jueves, marzo 24, 2011

El error de aplicación

En la era de internet, la opinión ha cobrado un protagonismo exacerbado. Los medios a su alcance permiten manifestar, expresar y exteriorizar todo tipo de ideas a todo el mundo que se apañe en un foro, blog o web social de turno. Un caudal de opiniones descomunal que nos permite leer los pensamientos de tantas y tantas personas, como en este instante las mías.

Entre todo ese maremágno de palabras e hipótesis, críticas y réplicas, insultos y loas, cada internauta aporta y extrae de la red de redes sus propias conclusiones en función de la personalidad de cada cual. Los hay que buscan mero entretenimiento cristalizándolo en charlas socarronas que se pueden mantener sin que las primeras necesidades de un hogar sean un estorbo; los hay de igual manera que buscan continuar en con su teclado lo que minutos antes interpretaban en la calle, con sus colegas; los hay que tratan de solucionar el mundo o el modo de llevar un equipo de fútbol o de cualquier disciplina deportiva que se precie... Así podría estar citando una interminable ristra de motivos y motivaciones que son causa de tantos impulsos de tantas personas por explayar sus pensamientos y sentimientos sobre algo tan impersonal como la pantalla de un ordenador transmutada en juez inapelable.

Podría ahorrarme la introducción y más en los tiempos que corren de optimización de recursos, tanto materiales como intelectuales, pero no lo haré...una vez más.

El caso es que toda esa exposición superlativa de planteamientos y puntos de vista a mi me llaman la atención al buscar coincidencias o elementos comunes que sirvan para categorizar grupos de pensamiento o directamente de charla incondicional.

Si uno se "acerca" por un foro de ciertas proporciones podrá ver numerosos temas sobre los cuales podrán versar las disquisiciones foreras. Hay foros que son específicos sobre determinados temas y en ellos quizás estén los más apasionados que en su día buscaron gente con inquietudes semejantes a las propias. Otros foros más generales pueden acoger igualmente dentro del mismo, una especificidad como si de un submundo particular se tratara (subforos) ajenos al exterior general, en el que pululan los más animados y ansiosos de mero entretenimiento sin mayores ni menores pretensiones.

En las redes sociales o en aquellos espacios donde existe algo parecido a un chat, la verborrea fluye incluso con mayor fluidez, pero no necesariamente. Los medios en la red aportan cada cual a su manera lo mismo: poder extrovertir lo que uno tiene en su cabecita con propósitos distintos.

Pero en todos, con independencia de sus características, se aprecia el mismo deseo de esas personas a ser escuchado, a ser incluso si es posible, admirado y avalado por una mayoría, ya sea anónima o conocida.

Con internet sencillamente se ha aumentado de modo exponencial, las relaciones "ciber" humanas de un modo que, sin saberlo, es el más egoísta. Aquel que dispone a una persona delante de un ordenador buscando su propio yo dentro de una caja de circuitos. Abandonando los gestos de una cara y las miradas que hablan de ésta, por monólogos cruzados en busca de réditos que eleven la autoestima y el propio ego. Las redes sociales son grandes espejos donde mirarse uno, mucho antes que mirar a los demás, ya que éstos actúan de público. La imaginación tiene un papel trascendental y el supuesto anonimato confiere a muchos, posibilidades negadas o tímidas en el instante que uno sale a la palestra con nombres y apellidos. No obstante, eso es una parte del pastel, que en este caso recibe el nombre de ser humano. Las otras son tan distintas como distintos sus dueños y pueden girar la tortilla convirtiendo lo dicho en su opuesto. Esa pantalla que antes parecía el espejo de la malvada reina de Blancanieves puede también ser refugio de esperanza y altruismo. La autopista de la información brinda sus vías para todo tipo de acciones y éstas aparecen sencillamente reflejadas de manera virtual para alegría o desazón de sus destinatarios.

