domingo, junio 12, 2016

La era de las etiquetas

La construcción del criterio de un ser humano puede diferir radicalmente según los inputs recibidos, experiencias, enseñanzas, ejemplos y el orden dominante que gracias a los medios de comunicación acaban erigiéndose en referencia de normalidad. La sociedad de la información no recala de la misma manera en todos los territorios, dado que la impronta cultural de cada uno conlleva un distinto grado de complejidad y por tanto de profundización en las informaciones recibidas. Existen países que son muy concienzudos con los datos recibidos y ello se aprecia en los periódicos que vienen poblados de ingentes explicaciones y más espacios de negro sobre blanco que imágenes que sustituyen a mil palabras, de tal modo, los títulos y cabeceras de los artículos y noticias necesitan estar mejor justificados y argumentados. No en vano, pese a ello, en todos ellos la capacidad de influir sobre los demás, la manipulación ignota que hace creer a las personas que su criterio ha surgido por su libre albedrío, conocimiento y capacidad de elección, está dominada siempre por la afinidad emocional que conduce a la identificación del sujeto objetivo con el referente de que se trate. No obstante, del mismo modo que se puede influir en las personas generando estímulos de identificación, también se puede hacer lo contrario: lanzar estímulos negativos que generen rechazo y supongan unos límites más o menos encubiertos sobre los que cualquier persona "normal" no debería vulnerar o transgredir sin una razón también identificable bajo esos mismos parámetros. Y es aquí donde la sociedad de la información hace estragos con la población marcando los límites con los que ésta podrá ser aceptada y rechazada con absoluta independencia de la justicia cierta de la situación concreta. En resumen, la sociedad de la información es la cristalización hipertrofiada de los prejuicios globales.

De tal manera, el germen de lo que se supone va a construir el perfil de valores de una sociedad para regirla con justicia, igualdad y libertad, ya parte con una premisa fallida: el juego de unos prejuicios que actúan como pecados laicos tan ominosos y execrables como los que en épocas de la Inquisición regían como inexorables límites. Tanto en aqeulla época como en ésta, los prejuicios se han basado en etiquetar actitudes de personas que solo su mención provocan un inmediato rechazo y el correspondiente sambenito con el que ya no cabe discusión posible. Al igual que en esas épocas pretéritas, pero con diferentes denominaciones por supuesto que se tildan de libres, avanzadas, evolucionadas y abiertas, los fiscalizadores de la presente sociedad se arrogan la misma capacidad moral para enjuiciar a terceros sin el menor remordimiento sinó todo lo contrario, es decir, aguardando a recibir las palmaditas en la espalda que lo validan como ciudadano ejemplar aprobado y reconocido por el global.

Yo siempre me he regido por unas exiguas enseñanzas que han vestido todo mi proceder y no he necesitado de la inacacable ristra de calificativos que mediaran en mis juicios de valor: el respeto al prójimo era suficiente sin necesidad de aportar cláusulas diferenciadoras o específicas para colectivos que son tan personas como el resto pero que por lo que parece, necesitan de enfoques diferenciados y discriminación positiva para resarcirlos de algún modo por una deuda que parece tener el ser humano consigo mismo, o al menos eso es lo que piensan algunos de esos seres humanos. Así, con el respeto al prójimo parece no ser suficiente ya que es necesario ofrecer un plus de respeto para determinados colectivos y minus del mismo a otros también por no hallarse en la lista de personas que lo merezcan por esa misma condición establecida en las etiquetas predominantes. Quizás la comprensión de las razones que deban soportar a unas y a otras sea más un escollo que una muestra de enjundia y criterio porque en el instante que en la casuística exista un choque con la referencia dominante, el efecto "prejuicio" del orden dominante estimulará la reacción de una masa articulada por esas etiquetas y procederá a ser únicamente coherente con las mismas sin perjuicio de que al actuar vulnere muchos más principios o derechos que los que se supone debe defender. De tal modo acabamos rigiéndonos por metonimias que toman la parte por el todo y logran eximir de responsabilidad a quienes por dolo o desidia se protegen con el manto de los prejuicios etiquetiles y de ahí acabamos por evolucionar hacia el "mundo al revés" en el que la intrascendencia y los vocables inanes y estereotipados pueden destrozar cualquier justicia pertrechada con mil razones. La normalidad defiende la excepción como regla y de ahí que lo cabal es defender al que transgrede para evitarle el mal trago de la discriminación por no hacer sentir como opresor a quien cumplía las reglas. La época de los tabúes ha acabado sustituyendo a la del Prozac, las personas ya no necesitan consumir sustancias químicas si existen unos malvados que pueden ser ajusticiados por quienes necesitan realizarse emocionalmente a costa de ellos dictándoles la justicia imperante fácil y reglada por esas etiquetas. Nadie las pone en cuestión porque desde la niñez se enseñan y memorizan como sustitutos de un criterio de aplicaciuón sobre la idea de un respeto global que obligaría a pensar y reflexionar sobre cada caso y su justicia. Ahora sabemos que existen unas actitudes de unas personas que por el mero hecho de afiliarse a unos objetivos pasan a merecer una calidad de ciudadano y otros que lo contrario, así de fácil. A partir de ese presupuesto y agitando la adrenalina de la juventud y la variable reconocimiento de la masa extraemos un zumo de sensaciones personales insuperable que conforma generaciones dispuestas a erradicar a los incumplidores de las etiquetas agasajados por el baño de masas y aprobación que medios y redes sociales acaban autoconcediéndose. Vivimos la sociedad de los prejuicios digitales con juicios mediáticos rápidos y ejecuciones sumarísimas y no podía ser de otra manera en la época del corto plazo. Qué mejor que levantarse cada día y darse una borrachera de sensaciones neuroquímicas entre el fulgor de la batalla a los gigantescos molinos de viento que nos las ofrecen con riesgo parecido al que le supuso al caballero de la triste figura. Un día tras otro repleto de causas nunca se podrá comparar a los tediosos días de clase, monotonía y esfuerzo que sirvieron para construir esas naciones que ahora pretendemos destruir a base de etiquetas tan aprendidas e interiorizadas que cualquier argumento que trate de rebatirlas muy posiblemente se encontrará un sopapo o algo peor justificado por otros miles de personas capaces de levantar la mano por su cruzada.

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Un excéntrico pensador que emplea este blog sin concesiones a la mesura ni a la inteligibilidad