jueves, noviembre 24, 2011

La necesaria regeneración del Psoe

España se encuentra al borde del abismo. Tras unas elecciones generales vemos que todavía siete millones de votantes han elegido al Psoe como su opción para sacarnos del atolladero. Se habla que es un descalabro sin precedentes, que es el peor resultado de la historia pero, ¿Acaso el Psoe no ha dejado España en la peor situación de su historia democrática?

Está claro que entre esos millones de votantes socialistas la visión es otra. Aquella que exonera al gobierno de Zapatero de todo lo que tiene que ver con la crisis o al menos, con gran parte de ella. Para éstos, la crisis ha sido un tsunami que se ha llevado por delante a todos sin que se pudiera hacer demasiado por contenerlo. Pero podríamos perfilar mejor el símil para adecuarlo a la idea que los socialistas han pretendido inocular a sus seguidores y que lo han conseguido con esos 7 millones. En lugar de un tsunami, que sería obra de la naturaleza, la crisis habría surgido como resultado del plan que un grupo de malvados trazaron acordando lanzar cohetes nucleares alrededor del mundo buscando fallas y puntos geológicos sensibles con objeto de provocar terremotos alrededor del mundo. Sí, ese es un buen ejemplo.

En ambos casos existe una catástrofe que concuerda figuradamente con la real, pero el quid de la cuestión viene con los protagonistas de la película, aquellos que, sospechando o incluso detectando que el cataclismo se presentaba en el horizonte, reaccionaron de una manera u otra. Como en las películas del género, siempre encontramos a unos héroes que detectan evidencias que les ponen en guardia de lo que va a suceder de manera inminente. Éstos tratan de dar aviso a la población de lo que está por llegar, pero siempre topa con el burócrata, el prócer acomodado o el político de turno que niega tal posibilidad incluso ridiculizando al portador de malas noticias. El arquetipo sigue punto por coma los cánones estipulados y el Psoe, en boca de Zapatero y Solbes se convirtieron en los agentes del sistema que niegan que nada vaya a suceder. En este caso, sería como pensar que todo occidente sería bombardeado menos España, la cual de paso, contaba con una defensa extraordinaria según los brurócratas que obligaba a cortar de raíz el alarmismo de los que intentaban desestabilizar el país.

El debate entre Solbes y Pizarro es una prueba flagrante que un millón de excusas y subterfugios no pueden ocultar. Los avisos de Don Manuel Pizarro están grabados y bien grabados, del mismo modo que el "optimismo zapateril" apoyado por Solbes (o viceversa) también queda recogido para futuro ejemplo de lo que debe y no debe hacerse en política. Si en una película sometiéramos a votación con quien identificarse y a quien dar la razón, posiblemente todos o casi todos apoyarían al héroe o al personaje que avisa a la población de lo que va a llegar ¿Por qué en la vida real no?

En las películas, los protagonistas articulan sus propias medidas de prevención y protección de manera que quedan a salvo del cataclismo, lamentando todo lo que sucede por no poner el remedio a tiempo. En la vida real de nuevo, tampoco eso ha sido posible. Todos los españoles, hayan escogido a uno u a otro, hayan dado la razón a los que avisaban de la catástrofe o se la hayan negado, van a sufrir las consecuencias de la decisión de quienes ninguneaban los avisos o los tachaban de antipatrióticos. Todo y eso, sabiendo el resultado del cuento, siete millones de votantes han escogido al Psoe.

¿Se puede seguir pensando que son pocos?

Porque si nos metemos en el análisis de las causas para sostener la idea de que no habrá tal crisis o que se superará con cierta facilidad, las culpas pueden ser todavía peores. Existen móviles, razones objetivas que encajarían a la perfección con las posibles intenciones de los maquinadores socialistas.

- Se puede determinar que nadie lo sabía, pero el debate televisado descrito lo niega con pelos y señales.

- Se puede tratar uno de justificar acusando al PP que prometió creación de empleo con la que iba a llegar, pero con independencia de que el que lea trague más o menos al partido de centro derecha, siempre es más confiable por lógica alguien que describe la realidad que otro que la niega.

Los avisos de la crisis se produjeron justo antes de las elecciones de 2008, es decir con unos intereses claros en juego. Unos dijeron la verdad y otros la negaron. ¿Por qué?