Está claro por tanto que internet en sí, no es ni buena ni mala. No es ésto un juicio a internet. Ningún objeto inane tiene esa consideración con independencia del propósito para el que fuera creado. Siempre detrás existe una mente humana o cientos, que pensó o pensaron posibilidades que lograr con su creación. El juicio sumarísimo a cualquier tecnología siempre acaba en el mismo lugar: la condición humana. El problema viene si los instintos que tienden a acciones negativas superan al de las positivas porque la facilidad de propagación convertirá el propósito en epidemia. Es como otorgar superpoderes a un grupo de personas con inquietudes y maneras de ser y sentir muy distintas. Lo lógico es que usen esas capacidades de manera acorde a la propia personalidad.

En internet podemos observar precisamente disparidad de formas de ser y sentir. Si buscamos una gran cobaya donde examinar reacciones humanas o aspectos psicológicos de las personas, la red es un lugar estupendo para fijarse. Incluso yendo más allá, podemos examinar el pulso y las reacciones de miles de personas ante políticas o hechos relevantes que adquieren protagonismo informativo. ¿Los fines? Los que pretenda el analista.

La exposición pública de tantas y tantas opiniones, deben ser un valioso reclamo para todos aquellos que traten a las personas como consumidores. Ya sean Gobiernos, políticos, medios de comunicación, empresas, agrupaciones de toda índole con principios de lo más variados. Todos pueden fijarse en la sociedad aparente, la que rasca la superficie y busca protagonismo del modo que sea. He leído que la simiente de las revueltas en Egipto surgió en Facebook. Es algo que no se si es cierto en el fondo, pero no hay duda de que en el momento de que se suelta algo así, es porque a día de hoy puede resultar creíble o posible.

Recuerdo que en su día vi una película, "Los tres días del cóndor" en el que un funcionario del gobierno estadounidense (Robert Redford) se encargaba de buscar mensajes cifrados ocultos entre libros y publicaciones con los que advertir posibles conspiraciones. Si el avance sigue la lógica aritmética, asumir que existen superordenadores y personas leyendo y analizando información a destajo, no debería resultar del todo descabellado.

Pero pese a que uno puede estarse todo el día hablando de la gran protagonista de la civilización actual con sus pros y contras, no es tanto su figura inane lo que me interesa, sino las personas que la poblamos. Digamos que hablamos de lo mismo pero diferente.

Para bien o para mal, entre montones de opiniones leídas en comentarios de diarios digitales, foros y redes sociales, es fácil categorizar grupos y luego advertir excepciones. Dejando de lado todo aquello que se refiere al mundo propiamente comercial, entendiendo éste como el que abona un mercado de compra y venta de productos materiales para supuesta satisfacción personal, el otro mundo también consumista él, pero formado por un mercado de ideas y principios, resulta siempre más interesante y fundamental para valorar las intenciones de sus individuos.

domingo, marzo 20, 2011

Una guerra diferente

El tema del norte de África me tiene perplejo hasta cierto punto. Sencillamente por la ductilidad de los ciudadanos en apuntarse a cruzadas sólo en razón a que la burocracia de turno la apoye y los mensajeros mediáticos hagan la oportuna labor de instruir al público sobre lo que está bien y lo que está mal.

He de confesar que no sigo demasiado la actualidad, salvo el shock que me ha producido la debacle japonesa no leía más que titulares digitales a modo de telegramas para saber que eso sucede. Hoy mismo leía sobre el "desafío de Gadafi a la ONU" y lo cierto es que, entre éste y Mubarak, el cual ha pasado en dos días de gobernante respetable (todo lo que se puede ser considerando el contexto) a villano represor, me quedo atónito cuál es la reacción internacional.

En su día, en mi blog personal nada más aparecer éstas, escribí acerca de las revueltas y el júbilo mediático, especialmente progresista, sobre lo fantástico que resultaba que la población se sacudiera el yugo de la opresión manifestando su deseo de derrocar esos regímenes. Manifestaba mis dudas acerca de la espontaneidad de las acciones y asociaba la duración de las mismas o su éxito precisamente a esa espontaneidad. Se hace difícilmente creíble que unos regímenes potentes militarmente sean derrocados por una improvisada explosión civil de manifestantes que suponían un porcentaje muy exiguo de la población, aunque muy aparente.

