lunes, agosto 21, 2017

El objetivo

Quién no ha visto alguna película de malo legendario que intenta destruir el mundo para restaurarlo según sus esquemas. Los hay malvados arquetípicos que simplemente disfrutan haciendo sufrir a los demás para demostrarse su poder, otros por venganza, están los que quieren someter a sus habitantes, pero en este caso vengo a centrarme en aquellos que anhelan convertir la tierra en su tabla rasa para poder empezar de cero según su proyectada utópica visión. Antes de proceder a pulsar el botón o mecanismo que activa el proceso de destrucción suelen sermonear al héroe que intenta impedirlo con un corolario de fechorías humanas que le permiten arrogarse autoridad de sobras para su violencia tornada en eufemística fuerza limpiadora y regeneradora. Así, el pérfido prócer, en su papel de multiempleado carnicero y sacerdote de masas, pretende extirpar el tumor de raíz acabando con todo el cuerpo y concederse a sí mismo y los suyos una metáfora de la segunda oportunidad. Todo al amparo de sus numerosas huéstes armadas.

No sé si ese discurso ha calado en el subconsciente de algunos, pero quizás sin esa grandilocuencia y seguro que con un ejércircito más desaliñado tenemos muestras a diario de los que pretenden un día sí y otro también, destruir el sistema para dar acomodo al que tienen recreado en sus mentes. Claro que el relato de uno y otros difiere en el previsto nuevo mundo... ¿pero difiere sobre el viejo? A mi me gusta muy poco el mundo en el que nos estamos convirtiendo, es más, comienza a darme pavor la ida sin retorno que cada bando está conduciéndose entre confines de una Tierra interglobalizada que concluye en un cruce de caminos repleto de odio y sangre.

Todos los enemigos son recreados igual que en las películas, tan descomunales y poderosos como aviesos e inmisericordes. Por supuesto, lo suficiente para que, al igual que el perverso de celuloide, se puedan recrear excusas suficientes para ejercer una coerción y virulencia proporcionales al odio suscitado ¿Y después? Muerte y dolor, necesidad de más venganza, de cronificar el revanchismo, de culpar a los otros de lo sucedido, en definitiva, de no defraudar a la hora de continuar el bucle de la humanidad.

Derribar el castillo de naipes conseguido tras siglos y milenios solo puede hacerse desde la mezquindad de quien descuenta lo logrado y le resta mérito sin despeinarse el entendimiento si alguna vez lo tuvo, de quien cuenta la historia como si fuera la suya propia, de quien traspone sus razones y sus ambiciones personales, el odio recibido de sus fuentes y las soluciones que, pregonadas con estulticia tienen consecuencias muy distintas de las reales, porque la emoción radicalizada solo llega hasta donde se encuentran con el villano y lo tumban. Puro romanticismo letal.

Busquen entre nuestra sociedad a gente, mayoritariamente joven, que quiere derribarla para "limpiarnos". A los que aspiran a romper con todo y apoyar a quienes quieran resquebrajarla, a quienes incluso, detrás de ellos, élites cargadas de dinero buscan diezmar para su confort a una población superpoblada valiéndose de estúpidos adictos a la adrenalina convencidos de su cruzada hasta el fanatismo. Imbéciles que, diciendo que combaten a los gigantes, acaban siendo esclavos de éstos para aniquilar a los que ni tienen poder, ni pretenden más que cierta tranquilidad y esperanza en el futuro bienestar de sus familias, la población.

El mal no está en relatos de película, está entre nosotros, en nuestras aspiraciones para acabar rigiendo el mundo a nuestro antojo como si de una lista de tareas para realizarnos personalmente se tratara...Y siempre ha sido así.


domingo, mayo 14, 2017

Los votantes son listos

En estas fechas se cumple un año de okupación de una vivienda por un grupo de personas de etnia gitana. Son mis vecinos.

Llegaron subrepticiamente con un escuadrón de familiares y cercanos para tomar una casa. Entre éstos traían a la "abuela" y la dejaban dentro para hacer constar que había alguien. Pasados unos días, ya no apareció más. No sé bien el proceso, pero sin duda ellos sí estaban muy al corriente de lo que podían hacer. La paradoja es que en esta vivienda vivía una familia que no pudo hacer frente a los pagos de su hipoteca y tuvieron que abandonarla.

El primer gesto del Ayuntamiento de ERC, en una población de unos nueve mil habitantes, fue proveerles de mantas y publicarlo en la web institucional. Con la enquistación del tema, silencio.

A lo largo de este año he podido contar numerosos automóviles: BMW, Mini, Smart, Citroen, una furgoneta americana, Mercedes, Honda Civic y unos cuantos más; por supuesto semanales celebraciones culinarias en su flamante barbacoa Weber, una psicina desmontable estilo Toy de unos 4 metros de diámetro, juguetes por doquier desplegados por el jardín y ropa tendida, mucha ropa tendida. No ví las mantas del Ayuntamiento.

Al poco de llegar se vislumbrava desde su ventana lo imprescindible: una televisión de bastantes pulgadas y la correspondiente consola de videojuegos. Persianas cerradas ocasionalmente entre semana y en el fin de semana la fiesta garantizada como si de una segunda o quinta residencia (qué más da) se tratara.

Parece ser que el derecho a una vivienda digna deposita como garantes (coaccionados) a los ciudadanos y no al Estado o a las Instituciones correspondientes. El Estado delega su responsabilidad para promover su subasta de buenismo de pandereta estableciéndose como cómplice de un robo de la propiedad privada al admitir su comisión excusándose en consideraciones formales: la cerradura, el tiempo necesario para permanecer en la casa ocupada, etc. Un total sinsentido. De tal modo se mantiene una legislación apropiada para el trapicheo de los sinvergüenzas que no dudan en ser invitados a determinados medios, que como en cualquiera de sus realities, apelan a cualquier eslogan emocional que justifique el allanamiento de morada y la apropiación de lo ajeno. Se habla de "colisión de derechos" para promover la ley de la calle bajo las condiciones de los populistas, oficializando nuestra condición de país bananero y Estado arbitrario en el que impera una realidad de hechos consumados, es decir, tonto el último.

Una persona acostumbrada a cumplir la ley o al menos a no tratar de hallar sus lagunas y recovecos, no tendría éxito en esta empresa, pero los avezados okupas "profesionales" saben lo que hacen bajo la mirada impotente. Y si lo demás falla, el recurso al racismo o cualquier amenaza de manchar la corrección política echa para atrás a quienes les sobreviene algún tipo de incredulidaad y posterior indignación.

Los votantes, los ciudadanos, son listos dicen......Algunos más que otros

martes, mayo 09, 2017

La revolución dialéctica silenciosa

A nuevos tiempos, viejos recursos perfeccionados para facilitar la labor en esa ingente cruzada de manipulación de masas a la que suelen dedicar su tiempo los mastines de los "filántropos" actuales, los prohombres de la comunicación. Herramientas dialécticas que asumimos con normalidad sin percatarnos de sus trampas y de los efectos devastadores que originan en los cerebros, bisoños y no bisoños, que luego se reúnen para reclamar el derecho a ser libres de pensar y manifestar lo que dicen que quieren.

