martes, octubre 30, 2012

¿Decidimos lo que queremos?

Con el ejemplo del nacionalismo catalán se pone de manifiesto la ductilidad del ser humano. Posiblemente si preguntáramos a muchos potenciales votantes de CiU, me atrevo a pronosticar que reforzarían su postura como algo lógico y razonable apoyado en los motivos que el líder pregona incesantemente a través de sus medios. En conversaciones informales con personas uno puede comprobar que los valores para decidir algo tan trascendental como la independencia de Cataluña, muchas de las veces obedecen a impusos emocionales sin un origen determinado que se suele justificar por los sentimientos. Pero sabemos que a diferencia de aquellos votantes viscerales y entregados menores de 30 años se les une un nutrido grupo de mediana edad que no sólo no se había planteado la independencia como una opción, sino que muy posiblemente debieron tomar postura contraria en el pasado.

El arte de la palabra casi todo lo puede y los recursos dialécticos demuestran la flexibilidad de cualquier principio que venga sostenido por un orgullo humano será indeleblemente derrotado y por tanto justificado por motivos ajenos al actor, es decir, a culpas externas. De ahí que con mayor o menor gracia, uno puede sostener impávido que el cambio de mentalidad es una evolución o una decisión incluso inteligente ante nuevas circunstancias. Es como ese tópico tan trillado de manifestar "pluralismo" cuando un grupo político es una jaula de grillos. Todo puede venderse y las palabras actúan de eslóganes.

Ahora bien, la historia nos demuestra que el ser humano se mueve por pulsiones sentimentales manejadas por centros de opinión e influencia con intereses particulares no encaminados precisamente al bien común, sino a la idea de fortalecer el propio poder e influencia. No tengo dudas que si se exhibiera una lista con los pros y contras de una declaración de independencia y el intelecto nacionalista tipo pudiera sumar los grandes perjuicios, pocos variarían de opinión. Sólo los indecisos o aquellos que valoran algún razonamiento en clave lógica mostrarían la cautela y prudencia coherentes.

Igualmente a la pregunta que da título a este artículo, una gran mayoría afirmaría que sí, que es lo que quieren y han decidido en libertad. Por ello, el debate de esta gente nunca será el conocer el cómo han llegado a semejante criterio o el porqué de su cambio de opinión si esta hubiera existido. Es más, tratarían de sustentar y reforzar su posición con más denuedo acudiendo a todas las referencias disponibles.

Todo esto deja en una posición de indefensión a cualquier debatiente que pretenda un debate lógico con un nacionalista tipo. ¿Por qué? Porque los puntos de partida de las posiciones nacionalistas son puramente defensivas y no sustentadas en cimientos sólidos y en ocasiones incluso reales. Nunca ha existido la Cataluña pintada e idealizada y la existente hasta ahora comandada precisamente en su mayor parte, no es sino una muestra de lo que es gracias a gobiernos de corte nacionaslista o progresista. De ahí que entender que, ya únicamente citando dos factores como: 1) El mismo Mas que ahora ocupa el cargo de molt honorable y 2) Una España manifiestamente hostil tras el desplante independentista, las cosas funcionarían idílicamente, no es más que una ensoñación, un deseo, una huída hacia delante.

Pero es que el refuerzo condicionado de todo este sinsentido no es una idea de una gran Cataluña, que también, sino la idea de una pérfida España que obliga a un catalán de pro a exigir su separación.

Imaginen ahora que en un colegio, el diario local pregonara que una serie de personas roban y cometen fechorías. Sólo con ello bastaría para que el resto manifestara una animadversión contra los acusados, porque lejos de preguntarse si ello es cierto, sencillamente adoptarían la posición de los instigadores y la mayoría que les sigue. Se puede pensar que Cataluña no es como ese colegio, pero sabemos que los diarios catalanes firmaron una editorial conjunta por un Estatut que incluso exigía en su inicio un trato de igual a igual con España. No nos ruborizamos al conocer la compra institucional de miles y miles de esos diarios por parte de la Generalitat y que el señor Félix Millet fue presidente de un canal de tv que pertenecía al grupo editorial del diario más vendido (lógicamente). No existe parangón en ningún otro territorio español. Los medios en Cataluña son y forman una piña entorno a lo que entienden debe ser Cataluña y un catalán y todo lo que venga de fuera o discrepe, sea razonable o no, es un intento de ataque.

En realidad la lista de manipulaciones mediáticas por parte de los medios privados y públicos en Cataluña es y sería tan enorme como el número de referencias continuas a España y todo lo negativo que puede publicarse sobre ésta distrayendo de las noticias que en justicia debería dar un diario que se dice catalán: noticias sobre lo catalán y Cataluña. Cuantas veces se pueden observar comentarios de lectores tras leer las oportunas crónicas de periódicos catalanes sobre la vida política madrileña con un tono de distanciamiento y de toma postura sobre "cosas juzgadas" de antemano que llevan invariablemente a reforzar una posición de superioridad disimulada con la diferenciación.

No existen más secretos que los que uno quiere tener para justificar la propia incapacidad, pero sin duda existe un acicate psicológico en todo proyecto de manipulación de masas. Uno o muchos. Sin duda, no nos cansamos de escuchar, leer y ver como el nacionalismo nos advierte de que otros nos roban, otros son los culpables de nuestra situación y estos otros son en definitiva los que impiden que nostros vivamos mejor. A fin de cuentas, ¿No es lógico que si te dicen todo eso mucha gente prefiera aferrarse a la idea de mejorar sencilllamente desprendiéndose de lo que le dicen que les perjudica? Si a ello se le suma una continua labor de desafectación con lo que luego casualmente se tilda de enemigo o contrario, ¿Acaso no será coherente aceptar que esa gente, los destinatarios en su mayoría, recojan la idea de culpar a esos terceros de su mal y no a ellos mismo por votarles o seguirles?

Toda conversación consciente se dirige a fundamentar causas y consecuencias de una elección previa que surge de razones no lógicas, al menos en la mayoría de los individuos, sino de captación de un entorno o ambiente predominante que te empapa de información sobre la cuestión y progresivamente te va calando hasta conformarte como un ciudadano tipo más entre un mar de pares que piensan como tú y te hacen sentir como parte de ese grupo.