En Libia me parece que no se habla de armas de destrucción masiva. En realidad no se que ha variado respecto del dictador que le diferencie por ejemplo de Saddam, el cual liquidaba kurdos a millares con la aquiescencia de esas Instituciones que ahora sancionan a Gadafi. Obviamente, las personas que se congratulen o lo hayan hecho defenderán la diferencia: la ONU y eso parece ser el salvoconducto para ir a la guerra o que al menos no la haga tan sangrienta. En el momento que la "Comunidad Internacional" se pone de acuerdo en atacar a alguien muy malo, las muertes en televisión no se asocian con responsabilidad alguna de líder occidental. Ya no se habla ni de asesinos ni de esto ni de lo otro.

El caso es que parece lógico que haya que proteger a los rebeldes del acoso del dictador libio, pero también parece que esos mismos podrían ser el frecuente y repetido parapeto instigado por intereses más allá de la citada revuelta espontánea. ¿Las consecuencias? Posiblemente una Libia democrática y libre con derechos fundamentales en salvaguarda. Más o menos como Irak pero con la forma de ser y de sentir de los libios. (Confío se comprenda el tono irónico).

Sea como sea, el caso es que siempre llego al eslabón principal de toda cuestión en la que intervienen los principales poderes fácticos: político y mediático. Igualmente con idénticos resultados: la población o una gran parte de ésta abraza lo que defienden los rodillos mediáticos más presentes o predominantes en el continente europeo que son de inspiración progresista y los que no lo son, bastante mediatizados por ellos.

Se que en cuanto introduzco un concepto concreto e identificable descalificándolo, el lector de turno reaccionará inconscientemente a la defensiva o amigablemente en razón a su afinidad previa, pero no hago más que describir lo que es un hecho cierto que supone una globalización de los medios occidentales que controlan y "estupidizan" a la muchedumbre con consignas en función a unos intereses. Si toca hostilidad hacia alguien: adelante. Si lo que toca es defensa de la libertad: adelante. Todo se desarrolla con silogismos sencillos que adjudican papeles de buenos y malos en base a lo que apoyan unos u otros.

El problema es que la gente piensa que ser objeto de manipulación supone una desconsideración hacia su persona y defiende su propia autonomía de decisión y pensamiento como algo fuera de duda, de modo que pasa a articular réplicas más o menos agudas con las que tratar de establecer el caso como una mera cuestión de bandos y quye yo estoy en el contrario.

El ser humano es social y a menos que sea autista, se nutre del entorno y aprende gracias a él. Para discernir entre la manipulación debería acometer el análisis continuo de las consecuciones causa y efecto de cada una de los mensajes que el interlocutor público de turno dispone a regalarnos, pero también tendría que analizar infinidad de cuestiones que van desde intereses en juego hasta trazos psicológicos-fisonómicos del personaje que permitirían apreciar aspectos que no se aprecian a simple vista. Parefernalia fácilmente rechazable por cualquier consumidor al uso que se ponga nervioso ante más de cinco líneas de texto.

La manipulación es inevitable y existe desde que existe humanidad. Desgraciadamente, de no existir, no habría presión social para forzar a muchos ciudadanos a que siguieran normas ideales de conducta. No en vano, cuando se habla de manipulación se debe hacer desde un prisma negativo, ya que condiciona la libertad de decisión o directamente la instruye por unos intereses no altruistas. Imagino que todas esas disquisiciones no se calibran entre los que sencillamente apoyan unas u otras resoluciones y se alinean con bandos en defensa de símbolos cualesquiera.

Lo que resulta terrible es aceptar cuan sencillo resulta en la actualidad manipular a la población sobre determinadas consideraciones. Eso no debe significar un hastío general entre los políticos y los medios. No todos son iguales, auque pocos saben discernir y por ello se limitan a pregonar el clásico "todos son iguales". Ni muchos de este foro conmigo ni entre ellos hay iguales. Hay parecidos. Bien, pues la constante se mantiene.

domingo, marzo 06, 2011

Mejor no lanzar las campanas al vuelo

En el norte de África se está viviendo en la actualidad una consecución de revueltas populares en contra de sus respectivos gobiernos. Eso de por sí parece motivo de satisfacción por una parte de la opinión mediática (y sus consumidores) en tanto que los mandatarios "afectados" lo son de regímenes cuanto menos autoritarios y poco relacionados con los sistemas democráticos. A bote pronto parece una reacción lógica, pero en geopolítica (y más cuando los países implicados son de índole "temperamental o de sangre caliente") lo mejor es siempre la previsibilidad y la seguridad de lo que va a acontecer en el futuro, de modo que un análisis prudente o no muy improvisado ya llevaría a cavilar opciones de todo tipo que no necesariamente conducirían a esos países y su entorno a escenarios más favorables.

