jueves, agosto 25, 2011

La confianza en lo abstracto

En el mundo admiramos a diario las maravillas que pueden brotar de la mente del ser humano. En montones de disciplinas, trabajos o aventuras tenemos conocimientos de hechos fuera de lo común que entran a formar parte de la vorágine del consumo como productos de calidad superior que se constituyen en referencias o hitos destacados en los que mirarse y compararse. Ahora bien, existe un elemento fundamental que siempre dotará a esos fenómenos de un halo de leyenda y es precisamente lo que no conocemos en profundidad sobre tales hechos remarcables. Su contexto y la génesis y consecuencias de su aparición. Quiero decir con ello, que lo que hace verdaderamente especiales esas cimas humanas es la incapacidad de su público de repetirlas o tan siquiera igualarlas, ya no digo imaginarlas. Ese es el factor primordial de veneración que loa dichos avances, de lo cual se desprende una conclusión: admiramos aquello que no podemos alcanzar o nos resulta inimaginable poder llevar a cabo. Eso en sí mismo puede parecer digno de encomio pero racionalmente lo entiendo como pobre paradigma para una sociedad. Es cierto que la exclusividad y lo quimérico son el vellocino de oro que anhelamos hasta en nuestras más profusas ensoñaciones o siendo más prosaicos, sencillamente lo que no podemos disponer: el coche de un amigo, la mujer de otro, la casa, este o cual producto. Lo que vendría a ser la manzana prohibida como expectativa que condiciona nuestro placer inmediato. Algo que viene siempre mediatizado por las emociones. Lo fuera de lo común es bueno o malo, no por sus cualidades intrínsecas, sino por las añadidas desde fuera por la apreciación que hacemos en nuestras valoraciones. Admiración o desconfianza, acogida o rechazo.

Cada individuo es capaz de marcar un hito personal más grande que cualquiera de los ampliamente publicitados por medios y no verse advertido de modo alguno, es más, lo normal es que así sea. Los talentos que cada individuo posee son una base de partida distinta en función de la persona que se trate de modo que una puede coronar cimas tangibles y materiales con relativa facilidad sin alcanzar ni de lejos el hito personal que he aludido. Lo natural es que héroes pasen desapercibidos; sabios queden desbancados y en el olvido, audaces sean proscitos por el dictamen sentimental de la seguridad personal.

La falta de información sobre todo lo que nos rodea nos obliga a poner a nosotros aquella ausente e ignota conformando leyendas necesarias e ídolos abstractos materializados en personas de carne y hueso. El valor que se siempre se eleva es por tanto el de la exclusividad impersonal aún cuando se personalice en un individuo.

Todas las referencias que asumimos las personas son externas y desconocidas aún cuando parecen tan familiares como nuestras propias recreaciones. Esa personalización de lo que sucede fuera implica por nuestra parte que deleguemos en terceros los postulados y las teorías que adornan nuestros procederes desguareciendo defensa racional alguna de sus procedimientos. Entendemos que nuestro sistema es infalible hasta cierto punto en la medida que funcione aparentemente y recalco lo de aparentemente. Confiamos en lo abstracto porque no sometemos a juicio lo que nos resulta tan cotidiano y normal como para tamizarlo. Eso se puede comprender, pero no tanto nuestro empeño en reclamar para nosotros a posteriori un juicio independiente, un criterio válido para emitir opiniones de calidad cierta. Se comprenden tales actitudes, como un universo con causas y efectos, pero se dictamina como ineficaz o incluso prácticamente eficaz si lo que tomamos en cuenta es la necesidad de implicarse socialmente y no dar con las causas ciertas y sus correspondencias.

Durante los procesos de materialización de lo abstracto, donde nos dedicamos a rellenar la información inexistente con conjeturas basadas en recreaciones sentimentales con base inconsciente, somos capaces de crear un mundo virtual en el que nuestra percepción procede a asignar papeles a los individuos haciéndoles actuar como guiñoles. Dicho de otro modo, vemos en los demás a través de nosotros y mediante nosotros y no mediante ellos, resultando siempre los juicios de valor parciales y tamizados con nuestros valores y no los suyos, despreciando en el camino toda la información que no conocemos.