Al igual que en los símiles cinematográficos antes descritos, los personajes que siempre niegan que venga un cataclismo lo hacen por intereses propios: un negocio boyante, una situación que no conviene alterar, un posible pánico que hundiría sus cuentas de resultados. Todo menos el bien común. Porque si uno piensa exclusivamente en los intereses de España, no se hubiera perdido nada previniendo a la población convenientemente por lo que pudiera pasar. ¿Cuáles eran entonces los intereses que el Psoe quería proteger a costa del interés general?

- En un escenario electoral, la izquierda recurre históricamente a una confrontación con la derecha como estímulo emocional fundamental.

- Aceptar la llegada de una crisis, supondría automáticamente una toma de medidas impopulares que difícilmente serían aceptadas por los sindicatos. Grupos de presión muy influyentes entre el votante de izquierda tradicional.

- La promesa de subsidios, de dinero público y las consiguientes inversiones, se resentirían y los eslóganes de un partido que aprovecha las cuentas recibidas del gobierno anterior para publicitarse con dádivas irresponsables, supuestamente deberían retocarse.

- Ser el partido que desde su posición de Gobierno hubiera tenido que avisar del chasco que se avecinaba a la población no era ni atractivo ni electoralmente rentable.

En lugar de todo eso, no hay duda que desmarcarse pregonando el optimismo y de paso acusar a su contrario con antipatriotismo para los aguafiestas, supuso una campaña electoral que ni pintada para captar el voto de los que cayeron en la red de la esperanza que resultaba ser hueca.

Entre esos siete millones de votantes, hay gente de perfiles muy dispares. Recordemos que deben existir catedráticos, doctores, profesores, filósofos, gente de la cultura, periodistas especializados, gente de tdo tipo entre los que muchos se tienen o los tienen por capaces o muy capaces. Todos ellos si vieran la película que he explicado como símil, sin duda se pondrían del lado del protagonista que avisa de lo que ha de llegar. He explicado bastante a menudo que la capacidad de manipulación radica en el control del subconsciente a base de afinidad de grupo o tribu, asociaciones de ideas y focalización en el aspecto sentimental.

Lo que estoy explicando es muy fuerte y nadie se da cuenta lo suficiente para enfatizarlo y explicarlo como uno de los motivos de que nos encontremos con el agua al cuello. En realidad es el motivo. ¿Por qué? Porque hablo de una actitud, no de un error aislado de gente negligente, hablo de una constante que sólo toma en consideración un interés demostrable alejado del bien de España. Algo que el PP no sabe ni entiende para denunciarlo con la pedagogía suficiente como para dar por enterados a esos 7 millones de habitantes que todavía han creído en el Psoe. Algo que sí han comprendido hasta cierto punto los 4 millones de votantes que fueron socialistas y como digo, hasta cierto punto porque muchos han pasado a engrosar partidos o grupos que defienden que "todos son iguales" cuando se puede demostrar que nada más falso que comparar al Psoe con el resto. Muchos indignados, han truncado su ánimo por sentirse estafados por el partido que creían que les defendía y se han percatado que no era así, que la defensa era puramente endogámica, pero en su ira y profundo sentimiento, han caído de nuevo en el manto de la generalización atacando a diestro y siniestro como si tras su idea ilusa de una izquierda honrada no existiera más posibilidad que acabar con todo como rechazo visceral de que lo que no pudo ser con uno ya no será con nadie.

Mientras tanto, continuando con la filmación de la desgracia, los socialistas o personajes que niegan la mayor, siguiendo en su idea y defendiéndola cuando incluso ésta ya golpea a la puerta con virulencia, todavía urden estrategías pensando en su propio beneficio. Tras más de seis meses de gobierno ¿Cuál puede ser el móvil o motivación para seguir negando la crisis evidente que asola concretamente a España? El Presidente Zapatero sigue evitando reconocer la crisis y emplea eufemismos como "frenazo" para describir los efectos que ya sacuden de lleno a la población. Ese instante, yo sostengo que es el del verdadero optimismo de Zapatero y el Psoe. Tras mentir a la población negando conocer la que se avecina, una vez de puertas adentro la cosa es más que evidente que está mal, pero todavía los socialistas creen que en la corriente legislatura se podrá dar la vuelta a la tortilla sencillamente por una recuperación de la coyuntura internacional. Confían en que, enmascarando la crisis con los fondos que aún quedan en las arcas del Estado, podrán conectar con la recuperación y vender su gestión como un gran logro. De nuevo, los intereses de España es lo último en la ecuación.