Un recurso dialéctico para persuadir al interlocutor y de paso intentar reforzar el exiguo argumentario propio es contraponer, a una razón propia, otra contraria radicalmente antagónica. De tal modo, si no aceptas tal cosa, que es la que suele proponer el que expone sus motivos, se te asigna automáticamente su contraria y consecuentemente pasas a ser un radical cuanto menos o se te encasqueta cualquier etiqueta a mano provista del conveniente prefijo o sufijo. Hay que entender que en tiempos de internet la eficiencia informativa es capital, que diría el insigne, y por tanto la ejecución de packs completos de atribución a un rival o un interlocutor cualquiera son un tipo de arma formativa irrenunciable para cualquier prócer infopolíticotecnológico que se precie. Así, como si de un avatar se tratara, por obra y gracia del sacerdote de las redes de turno disfrazado de periodista, político o acumulador de seguidores, las personas pasamos a "disfrutar" de etiquetas variadas según discutamos o manifestemos una opinión en un sentido u otro. Nada podremos hacer contra ello, no vale la pena luchar para hacerse entender porque en realidad el propósito de los proponentes radica en crear no entendimiento, en lograr colar e inocular una etiqueta sobre el objetivo adquirido que abone una serie de prejuicios antes de tener la oportunidad siquiera de conocerlo o comprender sus razones con las que extraer un juicio de valor. Se buscan todos los puntos en conflicto, a poder ser los más distantes y lacerantes, y desde ahí labrar el camino de la confrontación que sigue sus propios postulados: tensión, descontextualización, exacerbación, indignación y odio. Y ello no inhabilita las posturas radicalizadas que existen y cada vez más, pero sí ayuda a exterminar toda referencia cabal que sirva para determinar qué responde ciertamente al beneficio del ser humano o de una sociedad, ya que por medio de esos recursos, la única baza disponible es el número de personas que te apoyen. Vendría a ser la sublimación de la afiliación grupal que otorga más importancia a la identificación con el propio grupo que a las razones que confieren el pegamento que une a sus miembros.

No hacemos más que repetir en bucle la historia y recurrir a vías como la Memoria histórica para estructurar y sellar prejuicios oficiales con los que reproducir por despecho permanente los errores de nuestros antecesores. Y es que es la memoria la que dice lo que somos en el presente y por ello, de lo que nos informe o forme sobre el pasado, modelará lo que somos y seremos.

Parece aceptarse el hecho de que cualquier sujeto en razón a sus equidistancias debe ser ordenado y apilado para incluirse en una categoría entre tres o cuatro sin solución posible y desde la misma labrar su camino, o bien en unión al supuesto grupo que le corresponde por asignación externa o en solitario con su condena inexorable al ostracismo. En ese grupo también estarán todos los que se creen especiales y disienten de todo y ante todo, de tal modo que seguirán perteneciendo a una categoría de parias, señalados por otros, incapaces de formar grupo o categoría propia. Se comprende por tanto la paradoja que nos asola en el siglo XXI, en tiempos de la mayor globalización vivida en nuestra historia, todos buscamos identificarnos con un grupo para destacarnos del resto, para clamar nuestra voz de algún modo aunque sea negando justamente que lo que pretendemos es darnos voz. Al fin de al cabo, el qué de las manifestaciones viene a ser mantenernos de algún modo en primera línea, poder darnos brillo entre tanta gente, incluso podríamos llegar a manifestarnos pidiendo menor libertad y o cualquier razón supuestamente perjudicial para nosotros y lo que seguiría importando sería nuestra participación entre esa masa. No es muy diferente de lo que muchos hacen. Lo llaman políticas de hechos consumados y utilizan a las personas como números para proclamar algo así como la democracia que consolida sus fundamentos. Sus armas están explicadas y no hacen más que ejecutar lo que el cerebro humano realiza desde su nacimiento: comparar y escoger en función de la percepción de placer que otorga tal decisión para nuestro yo.

Ya no tiene mucho sentido reclamar razones a los demás para compararlas con las propias, porque como en un videojuego, las "tropas" disponibles en las más sencillas de entender y de atender te conquistan en un periquete sin tan siquiera tener que pensar. Otros ya lo han hecho por ellos y les han ofrecido las etiquetas que resumen un mundo virtual dispuesto para teclar Ok o Cancelar , y claro, sepa usted que darle al Cancelar tiene un precio muy alto.

domingo, abril 02, 2017

Los malos de película

En las películas de otros tiempos, en el cine llamado clásico eminentemente estadounidense de directores como John Ford, Frank Capra, Raoul Walsh y coetáneos, existía un rasgo característico en sus personajes: los buenos y malos y su marcado acento tanto moral como inmoral respectivamente. La audiencia de aquella época pudo percibir con claridad lo que significaba pertenecer a un bando o a otro con honrosas y no del todo exiguas excepciones de ese cine negro americano repleto de personajes torturados emocionalmente forzados a conductas deplorables. Con el tiempo, la línea moral o ética, como se prefiera, se ha ido emborronando en cine y televisión, y a medida que nos acercamos al presente, la delimitación entre esos buenos y malos ha ido diluyéndose hasta tal punto que viene a ser normal que los que antes eran malos, ahora son los buenos y viceversa. Las conductas pretendidamente "rectas" se tuercen con ejemplos constantes de hipocresías o rigideces que convierten lo aparentemente justo en un autoritarismo casposo si no es que se tacha de fanatismo o cualesquiera ismos por el estilo. Por el contrario, las torturadas mentes de las antaño injustamente incomprendidas personalidades acaban cristalizando en héroes ejemplares que combinan por igual píldoras contestatarias y agresivas con hazañas extraordinarias con las que justificar sus aviesas tendencias. Las brujas ahora son buenas, los demonios o ángeles caídos, más cercanos y "reales" que los perfectos querubines alados y no existe en el universo cinematográfico un solo sacerdote capaz de realizar una buena obra, ya no hablo del estilo Spencer Tracy y su "Ciudad de los muchachos", sino disponer cuanto menos de un semblante que aglutine algún rasgo de bonhomía, al contrario, todos son taimados sujetos que anhelan sexo joven o poder para dominar almas ajenas. A partir de semejantes presupuestos, toda violencia desatada acompañada de ingentes efectos especiales obra bien justificada en manos de los rebeldes y nuevos estereotipos tan similares a esa población que vería anormal a un barbilampiño que no se hubiera emborrachado decenas de veces, sus padres no estuvieran separados o se colocaran varias veces por semana. Dejando de lado, la capacidad de esos jóvenes y no tan jóvenes de arrogarse una inmunidad a la manipulación de tanta historia similar que converge en este tiempo, lo que me llama la atención es el modo paradójico con el que se afronta la realidad a la hora de "juzgar" a los demás.

La moraleja o la moralina 

Existe mucha gente que manifiesta detestar las historias con moralina o un mensaje pretendidamente expreso con el que "adoctrinar" a la audiencia y para ello contraponen unas historias que definen como "auténticas" con las que muchas personas pueden sentirse identificadas. Lamento decir que toda historia es un ejemplo en sí mismo con el que cualquier sujeto puede identificarse o no pero que puede modelar a sus receptores tanto o más que la que disponga de cuantiosos sermones virtuales y vituosos. El modo más o menos sutil que acaba encerrando el capítulo vital puede atisbarse como cualquier rasgo de la historia, pero un error común, no sé si casual, que ha acabado siendo asimilado por la población, es la asociación entre finales felices con imaginación e irrealidad, y el tormento, el drama y la tragedia de los epílogos con realismo recalcitrante. Algo que encaja casi a la perfección con las noticias de cualquier noticiario que se precie. Quizás la analogía no deje de ser un silogismo.
A fin de cuentas, es mucho más unánime la alta valoración de películas o libros cargados de dolor y pesadumbre que aquellas "ligeras" comedias que "solo" pretenden hacer reír en un mundo que se ha dedicado a pregonar que el mero hecho de hacerlo podría rozar la inmoralidad habida cuenta de la injusticia que nos invade universalmente.