Por eso siempre digo y diré lo relativo que a mi me parecen los argumentos dados por los nacionalistas que ahora defienden con ardor sus sentimientos o sus razones elevadas a la máxima potencia como una cruzada milenaria. La libertad de elección existe cuando uno es consciente de la misma y previamente se ha preguntado el porqué de esa elección y con que ha contado al decidirse. No se trata de fundamentar causas, como he dicho, la palabra es dúctil, se trata de saber porqué cuando antes dije blanco ahora digo negro de veras, y no como una razón recurrente que sólo nos otorga un cumplido gratuíto que ejemplifica la propia ignorancia.

La alternativa es muchas veces un problema porque nos obliga a ponernos al descubierto. De ahí que el ser humano tienda a la protección del grupo y desdeñe todo lo que aparentemente pueda resultar hostil a esa recreación. Por ello la clave es la idea de tendencia. Marcar la tendencia de lo que opine una gran parte dispone al resto a protegerse bajo los auspicios de esa masa. Los medios colaboran continuamente en Cataluña para recrear precisamente esa idea de grupo mayoritaria que refuerza a los indecisos. Ir contra el sistema imperante es mucho más duro que rendirse ante él. De ahí que el avance espectacular tenga razones más allá de un súbito cambio en el sentido común de los catalanes. La política de fuerzas y tendencias es similar a la idea que los mercados tienen de algo. La realidad tiene una importancia relativa, lo relevante es la idea que tiene la mayoría y esa idea ensalza o hunde realmente a cualquier producto. Lo que uno quiere que sea (afectando a criterio de terceras personas), si tiene medios, puede acabar siéndolo. Es el tiempo de los medios de comunicación en su máximo apogeo. La "libertad de elección" la podemos leer en cualquiera de ellos.



jueves, octubre 18, 2012

La ley del silencio de La Vanguardia

En este mismo blog he responsabilizado de la situación que vivimos en Cataluña a dos medios particularmente: TV3 y La Vanguardia, si bien en el caso del canal público de TV no es más que una lógica consecuencia del gobierno que lo manejaba.

La Vanguardia ha sido el peso específico que ha conseguido dar la vuelta la tortilla al sector más moderado de Cataluña: las clases medias y media altas catalanas. Desde el primer día que Joan Tapia se sentó en la butaca de la dirección del diario hasta nuestros días, el sesgo progresista nacionalista de este diario ha conseguido imbuir una noción idelógica de principios radicalmente opuesta a lo que previamente existía. Con la misma autoridad con la que alguien hoy se ve autorizado a exigir la independencia, se podía pensar de un catalán de clase media a la inversa hace no más de quince años. Personalmente recuerdo la infructuosa tarea de los seguidores de Colom, líder de ERC en mis años mozos, para vender esa quimera de una nación catalana que se ha ido extendiendo como un bálsamo o una panacea por quienes han visto en la exculpación propia un recurso infalible de popularidad y adoctrinamiento de masas.

Lo que me interesa subrayar en este artículo es la ductilidad y maleabilidad de la que es susceptible la sociedad si es adoctrinada convenientemente. Asumiendo el riesgo de ofender a los que se consideran ininfluenciables, todo el mundo sin excepción es susceptible al entorno que le rodea y el área de influencia es lógicamente proporcional al peso específico de ese entorno. Lo que hablo no es una opinón, es un hecho que se refrenda incluso científicamente acudiendo a estudios que prueban la influencia en el inconsciente de los casos de afinidad con determinados prejuicios. Instigar una serie de prejuicios de manera machacona y repetitiva supone inexorablemente la conversión de aquellas personas que no estén advertidas de que tras la información existe un objetivo definido e intencionado.

Como comprenderán los que pretendan comprender, sabiendo que TV3 escogía a los invitados de sus magazines por orden de esa dirección evitando a los castellano hablantes y conociendo la emisión de telediarios para niños en espacios de programación infantil, defender una serie de cuestiones como punto de partida ante un nacionalista tipo, se comprende pueda ser un ardua tarea, ya que ambos paradigmas de sentido común pueden diferir en su génesis.

Pero lo que siempre ha distinguido a los medios catalanes ha sido su falta de pluralismo. En concreto, el diario La Vanguardia hace gala en cada una de sus noticias de un espacio aparentemente concebido para que los ciudadanos puedan opinar. Es el espacio destinado a los comentarios el cual viene precedido por unas líneas en las que advierte que quedan sujetos a moderación. Si uno se toma la molestia en leerse las normas que deben cumplirse en la publicación de los comentarios, encontrará reglas razonables similares a las de cualquier medio parecido, pero la teoría es una cosa y la práctica otra bien distinta. Por ejemplo, el mismo estilo que me caracteriza escribiendo, que aunque pueda resultar más o menos inteligible, sin duda no contiene ni exabruptos ni incitaciones a faltar el respeto o a la violencia, sí, sin duda contienen argumentos y una posición ante cada cuestión. Bien, pues en La Vanguardia, un diario que rezaba en su eslogan, buscar a gente "con opinión", directamente no publica una gran cantidad de comentarios por razón de ideología o discrepancia clara con el perfil marcado de opinión de ese medio. No sólo eso, parece que dicho periódico tenga un programa de discriminación de palabras que automáticamente censure toda referencia a ellas. Éstas bien podrían ser: Millet, dirección grupo Godó, Más, Lienchestein, fondo, corrupción 3%, autopistas, La Vanguardia, y un largo etcétera que está vedado a cualquiera que decida hablar sin tapujos de lo que ellos entienden por información. No hay por tanto posibilidad de contraste ni de un particular ante un gigante de la comunicación con un gran poder en Cataluña.

Todo ello, no deja de resultar cuanto menos gracioso cuando escuchas las intervenciones de su actual director José Antich en el espacio conservador radiofónico de la Cope dirigido por Ernesto Sáenz de Buruaga. De sus palabras, parece existir cuanto menos una sintonía con los contertulios que es inversamente proporcional a sus titulares en portada. La cercanía de la que hace gala el director, su moderada estampa y sus intervenciones medidas contrastan con la exagerada equidistancia reinante en cada uno de los titulares de su rotativo, su desapego y la insistencia reiterada a publicar todo lo malo del resto de España y algo de lo malo de Cataluña sin alardes. Para informarse sobre Cataluña, pero informarse de verdad, nada peor que leer La Vanguardia. Eso no obsta a saber de las demandas, peticiones y perspectivas que debe tener un catalán homologado por el régimen progresista nacionalista de lo que debe ser y no ser Cataluña.