Igualmente eso nos lleva a generalizaciones paradójicas. Atajos para englobar muchedumbres que difieren siempre en razón al individuo que los emplea. El que se siente capaz suele verse superior a ese ente global llamado sociedad, no como tal, sino uno a uno; pero también al contrario. El inseguro se siente atemorizado y débil ante esa entidad indefinida concretada en definiciones semánticas. Son las referencias que antes decía la que suelen tomarse como ejemplos para definir civilizaciones enteras sin merecerlo más que unos tantos y por causas que las más de las veces esos mismos sujetos desconocen. Así por ejemplo, cuando formulamos teorías o pensamos en la cama o donde sea cualquier razón para nuestra propia filosofía, la descartamos o la admitimos como válida o inválida en base a las referencias que nos intimidan. Pensamos que existen científicos que ya se encargarán de darnos las pautas como sumos sacerdotes, creemos que existirán filósofos, investigadores, políticos en la sombra, militares, estrategas, que ya habrán calculado lo que nosotros cavilamos de un modo más eficiente y correctamente, intuimos por una simple cuestión de recursos. Luego vemos que no siempre es así y hay estrategias fallidas, planes condenados al fracaso, errores de calibre mayúsculo porque detrás de ello sólo hay individuos como nosotros y no entes grandilocuentes apoyados por las referencias. La paradoja viene con la globalización e internet que iguala las cosas mucho más y logra intimidar la individualidad hasta maniatarla y doblegarla. Volvemos a la exclusividad por parámetros recreados que son vacíos de contenido, a aclamar ídolos de barro configurados por anhelos, a encumbrar personas hasta una fama artificial en común acuerdo de pacto por la estupidez global que reniega de nuestro cerebro delegando en el de los que toman la batuta de las emociones humanas.

El científico, el investigador del siglo XXI topa con la profesionalización de su mente y eso es un límite que iguala a sus semejantes en una carrera con condiciones semejantes. Los parámetros audaces suelen despreciarse y las razones para justificar teorías no medibles por microscopio suelen ser siempre parecidas. Todo, absolutamente todo es relevante, no únicamente lo que nuestras limitaciones disponen. Las variables a considerar se superponen en importancia y nosotros nos dedicamos a escoger más o menos adecuadamente acertando a veces con las primigenias o importantes, especialmente en lo mesurable o a errar en otros casos mirando el dedo señalador en lugar del horizonte impedidos por nuestra propia personalidad que siente cuando lo que debería hacer es pensar.

Eso sí, sentir no es malo. Todo lo contrario. Yo sólo critico la suplantación de funciones aceptando con ello mi emoción al hacerlo y discriminándola conscientemente. Paradójicamente la emoción es imprescindible para pensar, nos ayuda y motiva, por ello hay que conocerla en vez de repudiarla, razonarla y saber de las motivaciones que la sostienen. Los elementos se deben administrar adecuadamente sin rechazar ninguno. Es un puzle que debe encajar...y encaja.

jueves, agosto 18, 2011

Los catalizadores de sentimientos

Cuando uno lee artículos sobre estudios o experimentos relacionados con la memoria humana conoce y se percata del funcionamiento que tienen los recuerdos sobre hechos ocurridos en el pasado. Lejos de tratar las experiencias como una filmación exacta de lo acontecido, nuestro órgano principal rememora éstas con el filtro particular que cada humano dispone. Así, al rescatar los recuerdos, el cerebro enfatiza singularmente aquello que tiene una relación íntima o personal tanto en positivo como en negativo. Es decir, se modula esa reproducción por la idiosincrasia del individuo que es la amalgama de raciocinio y sentimentalidad.

Eso se puede apreciar de modo evidente al leer una misma noticia desde distintos medios de comunicación. A veces la realidad descrita difiere, no tanto en la narración de los hechos sino precisamente en el modo que el periodista de turno los enfatiza o disimula en función de la afinidad inconsciente que pulula por su cabeza. La descripción de una situación que para un determinado punto de vista puede resultar indignante, para otro cerebro, puede resultar elogiable o cuanto menos, justificable.

No es un secreto que la Humanidad, dicho así en mayúsculas, tiene ciertos problemas para coexistir en armonía y feliz acuerdo. De hecho en los medios de comunicación podemos ver día tras día pruebas de ello.

Algo que está instalado con normalidad en nuestra sociedad, los medios de comunicación, recurren al derecho de información que tenemos todos los ciudadanos para ejercer de "memoria sobre el resto de memorias" y de ese modo interpretarnos la realidad de lo que sucede a base de otros cerebros que respiran y viven unas inquietudes personales y vitales cada cual muy particular. La sanción y aval a esos medios es que efectivamente realizan una mera rememoración de los hechos, pero solemos pasar por alto el efecto fundamental que recogen nuestros cerebros de manera más o menos inconsciente, es decir, los detalles que se enfatizan o se disimulan y que subrepticiamente se dedican a aprobar o suspender a los protagonistas de esa llamada información.

Algo aparentemente inocuo es el germen de la manipulación a escala mundial. ¿Qué dice este loco? Exclamará cualquier ciudadano convencional que respira, come, trabaja, caga, duerme y todo lo demás tratando de hacer su vida lo más feliz posible desde la perspecticva de la intención.

Lo que explico es muy fácil de observar en titulares ya que éstos tienen una finalidad adicional a la mera información que se sabe y se reconoce como formalmente aceptada. Así, se puede tolerar como cotidiano y no recriminable que el eje de una noticia pueda sacarse de contexto para exacerbar las emociones de los potenciales lectores y con ello atraer su atención como si la función primordial de esa información se trastocara por el deseo del medio de captar a un consumidor. La perversión de algo tan elemental y comúnmente aceptado ofrece una ligera idea de la falta de límites que tienen los medios para ofrecernos su perspectiva de la realidad.