En realidad el malo de la ficción no ha cambiado

Pero lo llamativo para el lego o el irreflexivo podría resultar de analizar cómo la actual sociedad valora a sus malos y cómo llega a existir un mimetismo entre lo pregonado por los medios de comunicación y entretenimiento.

Si se fijan, el malo de las "películas" no ha cambiado en esencia, lo único distinto es el papel de uno y otros que antes relataba: los buenos son siempre malos al estilo "Flanders" en el mejor de los casos y/o el rígido hipócrita que persigue a los "inmorales" cuando él es el mayor ejemplo de depravación humana que siempre acaba destapándose para aprender bien el mensaje más o menos encubierto. En definitiva, el malo es malo malísimo y alguien tan susceptible de ser odiado como lo podían ser Richard Widmark o Jack Palance como pistoleros inmisericordes. Desde el banquero sin escrúpulos, al empresario mezquino, el proto fascista que explota o se aprovecha de los demás, el clérigo pederasta o los padres dictatoriales que tratan de estipular sus lecciones de vida como obligaciones coercitivas para los demás. Todos y muchos más personajes nada empatizables susceptibles de recibir la generosa parafernalia de efectos especiales con los que recrear un final a la altura de sus andanzas.

El secreto de la manipulación de masas para llegar a capítulos reales de odio homologable

Es bastante fácil leer o visionar filmes de casos históricos en los que se colma el vaso de la injusticia con judíos en la Segunda Guerra Mundial, esclavos africanos en plantaciones del sur de EEUU o ejemplos similares de grupos repudiados por un común que asume con absoluta normalidad semejantes situaciones. Tan normal como que la audiencia empatice, se emocione e indigne a partes iguales con las "incomprensibles" actitudes de los numerosos casos basados en hechos reales que describen indiferencia entre la población más contenida, pasando por delatores, explotadores que inflingen incluso daño físico y asesinos que no titubean a la hora de exterminar.

Salvo psicópatas ajenos a su condición, que los hay, lo normal es preguntarse hasta qué punto es capaz de hacer daño el ser humano y juzgar cuán detestables y malvadas son los malos de esas películas y obras literarias o documentales incluso. Ni la cantidad exagerada de personas que en cada período histórico demuestran poder normalizar actitudes deplorables sin caer si quiera en la cuenta les hace pensar que también les podría suceder a ellos. Qué va, todo lo contrario, se tiende a desmarcarse de toda posibilidad de llegar a ser injustos con los demás hasta convertirlo en una verdad de fe.

A vueltas con los malos... ¿De ficción?

Y volvemos a ver a esos malvados personajes bien definidos que merecen ser odiados hasta la extenuación. A esos grupos encasillables en etiquetas que resumen a la perfección lo que son y la amenaza que pueden llegar a ser para nosotros...los buenos. Entonces los acusamos, luchamos en las redes contra ellos sino en la calle, los señalamos, les acuñamos nomenclaturas y tras ello postulamos nuestra ideología que está por encima de todo y por lo que podremos justificar lo que podría parecer injustificable pero que en unión al grupo acaba pareciendo normal y hasta románticamente susceptible de defenderse con agresividad...o violencia. A fin de cuentas, no es más que una respuesta a la amenaza que suponen esas personas para nosotros, que nos rodean, que discrepan de nuestra verdad e imponen su criterio con palabrería. Pronto irá llegando la necesidad de arrinconarles y vencerles, sabremos que nuestra causa nos facultará el poder para juzgarles en pos del bien común y será una obligación ir desmarcando a unos de otros para reclamar esa justicia negada. Llegará un momento que tendremos la certeza de que esa gente no siente, que es malvada y solo busca nuestro mal por encima de todo y no nos quedará más remedio que actuar: acabar con el mal.  

viernes, marzo 17, 2017

La ideología

La creación de una ideología es una manifestación humana, una expresión intelectual de un individuo que aparentemente responde al propósito de organizar de una determinada forma una sociedad. Como tal expresión humana, la concepción, desarrollo y justificación de la propia ideología viene a basarse en el universo cognitivo del proponente, en el océano de esquemas mentales forjados en una estructura neuronal concreta en combinación con la experiencia. Se hace del todo necesario explicar la obviedad porque cuando topamos con la materialización de la ideología, ya sea en la expresión de sus postulados por otras personas o en su aplicación tangible, no estaremos tratando el propósito y motivación original de quien concibió el cuerpo teórico sino con otras personas que habrán hallado en el mismo, motivaciones afines en sus esquemas mentales. Digo afines porque en el corolario de esquemas mentales, se produce intercambio de información entre los lóbulos frontales y el sistema límbico para determinar el placer o displacer obtenido.

Los seres humanos tomamos decisiones de afinidad o discordancia con relativa rapidez gracias a nuestro sistema emocional que dirime "de urgencia" un juicio de valor sobre la nueva información obtenida que se somete al escrutinio. Para ello, nuestro sistema nervioso ha conformado a través de esos esquemas mentales una suerte de resumen de todos los inputs de placer y displacer percibidos en el pasado y que han ayudado a conformar un criterio o una actitud que se pondrá a prueba ante nuevos estímulos. Así, todo placer percibido en una experiencia previa habrá servido para potenciar el yo de ese individuo y la idea que tiene de sí mismo el individuo, su autoestima.

Resulta irracional abstraer, de una teoría propugnada por una persona, el factor humano, como si no fuera dependiente de las variables humanas en su materialización. Sería como centrar la conclusión de una teoría matemática en un "deseo" ajeno a su resultado, es decir, basarse en el presupuesto y no en la conclusión. Pero claro, confeccionar un cuerpo teórico factible requiere de un aumento exponencial de las variables a considerar, pero que, de no hacerse, la teoría resultante solo será una idealización de los propósitos y motivaciones de un individuo que ha pretendido expresarlas para al mismo tiempo sublimarlas y sublimarse. El problema viene cuando los receptores, tanto los que la acogen como los que la rechazan, recurren a sistemas similares de admisión y escrutinio sin percatarse de que al final solo acaban enjuiciando el placer o displacer percibido para engrandecer su yo, es decir, de qué manera creo o entiendo que un cuerpo teórico puede permitirme desplegar mis capacidades como persona tomando mi idosincrasia.

Por ello, resulta igualmente irracional admitir la falacia de que el individuo acepta o rechaza una ideología en base al bien común propugnado en ésta. No solo ello no es así, sino que es del todo factible que muchos individuos escojan planteamientos objetivamente más perjudiciales para sí mismos por el sesgo en su toma de decisiones que propugna la defensa de su yo. Sesgo necesario para emitir valoraciones rápidas y desplegarse en la vida sin analizarlo todo reflexivamente. Es por ello, que en esa rueda de sinsentidos, resulta estéril tratar de cambiar la actitud de un sujeto por la vía racional, cuando sus motivaciones para defender un cuerpo teórico se enraízan en un complejo sistema de apegos, afinidades y necesidad de realización personal. No obstante, verán que algunos seres humanos siguen empecinados en convencer por esa vía, si bien otros, más avezados, recurrirán a métodos con un fuerte componente emocional en el que se busca la afinidad grupal y centrar la atención en casos concretos que faciliten a la masa extraer conclusiones rápidas y sencillas vía placer o displacer. Pero aunque pudiera parecer lo contrario, todos actúan igual, con una constante, unos resaltan la faceta racional porque ese es su fuerte y la priman en su toma de decisiones y otros pondrán en valor otras consideraciones sobre su persona que les permitan sentirse cómodos y aceptados en el grupo que tengan como referencia. Por eso, la política es un diálogo de sordos que solo plantea como alternativa la manipulación psicológica que determina lo que los afines desean escuchar.