Y así cada tertulia en la que el señor Buruaga se postula sin pretenderlo, ajeno él, como conejillo de indias y ejemplo "fantabuloso" de lo que debe suceder entre los políticos de Madrid y los nacionalistas. Ceden a los encantos y los cantos de sirena de los próceres nacionalistas que soplan concordia, buenas maneras y afabilidad en la meseta para luego en la distancia, como Más perpetra de diferente en Madrid y Barcelona, descubrirse como el Hyde de las cruzadas partidistas. Así, Antich, Brunet y tantos otros figuran como cándidos súbditos razonables que coinciden dialectamente salvo flecos sin importancia con los tertulianos madrileños, para luego desde la lontananza y el parapeto del sentir nacionalsiata, constituirse en azote sistemático de aquellos a los que horas antes daban la razón.

El cinismo reiterado es de tal calibre que resultaría hasta gracioso encontrarse leyendo La Vanguardia a la par que escuchando La Cope con Antich de invitado. Se podría leer y escuchar una cosa y su contraria sin que nadie entre los asistentes se percatara del desaguisado.

Cataluña es un corralito sin acceso de ninguna clase y eso parece ser un secreto para los periodistas y tertulianos de los medios que sirven sus razones como sentido común indiscutible que debiera de cumplirse por méritos propios. El día que en Madrid se den cuenta de la estrategia, muchos ya no poblaremos la tierra ni en cuarta generación. Decir sí no siempre significa sí, y eso un castellano hidalgo, quiijotesco "echao palante" no lo capta ni con doble sonotone. Los acuerdos nacionalistas son papel mojado o tan susceptibles de renovarse a peor que parecen una compañía de productos de electrónica, pero año tras año en Madrid ceden por el cortoplazo prefiriendo un futuro peor que se supedite al poder ahora mismo.

La Vanguardia es un ejemplo extraordinario como puede serlo el NY Times en Nueva York ejerciendo de avanzadilla socialdemócrata, sí, han leído bien. Ambos pueden presumir de haber lavado los cerebros de sus consumidores en lugar de sencillamente informarles. Al menos en NY el hito responde a más razones ya que en EEUU existe una pluralidad que en Cataluña se carece. Algo que puede llevar a la locura de escuchar a alguien ofendido por mi afirmación y acto seguido verse capaz de justificar que censuren aquellos canales o programas que considere enemigos o no "aprobables" para emitir en Cataluña.

La libertad entre los de mi cuerda y el control sobre los de ajena da resultado y Pujol lo sabía. Tomar las riendas de TV3 y La Vanguardia ha sido un golpe magistral que no ha requerido de mucho esfuerzo. El caballo de Troya que ha resultado el diario catalán debería servir como ejemplo de libro en el estudio de la manipulación de sociedades. Intelectualmente es un ejercicio que sólo los prejuicios inconscientes desecharían antes de empezar. Lo cual nos lleva a situarlo como una quimera en Cataluña.  

Un ejemplo gráfico de lo que sucede con La Vanguardia y sus noticias sobre Cataluña: busquen en La Vanguardia la noticia sobre las declaraciones de Felip Puig, consejero de Interior y las correspondientes del portavoz de los Mossos d' Esquadra. Ni rastro en el diario catalán. Un ejemplo de manipulación informativa ocultando algo que por razones obvias debería ocupar la primera plana del diario catalán. Son ahora los 20, 15h y parece que existe mayor "preocupación" por otras cuestiones.







La noticia en ABC. es



lunes, octubre 15, 2012

Analizando el órdago de Mas.

El hecho de vivir en el momento presente y presenciar situaciones que parecen sacadas de textos pasados o películas en blanco y negro me hace reflexionar sobre las razones que pueden motivar el que una persona tome una deriva como la que está siguiendo Artur Mas en este momento. La historia se repite y no sirve para darnos lecciones.

El planteamiento de este artículo surge de la curiosidad que suscita en mi el hecho de que un sujeto con capacidades intelectuales demostradas, acometa un desafío de semejante magnitud justamente en el momento de peor recesión en decenios y con unas consecuencias objetivas sobre el papel, que en mejor de los casos podrían tacharse de desastrosas.

Para empezar diré que los sentimientos de los desafiantes los descarto como una motivación válida. Al menos los pregonados de catalanidad excluyente en este caso. Sí quizás los circundantes a la megalomanía que refieren al orgullo propio y la necesidad de postularse como un sujeto importante en la historia, ya sea para bien o para mal. Si bien, es posible que Pujol fuera un caso de excepción surgida de su lucha durante el régimen de Franco, no Mas, el burgués y acomodado Mas, beneficiario de un fondo de un millón de € (conocido) que su padre suscribió en Lienchestein. Descarto por tanto que Artur Mas haya sido súbitamente abducido por las bondades de la sentimentalidad excluyente que obliga a una catalanidad condicionada a no ser español. Algo que sin duda sí sienten los rutinarios destinatarios de los medios de comunicación catalanes públicos y privados, como no podría ser de otra forma y sin duda con mayor radicalidad los consumidores de la escuela pública catalana y gran parte de la privada.

Pero, entonces, si tengo a Mas como a un individuo racional que no se deja llevar por sentimentalismos a la hora de tomar decisiones de gobierno, ¿Por qué de su desafío?

Existen muchos móviles que incitarían a un dirigente racional a lanzar maniobras de este tipo, pero la racionalidad no significa que cubra racionalmente todas y cada una de sus posibles consecuencias y sí que atienda o se centre en las que podrían suponer objetivos a corto o medio plazo. Eso es así dado que al lanzar una apuesta del calado que propugna, no asume o sí lo hace, que con ella existirán muchos efectos no deseados que pueden llevar a la población, no ya a un estado de mayor satisfacción, sino justamente a lo contrario, de tensión en aumento, de desesperación y de frustración u odio desatado. Porque lejos del corolario de bondades que puede vender el nacionalismo para conducir en volandas su propuesta soberanista y que serían comprensibles en todos los sujetos que no calibran la responsabilidad de sus decisiones, el intento de fracturar el estado español, supondría un sinfín de perjuicios que sin duda comenzarán a producirse ya mismo de modo inexorable, especialmente sufridos entre el empresariado catalán con intereses en el resto de España.