¿Cuál es entonces la medida urgente que hay que tomar? La pedagogía y la formación en la racionalidad causal apoyada por la sinceridad y la honestidad: una auténtica regeneración moral e intelectual. Ya se que suena muy complicado, pero ésto que digo es ni más ni menos la táctica que emplea el Psoe en cuanto a cierta racionalidad causal. El problema es que, en vez de ser empleada en razón a unas referencias honestas y sinceras que ciertamente protejan el interés general, son articuladas como armas de desestabilización masiva. La racionalidad causal del Psoe es un conjunto de silogismos demagógicos apoyados en la idea de que unos poderosos encarnados en los líderes de su partido rival, quieren acabar y oprimir a los débiles aprovechándose de ellos hasta las entrañas. Algo que se constata en toda la publicidad primaria del Psoe desde el doberman hasta los "señoritos"consentidos con servicio tratado en régimen de semi esclavitud.

¿Sigue eso funcionando? Pues claro. Aunque estemos viviendo una película de terror en el presente, mucha gente siente que podría ser peor. Y claro que hay tiburones despiadados que especulan con billetes y personas, pero despierten, el ser humano no se divide en ricos malos y pobres buenos. La picaresca de los que tienen pocos cuartos no tiene el mismo radio de alcance, desde luego que no, pero quien es un sinvergüenza lo es con poco o mucho en la cartera. El que tiene más pasta por supuesto, la hace valer a la hora de imponer su justicia particular, pero es un error mirar siempre de ajusticiar a los demás sin mirarse uno al ombligo. No se yo cuantos ciudadanos de saber que no les van a pillar con seguridad, se irían sin pagar, algunos hasta arriesgando o devolver una cartera rellena de billetes o evitar cobrar una factura abusiva por tener la situación por el mango, y un largo etcétera. Si a esos les toca la lotería, entonces pasarán a ser, de víctimas oprimidas a saqueadores del pueblo, pero recuerden que eran los mismos.

No en vano, la historia sigue y la hipnosis de los políticos de la izquierda sigue en marcha encendiendo sentimientos de linchamiento. De pronto, como oposición fáctica, los periodistas y politicastros de la cuerda ahora se convertirán en los fiscalizadores más rigurosos de la órbita mediática. Los que consintieron y apoyaron el expolio socialista en ocho años y que se sentaran las bases del nuevo odio entre la derecha y la izquierda en el siglo XXI por imponer medidas que agradaban a una parte de la ciudadanía trayéndoles al pairo lo que pensara la otra, buscarán razones debajo de las piedras para atacar al nuevo partido en el poder. Va a parecer que un gobierno puede hacer más mal en un mes que los suyos en años. Es como un partido de fútbol, sin orden ni racionalidad. A-ta-car al ban-do con-tra-rio.

Pero es que parte de esa visceralidad a flor de piel se entiende porque cuando uno mira hacia el otro lado, en ocasiones tampoco encuentra la grandeza que se debería exigir. Hay que pensar en la población como víctima del control de los desaprensivos burócratas con ansias de poder y empleos públicos de por vida bien remunerados y no hay que ceder a la tentación de llevar la contraria por sistema sin antes someterse al filtro de la razón causal. Sin duda, es un disparate invertir en quien ya ha demostrado ser como mínimo incapaz para gestionar el bienestar de una población. Invertir es votar. Cada voto de esos siete millones es a mi entender un lujo que España no se puede permitir. Ahora bien, hay que desear una regeneración del socialismo español o de un sustituto que se identifique sinceramente con las clases desfavorecidas. No para usarlas como pretexto y recurso de voto, sino para tratar de levantarlas. Personalmente entiendo que es una idea obsoleta establecer grupos separados de población por una razón de clase. España debe buscar un compromiso con toda la población y el bienestar razonable de sus ciudadanos con lo que existe, pero respetando la especificidad de los seres humanos con el único límite de la honradez salvaguardada por la ley. No obstante, en uso de esa libertad, si deben existir partidos que se dirijan a grupos que quieran verse identificados como protagonistas de sus demandas, deben regenerarse y demostrar que ciertamente en su aspiración está, no una parte de España sino toda.