Puede decirse que la constante determina que los sujetos deciden en razón al placer o displacer percibido y que ambos diferirán en función del modo que se haya desplegado el sujeto en su vida y las fortalezas y debilidades que dispone en innumerables aspectos. La idea de placer es poderosa pero no tiene comparación con la de displacer, pues el individuo entiende que aquél que le produce displacer, está impidiéndole su desarrollo como persona, el despliegue de su yo, y por tanto necesita eliminarlo de la ecuación para recuperar la posibilidad de expresar su yo. Algo que, no solo no es cierto en muchos casos, sino que acaba siendo una paradoja, pues viene a ser al contrario: la determinación de un enemigo que genera displacer puede proveer al sujeto de un elemento de potenciación de su yo en relación al grupo afín, de modo que el sujeto que genera displacer sirve de medio para auto proponerse ante el grupo y por tanto para lograr el verdadero fin, la potenciación de su yo. Potenciación que finalizaría cuando desapareciera el enemigo en cuestión.

Es cierto que cada presupuesto teórico puede diferir y de hecho difiere resultando más o menos factible o impracticable en el ser humano en sus términos explicitados, pero ello puede no ser óbice a que los sujetos los defiendan en razón al imprescindible cotejo que realizan con su yo. De igual manera, el lenguaje racional viene con unos límites marcados y consistentes que pueden tratarse y debatirse del mismo modo. No así las afirmaciones o iniciativas que se sustentan en un alto componente emocional de grupo, que son arbitrarias y capaces de adecuar la realidad a sus pretensiones coyunturales. Cada planteamiento tiende a sostenerse por unos pilares que lo definen, y que acaban siendo la praxis de la combinación entre cuerpo teórico y aplicación. Pero aplicación en cada caso por sus características, es decir, el modelo más racional destacará en ese ámbito y el emocional en el propio, demostrando cada cual ser capaz de abarcar un aspecto de la organización política o la comunicación de masas, pero no necesariamente en ambos a la vez. La idealización de un individuo es extrapolable y de hecho se extrapola a otros que viven experiencias análogas y anhelan idealizaciones igualmente análogas. Todo acaba resultando en una categorización humana que se reviste de ideología pero las ideas poco tienen que ver con las decisiones de las personas, es más, una persona sería capaz de matar o morir por sus ideas convirtiendo esas ideas en algo tan personal como la vida misma.

lunes, marzo 13, 2017

El conflicto de grupos

Prólogo. Escepticismo ante las ciencias humanísticas

En todo proceso de análisis que pretenda algo de rigor deben relacionarse todas las causas con sus consecuencias o correlaciones para conferir al planteamiento un objeto. Algo radicalmente opuesto a los presupuestos que manipulan las variables o asumen sesgos para concluir algo que ya pretendían probar antes de confeccionar su estudio. En esos casos, no se busca dilucidar un objeto, una fórmula, una constante que aporte explicación a los hechos, solo se genera un propósito, en muchos casos inconsciente, que como tal se dirige a un fin concreto: valerse de una metodología objetiva, la científica en humanidades, para demostrar o aportar evidencias de hipótesis voluntaristas y con ello influir en la sociedad. En esos casos el centro del estudio es el sujeto y no el objeto, es valerse del foco sobre sujetos escogidos aleatoriamente para demostrar una correlación pretendida apriorísticamente. Se buscan fiabilidad y validez estadística para conferir la formalidad necesaria al estudio que permita su aceptación en la comunidad científica. Ello es posible en el instante que la Psicología y las ciencias sociales se deben tratar con valores cuantitativos y por tanto requieren de los pertinentes constructos, la necesidad de convertir variables intangibles en valores cuantificables y medibles. De tal modo, podemos encontrar estudios para todos los gustos con los que poder esgrimir las afinidades ideológicas que acaban impregnando toda expresión humana.

Existe por tanto una relativización en el campo científico que afecta de lleno a las ciencias sociales que se viste con una ristra de expresiones eufemísticas con las que conferirle si cabe una carga ideológica todavía mayor: discusión científica, debate sobre hipótesis, evolución, desarrollo de ideas, ciencia en movimiento, etc. Todas manifestaciones humanas con un punto de partida obviamente subjetivo, pero con un punto de llegada igualmente subjetivo, pues son los seres humanos, sujetos a sus servidumbres psicológicas, las que amparadas en un determinado número de variables sostendrán las hipótesis más afines con su universo cognitivo, que es muy amplio e incluye variables de todo orden además de las puramente cognitivas.

Hecha tal apreciación que creo del todo necesaria para entender el funcionamiento de un sistema de ideas que se ha convertido en la fuente de fe de una sociedad hiper consumista, sostengo que vivimos en una sociedad que ha abandonado, si es que alguna vez llegó a tenerla, una capacidad de escrutinio propia para delegarla en las fuentes oficiales de confianza. La ciencia como tal debería ser por tanto la más precavida a la hora de permitir que un estudio que afecta al ser humano desde aproximaciones no biológicas pueda ser tomado como una verdad hasta que se demuestre lo contrario, pero en ese terreno es necesario comprender que los protagonistas del estudio están desarrollándose profesionalmente a través del mismo y su manifestación pública. De tal modo que se baja la guardia intelectual ante unos presupuestos que se asumen como dogmas en un terreno en el que disponemos de estudios capaces de defender lo uno y su contrario. La falsación, como método de validación de una teoría, ha quedado postergada al baúl de los recuerdos, entre otras cosas porque entre constructos artificialmente construídos, acaba resultando relativamente fácil sostener verdades aparentemente inescrutables. 

La causalidad y el presupuesto moral

Para alguien como yo que establece en el ser humano procesos cuasi mecánicos de comportamiento, la causalidad es una constante inexorable solo amordazada por el número de variables y el correspondiente sesgo en su evaluación. Así sucede que la psique humana es extraordinariamente intrincada y compleja pero no por ello deja de ser causal o pasa a ser "mágica", sino todo lo contrario, a mayor conocimiento de las variables implicadas, mayor capacidad predictiva.

En estas lides, el buenismo es una constante actitudinal que acaba definiendo a los sujetos que lo expresan, permite inferir aspectos de su personalidad, de sus motivaciones personales, de la necesidad que tienen de crecer emocionalmente y de la cantidad de variables que manejan en sus valoraciones o el necesario sesgo que las abona. Pues el buenismo es un recurso dirigido, como toda manifestación humana, a la potenciación del yo. Un concepto, el yo y la necesidad de su sublimación, como constante universal del ser humano.

La relación del buenismo con el presupuesto moral subyace en el aspecto volitivo, de la voluntad, y más concretamente de la intención que viene promovida por la actitud del sujeto. Quedando la moral e incluso la ética sujeta al factor interno del sujeto, al que se refiere a la necesidad que tiene de realizar el bien o lo que entiende por el bien mucho antes que reaccionar al estímulo que lo propicie. Pero el buenismo necesita fundamentalmente del reconocimiento grupal como rasgo característico que acaba definiéndolo, de manera que no necesita de una manifestación actitudinal, solo con la afinidad o la aceptación de sus presupuestos se puede recibir el preciado reconocimiento de grupo que anhela el bienintencionado.