 - Sin duda el escenario recogido por CiU tras las anteriores elecciones no ayudaba un ápice a la causa nacionalista. El riesgo de sufrir la impopularidad que los recortes originan en cualquier Ejecutivo era un hecho y el grupo parlamentario nacionalista no pudo conseguir la mayoría suficiente para maniobrar a su antojo, debiendo contar con apoyos exteriores como el paradójico soporte del PP catalán a sus presupuestos.

- La deuda dejada por los socialistas en toda España no ha sido una excepción en Cataluña pese al hecho diferencial, y las arcas públicas del Principado tenían un agujero demasiado hondo para taparlo con las típicas arengas nacionalistas a la catalanidad de tiempos pasados. Tarde o temprano, era cuestión de tiempo que la población empezara a sublevarse desde los estratos más deprimidos.

- Ahora bien, la estrategia nacionalista previa a las elecciones anteriores, no consistió fundamentalmente en culpar a los socialistas y republicanos del yermo dejado en las arcas públicas. En lugar de eso, la base propagandística se centró en explicar que "España nos roba". Para tal fin, la publicidad electoral dispuso de un individuo disfrazado de España que se dedicaba a robar carteras de los habitantes catalanes.

1) Por ello, podemos centrar con claridad que uno de los objetivos del Gobierno de Mas, no ha empezado a perpetrarse en la actual legislatura. El órdago de los convergentes era una realidad antes del comienzo de las elecciones. Su terreno de juego táctico no se hallaba en Cataluña. No buscaban centrar la atención de la situación catalana en debates internos con socialistas y republicanos (¿Por qué?), sino que partían directamente con una estrategia a nivel general de ataque a "Madrid", centrando su discurso en balanzas fiscales y debates sobre la injusta solidaridad interterritorial. Para ello, todos los medios de comunicación, con TV3 y La Vanguardia al frente, se han dedicado a hacer pedagogía del "robo" con lecciones magistrales, titulares más o menos velados y encuestas constantes dirigidas a justificar el descontento de la población motivado por causas a priori determinadas en despachos.

Igualmente, como he preguntado entre paréntesis, los nacionalistas en general, (ya que es difícil saber quien es la cúpula de la cadena de mando) van disponiendo sus fichas para jugarlas adecuadamente, como si de un capítulo de refriegas feudales se tratara. Por ello, socialistas y republicanos, unos indecisos o declaradamente dispuestos a escindirse del Psoe y otros manifiestamente abiertos a la secesión, no podían ser el centro de ataque de quienes dibujan un objetivo claro que dispone "un alto el fuego" sobre todo aquello que pueda zancadillear el avance nacionalista. De hecho, si no existe publicidad del caso Millet - Palau de la música, es por referencia expresa de Pujol a "atacarnos entre nosotros mismos". De modo que, cuando Mas firmó ante notario la exclusión del PP de sus opciones, ya estaba conformado el plan que ahora mismo continúa.

No se puede hablar en absoluto de sentimentalidad en lo que es un proyecto magistralmente trazado por los próceres nacionalistas.

- El análisis psicológico es un elemento indispensable para tratar los movimientos de cada uno de los líderes y gracias a éste, podemos dar sentido a las decisiones y maniobras que cada cual toma en un sentido u otro.

De hecho, puedo conjeturar razones supuestamente muy poco grandilocuentes como factores desencadenantes de decisiones trascendentales para los ciudadanos. No aquí y ahora, sino a lo largo de la historia que afecta a los seres humanos.

- Para empezar, creo que existe un engaño que lleva a un error de apreciación o quizás lo contrario: un error de apreciación que lleva a engaño.

En el juego político existe una supuesta camaradería, especialmente entre los políticos de todos los partidos en Madrid, que lleva a malinterpretar las maniobras partidistas. Es decir, entre una serie de políticos de determinados partidos, la hostilidad manifiesta y declarada que se aprecia en el hemiciclo o en las declaraciones altisonantes efectuadas en los medios, no se corresponde en absoluto con su trato personal, de modo que existe una idea de "falsa tranquilidad" sobre la licencia que los políticos tienen cuando hablan en público. Las conversaciones airadas pueden tornarse en afables desayunos o copiosas comidas en tono amigable en las que los políticos - personas, pueden dejar de ser un instrumento al uso y limar asperezas de lo que se manifiesta en la "arena política".

Esa circunstancia, creo que ha despistado mucho a los políticos madrileños, especialmente del PP que han vivido obtusos una creencia de cordialidad que disponía la realidad tras las bambalinas. Los posibles mensajes apaciguadores de Duran i LLeida o con cualquier otro político nacionalista entre bastidores, eran los falsos. Los verdaderos suponían la parafernalia nacionalista esgrimida al público.

Ese detalle, que puede parecer nimio, creo que describe lo que a mi parecer es el tono ingenuo de determinados políticos y periodistas que dan por sentadas realidades que no lo son y de ahí que cuando se topan con la verdadera, reaccionan como crispados hidalgos ávidos de justicia a pecho descubierto.

Los nacionalistas catalanes son y han sido sutiles, subrepticios, velados y conscientes de una estrategia que ha explotado en pleno centro de Madrid. Juegan con una ventaja endémica de la que los Rajoy, Cospedal y compañía, ni tan solo se plantean.

2) Dicho todo ello, seguimos con las razones de Mas para lanzar su pulso al estado. Asumimos que la estrategia no es repentina, ni viene de ahora. No es producto como dicen algunos de una mala gestión de los recursos inexistentes. Las razones objetivas de los nacionalistas para empatizar con el Ejecutivo nacional eran más que sobradas, puesto que en ambos casos debían afrontar el desastre económico perpetrado por socialistas que les obligaba a asumir un desgaste seguro. ¿Seguro? Desde luego no en el caso de los nacionalistas.