Siete millones de votantes para el Psoe todavía son muchos habida cuenta de los desmanes que han producido en la población y que a mi modo de ver, los económicos son casi los menos graves. El retorno a esa idea de odio entre las dos Españas rescatando sentimientos que la transición trató de enterrar y la idea de una formación doctrinal de mínimos entre los ciudadanos a base de una calidad mediocre en la enseñanza pública, nos ha retrotraído a tiempos pasados en los que las diferencias entre las clases medias y las más desfavorecidas es extraordinaria, no sólo en cuanto a dinero, sino a principios adquiridos y odios ensalzados. Se nos presenta un cataclismo más grave que la recesión: una juventud que relativiza la moral mientras no afecte lo que entiende son sus derechos. Una juventud que ha crecido entre promesas de bellas utopías y que obliga a luchar para abrirse camino sin importar los medios y aprovechando al máximo los atajos. Una juventud que valora como positivo en su mayoría hacerse famosa en un programa basura o recurriendo a cualquier cosa si hay dinero detrás. Víctimas de una moral relajada que empieza en la falta de respeto a la figura del profesor y en la negación de los castigos y los premios al esfuerzo.

Un panorama desolador con siete millones de votantes que lo han avalado. Gente que sólo mira donde les dicen que deben mirar para no percatarse de una realidad que está ahí. El Páis, el Periódico de Catalunya, La Vanguardia, Público, La Sexta, permanecen erre que erre en la defensa y exoneración de su parte de responsabilidad en todo lo sucedido. Gente que escoje titulares, que decide qué poner y qué no poner, que interpretar lo que dicen los políticos en la clave que estimen oportuno.

La regeneración es la única opción a la debacle. Es otro aviso de la crisis peor que nos espera y esta vez la pelota está en el tejado del PP, porque con el Psoe, a menos que venga alguien íntegro de veras, siguiendo la coherencioa de sus actitudes y estrategias, no se podrá contar más que para incendiar y continuar con la recurrente historia del enemigo objetivo como acicate y "tensión" necesaria a la hora de votar. Eso no debe suceder más, yo no soy socialista, pero como español creo que la regeneración del Psoe obliga a mucho más que un maquillaje para seguir en lo mismo. Los siete millones que ahora parecen pocos, deberán ser muchísimos menos si eso no cambia, por ello por su bien y el de los ciudadanos que nos llamamos compatriotas.

La regeneración debe establecerse en todo el país, pero no es lo mismo para quien todavía no ha aprendido la lección que para el que sin ser cómplice de las causas de la misma, ya la comprendió hace tiempo, pero la sufre por igual.

miércoles, noviembre 23, 2011

Confusión en los principios

Gracias al avance tecnológico, los medios de comunicación y las corrientes de opinión se extienden como el agua. Cine, televisión, internet y sus derivadas nos someten a diario a transfusiones constantes de información cada uno a su manera, en la que se distribuyen: sucesos, datos, publicidad, opinión e interpretación de más información. Con independencia del modo de como se lleva a cabo, que no es el tema concreto que quiero tratar, sí podemos observar el poso que queda y permanece en los menores que son las víctimas propiciatorias y más sensibles a la influencia de esos medios.

En nuestra sociedad si clasificamos los distintos grupos atendiendo al énfasis educativo de sus padres, veremos una diferencia importante sobre el poso resultante que empapa y complementa los valores cuales sean propiciados en un hogar. Unos padres activos y protagonistas de la educación de sus hijos, delegan menos en los medios circundantes la formación de su prole que otros más descuidados. Dicho ésto, sea en mayor influjo o menor, la presión social y mediática es un hecho que se nos cuela en casa con pocas armas para combatirla, o al menos para contrarrestar lo negativo que pueda existir.

La libertad en general, entendida ésta por la capacidad de que los ciudadanos decidan sin coacción con los límites en sus deberes y derechos, suele ser un escollo para determinados grupos que pregonan unas ideologías en unos casos o incluso sistemas basados en la sentimentalidad territorial. Así, surgen iniciativas que tratan de poner límites a las decisiones de los ciudadanos justificándose en un supuesto bien mayor común, dando a entender con ello, que el bien individual, incluso al sumarse en conjunto de unos, no puede generar un beneficio para la sociedad comparable. Se acude pues a la generalización en lugar de la casuística y a la igualación en vez de la igualdad.