Qué es buenismo y qué no lo es

Pero no vayamos a destrozar toda buena acción que exista en la humanidad argumentando la falacia buenista, porque el buenismo coincide en un punto de sus procesos con la bondad. Ambas requieren de una respuesta a un estímulo cuya volición viene motivada por esa buena intención y la necesaria restauración de una homeostasis psicológica que tiende a la armonía del sujeto. Ahora bien, la diferencia fundamental entre el buenista y el bondadoso radica en el grado de armonía interior, el grado de homeostasis existente. El que no es armónico en su interior entendiendo ello como la combinación de conocimiento, aceptación de sí mismo y realización personal, el que necesita equilibrar su interior a costa de modificar lo que no le gusta del exterior, está proyectando en el exterior aquello que no le gusta de su interior y necesita ser aplacado o reducido para que no dañe su yo o para preservarlo de un juicio negativo que afecte a su autoestima. Así, el buenista está en un propósito distinto al bondadoso, pues su motivación, con independencia de que la finalidad sea bella, parte de un necesario resarcimiento personal con el que aplacar las propias insatisfacciones o las partes que no agradan de uno mismo. Un ejercicio de compensación con el que ensalzarse ante otros que pasan a considerarse en la comparación con el propio yo, como peores y susceptibles de ser juzgados por quien pretende para sí una elevación, una forzada situación de autoridad moral para juzgar a los demás y evitar hacerlo consigo mismo. Ello fuerza al buenista a recrear mundos virtuales y por ende a generar malos con los que salir airoso en la comparación. El buenista por concepto exige a los demás, el bondadoso se exige a sí mismo.

Ideología, política y religión

En la actualidad el estandarte buenista lo porta hegemónicamente la Izquierda y el Progresismo liberal. Ambos lo exponen como cartel electoral para diferenciarse de una Derecha presentada en su extremo más insensible y utilitarista posible. Pero lo cierto es que el buenismo surge de ideas conservadoras y más específicamente de la aplicación inadecuada de la religión cristiana y la necesidad de lavar la propia conciencia del pecado en una sociedad culturalmente estigmatizada y presionada por la culpabilización moral.

Como en toda manifestación humana de un presupuesto ideológico, político o religioso, todo paradigma debe cruzar el inexorable destino del cerebro humano y de resultas conformar un resultado que puede distar un mundo del presupuesto original. Las ideas están hechas para los seres humanos y no al revés, los seres humanos para las ideas, existe gente que eso no lo tiene claro hasta el punto que subliman unas ideas de imposible aplicación en una realidad humana.

Cada planteamiento encierra su propia dificultad pues las propuestas ideológicas y políticas se dirigen a la organización de una sociedad y por tanto, su viabilidad depende de factores psicológicos y sociológicos en su materialización. En tanto que la religión apunta a la individualidad, a la idea de conciencia del individuo y la distribución de sus actos y pensamientos a lo largo de un orden moral que transcurre entre el concepto de bien y mal. La religión en su presupuesto original se delimita la salvación de cada alma y no una organización social o política determinada. El presupuesto intrínseco de cada paradigma difiere de raíz pues, de la aceptación de cada paradigma se debería aspirar a la consecución de unas actitudes muy diferentes.

El objeto de cada planteamiento, sin embargo, en su inevitable transcurso por el ser humano puede acabar adulterando su propósito, de modo que una ideología o un sistema político que lo materialice puede actuar como una religión y viceversa, una religión acabar imponiéndose como un sistema de estado o como una ideología.

Tanto en la organización de un estado en la que prima el poder público y se deducen unos compromisos y deberes con sus ciudadanos en base a la apelación del bien común, como en otro en el que ese estado se reduzca a la mínima expresión apelando a la responsabilidad individual y cultura del esfuerzo de sus ciudadanos, en ambos pesa una obligación erga omnes, les agrade o no, sea motivador o desmotivador, propicie una armonía o un caos, el sistema de estado necesita de medidas coercitivas más o menos tangibles que definan unos límites para sus ciudadanos. Pero la religión es una creencia íntima e individual que se expresa en la sociedad en tanto el ser humano es un ser social. Ahora bien, la coincidencia entre personas que profesan una religión acaban configurando algo parecido a un sistema de estado con sus normas temporales observadas por cada uno de sus miembros. Y es en esa observación donde cada sujeto adapta el credo a su personalidad individual transformando lo objetivo en subjetivo y produciendo las reacciones psicológicas en los que el juicio de valor y los mecanismos de sublimación del yo dan entrada a respuestas que pueden ser o no coherentes con la religión propugnada.

La importancia del yo en todo proceso de expresión humana: los grupos

Tal como explicaba en el artículo anterior, la referencia sobre la que gira el comportamiento humano es el yo, y su expresión en la realización personal. En base a ello, cada individuo basa el desarrollo de su realización personal en lo que considera sus fortalezas, rasgos de su personalidad e inteligencia que en la comparación inconsciente comprueba más diferenciadas, eso le lleva a escoger los entornos más propicios para su expresión, aquellos en los que sabe puede producirse un reconocimiento de los demás a sus capacidades y en los que al mismo tiempo el sujeto toma sus arquetipos o modelos qué seguir. Desde la niñez y la necesidad de aprobación paterno filial a la posterior adaptación a grupos, las personas despliegan su yo en todas sus vertientes y en todas busca un reconocimiento, que si bien difiere entre sujetos, en todos existe una dualidad entre los esquemas mentales que pertrechan la idea de un universo personal y la materialización de esos esquemas para la adecuada sublimación del yo. En todos los casos, el factor de autoestima es básico para la estructuración de la personalidad del individuo y el modo en el que se busca el fortalecimiento del yo, viene a explicar cuan sólido es el yo del sujeto. Solidez que parte de la combinación entre genética y ambiente pero en la que resulta trascendental y decisiva el transcurso de la infancia hasta la adolescencia.

Bien, en el proceso de selección grupal que todas las personas desplegamos a lo largo de nuestra vida, tratamos de asociar las "fortalezas" de nuestro yo con los grupos de destino intentando generar una afinidad. Una identificación de objetivos comunes con los que recibir una común aprobación que permita desplegar el yo y la consecuente realización personal. Las reglas sociales del grupo llevan asociadas unas conductas aprobables y reprobables que todo sujeto conoce y respeta por efecto de la presión social, de tal modo que cada cerebro acaba generando en su inconsciente aquello que los demás esperan de uno, siendo el propio individuo y su percepción los que fijan los presupuestos.

La afinidad grupal es del todo necesaria y natural en el desarrollo humano, pero el despliegue individual en relación al grupo difiere entre sujetos en función de la solidez del yo del sujeto que se relaciona con el grupo. Y es muy importante esa solidez del yo porque la presión grupal siempre es tan fuerte que puede en algunos casos llegar a ser insoportable, sea desplegada de modo más directo o sutil. El caso es que la influencia social y por ende grupal condiciona la manera de ser de los sujetos sin que éstos se aperciban conscientemente de ello y por tanto descontando determinadas actitudes que considera "normales" en un entorno homogéneo. A fin de cuentas la pertenencia al grupo discurre por la adopción del sujeto de unas variables u opciones comunes que provocan una estimación de resultados igualmente comunes. En esa lógica, la adopción de planteamientos o prismas variados viene a mermar la idea de pertenencia al grupo. Por ello, el sujeto afín al grupo es dependiente del mismo y actúa bajo sus directrices sin importar que crea que su elección es libre y no mediatizada más que por su voluntad. De hecho así debe estimarlo para proteger su yo y la autoestima necesaria que luego le facultará a defender al grupo como si fuera sí mismo, porque ambos están fusionados, y el sujeto entiende que el ataque al grupo es un ataque a su persona y a lo que representa su yo. Se produce una cesión de la propia personalidad en la que el sujeto adopta la defensa grupal por estar previamente asociada a la promoción del yo. Ese detalle lleva a que lo importante sea la idea de afinidad y pertenencia por encima de la de coherencia o seguimiento de los postulados del grupo porque prima por encima de todo la promoción del yo en relación a éste. Ante ese presupuesto surgen conductas fariseas en las que determinadas personas buscan medrar proponiéndose como extremos de lo que debe ser ese grupo y por tanto adoptando posturas radicalizadas que correlacionan negativamente con la fortaleza de su yo. Es decir, cuando más débil es el yo, cuando existe un mayor desequilibrio interno, más necesidad de impostar actitudes radicales o fanatizadas, más necesario se hace para el individuo compensar sus propias impotencias y debilidades.

