miércoles, septiembre 22, 2010

Culo de mal asiento

Cuando me dedico a analizar lo que veo y leo en medios de comunicación, no puedo pasar por alto la enorme categorización que resulta de los bandos existentes. La inspiración de cada medio parece hecha por un único individuo, desde el cual, parecen caer los dictados de arriba a abajo como fuente piramidal. La coincidencia de opiniones en muchos casos entre lectores, radio oyentes o televidentes es tal, que piensas lo que esas facultades miméticas propiciarían en el estudio de materias más edificantes y constructivas.

No hay duda que la afinidad de grupo es un elemento inherente al ser humano, el cual necesita su vertiente social tanto como el comer. Encontrar un acomodo entre los semejantes es un requisito insoslayable para lograr una mínima integración que se precie de serlo. De lo contrario, tanto el no afín como los integrados serán automáticamente individuos hostiles o, al menos, desconfiados recíprocamente.

Pero claro, homogeneización es una palabra confeccionada para generalizaciones y éstas para ser válidas requieren de sus excepciones: los "culos de mal asiento". Los que se resisten a las homogeneizaciones predominantes y buscan las suyas o aquellas que aún existiendo, son minoritarias y por tanto difíciles de hallar y constituirse en comunidad.

Muchas comunidades homogéneas han sido resultado de crisis precedentes y la consiguiente revolución que les ha llevado a ser lo que son. De hecho, los mismos estadios de la vida, desde la juventud hasta la madurez o la vejez, suelen llevar asociados perfiles homogéneos dispares, pudiendo encontrarse personas que lucharon o se levantaron para protestar en su juventud, para recordarlo a posteriori nostálgicamente como aburguesados componentes de una supuesta respetable comunidad radicamente distinta.

No es mi intención loar ni defender nada en concreto referente a todo lo dicho. Sobre todo se puede extraer una cara y una cruz, pero en mi particular escrutinio de causas y efectos, llego a caer en la cuenta sobre las justificaciones que un sector concreto de la sociedad catalana tiene por ser como es: progresista.

Desde este mismo blog he criticado hasta la saciedad lo que a mi entender es la gran trampa mediática del siglo, ese Progresismo con mayúsculas que se ha apoderado de la conciencia social como una religión lo hace de sus feligreses. Sin embargo, para evitar precisamente esa dualidad que critico que separa a los discrepantes como algo más que opinadores, busco motivos humanos y personales que llevan a las personas a decidirse "sentir" y a actuar de una determinada manera.

Muchas veces he pensado lo paradójico que resulta todo lo relativo a la política. Un ejemplo muy recurrente es que estoy convencido que mucha gente que se declara patriótica no se detiene ni un instante a pensar que esa patria la conforman personas y no un trozo de tierra impersonal. Si lo hicieran, es posible que muchos fueran algo menos "sentimentales" con el término, pero es mejor imaginar símbolos o entelequias que se puedan adherir a las propias expectativas. Todo acaba resumiéndose en la afinidad de grupo, en discriminar positivamente aquello que nos agrada para distanciarlo de lo que se supone pensamos, no es el caso.

De ahí que los culos de mal asiento pueden ser tratados como proscritos, rebeldes, desertores, traidores, héroes o villanos en función de la coyuntura.

En cualquier caso, la lógica siempre impera resumiendo invisible las razones de todo lo que existe y uno que intenta llegar a visualizarla, no para de lanzar hipótesis de los porqués. En ese periplo, hace tiempo llegué a la conclusión de que lo que depende del ser humano se resume prosaicamente en la psicología de cada individuo, entremezclada y batida con su entorno. Algo que elimina de un tajo el halo novelesco de los personajes que adornan la historia con sus hitos de cualquier índole.

Desde la afinidad de grupo hasta la personalidad de los individuos encontramos el nexo que los une en ese entorno mediático que acoge y promociona unas ideas tan idealmente como un producto de belleza conformando lógicos consumidores que pasan a creerse tan buenos como la publicidad ha rezado sobre su producto. El problema es que éste no les cambia a mejor como piensan ni les convierte en jueces de los demás en el peregrinar proselitista del que se sabe mejor que el resto. La puñetera razón u los argumentos lógicos a veces son unos estorbos tan molestos como los culos de mal asiento. No obstante, como la realidad ofrece tópicos tan homogéneos y previsibles que parecen no puedan ser caricaturizados, es comprensible que cuando las alternativas son vendidas de modo tan diferenciado y maximalista, hasta yo podría optar por sentirme unido al resto de una comunidad que pretende salvar el mundo, pero ya se sabe, es un asco lo de analizar y quedarse en esos molestos razonamientos que tiran al traste ilusión y optimismo que abonan las buenas intenciones.

Cada vez quedan menos culos de mal asiento y los que más abundan no son por el asiento, sino por un culo muy gordo que pretende un trono más que otra cosa. Una consideración que no debe olvidarse a la hora de separar unos de otros. El orgullo personal debe caber en el discrepante lo suficiente para no convertirlo en un obstinado y cerrado luchador que mantiene cruzadas contra todo y contra todos.