Una de las motivaciones para eludir el desgaste de un proyecto que necesita ser perenne, es rechazar la responsabilidad del desastre y no existe mejor recurso a ello que acusar a terceros de dicha responsabilidad. A fin de cuentas, el público receptor va a escuchar incesantemente que la causa de sus males no es su responsabilidad en el voto que decidieron en las pasadas elecciones ni las decisiones tomadas por los dirigentes escogidos. Nada de eso. Los ciudadanos escucharán y asentirán aliviados cuando les propongan que los culpables de sus males son los gobernantes de Madrid y una estructura injusta sin la cual, todos percibirían más dinero y la crisis no sería tal. El argumentario es tan simple como psicológicamente infalible: libera de responsabilidad a una gran parte de ciudadanos por escoger lo que supuso un desastre objetivo para Cataluña y los sitúa de pronto en acredores de una herencia que en su justicia deberían cobrar. Si todo ello se sazona con simbología y arengas deposrtivas y culturales, amén de un bombardeo mediático constante, no existe antídoto posible que le plante cara.

Voy a dejar sentado que mi parecer sobre la relación de Cataluña en España es discrecional. Es decir, no tiene un fundamento absoluto que disponga la razón o la verdad inquebrantable de unos u otros. Si bien, sí pienso que costumbre obliga y por mal que pese a los independentistas, la relación con España es tan duradera y extensa en la historia, que sólo una pertinaz idea inoculada por coyunturas específicas de líderes de opinión, puede llevar a transformar una sociedad que ha vivido en su mayoría la relación con España con una normalidad no muy distinta a otras regiones de Europa. Porque existen dos vertientes que el nacionalismo se empeña intencionadamente en mezclar que navegan separadas y son la economía y la cultura.

En un momento de nuestra historia en el que la globalización es una realidad, resulta anacrónico pregonar como un inconveniente el aprendizaje y enriquecimiento del mayor número de lenguas posible, pero incluso manifiestamente hostil o con un acento poco cultural y sí estratégico el rechazar que se aprenda por igual castellano y catalán en las aulas catalanas.

La razón es simple. La cultura si no sale de ese ámbito es un elemento de valor que cuanto mayor es, mayor riqueza supone para sus individuos. Pero si entramos en el terreno político, estratégico o incluso económico, este argumento se desvanece sustituyéndose por otro que no piensa en el enriquecimiento ciudadano sino en la influencia y control que puede ejercer sobre él, el manejo de esa cultura como símbolo de diferenciación.

Por eso, la preocupación nacionalista no radica en el mero aprendizaje de las lenguas, sino en aquél elemento que propiciará una identificación conjunta y por tanto una cohesión de sus habitantes en pos de un proyecto común alejado del global o nacional. Resulta por tanto absurdo situar el terreno del debate en el dominio de una lengua cuando lo ciertamente vital es el dominio de sus hablantes. La lengua es el caballo de Troya con el que inserirse en la piel de personas que hablan todos igual pero diferente del resto de los españoles. Un paso imprescindible para desmarcarse del resto.

Por ello, el tema de la lengua no es cultural, sino estratégico y económico. A mayor número de catalanoparlantes, mayor enganche con simbología y afinidades resultantes y mayor aglutinación de consumidores de productos e ideas en la lengua considerada propia separada de la ajena o impuesta.

Los frentes del nacionalismo son muchos y variados y no son flor de un día. Pero todo esto viene existiendo desde que vivimos esta democracia en el instante que Pujol defenestró a Tarradellas y se lanzó a la conjura de su proyecto a largo plazo.


3) Ahora bien, aunque es relativamente sencillo escudriñar sobre algunos de las motivaciones, ya que existen muestras constantes en los medios de comunicación (si uno se propone mirarlos) que van desde el silencio informativo sobre cuestiones internas y el ruido sobre las externas, pasando por la evidencia solemne que supuso la editorial conjunta de los diarios catalanes, lo realmente delicado y la "madre del cordero" que a mi me suscita mayor interés se centra en la idea que los nacionalistas tienen sobre sus movimientos y si cavilan las consecuencias de los mismos.

En este punto es donde dejo de lado las artimañas nacionalistas de libro para centrarme en analizar el centro de la estrategia que nos lleva a encontrarnos en la actual tesitura.

Vamos a situarnos en posibilismos que todo sujeto con un mínimo de responsabilidad debería efectuar y ya no digamos de aquellos que tienen responsabilidades sobre millones de personas.

- Imaginemos que CiU gana las elecciones por mayoría absoluta. Es muy interesante determinar que deriva tomaría el gobierno resultante, porque una vez lanzado el órdago y refrendado en las urnas, no le quedaría más remedio que tomar la iniciativa marcada, es decir la convocación de un referendo en el que se consultase a la población su decisión sobre formar un estado propio. El primer envite consistiría en determinar la legalidad conforme a derecho de dicha consulta y dudo que el Estado estuviera por la labor de facilitar la cuestión. Primera fricción importante. a) Posibilidad de detención del presidente de la Generalitat y las consiguientes revueltas. b) Posibilidad de revocar competencias autonómicas. c) Inacción y advertencias cruzadas.

Tanto el a), el b) como el c) sin duda elevaría la tensión y provocaría el progresivo desprestigio de España en los mercados internacionales con el consiguiente agravamiento de la financiación. En ese punto, podría pensarse que Alemania y otros países europeos puedan tener intereses directos en evitar una quiebra de España que les arratre a la debacle.

Otro estallido que se haría muy patente sería el de la progresiva afectación que supondría para las empresas catalanas tales movimientos. El consumo de productos catalanes descendería todavía en mayor medida y la crisis golpearía con fuerza a aquellas marcas que tienen un fuerte peso en el mercado nacional. Eso es algo que a día doy ya deben estar notando. Sin embargo, no sería nada comparado con la manifiesta hostilidad que surgiría por parte del resto de España que al unísono pasaría a vivir otra crisis con el País Vasco. Las revueltas callejeras y las conminaciones a ejercer medidas de mayor calado serían una constante que enturbiarían el ambiente de por sí ya enrarecido. Cuando se entra en esa espiral, difícilmente se halla una salida pacífica pues el más que probable aumento de la crisis en España y por ende en Cataluña, llevaría a situaciones deseperadas de enfrentamiento y cruce de acusaciones.