En conclusión, el objeto o planteamiento seguido, es un medio para la potenciación de un yo que se encuentra en desequilibrio, pero no por sus postulados, no siguiendo el objeto sino por el mero hecho de pertenecer al mismo, por su relación con él, de tal modo el objeto acaba siendo un medio útil para el sujeto. El compromiso adoptado por el afín, acaba siendo un compromiso personal, consigo mismo, con la promoción de su persona y los recursos que despliega en la defensa de ese grupo lo son con la defensa de su yo.

Acción - reacción

Tan dañina resulta la persona que impone su subjetividad como objetividad al resto como aquellas que, esgrimiendo una objetividad, y sus reglas, se arrogan una autoridad con la que juzgar al resto. Las primeras son las minorías diferentes que como defensa buscan un resarcimiento emocional a expensas de la lógica y la justicia, las segundas son las que se amparan en el grupo y el bien común para medrar dentro del mismo e imponer su voluntad al resto.

Ese choque de fuerzas es el que ha caracterizado al ser humano desde tiempos inmemoriales, el que provoca las clases, el que suscita las diferencias que reclaman para sí todo ser humano en proceso de ensalzamiento de su autoestima. Y es algo que no va a variar, los errores esculpen más errores y de la acción de uno aparece la reacción de otro. La única constante es entender que el juicio de valor pesa como una losa y los seres humanos buscamos evitar el juicio ajeno sin que rechacemos emitir el propio.

Un mundo bifurcado en el que posiciones marcadas luchan por defender sus yoes en forma de ideologías, religiones o sistemas políticos viene a explicarse por la necesidad de reconocimiento y aceptación. El sentirse juzgado por otros, el rechazo, el clasismo promovido por razón de cualquier índole, religiosa, cultural, social, económica, ideológica, sexual, política, etc., siempre genera una reacción de defensa del yo y de la autoestima en forma de compensación para reequilibrar la dosis de orgullo personal perdido. Toda conducta humana que se normaliza genera un arquetipo, un ejemplo que puede diferir en función de los sujetos. Por ese motivo, las personas que se hallan fuera de la normalidad buscan alterar la normalidad vigente para disponerse como ejemplo de una nueva normalidad.

Pero la enorme dificultad de manejar la idiosincrasia humana viene por su tendencia a la generación de grupos de autodefensa del yo.

En una relación de errores sistemáticos, el género humano establece: 1) en el seguimiento de un paradigma; 2) la expresión humana de ese paradigma con sus virtudes y defectos; 3) el surgimiento de posturas fariseas que necesitan del grupo para afirmar su yo; 4) el recurso de recreaciones románticas o bellas como un fin superior que otorga un derecho de acción sobre otros; 5) la recreación de enemigos objetivos etiquetables y caricaturizados susceptibles de ser odiados; 6) la confrontación y utilitarismo de los paradigmas para enconar las posiciones 7) radicalización grupal; 8) guerra abierta.

La razón y la lógica quedan huérfanas pues ya no se dirime una pugna de ideas sino un enfrentamiento personal del que depende el propio yo y en el que el sujeto entiende que los enemigos objetivos no le permiten desplegar ese yo. Las apelaciones al argumentario solo ayudan a consolidar al grupo y a reforzar su visión de parte "buena" de modo que los maximalismos crecen y la cabida a personas con déficits de seguridad personal y desequilibrios internos se postulan cada vez con mayor frecuencia. Se pone a subasta el radicalismo y se produce una escalada exponencial de extremismo.

El entendimiento Vs manipulación

El único remedio para luchar contra el buenismo es el entendimiento, tomado como la ampliación del número de variables y la abstracción del propio yo de la situación, pero es un remedio ideal, no factible a gran escala en tanto los individuos tienen su capacidad de entendimiento limitada por sus servidumbres psicológicas forjadas a lo largo de una vida. El ser humano sigue tendencias que responden a un escrutinio comparativo y en el que las expectativas actúan de resultado pretendido por los grupos, de modo que el diferencial entre expectativa y resultado produce una respuesta determinada. De ahí que resulte mucho más efectiva la manipulación y la recreación de una normalidad a base de creación de expectativas, partiendo de ganchos afines bellos y utópicos que generen lazos fuertes de defensa grupal y refuerzos negativos que potencien una respuesta defensiva gracias a la psicología inversa tan poderosa en los seres humanos.

El buenismo es un modo de manipulación muy efectivo que como explicaba, provee a sus destinatarios de recompensas emocionales fuertes en relación al grupo y es capaz de superar las referencias objetivas en pos de ese objetivo. A fin de cuentas, todos los conflictos y regímenes ambiciososos que han pretendido instaurar su hegemonía, han hecho creer a la población que existían otras personas, los enemigos objetivos, por las que estaba justificado un derecho de acción contra ellas en base a un bien superior. Nadie asume en sus cruzadas el papel de malvado que desea aniquilar al resto, en todos existe una causa bella y propicia que se contrapone a otra. Esa es la constante que en la actualidad se repite, parafernalia de etiquetas y propaganda que se reciben por los afines como sanción grupal capaz de conferirles la autoridad de erigirse en jueces y verdugos de quienes merecen su sumarísimo castigo.

lunes, marzo 06, 2017

La lacra que siembra la discordia en la humanidad: el buenismo

La famosa "tensión" que propugnaba Zapatero

En la confrontación ideológica, uno de los recursos principales de la Izquierda viene a ser el mantenimiento de la tensión y odio hacia el contrario recreando una visión del mismo lo más exagerada y maximalista posible y con ello exacerbar las diferencias. Para ello no se buscan ejemplos paradigmáticos de los rivales, los que abundan, sino extremos que provoquen rechazo para presentar un enemigo caricaturizado susceptible de ser odiado. No hay más que ojear cualquier diario y comprobar el ratio de sucesos terribles, de injusticias, de desatinos, de corrupciones, que, si bien sazonan todo el espectro político, lo normal viene a ser que en función de la pretensión fáctica del medio, se ponga el foco en unas y el silencio o la sordina en otras. Parece que la complicidad del lector en la coincidencia ideológica hacen el resto y acaba tomándose como normal el sesgo, llegando a pensar que se ofrece información y no formación.

El foco de atención: clave para atraer adeptos

Todas las cifras, datos y conocimiento de este mundo se van al cuerno ante cualquier imagen desgarradora que concierna a personas que desvelan, entre fotografías impactantes, su enorme sufrimiento debido a una causa definible y definida por el medio que la ha destapado entre otras miles que suceden a diario de toda índole y condición....Pero la publicada es la escogida para generar en la mente de los receptores el oportuno juicio de valor con la inestimable ayuda del factor emocional. La trágica situación traída por el medio o poder fáctico puede ser cierta, pero desgraciadamente no es un resumen de la realidad, sino un trozo de una realidad compuesto de muchos miles de trozos que pasan desapercibidos y que quedan al margen de ese público destino encargado de hacer causa común por el que ha sido capaz de impresionar en sus retinas. Y es que la imagen de un ser humano sufriendo por la supuesta causa de un ente o personas identificables no tiene parangón alguno entre las ofertas de recompensa emocional que se pueden proveer a un cerebro humano.