Personalmente, creo que existen intereses económicos y de poder que pueden ver como un fin atractivo la generación de un modelo de ciudadano ingenuo, poco formado y que rechace el rigor en pos de la indiferencia mientras éste no se vea molestado. Un aparente vive y deja vivir que pregona implícitamente la falta de responsabilidad en los actos propios. Éstos son ciudadanos que acceden con mayor facilidad al riesgo y no analizan las consecuencias de sus actos, constituyéndose en consumidores compulsivos fáciles de atraer por unos estímulos de placer que se entienden cercanos a lo que calibran como felicidad. No hay duda de que para un vendedor de cualquier producto, será probablemente más exitoso mantener tratos con personas poco analíticas ante las consecuencias de su decisión, que con aquellas que sometan a un riguroso escrutinio su parecer en la compra. En esos procesos de venta o "donación", las ideologías tienen una enorme cabida en tiempos de alcance mediático global y por tanto, cuantas más personas sean las homologadas como una figura arquetípica de normalidad, más posibilidades de ampliar la oferta de productos y servicios.

Se puede preguntar uno si un presupuesto tan atractivo como una enorme bolsa de consumidores potenciales en un mundo global con sus propias normas aparentemente inocuas puede ser producto de la coincidencia de intereses de las corporaciones y la competencia leal o es el resultado de proyectos bien estructurados de control de la población para someterla a intereses de los dominantes. Una dirección afirmativa hablaría de confabulaciones conspirativas de entes entre las élites que buscarían simple y llanamente ostentar más poder. Otros podrían pensar justo lo contrario quizás apoyándose en la idea de que los primeros irían errados por lo cinematográfico de tal afirmación o sencillamente verla difícilmente plausible por resultarle cómoda tal posición. En cualquier caso, con un cerebro razonando de modo causal es posible dirimir si existen motivaciones para que ello suceda y posibilidades ciertas de plasmarse en la realidad. Con un sencillo presupuesto, los que conozcan el mundo de la empresa o una aproximación al funcionamiento de multinacionales podrán sostener conmigo que el ser humano es capaz de maquinar conspiraciones y estrategias de toda índole para conseguir el éxito en sus propósitos. Ello por sí solo no sirve para sostener con rotundidad una conspiración a mayor escala pero sí sirve al menos para constatar que, de existir la mera voluntad de esos grupos de poder, la tarea es factible, al menos en cuanto a planificación estratégica y materialización.

Desde ese punto, vuelvo al principio de mi reflexión en relación a la libertad y los principios. Parece que existen corrientes ideológicas que son aceptadas por su paternalismo ciudadano a la hora de decidir por nosotros lo que más nos conviene, admitiendo con ello incluso, la posibilidad de limitarnos y sancionarnos si los próceres encargados de legislar y ejecutar lo estiman oportuno. También es posible que el modo de denunciar maneras de partidos políticos con cara y ojos de un modo algo impersonal, puede ser tomado por sus protagonistas al verse aludidos como una exageración, como un intento de intoxicar las "verdaderas buenas intenciones" de quienes se consideran capaces de discernir por los demás lo que debe ser el bien común. En ese punto, el recurso más trillado y maquiavélico es el que da mejor resultado en el escenario hiper mediático que vivimos en pleno siglo XXI: la decisión del pueblo.

Esas corrientes que cito, aparentemente centradas en el bien común, basan supuestamente su fuerza en la decisión del pueblo que es soberano a la hora de decidir lo que le afecta. Sabemos que materialmente es imposible que el pueblo gobierne e igualmente sabemos que una referencia literal de ese mandato no conllevaría más que caos por la imposibilidad de aglutinar y armonizar tantas opiniones dispares. De ahí los intermediarios de ese pueblo que interpretan por ellos lo que éste necesita y el como lograrlo. Ahora bien, observamos que uno de los acicates fundamentales de estos partidos, al menos en España, reside, no en las consecuencias de sus decisiones, sino en las intenciones que beben de un fuerte presupuesto emocional de clase. Pongamos un ejemplo: si un gobernante de un partido establece que subiendo mucho más los impuestos a los que más tienen se conseguirán mayores ingresos y por tanto mayores beneficios sociales, lo más probable es que los ciudadanos que tengan una economía más deprimida consideren esa idea como válida y satisfactoria pensando en dar respuesta cortoplacista exclusivamente a su problemática personal sin reparar en la viabilidad de la misma ya que no formarán parte activa en el ajuste. El hecho por tanto, de que una vez aplicada la medida pueda afectar a las clases medias o más productivas generadoras de empleo y por tanto perjudicarlas lo suficiente como para no producir ni más empleo ni más ingresos, eso es algo que no importa o no es contemplado por quienes establecen en la intención su ámbito de actuación rechazando la racionalidad causal, es decir, las consecuencias de sus causas. En el caso contrario, si se bajaran los impuestos a esas clases y se propiciara un clima de optimismo y confianza entre éstas para invertir y contratar, ante la mera intención, esos grupos renegarían de las posibles consecuencias apelando a la intención como razón fundamental de levantamiento y hostilidad. En todos los casos, el denominador común de la intención es la emotividad. La idea de defensa de lo propio como un valor superior al resto y paradójicamente contrario a ese presupuesto de bien común que se esgrimía como causa primordial.

