domingo, abril 02, 2017

Los malos de película

En las películas de otros tiempos, en el cine llamado clásico eminentemente estadounidense de directores como John Ford, Frank Capra, Raoul Walsh y coetáneos, existía un rasgo característico en sus personajes: los buenos y malos y su marcado acento tanto moral como inmoral respectivamente. La audiencia de aquella época pudo percibir con claridad lo que significaba pertenecer a un bando o a otro con honrosas y no del todo exiguas excepciones de ese cine negro americano repleto de personajes torturados emocionalmente forzados a conductas deplorables. Con el tiempo, la línea moral o ética, como se prefiera, se ha ido emborronando en cine y televisión, y a medida que nos acercamos al presente, la delimitación entre esos buenos y malos ha ido diluyéndose hasta tal punto que viene a ser normal que los que antes eran malos, ahora son los buenos y viceversa. Las conductas pretendidamente "rectas" se tuercen con ejemplos constantes de hipocresías o rigideces que convierten lo aparentemente justo en un autoritarismo casposo si no es que se tacha de fanatismo o cualesquiera ismos por el estilo. Por el contrario, las torturadas mentes de las antaño injustamente incomprendidas personalidades acaban cristalizando en héroes ejemplares que combinan por igual píldoras contestatarias y agresivas con hazañas extraordinarias con las que justificar sus aviesas tendencias. Las brujas ahora son buenas, los demonios o ángeles caídos, más cercanos y "reales" que los perfectos querubines alados y no existe en el universo cinematográfico un solo sacerdote capaz de realizar una buena obra, ya no hablo del estilo Spencer Tracy y su "Ciudad de los muchachos", sino disponer cuanto menos de un semblante que aglutine algún rasgo de bonhomía, al contrario, todos son taimados sujetos que anhelan sexo joven o poder para dominar almas ajenas. A partir de semejantes presupuestos, toda violencia desatada acompañada de ingentes efectos especiales obra bien justificada en manos de los rebeldes y nuevos estereotipos tan similares a esa población que vería anormal a un barbilampiño que no se hubiera emborrachado decenas de veces, sus padres no estuvieran separados o se colocaran varias veces por semana. Dejando de lado, la capacidad de esos jóvenes y no tan jóvenes de arrogarse una inmunidad a la manipulación de tanta historia similar que converge en este tiempo, lo que me llama la atención es el modo paradójico con el que se afronta la realidad a la hora de "juzgar" a los demás.

La moraleja o la moralina 

Existe mucha gente que manifiesta detestar las historias con moralina o un mensaje pretendidamente expreso con el que "adoctrinar" a la audiencia y para ello contraponen unas historias que definen como "auténticas" con las que muchas personas pueden sentirse identificadas. Lamento decir que toda historia es un ejemplo en sí mismo con el que cualquier sujeto puede identificarse o no pero que puede modelar a sus receptores tanto o más que la que disponga de cuantiosos sermones virtuales y vituosos. El modo más o menos sutil que acaba encerrando el capítulo vital puede atisbarse como cualquier rasgo de la historia, pero un error común, no sé si casual, que ha acabado siendo asimilado por la población, es la asociación entre finales felices con imaginación e irrealidad, y el tormento, el drama y la tragedia de los epílogos con realismo recalcitrante. Algo que encaja casi a la perfección con las noticias de cualquier noticiario que se precie. Quizás la analogía no deje de ser un silogismo.
A fin de cuentas, es mucho más unánime la alta valoración de películas o libros cargados de dolor y pesadumbre que aquellas "ligeras" comedias que "solo" pretenden hacer reír en un mundo que se ha dedicado a pregonar que el mero hecho de hacerlo podría rozar la inmoralidad habida cuenta de la injusticia que nos invade universalmente.

En realidad el malo de la ficción no ha cambiado

Pero lo llamativo para el lego o el irreflexivo podría resultar de analizar cómo la actual sociedad valora a sus malos y cómo llega a existir un mimetismo entre lo pregonado por los medios de comunicación y entretenimiento.

Si se fijan, el malo de las "películas" no ha cambiado en esencia, lo único distinto es el papel de uno y otros que antes relataba: los buenos son siempre malos al estilo "Flanders" en el mejor de los casos y/o el rígido hipócrita que persigue a los "inmorales" cuando él es el mayor ejemplo de depravación humana que siempre acaba destapándose para aprender bien el mensaje más o menos encubierto. En definitiva, el malo es malo malísimo y alguien tan susceptible de ser odiado como lo podían ser Richard Widmark o Jack Palance como pistoleros inmisericordes. Desde el banquero sin escrúpulos, al empresario mezquino, el proto fascista que explota o se aprovecha de los demás, el clérigo pederasta o los padres dictatoriales que tratan de estipular sus lecciones de vida como obligaciones coercitivas para los demás. Todos y muchos más personajes nada empatizables susceptibles de recibir la generosa parafernalia de efectos especiales con los que recrear un final a la altura de sus andanzas.

El secreto de la manipulación de masas para llegar a capítulos reales de odio homologable

Es bastante fácil leer o visionar filmes de casos históricos en los que se colma el vaso de la injusticia con judíos en la Segunda Guerra Mundial, esclavos africanos en plantaciones del sur de EEUU o ejemplos similares de grupos repudiados por un común que asume con absoluta normalidad semejantes situaciones. Tan normal como que la audiencia empatice, se emocione e indigne a partes iguales con las "incomprensibles" actitudes de los numerosos casos basados en hechos reales que describen indiferencia entre la población más contenida, pasando por delatores, explotadores que inflingen incluso daño físico y asesinos que no titubean a la hora de exterminar.

Salvo psicópatas ajenos a su condición, que los hay, lo normal es preguntarse hasta qué punto es capaz de hacer daño el ser humano y juzgar cuán detestables y malvadas son los malos de esas películas y obras literarias o documentales incluso. Ni la cantidad exagerada de personas que en cada período histórico demuestran poder normalizar actitudes deplorables sin caer si quiera en la cuenta les hace pensar que también les podría suceder a ellos. Qué va, todo lo contrario, se tiende a desmarcarse de toda posibilidad de llegar a ser injustos con los demás hasta convertirlo en una verdad de fe.

A vueltas con los malos... ¿De ficción?

Y volvemos a ver a esos malvados personajes bien definidos que merecen ser odiados hasta la extenuación. A esos grupos encasillables en etiquetas que resumen a la perfección lo que son y la amenaza que pueden llegar a ser para nosotros...los buenos. Entonces los acusamos, luchamos en las redes contra ellos sino en la calle, los señalamos, les acuñamos nomenclaturas y tras ello postulamos nuestra ideología que está por encima de todo y por lo que podremos justificar lo que podría parecer injustificable pero que en unión al grupo acaba pareciendo normal y hasta románticamente susceptible de defenderse con agresividad...o violencia. A fin de cuentas, no es más que una respuesta a la amenaza que suponen esas personas para nosotros, que nos rodean, que discrepan de nuestra verdad e imponen su criterio con palabrería. Pronto irá llegando la necesidad de arrinconarles y vencerles, sabremos que nuestra causa nos facultará el poder para juzgarles en pos del bien común y será una obligación ir desmarcando a unos de otros para reclamar esa justicia negada. Llegará un momento que tendremos la certeza de que esa gente no siente, que es malvada y solo busca nuestro mal por encima de todo y no nos quedará más remedio que actuar: acabar con el mal.  

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