La paradoja del buenismo que no es tal: el palo y la zanahoria

La disputa que tiene el mundo occidental y se recrudece por años se resume en dos posiciones abiertamente antagónicas que se resumen en dos frases: 1) El hombre es un lobo para el hombre (Hobbes); 2) El hombre es bueno por naturaleza (Rousseau). El problema es que dichas frases no son presupuestos rígidos sobre los que solo cabe adhesión o rechazo tipo: "¡Este es mi territorio!", sino que pueden validarse y comprobarse diariamente entre ejemplos cotidianos de conducta humana. Por este motivo, no dejaría de resultar paradójico que un buenista actuara como un lobo ante quien defendiera que el hombre es un lobo para el hombre; poco coherente que existieran medios que persiguieran a quienes vieran un fatuo romanticismo en propuestas irrealizables cargadas de buena intención; nada consecuentes a quienes se dedicaran a etiquetar, a adjetivar e incluso a insultar a quienes no abrazaran una visión bella, amable y atractiva de sus propuestas igualmente cargadas de buena intención; en definitiva a juzgar como malos a quienes no pensaran igual que ellos.

Y es que ese es el quid de la cuestión que desenmascara a los buenistas. No buscan el bien, buscan crear malos para señalarlos y exponerse ellos en mutua soflama grupal como arquetipos de una justicia utópica que por el mero hecho de suscitarse convierte a sus proponentes en buenos paladines a los que se les confiere la labor de erradicar a los los discrepantes. En ese escenario, nada hay más effectivo que mantener la tensión, que recrear escenarios y culpables, que extender etiquetas, que definir grupos de culpabilización, y no a buscar causas y consecuencias de las cosas ya que la mera intención abonará el carné de buenista. Poco esfuerzo y corto plazo para tenerse a sí mismo como el bueno. Así, el fin no es que exista la consecución de un bien para la humanidad, sino proponer situaciones atractivas, bellas y utópicas, impracticables y poco realistas que destapen a osados que se atrevan a cuestionarlas y al descubrirlos, ir a por ellos. Entre los destinatarios del agitprop buenista, la gran mayoría, eso no se advierte ya que miran el sujeto a defender o a atacar y no el objeto, son números en una efectiva manipulación que juega con la recompensa emocional.

La variable fundamental que se desdeña en toda propuesta ideológica: la psicología humana

El ser humano lleva implícita la protección y defensa de su yo ante el mundo. Lo tenga más o menos consciente en su cerebro, todas y cada una de las acciones que realiza y realizará a lo largo de su vida sirven a ese constructo: sus metas, sus ideas, sus valoraciones, sus actitudes, sus actos, sus apegos, sus motivaciones, sus emociones, todas y cada una de ellas giran en torno a la propia persona, al yo que debe ser alimentado para dotarse de la correspondiente autoestima que le permita expresarse adecuadamente en relación al exterior. El que pretende un acto de cualquier índole, pretende al unísono un logro para su yo, el uno va indisociado con el otro pues en la acción de pretender, de lograr, uno no queda desafectado del hecho sino que se une al mismo, se implica y lo anexiona a su persona como una prueba de realización personal, de capacidad para conseguir un logro, del que a expensas del resultado obtenido, podrá alcanzar una recompensa emocional que vendrá a fortalecer su yo. Por supuesto, la asociación es inconsciente e independiente del grado de altruismo pues en todos los casos que existe implicación emocional con el objetivo a asumir, el yo estará unido con la situación que se pretende conseguir y de resultas de una, obtendrán las dos, el objetivo a alcanzar y el yo.

La expresión vital del yo en su manifestación práctica es el proceso de realización personal, ese en el que se produce el desarrollo y fortalecimiento del yo. Proceso en el que se buscan causas constantemente que ofrezcan la oportunidad de crecer, y será en función de la estructura genética de los individuos en combinación con el ambiente la que propiciará un tipo de causas u otras. Pero pocas existen que puedan compararse a la recompensa emocional que otorga el ayudar a semejantes en situación de dificultad, bueno sí, una es capaz de dotar de esa satisfacción en grado supérfluo porque ofrece al mismo tiempo varias bifurcaciones emocionales que generan adicción al yo: A) Creación del sentimiento de fortalecimiento de un yo por ofrecer ayuda a los demás, con lo que se auto demuestra la capacidad para poder darla y un velado paternalismo o incluso más precisamente, un maternalismo; B) Realización personal por el reconocimiento grupal recibido o percibido por dicha acción; C) Prerrogativa para emitir juicios de valor sobre terceras personas recreando virtualmente una situación de superioridad moral con la que arrogarse papel de paladín justiciero. Toda una borrachera de gratificación emocional para el yo.

La intrínseca conciencia culpabilizadora humana como arma de manipulación de masas

En la actualidad, se está extendiendo como una epidemia, desde colegios hasta partidos políticos y población en general, una idea que no es ni mucho menos nueva pero que los medios de comunicación y entretenimiento pueden propagar mucho más efectivamente que en cualquier tiempo anterior: la de generar una culpabilización en las personas que no padecen problemáticas sociales o desestabilizaciones psicológicas en algún grado significativo sobre las personas que sí las padecen, de manera que se asocia el hecho del padecimiento de tales grupos con el bienestar de los otros como si habláramos de vasos comunicantes en los que los "privilegiados" se aprovechan o viven ajenos a una realidad de manera que propician que los desfavorecidos queden más marcados y desarraigados. Se crea una deuda de unos para con los otros que es emitida y extendida por unos jueces morales que actúan desde sus púlpitos mediáticos cuales rigurosos predicadores que instauran con sus etiquetas y adjetivos al uso, las imprecaciones sobre quienes según ellos, pecan y al mismo tiempo pasan a ser los pecadores.

El ejemplo lo ponen las excepciones

Al transigir con este proceso se estima que las minorías o partes desfavorecidas no tienen responsabilidad por su situación y no son ellos los concernientes al problema sino las víctimas resultado de la acción de los "privilegiados", y si llegan a tener alguna responsabilidad, ésta es nimia comparada con la del papel de la otra parte. Es en esos casos, cuando grupos de la población "privilegiada" receptivos a la presión social y mediática emitida por los predicadores y los productos que siguen esos postulados asumen como un reto moral la necesidad de su descargo y con ello alcanzar una homeostasis emocional que puede incluso motivar su propia existencia. Ante un principio mayor, se pueden soslayar los medios empleados ya que es necesario superar los escollos que llevan a la consecución de ese fin que de partida es de ayuda a los desfavorecidos y por ello, bello, bueno. La programción cerebral ha sido ejecutada y desde ese instante se genera un anhelo de solucionar los problemas de las personas "oprimidas" (como constructo en el que se asocia la situación de desfavorecimiento con la del grupo culpable que desencadena su situación) convirtiéndolas en una motivación de logro que transforma a cualquier discrepante en alguien que desea el mal de esas mismas personas.