Hay que considerar que el paso fundamental ya lo ha dado Artur Mas. La apuesta está lanzada. La población catalana ha sido tomada como objeto de cambio y una gran parte de la misma, particularmente la que cuenta entre 18 y 30 años, no entienden en su mayoría de estrategias de cambio o maniobras tácticas sonoras para conseguir logros menores. Cualquier negociación sería vista por los votantes de Esquerra Republicana y una parte de los de CiU, como una claudicación o un abandono de la causa y ello generaría un clima igualmente maltrecho que no finalizará hasta la consecución de la expectativa a costa de lo que fuera necesario, incluso el conflicto. Porque es una posibilidad que Mas esté jugando con los catalanes a tensar la cuerda como muestra de poder. Sus exigencias inasumibles de un pacto fiscal en los tiempos que corren, no serían más que un pretexto para mostrar eso, su poder de convocatoria, que es en realidad la conjunción de todos los medios públicos y privados que no admiten ni la discrepancia ni el pluralismo, exiliando a cualquiera que ose plantar cara al silencio más furibundo. En ese plano, todas las manifestaciones desde Madrid de prensa y Gobierno no son más que munición y razones de los nacionalistas.

Con semejante panorama, no puedo evitar tratar de dar con lo que ciertamente debe planear Mas y sus cohortes.

No es posible una salida de España sin trauma ni conflicto. Eso lo debe tener muy claro el gobernante catalán. Y a sabiendas de ello, sigue en su empeño. ¿Por qué?

Hoy he escuchado a Pedro J. Ramírez en la Cope y puede que haya dado una pista de las posibilidades: hablaba el director de El Mundo de una salida negociada entre Gobierno, PNV y CIU. Algo que en la actual situación podría verse como el logro del chantaje nacionalista a incumplir la legalidad. La lección en España es clara: si inclumples la legalidad puedes obtener lo que no conseguirías de cumplirla. En ese escenario, CIU presentaría su alternativa con suficiente crédito para demostrar que no habla en broma y la negociación transcurriría entre la autoproclamación de la independencia o lo que el Estado ofreciera en subasta. Mal panorama.

Por ello, es esencial conocer las intenciones de CIU en este momento. Conocerlas para averiguar hasta qué punto está dispuesta a sacrificar a una población, entregada o no, para acometer sus fines, que por otro lado, tampoco conozco o me cuadran.

Y no me cuadran por una consideración: la posición predominante del nacionalismo convergente existe y perdura gracias a su enfrentamiento cotidiano con "Madrid". El combustible que le permite subsistir sin apenas arañazos en el juego político es la conservación de un enemigo político que sirve de cajón de sastre capaz de desviar la atención sobre cualquier incompetencia, corrupción o desatino propios. Si ello se acabara, la capacidad de frustración de la población catalana aumentaría exponencialmente si las cosas no funcionaran como idílicamente se habían descrito y ese escenario dudo que sea el preferido por la coalición nacionalista. Eso hace comprensible que se escuchen declaraciones como "Estado libre asociado" o arquitecturas territoriales que supongan todavía un "sí pero" con el que perpetrarse más tiempo en el poder. La idea de hacerse imprescindible para ir a Madrid, es y ha sido el máximo exponente vendido por la fuerza nacionalista. Un activo demasiado importante para las aspiraciones personales de quienes quieren más dinero, no más conflicto, más tensión y la debacle económica. Algo que muchos ciudadanos no se molestan en discernir confiando ciegamente, como si se tratara en su momento de pedir una hipoteca a un banco, para luego a posteriori delegar su responsabilidad y seguir culpando a terceros.

viernes, octubre 05, 2012

El secreto de la crispación

En el día de hoy, charlando por teléfono con una persona, me explicaba que en unos días estaba convocada una manifestación en Barcelona para rechazar la idea de la independencia y reivindicar la españolidad de Cataluña. 

Uno, que es lo que se dice un "tibio" que no rechaza una conversación o un debate, pero que evita la "primera línea de guerra", ya ha declinado nada más oír la cuestión la posibilidad de personarse en la misma.

El caso es que tengo razones de sobras para implicarme en el evento y no porque rezume una visceral sentimentalidad española. Diría sencillamente que veo con absoluta normalidad el hecho de ser español y catalán y no normal o por lo menos rechazable, la idea de un catalanismo asociado a la exclusión y la separación. Eso sin mencionar las numerosas consecuencias en cantidad y calidad que cada hijo de vecino por la labor de la independencia debe soslayar en plena borrachera emocional para reclamar lo que entiendo un disparate criticable con montones de argumentos de peso comenzando por la solera en una extensa en el tiempo historia de pertenencia a lo que llamamos España.

Pero no me propongo dar razones, entre otras cosas porque no sirven de nada sobre quien ha sido horadado sin descanso durante lustros por cualquiera de los medios catalanes públicos o privados, sin mencionar a los que han crecido con la correspondiente inmersión lingüística e ideológica válida para crear milicia nacionalista. Con un germen semejante, la añadidura no es más que: citas recurrentes a la historia de cada avance nacionalista, simbología constante y referencias en todo el entorno mediático , político y deportivo para elevar el tono emocional y buscar la implicación de los anteriormenete moderados. Ello, unido a una paulatina desafección y distanciamiento planeados, nos ha conducido a una situación en la que cualquier debate de ideas y argumentos sólo puede plantearse con las cartas del nacionalismo o ninguna. Porque su paradigma está contenido dentro de esa gran balsa de aceite o ley del silencio aparentemente tácita que no ha permitido fisuras ni grietas a base de mano de acero, controlando y monopolizando toda información y filtrándola convenientemente para que únicamente la interesada se colase hacia los cerebros de los incautos y desprevenidos catalanes que ingenuos ellos, entienden que velan por su bien e intereses.

Por ese motivo pensaba en el gran ejemplo que supone la comparación de dos manifestaciones y la extraordinaria evidencia que supone identificar las diferencias que pueden suponer para sus asistentes desde múltiples perspectivas.

Para empezar, la manifestación por la independencia contó sin paliativos con todo el rodillo - sistema nacionalista y sus enormes recursos cómplices: desde los medios que glosaban con titulares demostrables como falsos, pasando por instituciones como los Mossos o la Guardia Urbana del ayuntamiento de Trias. Por ese motivo, esa convocatoria podía considerarse como una fiesta. Una gran fiesta a la que acudieron entre otros, multitud de transnacionales (trabajadores de otros países que son trasladados aquí por sus empresas) ignorantes en muchos de los casos de los motivos por los que se fundían con el resto. Este detalle sirve para narrar, una cita como aparentemente inocua y feliz. Algo que raramente sucederá en la manifestación convocada en sentido contrario.

