viernes, marzo 17, 2017

La ideología

La creación de una ideología es una manifestación humana, una expresión intelectual de un individuo que aparentemente responde al propósito de organizar de una determinada forma una sociedad. Como tal expresión humana, la concepción, desarrollo y justificación de la propia ideología viene a basarse en el universo cognitivo del proponente, en el océano de esquemas mentales forjados en una estructura neuronal concreta en combinación con la experiencia. Se hace del todo necesario explicar la obviedad porque cuando topamos con la materialización de la ideología, ya sea en la expresión de sus postulados por otras personas o en su aplicación tangible, no estaremos tratando el propósito y motivación original de quien concibió el cuerpo teórico sino con otras personas que habrán hallado en el mismo, motivaciones afines en sus esquemas mentales. Digo afines porque en el corolario de esquemas mentales, se produce intercambio de información entre los lóbulos frontales y el sistema límbico para determinar el placer o displacer obtenido.

Los seres humanos tomamos decisiones de afinidad o discordancia con relativa rapidez gracias a nuestro sistema emocional que dirime "de urgencia" un juicio de valor sobre la nueva información obtenida que se somete al escrutinio. Para ello, nuestro sistema nervioso ha conformado a través de esos esquemas mentales una suerte de resumen de todos los inputs de placer y displacer percibidos en el pasado y que han ayudado a conformar un criterio o una actitud que se pondrá a prueba ante nuevos estímulos. Así, todo placer percibido en una experiencia previa habrá servido para potenciar el yo de ese individuo y la idea que tiene de sí mismo el individuo, su autoestima.

Resulta irracional abstraer, de una teoría propugnada por una persona, el factor humano, como si no fuera dependiente de las variables humanas en su materialización. Sería como centrar la conclusión de una teoría matemática en un "deseo" ajeno a su resultado, es decir, basarse en el presupuesto y no en la conclusión. Pero claro, confeccionar un cuerpo teórico factible requiere de un aumento exponencial de las variables a considerar, pero que, de no hacerse, la teoría resultante solo será una idealización de los propósitos y motivaciones de un individuo que ha pretendido expresarlas para al mismo tiempo sublimarlas y sublimarse. El problema viene cuando los receptores, tanto los que la acogen como los que la rechazan, recurren a sistemas similares de admisión y escrutinio sin percatarse de que al final solo acaban enjuiciando el placer o displacer percibido para engrandecer su yo, es decir, de qué manera creo o entiendo que un cuerpo teórico puede permitirme desplegar mis capacidades como persona tomando mi idosincrasia.

Por ello, resulta igualmente irracional admitir la falacia de que el individuo acepta o rechaza una ideología en base al bien común propugnado en ésta. No solo ello no es así, sino que es del todo factible que muchos individuos escojan planteamientos objetivamente más perjudiciales para sí mismos por el sesgo en su toma de decisiones que propugna la defensa de su yo. Sesgo necesario para emitir valoraciones rápidas y desplegarse en la vida sin analizarlo todo reflexivamente. Es por ello, que en esa rueda de sinsentidos, resulta estéril tratar de cambiar la actitud de un sujeto por la vía racional, cuando sus motivaciones para defender un cuerpo teórico se enraízan en un complejo sistema de apegos, afinidades y necesidad de realización personal. No obstante, verán que algunos seres humanos siguen empecinados en convencer por esa vía, si bien otros, más avezados, recurrirán a métodos con un fuerte componente emocional en el que se busca la afinidad grupal y centrar la atención en casos concretos que faciliten a la masa extraer conclusiones rápidas y sencillas vía placer o displacer. Pero aunque pudiera parecer lo contrario, todos actúan igual, con una constante, unos resaltan la faceta racional porque ese es su fuerte y la priman en su toma de decisiones y otros pondrán en valor otras consideraciones sobre su persona que les permitan sentirse cómodos y aceptados en el grupo que tengan como referencia. Por eso, la política es un diálogo de sordos que solo plantea como alternativa la manipulación psicológica que determina lo que los afines desean escuchar.

Puede decirse que la constante determina que los sujetos deciden en razón al placer o displacer percibido y que ambos diferirán en función del modo que se haya desplegado el sujeto en su vida y las fortalezas y debilidades que dispone en innumerables aspectos. La idea de placer es poderosa pero no tiene comparación con la de displacer, pues el individuo entiende que aquél que le produce displacer, está impidiéndole su desarrollo como persona, el despliegue de su yo, y por tanto necesita eliminarlo de la ecuación para recuperar la posibilidad de expresar su yo. Algo que, no solo no es cierto en muchos casos, sino que acaba siendo una paradoja, pues viene a ser al contrario: la determinación de un enemigo que genera displacer puede proveer al sujeto de un elemento de potenciación de su yo en relación al grupo afín, de modo que el sujeto que genera displacer sirve de medio para auto proponerse ante el grupo y por tanto para lograr el verdadero fin, la potenciación de su yo. Potenciación que finalizaría cuando desapareciera el enemigo en cuestión.

Es cierto que cada presupuesto teórico puede diferir y de hecho difiere resultando más o menos factible o impracticable en el ser humano en sus términos explicitados, pero ello puede no ser óbice a que los sujetos los defiendan en razón al imprescindible cotejo que realizan con su yo. De igual manera, el lenguaje racional viene con unos límites marcados y consistentes que pueden tratarse y debatirse del mismo modo. No así las afirmaciones o iniciativas que se sustentan en un alto componente emocional de grupo, que son arbitrarias y capaces de adecuar la realidad a sus pretensiones coyunturales. Cada planteamiento tiende a sostenerse por unos pilares que lo definen, y que acaban siendo la praxis de la combinación entre cuerpo teórico y aplicación. Pero aplicación en cada caso por sus características, es decir, el modelo más racional destacará en ese ámbito y el emocional en el propio, demostrando cada cual ser capaz de abarcar un aspecto de la organización política o la comunicación de masas, pero no necesariamente en ambos a la vez. La idealización de un individuo es extrapolable y de hecho se extrapola a otros que viven experiencias análogas y anhelan idealizaciones igualmente análogas. Todo acaba resultando en una categorización humana que se reviste de ideología pero las ideas poco tienen que ver con las decisiones de las personas, es más, una persona sería capaz de matar o morir por sus ideas convirtiendo esas ideas en algo tan personal como la vida misma.

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