Algo que me escama precisamente por temerlo de antemano, es la supuesta influencia de internet en las revueltas. Parece que la red de redes es la gran caja de Pandora que al abrirla puede conducir a todo tipo de reacciones, presumiblemente por iniciativa casual...o no. Sin embargo, aunque es fácil dirimir sobre el potencial de esa herramienta global, todo lo que nos queda en este caso es conjeturar variables sobre las tentaciones que posibilita, de ahí que sólo me limite a citar el poder de internet en el mundo actual.

El caso es que asistimos a revueltas por doquier en territorios sensibles y la espita que las ha hecho saltar parece que ha promovido con relativa facilidad el levantamiento de una ingente masa de personas.

Es ahí donde me pregunto si existe motivo de satisfacción por el hecho en sí o no. Como decía, al contraponerlo con el poder reinante, dictatorial él o ellos, la reacción parece favorable, pero sin duda, no sabemos si los instigadores o contrarios a esos regímenes buscan establecer un sistema que defienda las libertades al estilo que propugna Occidente o sencillamente son facciones contrarias al modelo imperante con intenciones simples de variar el poder de manos.

La cosa no termina ahí. Fueran cuales fueran las intenciones de los cabecillas del levantamiento, dependería mucho de su organización el hecho de que cristalizase de alguna manera la rebelión popular y eso nos lleva a analizar diversas dudas a bote pronto:

1) Si hablamos de un movimiento espontáneo, popular y no premeditado o estratégicamente predefinido, la sinceridad y la buena intención inicial se corresponderían con un mero hartazgo de la población manifestado en la red de redes que hubiera hallado el eco de la desesperación en tantas personas. En ese caso, el hecho conllevaría la necesidad de una reorganización de los líderes y la improvisación necesaria para avanzar en lo que surgió de manera súbita. Algo que conllevaría apoyos internacionales y las simpatías de muchos países, pero una implícita falta de estrategia con la que avanzar sobre cuestiones tangibles.

Si este es el caso, lo más fácil ya habría ocurrido. El éxito de la queja es casi imbatible si existe un instigador capaz que consigue aglutinar un grupo importante de población con consignas efectivas. Algo que no es patrimonio exclusivo del mundo árabe o musulmán. En España hemos observado como con una buena maquinaria mediática es posible levantar a la población. Y también su contraria, con casos más flagrantes que resultarían en natural o coherente asistir a levantamientos ciudadanos, vemos como no se mueve un alma. El poder mediático con un plan trazado es imbatible en el actual mundo globalizado.

El gran problema aquí es que el poder dominante no desdeñará modos para defender su situación y en las posibles escaladas de tensión la población civil es la que pagará las peores consecuencias.

Recordemos igualmente el caso de la Unión Soviética y su paulatina apertura con Gorbachov que fue tumbada de golpe por los ávidos seguidores de un Yeltsin que personificó el cambio súbito de ese estado. Afortunadamente para ellos, en aquel caso, la Perestroika había encarrilado ya a gran parte de la población sobre algo que parecía inevitable y sólo la ansiedad alteró su orden inicialmente previsto.

China, que es un país monumental por extensión, pero particularmente por población, seguro que ha tomado buena nota y de ahí que siempre esté al quite de una apertura rápida que acelere unos acontecimientos que, lejos de resultar favorables, podrían propiciar un período de desestabilización y lucha de sucesión con las consiguientes revueltas y caos subsiguiente.

Es decir, en determinados estados, donde su historia nos muestra una predilección con los sistemas autoritarios, resulta cuanto menos difícil sentar con facilidad las bases para instaurar modelos compatibles con nuestras democracias.