Qué siento al formar parte de un grupo buenista

El cerebro humano siempre trata de justificar sus propios actos con independencia del valor moral o ético que transporten sus acciones, el caso es dejar a salvo esa autoestima que salvaguarda el yo y para ello es obligado recrear a los contrarios en función de lo que haga uno. Ya sea un ladrón que reacciona increpando al que le ha pillado o cualquier infractor que es puesto en evidencia, en la mayoría su reacción suele versar en cubrir como sea el hecho acaecido permaneciendo incólume. Dime a quien odias y te diré cómo eres o qué piensas. Todo eso requiere unos malos "a la carta" que sirven de justificación para mantener el ego del actor a salvo. Es por tanto frecuente ejercer de juez y parte tomando en consideración como hecho más destacable la defensa del propio yo. En el grupo buenista se asume que uno es el bueno sin importar los actos realizados, solo contará la intención de ese grupo que es el ideal utópico por el que todo quedará perdonado y eximida su responsabilidad. Pero el sentimieno del buenista debe contar inexorablemente con esa oposición pues es la auténtica motivación por encima de la supuesta buena acción. De ese modo, la doctrina buenista no es sencillamente un postulado general de acción replicable, sino que es arbitraria, concreta y definida para un grupo que determina lo "mejor" para el común. Tal incoherencia lleva a defender casos en un entorno concreto y a justificar los mismos o análogos en otras situaciones si con ello se defiende al grupo buenista. El fin del buenista es superior y por tanto justifica cualesquiera medios empleados y confiere a sus afines un derecho acción contra los discrepantes.

El buenismo no tiene un fin altruista, que sería la defensa incondicional del desfavorecido o la consecución de un mundo mejor, sino que pone condiciones y viene con sus propias recompensas emocionales como razón última de su propagación. Esas recompensas emocionales acaban siendo fin en sí mismo que las desproveé de altruismo pues acaban siendo en la mayoría de los casos una necesidad personal de quien quiere realizarse como persona y necesita concederse causas que den un sentido a su existencia. De tal modo el buenista busca su crecimiento y realización personal a costa de personas cuya causa les ofrecerá toneladas de inputs emocionales. Para poder dar hay que estar en condición de dar, quien está necesitado por realizarse, necesita recibir y por ello su ofrecimiento es a cambio de algo que sin duda exigirá con sus condiciones. La persona plena y realizada que no tiene nada por demostrar y demostrarse, ofrece su ayuda sin contraprestaciones de ninguna clase, sin juicios a terceros, y a todos los que quieran recibir su ayuda sin estipular condiciones. Las no realizadas depositan en su buena intención la importancia que le conceden a su acción, el gesto con el que piensan se convierten automáticamente en sujetos con una moral más alta y encomiable que los que no realizan tal gesto, pero el trueque sigue tan vivo como quien cobra por sus servicios, incluso peor porque en ese proceso de realización, el que se arroga la posición paternal o maternal, se arroga simultáneamente sus competencias de juicio a los demás y con ello puede justificar lo que estime conveniente.

El profesor buenista

Un profesor puede tener en clase a uno o dos niños que no se relacionan con el resto porque sus aficiones, la normalización ideológica o comportamental vivida en casa de sus padres es completamente distinta a las del resto, por muchas o variadas causas pueden tener inquietudes o problemáticas distintas a las del resto. Entre la mayoría de la clase existen otros subgrupos entre las que algunos critican a los "marginados" y se meten con ellos y otros que pueden relacionarse esporádicamente sin tener una estrecha relación pero tampoco hostil. Bien, el buenista tenderá a crear grupos artificiales en los que deberá darse una relación estrecha con los "diferentes" para generar un ambiente propicio en su clase y que con ello pueda concebir personalmente su acción como prueba de la intención de su buena fe. En ese propósito, el profesor usará a los alumnos que considere más adecuados a la consecución de su fin y pondrá trabas a las amistades que se forjaron naturalmente y que impidan la consecución de su objetivo, de tal modo que tendrá la percepción ideal de que todos se relacionan con todos con independencia de su impronta personal, de principios, cultural o de cualquier índole. Los niños que estaban marginados constatan una situación de privilegio otorgada por la profesora ya que recibirán la discriminación positiva de su profesora con agrado. Se "soluciona" la falta de armonía con un agravio comparativo justificable por la culpabilidad implícita de ser "privilegiados". Es posible entonces que surjan situaciones de tiranía y de mayor hostilidad pues los niños detectan que dicha discriminación, aunque les otorga poder, les sitúan como bichos raros a los que los demás deben acoger para agrado de su profesor. Por ello, acaban aprovechándose de la situación y al hacerlo, se valen de los niños usados para ese fin, de manera que los hostiles siguen siendo hostiles y la unión entre personas que antes era natural, cercana o distante, ahora se ha convertido en un problema de mayor calado creado artificialmente para salvaguardar la sensación de estima por gratificación emocional del profesor que necesita realizarse personalmente a base de este tipo de acciones. Hacer pesar por los demás un cargo de conciencia (los niños usados para tal fin) y la obligación de resolver una situación, llevándolo a cabo coercitivamente. El ambiente es políticamente correcto y el responsable siente que las cosas funcionan, pero soterradamente existe un conflicto mucho mayor. Siéntanse libres para extrapolar el caso.

Evitemos el maximalismo fácil, si no aceptas lo que propongo estás contra mí, estás contra el bien

¿Quiere decir ésto que no debe hacerse nada ante situaciones similares? En absoluto, pero las fórmulas nunca deben ser pormenorizadas o exclusivas de grupos o discriminatorias, sino generales y justas, es decir, a todas se les debe pedir lo mismo y todas deben recibir la misma justicia. Los límites diferentes abonan situaciones de desconfianza y separación que solo se justifican para que los que las otorgan puedan creerse su posición paternalista. Las diferencias solo se superan buscando elementos en común, no forzando comunes puntos de vista. Marcar los límites de la responsabilidad en cada persona supone otorgarle un grado de confianza y de estima que de no hacerse conlleva tratar a esa persona como una incapaz o inferior que debe ser tratada en esas condiciones y consecuentemente, al advertir dicho trato, la persona suele aprovecharse de ello al tiempo que exacerba su odio al resto del grupo. Por el contrario, el conocimiento de la realidad de los demás, la comprensión de su situación puede acercarnos al diferente sin estar más obligado a relacionarse como lo estaría con cualquier otro. Toda relación es un camino de ida y vuelta, de dos direcciones, forzar una lleva al fracaso irremediablemente.

Existe gente que oprime a los demás, existen malvados y canallas que no titubean en hacer daño o en destrozar vidas sin importarles un pimiento. Éstos suelen quedar al margen de estas campañas, más bien suelen ser los "humanistas" que detrás de ellas, pueden acabar con principios generales en los que se aplica el respeto a todo ser humano con independencia de su condición y en los que resulta muy difícil doblegar su ansia de consumir nuevos productos, productos modernos y atractivos con los que alterar al ser humano y motivarles a comprar lo que sea necesario al dictado de esos vendedores. Esos deben ser erradicados y adaptarse a los nuevos principios creados por los humanistas. Los principios discrecionales y subjetivos que son vigilados por sus jueces y sacerdotes en sus púlpitos mediáticos.

El ser humano es capaz de hacer el bien y el mal bajo cualquier parámetro: raza, cultura, situación social, religiosa, de cualquier índole. En absoluto podemos transigir en una visión maximalista que define grupos de buenos y malos por la defensa de unos presupuestos determinados. Es cierto que ello es fácil para generar adhesión grupal y ahorra tiempo y gasto neuronal, pero en el momento que asumamos esos maximalismos tanto de un lado como del otro, sin duda se llame como se llame el constructo, la ideología, la religión o lo que sea, lo que es seguro es que nada bueno auguro para las personas.