Primero, porque desde los medios catalanes no tendrá altavoz alguno y segundo porque ese tono festivo ya no existirá. La "normalidad" de quienes ejercen la intimidación de esa mayoría "diferente", impone unos privilegios evidentes sobre quienes entienden que normalidad en Cataluña riñe con muchos derechos y raseros de justicia y ecuanimidad.

Los ciudadanos homologados por la Vanguardia y Tv3, amén de El Periódico, con toda seguridad no vivvieron en sus reflexiones, los que las tuvieron, una duda sobre si peligraría su reputación o incluso su integridad en el caso de acudir a la manifestación del 11-S. Podrían dubitar sobre la conveniencia, la implicación, la idoneidad, la oportunidad personal o cualquier otra consideración, pero todos los factores serían propios y personales. 

En el caso de esta manifestación, la cuestión es justamente al revés. Quien se plantee acudir, debe ponderar el rechazo generalizado del sistema para empezar, y desde ahí calibrar los obstáculos de todo tipo: mediáticos, sociales e incluso pudiera ser, físicos, que pueden encontrarse los atrevidos que decidan plantear un pulso al rodillo nacionalista y sus huéstes.

Con ese panorama, un nacionalista tipo, puede seguir pregonando la normalidad de Cataluña, pero no hay duda de que al hacerlo, o bien desprecia los conatos de esa gran minoría a la que sin duda conminaría a marcharse de la tierra que entiende de su propiedad o está tan convencido de su estatus de "bueno" en la película que al insultar, faltar o rechazar easas manifestaciones discrepantes, lo hará con el convencimiento de que defiende a su patria.

Hemos llegado a ese punto, en el que la justicia se troca por la razón de cada cual y por ello, lejos de pesarse las razones en una balanza con una dama con una venda en los ojos, directamente se mira lo que hay que pesar y se dispone, no la magnitud de los razonamientos o las razones comparadas en la historia, sino la de los más numerosos o más fuertes. Algo parecido a lo que comentaba antes en referencia a las cartas marcadas de una baraja. El planteamiento no surge del porqué hemos llegado a ésto y el análisis de qué personas han dominado los medios de comunicación para ensalzar unas cuestiones y ocultar otras de mucho calado. Muy al contrario, el estudio parte de una premisa en la que obtendremos la felicidad al deshacernos de quienes nos roban. Desde esa premisa profesada con tanta fe como cualquier religión monoteísta, ponte a discutir el porqué esa persona está convencida de lo que está diciendo y diez años antes ni lo soñaba. Por supuesto, en lógica natural de cualquier ser humano, las razones serán ajenas y los culpables los otros para dejar intacta su integridad y no dar pábulo a la posibilidad de estulticia.

De ahí que llegados a este punto, la manifestación de marras para los nacionalistas, será vista como provocación, ataque, daño a Cataluña o cualquier mención simbólica que sirva para continuar en la senda del enemigo objetivo, provocador de todos los males. 

Este sin duda es un mérito de los políticos nacionalistas y sus medios. Algo que sin duda verían con malos ojos si de una película sin implicación sentimental se tratara, acogerían con indisimulada satisfacción y éxito asegurado. El logro de convertir a toda una sociedad no es moco de pavo y bien se merecen un aplauso de cualquier aspirante a Maquiavelo o admirador del estadista.

Sea como sea, las diferencias entre las dos manifestaciones y la decisión clave de acudir, explica bien a las claras esa normalidad de una Cataluña que rechaza a los judíos, metafóricamente hablando mientras es feliz de conocerse a sí misma. La independencia es la palabra correcta, porque busca la separación que les conceda una catalanidad que sin ella no parace completa. Sí, ya que no son catalanes completos hasta que se separen. Un elemento de sanción racional a quienes ya se conforman con el sentimiento para exigir sus condiciones. Unos sienten y otros actúan.

No en vano, en todo ello se halla el secreto de la crispación. Si yo fuera nacionalista catalán estaría muy tranquilo. Con "mis medios", con "mi sistema" imperante que lo controla todo, no es necesario levantar la voz. Los micrófonos aún hablando en voz baja llegan muy alto, mientras que los "desajustes" como Prenafetas, Palaus, 3%os, fondo en Lienchestein de Mas, y un largo etc. respiran puro silencio. 

Por el contrario, a quienes gritan de viva voz, se lamentan y padecen la dictadura de la "normalidad", sólo pueden crisparse o agitar los brazos y así puede llegar a saberse de su existencia, aunque sea a costa de que los fariseos exclamen: Crispen la societat catalana! Ya se sabe: al ser juez y parte, se lleva uno la mejor parte.



lunes, octubre 01, 2012

Moverse entre lo fácil y lo difícil

No hay duda de que opinar sin asumir responsabilidad alguna por la opinión vertida resulta sencillo. Sí es cierto que existe el yugo de la popularidad y su antónima, pero las opiniones de individuales en grupos mediáticos suelen disponerse en comunión con toda la organización de la que se recibirá el apoyo conveniente siempre que la cosa no se salga de madre. De ahí que los exabruptos, las incitaciones a la mal llamada "libertad" o la exaltación de los sentimientos, sean licencias admitidas de los profesionales de turno para conseguir a consumidores de su opinión, que no con opinión.

Desde siempre he observado que la responsabilidad tiene una venta espantosa. No es popular ni atractiva. Suele ser la aguafiestas, el "Flanders" de turno que incordia a los próximos y afines Simpson tan solidarios con los numerosos "errores" como nosotros con los nuestros.

No hay duda de que el movimiento entre lo fácil y lo difícil sólo requiere de un paso: el de asumir responsabilidades por aquello que se dice o hace, sea de acción, de escrito o incluso de omisión. No en vano, unos lo tienen mucho más fácil que otros para esquivar esa fiscalizadora conciencia al convertir en rutina lo que son arengas personales recabadas de anhelos utópicos y meras pretensiones individuales contextualizadas en cruzadas de mayor calado.

La prensa no paga como lo hace un político por interpretar a su manera lo que dicen o hacen los políticos. Todo y que las más de las veces son los que llevan a los ciudadanos precisamente a escogerlos, a criticarlos o sencillamente a predisponer una opinión generalizada gracias a innumerables modos que luego se tildan por éstos como "derecho a la información". La mera elección de un titular, una encuesta, un silencio, no sólo no conlleva consecuencias con independencia de lo que éstas produzcan, sino que es más bien el gran acicate del cuarto poder, precisamente eso: el poder.

