entre sujetos, en todos existe una dualidad entre los esquemas mentales que pertrechan la idea de un universo personal y la materialización de esos esquemas para la adecuada sublimación del yo. En todos los casos, el factor de autoestima es básico para la estructuración de la personalidad del individuo y el modo en el que se busca el fortalecimiento del yo, viene a explicar cuan sólido es el yo del sujeto. Solidez que parte de la combinación entre genética y ambiente pero en la que resulta trascendental y decisiva el transcurso de la infancia hasta la adolescencia.

Bien, en el proceso de selección grupal que todas las personas desplegamos a lo largo de nuestra vida, tratamos de asociar las "fortalezas" de nuestro yo con los grupos de destino intentando generar una afinidad. Una identificación de objetivos comunes con los que recibir una común aprobación que permita desplegar el yo y la consecuente realización personal. Las reglas sociales del grupo llevan asociadas unas conductas aprobables y reprobables que todo sujeto conoce y respeta por efecto de la presión social, de tal modo que cada cerebro acaba generando en su inconsciente aquello que los demás esperan de uno, siendo el propio individuo y su percepción los que fijan los presupuestos.

La afinidad grupal es del todo necesaria y natural en el desarrollo humano, pero el despliegue individual en relación al grupo difiere entre sujetos en función de la solidez del yo del sujeto que se relaciona con el grupo. Y es muy importante esa solidez del yo porque la presión grupal siempre es tan fuerte que puede en algunos casos llegar a ser insoportable, sea desplegada de modo más directo o sutil. El caso es que la influencia social y por ende grupal condiciona la manera de ser de los sujetos sin que éstos se aperciban conscientemente de ello y por tanto descontando determinadas actitudes que considera "normales" en un entorno homogéneo. A fin de cuentas la pertenencia al grupo discurre por la adopción del sujeto de unas variables u opciones comunes que provocan una estimación de resultados igualmente comunes. En esa lógica, la adopción de planteamientos o prismas variados viene a mermar la idea de pertenencia al grupo. Por ello, el sujeto afín al grupo es dependiente del mismo y actúa bajo sus directrices sin importar que crea que su elección es libre y no mediatizada más que por su voluntad. De hecho así debe estimarlo para proteger su yo y la autoestima necesaria que luego le facultará a defender al grupo como si fuera sí mismo, porque ambos están fusionados, y el sujeto entiende que el ataque al grupo es un ataque a su persona y a lo que representa su yo. Se produce una cesión de la propia personalidad en la que el sujeto adopta la defensa grupal por estar previamente asociada a la promoción del yo. Ese detalle lleva a que lo importante sea la idea de afinidad y pertenencia por encima de la de coherencia o seguimiento de los postulados del grupo porque prima por encima de todo la promoción del yo en relación a éste. Ante ese presupuesto surgen conductas fariseas en las que determinadas personas buscan medrar proponiéndose como extremos de lo que debe ser ese grupo y por tanto adoptando posturas radicalizadas que correlacionan negativamente con la fortaleza de su yo. Es decir, cuando más débil es el yo, cuando existe un mayor desequilibrio interno, más necesidad de impostar actitudes radicales o fanatizadas, más necesario se hace para el individuo compensar sus propias impotencias y debilidades.

En conclusión, el objeto o planteamiento seguido, es un medio para la potenciación de un yo que se encuentra en desequilibrio, pero no por sus postulados, no siguiendo el objeto sino por el mero hecho de pertenecer al mismo, por su relación con él, de tal modo el objeto acaba siendo un medio útil para el sujeto. El compromiso adoptado por el afín, acaba siendo un compromiso personal, consigo mismo, con la promoción de su persona y los recursos que despliega en la defensa de ese grupo lo son con la defensa de su yo.

Acción - reacción

Tan dañina resulta la persona que impone su subjetividad como objetividad al resto como aquellas que, esgrimiendo una objetividad, y sus reglas, se arrogan una autoridad con la que juzgar al resto. Las primeras son las minorías diferentes que como defensa buscan un resarcimiento emocional a expensas de la lógica y la justicia, las segundas son las que se amparan en el grupo y el bien común para medrar dentro del mismo e imponer su voluntad al resto.