Ello quiere decir que el punto de partida es la situación que tiene cada grupo y su insatisfacción por pertenecer al mismo más que una idea de mejora general de un país. El compromiso de una parte de la ciudadanía es consigo mismo porque tiene delante suyo a gente en mejores condiciones y no tolera que eso pueda seguir en esa línea con independencia de las razones que le asistan para sostenerlo. Gran parte de la "culpa" la tiene el mundo mediático, el cual actúa como tentador escaparate de bienes y riquezas que parecen al alcance de la mano de unos pocos. Un manto de expectativas que gangrena los corazones de los que asumen como una causa fundamental en su vida, la consecución de bienes materiales y sus supuestas virtudes. Para conseguir ese equilibrio de paradojas, se ofrecen por los vendedores de ideas tantas promesas de beneficios como responsables, culpables de no tenerlas. Es como un señor que lleva un caramelo colgado de una cuerda que va unido a un palo y lo ofrece a un niño que corre detrás de éste sin poder alcanzarlo. Los ciudadanos van detrás del caramelo y basan sus expectativas de mejora en aquello que un grupo político o mediático les ha prometido como posible de darse unos requisitos.

Uno puede ofrecer un caramelo y todo el oro del mundo, lo que sea, porque sencillamente la excusa por no conseguirlo descansará en el enemigo objetivo designado por el "del caramelo". Los individuos perseguidores condicionarán su felicidad o parte de la misma al objetivo de conseguir esa expectativa y eliminar a los responsables que les han dicho les impiden su consecución.

Con ello, educamos a una parte de la ciudadanía en la hipertrofia de derechos a cambio de su confianza y lo que es peor, en la idea de que la responsabilidad es sólo aplicable a unos cuantos como poderosos ejecutores e hipnotizadores del resto. La misión es erradicar los efectos de la enfermedad y de paso acabar con una minúscula parte de la misma, pero nunca con el origen y su operativa de propagación. Posiblemente de ese modo no se logre ni lo uno ni lo otro, sólo conflictividad social y odio a raudales.

En EEUU, que es un país tan objeto de crítica como de encomio por su hetereogeneidad, sus ciudadanos suelen apelar de natural al esfuerzo personal por encima de la idea de subsidio que salvo en casos ciertos de imposibilidad, supone un freno a la iniciativa y al estímulo de superación. Aquél que tenga intención de prosperar a base de esfuerzo no debería temer la libertad en un escenario de posibilidades ciertas para el que las busque y de máxima represión ante la falta de honradez. Elementos que son una quimera en un mundo plagado de pícaros y taimados voluntarios en lograr sus intereses y el verdadero motivo de que estemos como estamos.

Una conclusión a la que pretendo llegar es que los fracasos a los que apuntan ciertas ideologías sobre la situación que vive Occidente, no radica en los modelos políticos o económicos, sino en los modelos morales. La combinación capitalismo con falta de escrúpulos y honradez es tan mala como la peor existiendo personajes propietarios de esos rasgos. Pero cualquier sistema es malvado si sus personas lo son. Podemos tratar de sostener que unos sistemas propician más la corrupción del hombre que otros, pero al menos, en aquellos en los que la idea de libertad es más aparente, los recursos a la defensa son mayores. En los que unos pocos determinan "lo mejor" para el resto sin posibilidad de apelación, las opciones son cero.