Como explicaba, España no es tan distinta de éstos. La democracia nos es tan ajena como otros países bisoños o casi vírgenes en la misma y no podemos presumir demasiado con tan poco tiempo de uso en el total de nuestro devenir histórico. Una de las razones, entre otras, para explicar los rasgos comunes entre el club de los "bisoños o vírgenes" sería el rápido éxito de la queja y la facilidad con la que cuaja ésta sin asociarla a aspiraciones sólidas dirigidas a una mejora real. Algo que explicaré más adelante o en otro escrito.

2) Si habláramos de un movimiento premeditado e instigado por unas facciones contrarias con un propósito definido, ya fuera afín al estilo occidental (expresándolo de alguna manera) o por el contrario, sencillamente una oposición simétrica o incluso peor a la existente que se valdría de la insatisfacción y malestar reinante para promover las revueltas a su favor.

En este caso, posiblemente existirían apoyos internos que estarían avisados y conocerían como actuar llegado el caso. Algo que sin duda supondría un poder mayor de convocatoria y mayor posibilidad de éxito dada la organización y previsión trazadas.

En este caso, una parte de la población (como siempre) actuaría como parapeto de los instigadores con total independencia de las intenciones de éstos.

De ahí que resulte difícil tirar las campanas al vuelo o tan siquiera alegrarse por un hecho en escenarios tan poco compatibles con los derechos y libertades. Los que recuerdan la tiranía de Sadam Hussein en Irak no pondrían la mano en el fuego sobre qué ha beneficiado más al país asiático, es más, muchos seguro que apuestan por el fallecido dictador a toro pasado. Sólo las causas y las motivaciones inconscientes que son objeto de manipulación sentimental en nuestras cabezas nos llevan a ser tan poco coherentes a veces en nuestras afirmaciones.

En los dos casos citados, la población se verá afectada por estallidos de violencia y desestabilización nacional que incluso pueden llevar a una guerra civil. Algo que no invita precisamente al optimismo.

Las similitudes de España con los estados democráticamente bisoños residen en la visceralidad de las manifestaciones populares susceptibles de verse manipuladas por centros de influencia mediática. La desesperación siempre encuentra fácil alojamiento en las quejas, y los ataques a los señalados como culpables de turno, con independencia de que sean más o menos acertados, pueden resultar letales porque al tratar de derribar el edificio se corre el riesgo de que caiga el techo sobre todos, poder y revolucionarios.

No en vano, es de pura lógica asumir que los frentes más radicales no son precisamente los que más meditan las consecuencias de sus decisiones y que en gobierno de regímenes autoritarios, con una oposición moderada se hace difícil, por no decir imposible vencer a aquellos. De ahí que lejos de existir una paradoja, se deben asumir los efectos secundarios o colaterales de las revueltas populares como algo implícito en el carácter de las mismas, pero de ahí conviene extraer conclusiones y análisis de los que los países democráticos deben tomar nota de los riesgos de las posiciones excluyentes, entendiéndolas incompatibles con un sistema que siempre debe tolerar la discrepancia e incluso admitirla de buen grado sin encubrirla con mantos mediáticos o distracciones de otra naturaleza.

Para evitar los radicalismos excluyentes sólo existe una receta que pueda aplicar un estado: unos cánones elevados en la impartición de formación y cultura con vistas, no a generar dependientes de opinión o emoción mayoritaria, sino a facilitar el pensamiento autónomo condicionado a la lógica racional basada en el respeto de los derechos humanos.

La formación colectiva doctrinal o sectaria debe evitarse a toda costa y rehusar sin paliativos la soflama sentimental. La impartición de cultura y formación sobre derechos debe nutrirse de la libertad individual inexcusable de cada ciudadano que dispone para desarrollarse en las esferas personales que considere oportunas. Las referencias y principios que tienen su fundamento en los derechos humanos enraizados con la cultura occidental son estructuras más que válidas para no necesitar "intérpretes" públicos con los que aleccionar a la población. De hacerlo así, caemos en la misma tentación de convertirnos en inquisidores laicos como en otros países existen religiosos.