Ese choque de fuerzas es el que ha caracterizado al ser humano desde tiempos inmemoriales, el que provoca las clases, el que suscita las diferencias que reclaman para sí todo ser humano en proceso de ensalzamiento de su autoestima. Y es algo que no va a variar, los errores esculpen más errores y de la acción de uno aparece la reacción de otro. La única constante es entender que el juicio de valor pesa como una losa y los seres humanos buscamos evitar el juicio ajeno sin que rechacemos emitir el propio.

Un mundo bifurcado en el que posiciones marcadas luchan por defender sus yoes en forma de ideologías, religiones o sistemas políticos viene a explicarse por la necesidad de reconocimiento y aceptación. El sentirse juzgado por otros, el rechazo, el clasismo promovido por razón de cualquier índole, religiosa, cultural, social, económica, ideológica, sexual, política, etc., siempre genera una reacción de defensa del yo y de la autoestima en forma de compensación para reequilibrar la dosis de orgullo personal perdido. Toda conducta humana que se normaliza genera un arquetipo, un ejemplo que puede diferir en función de los sujetos. Por ese motivo, las personas que se hallan fuera de la normalidad buscan alterar la normalidad vigente para disponerse como ejemplo de una nueva normalidad.

Pero la enorme dificultad de manejar la idiosincrasia humana viene por su tendencia a la generación de grupos de autodefensa del yo.

En una relación de errores sistemáticos, el género humano establece: 1) en el seguimiento de un paradigma; 2) la expresión humana de ese paradigma con sus virtudes y defectos; 3) el surgimiento de posturas fariseas que necesitan del grupo para afirmar su yo; 4) el recurso de recreaciones románticas o bellas como un fin superior que otorga un derecho de acción sobre otros; 5) la recreación de enemigos objetivos etiquetables y caricaturizados susceptibles de ser odiados; 6) la confrontación y utilitarismo de los paradigmas para enconar las posiciones 7) radicalización grupal; 8) guerra abierta.

La razón y la lógica quedan huérfanas pues ya no se dirime una pugna de ideas sino un enfrentamiento personal del que depende el propio yo y en el que el sujeto entiende que los enemigos objetivos no le permiten desplegar ese yo. Las apelaciones al argumentario solo ayudan a consolidar al grupo y a reforzar su visión de parte "buena" de modo que los maximalismos crecen y la cabida a personas con déficits de seguridad personal y desequilibrios internos se postulan cada vez con mayor frecuencia. Se pone a subasta el radicalismo y se produce una escalada exponencial de extremismo.

El entendimiento Vs manipulación

El único remedio para luchar contra el buenismo es el entendimiento, tomado como la ampliación del número de variables y la abstracción del propio yo de la situación, pero es un remedio ideal, no factible a gran escala en tanto los individuos tienen su capacidad de entendimiento limitada por sus servidumbres psicológicas forjadas a lo largo de una vida. El ser humano sigue tendencias que responden a un escrutinio comparativo y en el que las expectativas actúan de resultado pretendido por los grupos, de modo que el diferencial entre expectativa y resultado produce una respuesta determinada. De ahí que resulte mucho más efectiva la manipulación y la recreación de una normalidad a base de creación de expectativas, partiendo de ganchos afines bellos y utópicos que generen lazos fuertes de defensa grupal y refuerzos negativos que potencien una respuesta defensiva gracias a la psicología inversa tan poderosa en los seres humanos.

El buenismo es un modo de manipulación muy efectivo que como explicaba, provee a sus destinatarios de recompensas emocionales fuertes en relación al grupo y es capaz de superar las referencias objetivas en pos de ese objetivo. A fin de cuentas, todos los conflictos y regímenes ambiciososos que han pretendido instaurar su hegemonía, han hecho creer a la población que existían otras personas, los enemigos objetivos, por las que estaba justificado un derecho de acción contra ellas en base a un bien superior. Nadie asume en sus cruzadas el papel de malvado que desea aniquilar al resto, en todos existe una causa bella y propicia que se contrapone a otra. Esa es la constante que en la actualidad se repite, parafernalia de etiquetas y propaganda que se reciben por los afines como sanción grupal capaz de conferirles la autoridad de erigirse en jueces y verdugos de quienes merecen su sumarísimo castigo.

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