De ese modelo moral impuesto que no atiende el beneficio del individuo sino que el individuo dé beneficio radica la falla del sistema. El cariz puede parecer incompatible con el modelo liberal o capitalista pero es todo lo contrario. Ahora bien, definir lo que es beneficioso para individuo es otro de los frentes en los que se entablan pugnas que en algunos casos resultan maniqueas. Sin ir más lejos acudiendo a los radicalismos como soluciones magistrales soslayando la esencia de la persona y su naturaleza. No se puede establecer como dogma un criterio de culpabilidad en el que unos sujetos son causa del mal y otros efecto. No hablamos de marcianos y personas. No hay grupos constituibles en enemigos objetivos, hay personas que dan juego y otras que juegan y tentaciones más acusadas en unos lugares que en otros, pero siempre hablamos de opciones y seres humanos, por tanto caer en el manifiesto demagógico populista que sentencia veredictos sin pensar es peor como remedio que la enfermedad. El ser humano con independencia de su condición es capaz de lo mejor y lo peor.

El deseo de mejora de una persona en su desempeño profesional es y debe entenderse como un compromiso personal y no como un medio para acceder a un fin. El que trabaja para llegar al dinero, es capaz de cualquier cosa por éste y eso se circunscribe a la moral. Dos empresarios pueden seguir un recorrido de avance en sus compañías, pero es en su motivación moral y cierta donde se podrá observar cuál es el fin y por tanto, los medios.

Una persona con pocos recursos se puede ver afectada por el mismo mal, aunque con ello, repercuta en un menor número de personas. Desde una profesión de bajo salario, una persona puede poner de manifiesto si su fin es recto, atendiendo una idea de honradez con sus semejantes, o ávidamente ambicioso de plasmar unas expectativas tomando atajos que se las posibiliten.

Las personas, con independencia de su origen o status, se ven afectadas por su entorno, su conciencia y su posibilidad de optar.

Los principios son inmutables y por tanto, cuando resultan incómodos o se constituyen en un obstáculo se tratan de suplantar o disfrazar.

En Occidente tenemos un germen cristiano que sirve para fundamentar unos derechos instituidos como salvaguarda de un orden aplicable y general. En ése, el primer compromiso es respetar al prójimo. Ello no es óbice para que, a partir del mismo, se sucedan los afluentes que en coherencia rezumen de un orden lógico y armonioso que no admite discusión si uno defiende la raza humana. Por tanto, valores como la defensa de la integridad física y psicológica, la honradez, el respeto a las opiniones y creencias de los demás, no hacen más que concluir la idea de libertad como requisito sine qua non para articular y estructurar las bases de los ciudadanos en un país que se precie de su valía. Ahora bien, el problema cuando sucede lo que comentaba un párrafo antes. Que molesten algunos principios y que por tanto se "interpreten" convenientemente para superarlos cómodamente.

Del respeto al prójimo no cabe más interpretación que el total de los seres humanos con independencia de su condición bajo todos los prismas posibles. La necesaria pormenorización no es más que la enfatización de problemáticas con vistas a enfrentar modelos y cambiar referencias inmutables. Todo por la defensa recurrente de lo propio desde un grupo. Ello puede ser comprensible cuando determinados sectores sociales reivindican una especificidad como referencia de normalidad, pero ello no debiera variar un ápice la referencia fundamental. El respeto al prójimo es universal y no tiene cláusulas de propiedad anexas que necesiten ser desarrolladas y por tanto enfatizadas como mejor premiadas socialmente.

Pongamos por caso el ejemplo de la solidaridad o del altruismo. Yo soy católico y entiendo la idea de altruismo como una virtud de gente de bien. No obstante, los valores que se consideran tan positivos como necesarios son objeto de defensa desde un presupuesto que tiende a errarse. La idea por ejemplo de una religión, es personal y por tanto debe afectar a las personas que libremente dispongan seguirla. Nadie discute que deba obligarse a los demás a seguir una doctrina u otra. Sin embargo, cuando hablamos de altruismo, solidaridad o virtudes que bien podrían ser paradigmas de una religión, cuando se enfocan desde una perspectiva laica, si parece poder exigirse a los demás. No. Los compromisos morales deben impartirse como opciones de mejora personal susceptiblemente de ser libremente escogida y no como eslóganes exigibles a terceros como una marca que soluciona el mal de la sociedad a base de que otros sean los que cambien.

La capacidad del altrusimo por ejemplo es de personas sabias, no de bienintencionados individuos necesitados de probar el bálsamo de aprobación de conciencia, tan asimilable a la intención como irresponsable con sus consecuencias. El altrusimo es consecuencia de una persona equilibrada que tiene la capacidad de dar, no la necesidad de dar para sentirse mejor.