Pero si algo hemos avanzado en la democracia es en la "facilidad" con la que las personas pueden adquirir opiniones con muy bajo coste de razonamiento, es decir nulo por ser ajeno y apenas necesitar de desarrollo y lo mucho que nos ofrece comulgar con éstas por disponer de un corolario de gratificaciones especialmente de calado sentimental. Muchas de las personas que se hallan en manifestaciones anti sistema recordarán sus "hazañas" al compararlas con anodinas rutinas de antaño. A fin de cuentas, un protagonismo súbito de autoexaltación personal camuflado de causa solidaria no puede compararse con casi nada en esta vida. Las manifestaciones suponen un subidón entre toda esa camaradería "simpsoniana" por una lucha que requiere inexorablemente de esa "facilidad" para que no ague la fiesta. Imaginen un plasta que viniera a explicar las motivaciones reales de todos los infelices ciudadanos o aquellos que basan sus expectativas en promesas  de politicastros avezados en el arte de la embaucación y la apropiación sentimental. Sin duda, el plasta, sería aplastado, por pelma y despertador de la borrachera de endorfinas.

Porque el camino difícil no ha de confundirse. No es el de la calle con las pancartas entre compañeros juntos en la lucha o el de los paisanos que se guiñan el ojo por conseguir su independencia ante la opresión del gobierno central; no es el de los universitarios o colegiales que conocen de la "injusticia" que sus padres les relatan señalando culpables ya desde niños, ni los de los debatientes de bar que se lamentan por como el mundo les ha tratado. Todas esas personas siempre van a encontrar miles de almas gemelas, no sólo entre la calle, sino en el cine, en los iconos culturales y en los politicuchos que pretenden capitalizar la desgracia ajena con frases señuelo cual secta capta desahuciados morales ávidos de esperanza.

Los que lo tienen difícil son aquellos que razonan por sí mismos y se mantienen al margen, no por una vanidad artificial basada en el protagonismo que da ser abogado del diablo cual troll barato en un foro, sino porque apriorísticamente saben defender unos principios analizando las consecuencias de los mismos. Es decir, asumiendo la responsabilidad que producirían sus decisiones y no quedándose tan solo con el subidón que ocasionaría comerciar con las metas sin leer los efectos secundarios de tal receta. Esas personas no pueden hablar a la ligera porque conocen de la repercusión de sus decisiones. Algo que por cierto, no es un acto de mera voluntad sino el resultado de una manera de ser que se tiene o no se tiene.

Existe gente que jamás cavilará nada que no sea su objetivo por conseguir un logro y en total convencimiento de que lo que hace es, no sólo válido, sino imprescindible. Esa gente es intuitiva, atractiva y tiene un letrero en su cerebro que celebra el carpe diem como el eslogan de un anuncio o el recuerdo de piel de gallina que le ofreció una película de su juventud. Nada que ver ni con inteligencia ni con dotes para otras cuestiones. El asumir responsabilidades es algo que abarca lo que el temperamento de cada persona. Unos lo piensan y otros no. Por ello, no importa demasiado disponer de argumentos o razones poderosas si uno se enfrenta a un malabarismo emocional capaz de neutralizar en un segundo cualquier sesudo planteamiento.

Los periódicos se consideran por el fisco tan imprescindibles como el pan y por ello se gravan con el IVA superreducido. Algo que nos avisa de lo importante que son y del poder que tienen.

Pero es que no deja de ser lógico. Imaginar a manifestantes dando concienzudos razonamientos de como extraer dinero de las piedras o decidir a quienes habría que quitar el dinero y a la vez sostener el atractivo de un país para las inversiones sólo se puede salvar, o bien levantando pancartas a gritos evitando la palabra de verdad útil o siendo un alma autoritaria que pretende imponer un sistema coactivo que le privilegie a él y sus camaradas que entre la multitud se verá como bien común.

Lo de bueno si breve dos veces bueno se va poco a poco desnaturalizando y ya se conforma como la brevedad como único requisito. Eso sí, haciendo sentir.

Me contó mi madre el otro día que un amigable taxista, nada más sentarse en su herramienta de trabajo, no dudó en hacer proselitismo por la causa independentista de Cataluña. Hasta tres veces le conminó a narrar lo que haría el 25 de noviembre, únicamente para entrar él en la conversación llevándola a lo que él creyó su terreno. Craso error. No en vano, el trabajador del taxi se creyó absolutamente autorizado y entre una mayoría absoluta a la hora de buscar complicidades entre su espectro de clientela sin valorar el riesgo que un tema tan delicado pudiera ocasionarle. El taxista era hombre amistoso y mi madre no varió el talante hasta el punto que al apearse del vehículo, él le dió la mano en señal de un reconocimiento innecesario por escuchar cosas que jamás había oído en su país, ni en su radio ni en su prensa. El hombre tenía muy claras y sencillas sus propuestas y tantos argumentos por parte de una persona que hablaba catalán con acento cerrado, le rompió algo los esquemas de lo que venía siendo su normalidad cotidiana.

El dinero público es como los vasos comunicantes. Un líquido limitado y contenido dentro de un recinto cerrado que debe distribuirse haciendo equilibrios. Aquellos que venden más líquido que el realmente existen o prometen más de lo que no hay, sencillamente no son responsables. Es sencillo de entender pero muy difícil de aplicar. De ahí que la impopularidad en estas lides es para mi un rasgo inequívoco de virtud y por tanto de aprobación. Claro que existen matices y peros, siempre los hay, pero nada comparado con aquellos que son populares por ir contra los no impopulares (aunque por nomenclatura sea al revés). Esos para mi son hienas.

Si existen argumentos desarrollados que contemplan causas y consecuencias por igual, entonces estamos rehuyendo a los carroñeros, si por el contrario sólo se describen objetivos a lograr, metas, sueños, logros y chutes emocionales, en ese caso: alerta. Estamos siendo manejados y seguimos el camino fácil. La honradez siempre es difícil y decir la verdad no es esconder qué pasará de malo si se consigue aquello que es capaz de aglutinar a tanta gente. De hecho, los objetivos con trasfondo emocional son el mejor escondite de las miserias que arribarán en tiempos venideros.


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