Eso nos lleva a discernir que las definiciones no son en sí mismas ni positivas ni negativas aunque por experiencias puedan aparejarse determinadas connotaciones. En un mundo homogéneo de buena gente, el culo de mal asiento sería el disruptor que pretende su satisfacción personal a costa del resto y lo contrario.

Siempre deben buscarse comodines o referencias con las que sustentar los apelativos y a partir de ahí otorgar los "disfraces" a sus protagonistas.

viernes, septiembre 03, 2010

Pobre sociedad

La política es un arte de embaucación que se vale de unas herramientas fundamentales denominadas: medios de comunicación. Uno podría tildar la definición de exagerada, pero nada más lejos de la realidad, que es la que moldea y configura las definiciones "empíricamente".

Y he utilizado el verbo "embaucar" porque, aunque en su definición se recoja a las claras la palabra "engaño", no deja de tener un halo en su contexto de atractivo: el embaucador que somete con su encanto a su público entregado.

Siempre he tratado de defender argumentalmente respuesta para todo lo que nos sucede a las personas, desde una perspectiva que defiende la idea de comportamiento previsible en razón a cada idiosincrasia. Es decir, la personalidad y el estudio de la psique, nos da respuestas a los porqués de todo lo que puede suceder en razón a las combinaciones de variables. Quien haya sido padre con un grado mínimo de juicio podrá constatar haber previsto o acertado devenires sobre su descendencia que pese a ser conocidos, no hayan podido ser evitados. Pues bien, la sociedad es como un hijo/a que siempre viene tutelada por poderes y medios y, que de igual manera que los progenitores, pueden hacerlo bien o mal con resultados previsiblemente positivos o negativos.

El problema viene dado por una mera cuestión de cantidad. Así como educar a la propia prole puede suponer en el caso más generoso, ocuparse de una decena o más de vástagos, en el caso de alguien susceptible de controlar el poder mediático, tales unidades vienen a recibir ceros que conforman seres humanos tras su nomenclatura. De ahí que la responsabilidad proporcional de modo práctico, sea mucho mayor y por tanto la necesidad de capacidad y competencia deban ser muy superiores a los requisitos que se le exigirían como padres y que la buena intención disculpa de buena fe.

Habrá quienes, en contra de lo que he afirmado, se dediquen a delimitar conceptos como la política, de un modo más formal acudiendo a la mera semántica. Es cierto que más que definir el concepto formalmente, he atribuído en el mismo una de sus carácterísticas a mi parecer, más evidentes y constatables por la realidad de la costumbre. Nada tengo en contra de consensuar lo que la política debiera ser o lo que se supone es en un libro formativo de letra impresa, pero en la práctica, víctima de la intervención de la psique humana, susceptible a sus intereses y ambiciones, la denominación citada adquiere tonos y notas como un cuadro al plasmar la realidad que pinta.

De ahí que, siguiendo con el símil familiar, esa sociedad tutelada, viene a someterse al dictado de los poderes fácticos a través de sus medios que, en buena lógica y con una denominación redundante que trata de llegar a un fin: éstos son ni más ni menos que los medios de comunicación. Y ahí es donde la comparación toma un tinte de gravedad y similitud cuando observamos que a diferencia de una familia supuestamente natural compuesta de madre y padre, la sociedad vive en su símil con progenitores divorciados y confrontados en disputa total por el control de los hijos, siendo en este caso la trifulca mayor que la habida entre padre y madre, que son dos.


Generalmente, los hijos de padres separados o divorciados viven traumas con mayor o menor intensidad y los ascendentes tampoco disfrutan con el hecho. Todo afecta en mayor o menor medida a la familia que cambia las normas de juego desde una autoridad que otorga seguridad y abona estabilidad a otra que rezuma enfrentamiento y sentimentalismo negativo. Para colmo, se abren abanicos nuevos en la competencia por acercar la descendencia a cualquiera de las partes: ya sea predisponiendo negativamente sobre la otra parte u ofreciendo dádivas y consentimientos como pequeños sobornos o cesiones que antes no se toleraban en la satisfacción del interés propio que nunca es, en estos casos, el de los hijos.

Los padres juiciosos que se separan, ya sea uno de ambos o los dos, evitan en lo posible los modos descritos y tratan de preservar en la faceta relativa a la formación de sus hijos, aquello que existía antes de la crisis. El problema es que en demasiadas ocasiones, es difícil que ambas partes sean capaces de abstraerse de sí mismos en pro de sus sucesores, de modo que con un disruptor que odie o trate de dinamitar la concordia, el mal estará hecho y la opinión de una de las partes condicionará la realidad por amoldarla a unos intereses o fines no altruistas.

Cualquier elemento de partida sujeto a una emoción fuerte de cualquiera de las partes, se tratará de imponer con el arte del embaucamiento de los progenitores como factor de realidad virtual y pasará a ser un objeto de venta con un interés cifrable materialmente que nada tendrá que ver con el altruismo exigible que el amor dirime en el cuidado de los propios. El anhelo egoísta o la aspiración personal se traslada a la descendencia, no por una generosidad cierta dirigida a la felicidad personal, sino como una expectativa que supedita esa supuesta felicidad al conseguimiento de unos fines siempre artificiales.

Datos personales

Un excéntrico pensador que emplea este blog sin concesiones a la mesura ni a la inteligibilidad