Ignoro los principios que rigen la carrera periodística en general pero sin duda la responsabilidad que tiene un llamado comunicador es muy superior de lo que aparentemente parece. Cualquier medio puede someter una causa concreta a sus deseos particulares y con ello azuzar un elemento que, lejos de ser real o equilibrado en la ponderación en su contexto, actúa como refería anteriormente, es un énfasis de una realidad que se privilegia por deseo expreso del que transmite la noticia. Posteriormente si esa planificación mediática ha justificado unos hechos objetivamente reprobables o racionalmente demostrables como perjudiciales, tales medios quedan exonerados por el apoyo emotivo que sus clientes-consumidores le brindarán por los influjos de la afinidad sentimental.

Algo parecido ocurre con la política y más precisamente con la manera de hacer política. Lejos de tratar con elementos puramente racionales, algunos políticos recuren de nuevo a enfatizar aspectos que inciden en la sentimentalidad distorsionando así el global, el contexto. De otro modo no se podría comprender los desmanes que tantos líderes mundiales han perpetrado en la historia con la complicidad de los ciudadanos. En estos casos la responsabilidad de las acciones debe aniquilarse para conformar ejecutores de intenciones que se ven salvaguardados por el reconocimiento de grupo.

Parece que vivir en una época tan dominada por las tecnologías no nos ayuda a enmendar aquellos aspectos que se reconocen como errores de nuestra manera de concebir los recuerdos o de predominar los sentimientos en el momento de rememorarlos.

Posiblemente sería muy difícil destacarse como periódico si uno ofreciera siempre noticias supuestamente anodinas que describen lo que efectivamente sucede dentro del contexto cierto y real. Sólo merece el rango de noticia aquellas que se destacan por lo que se supone supondrá un interés para el lector y éste siempre mira hacia lo fuera de lo común o lo que le dicen le reportará un interés. Pero es que además, como he dicho, las menos llamativas se interpretan convenientemente para disponerlas tan espectaculares como las que no necesitan de artificio. El resultado es una idea distorsionada de la realidad que parte de unas fuentes que sufren, como cada ser humano, el hándicab inexorable de la fisiología, y eso cuando hablamos de un arquetipo de rectitud y de rigor profesional. Imaginad cuando el interés mediático es espefífico o subyugado a las propias servidumbres sentimentales de afinidad de grupo.

No quiero terminar sin antes ahondar un poco en lo que para los medios de comunicación resulta el "santo grial": el interés de los ciudadanos. Un término abstracto y ciertamente difícil de manejar que parece no arrojar problemas para éstos. En realidad, el interés como tal o lo que se supone importa a los ciudadanos es un cajón de sastre con el que parapetarse y disparar a discreción lo que uno estipule como adecuado bajo ese cánon. De nuevo podemos analizar ese supuesto interés de la población desde perspectivas psicológicas y advertir sin mucho esfuerzo que la espectacularidad y lo alejado de lo convencional tendrá un mayor impacto que lo cotidiano, si bien en el terreno de las emociones humanas también existe un mundo en el que el interés puede ser un gran reclamo. Yo no tengo duda que prefiero ver mujeres bellas ligeras de ropa a ancianos sesudos discutiendo conceptos filosóficos y del mismo modo, seguro que no me sorprendería que muchos individuos ingeniosamente contestaran a ese planteamiento, que cada situación tiene su momento. El caso es que siempre uno va detrás del otro cuando se trata de escoger. No se si se me entiende.

El interés incide sobre la sentimentalidad de los individuos y sus instintos inconscientes. Un elemento que racionalmente doblega a sus consumidores como una droga lo hace con la voluntad. Parece todo muy dramático, pero la realidad discurre mecánicamente sin aspavientos aceptando lo que la causa y efecto dispone sin fisuras. De ahí que lo que hacemos los individuos es aceptar jueces en nuestras vidas que interpretan por nosotros, no lo que es mejor o más adecuado, sino lo que seguramente servirá para captar nuestra atención y de paso nos convertirá en siervos que defiendan tal disposición como un derecho.

Difícil papeleta tiene la Humanidad cuando los elementos básicos parten con taras aceptadas por nuestra civilización como hábitos aceptados que se tildan de normalidad. Este mismo artículo podría ser dirimido de un plumazo por cualquier informador o político sin escrúpulos con un titular chocante al estilo: "Excéntrico compara la labor de los medios con las drogas" y a otra cosa mariposa, que siga el espectáculo. La racionalidad del loco contra los cuerdos que poblan el universo. No en vano mi sobrenombre.




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Un excéntrico pensador que emplea este blog sin concesiones a la mesura ni a la inteligibilidad