Estamos acuñando modelos distorsionados que no se sostienen sobre cimientos sólidos y abandonamos las referencias a la mínima susceptibilidad de minorías que exigen como un derecho el sentirse excepción a la norma. El presupuesto del respeto lleva aparejado deberes y obligaciones, nada más ni menos. No podemos conceder salvoconductos ni exenciones a la población para conseguir sus simpatías, porque en la vida los atajos y los caprichos acaban pagándose de una manera u otra tarde o temprano, y lo peor es que los que han cumplido, pagarán con ellos.

martes, noviembre 22, 2011

Lo contrario de lo que deseas escuchar

En edad adulta, antes de escuchar una opinión por parte de un individuo y llegar a reflexionar sobre la misma (si es que llega a hacerse) se producen una serie de acontecimientos que actúan como filtros. Tales filtros difieren en función de los sujetos, tanto desde un punto cualitativo como cuantitativo, pero existen y están sujetos a estructuras en algunos casos no mutables como la configuración cerebral disponible desde el nacimiento que aunque susceptible de modificación en algún aspecto, sigue los límites del punto de partida. Desde ahí, cada sujeto dispone de distintos grados de permeabilidad, percepción y capacidad de retención consciente e inconsciente de las experiencias que vivirá. El modo en que procese esas experiencias será el resultado de la idiosincrasia de su memoria en combinación con su capacidad de proceso.

Los científicos necesitan comprobar esos procesos para merecer ese nombre, pero a través de la observación y la reflexión causal rigurosa, algunos podremos llegar a conclusiones que a posteriori son y serán avaladas por la metodología científica. No es una cuestión de osadía o pretenciosidad sino de concatenación entre causas y efectos en los comportamientos. A fin de cuentas, ésta es la homologación de un proceso con un determinado número de garantías suficiente para publicitarse como probable entre una comunidad que habla el mismo idioma. A buen seguro, los avances tecnológicos nos permitirán acelerar el grado de conocimiento sobre el órgano fundamental de nuestro cuerpo.

Porque dichos avances nos permiten comprobar en tiempo real la reacción biológica de nuestro cerebro ante determinados impulsos. Algo que no obsta al camino de la interpretación de los especialistas, como en todo lo que tiene que ver con el ser humano. Por ello, las propuestas sobre la operativa de los hallazgos reciben el nombre de teorías.

Por ejemplo la importancia de los estados de ánimo en la aparición y desarrollo de patologías está cobrando últimamente una importancia y protagonismo cuando años antes era sostenida por grupos reducidos de personas a costa de la oposición de gran parte del mundo médico tradicional y de resultas el científico. En la actualidad, el cerebro está de moda y lo estará mucho más por su extraordinaria capacidad para alterar en positivo y en negativo aspectos, no únicamente psicológicos sino físicos de nuestro organismo.

Desde mi adolescencia he "sufrido" un interés sobre la respuesta de los seres humanos en sus comportamientos, llegando a la conclusión de que todo en esta vida sobre lo que se relaciona con los organismos vivos funciona como una gran maquinaria, en la cual los seres humanos disponemos de unos resortes limitados sobre los que interactuar con las posibilidades hasta convertirlas en tendencias.

En el mundo de la opinión, creo que descartamos con normalidad el elemento fundamental que condiciona nuestros pareceres, de modo que aceptamos ser marionetas repetitivas de otros en la medida que ello no comprometa nuestro orgullo, es decir, que no se descubra que no estamos haciendo más que vender lo que otro antes nos ha "colocado".

La opinión en la normalidad cotidiana está sobrevalorada, entre otras cosas porque se admite cualquiera en igualdad de condiciones o bajo unos parámetros poco garantistas de efectividad real. Nada tiene que ver ésto con el derecho de cualquiera a esgrimir sus preferencias como le plazca, pero cuando nos introducimos en el terreno de la humanística que puede afectar a millares de ciudadanos, el rigor debería ser una obligación impuesta incluso con dictámenes de alcance científico para evitarnos casos claros de irresponsabilidad, ingenuidad o una intención manifiesta ajena a los intereses generales.

No hablo en ningún momento del lenguaje práctico consecuencia de la inteligencia del mismo nombre. Ésta es y debe seguir así para relacionarnos con la normalidad y economía con la que nos proveen los continuos atajos en el léxico y sus significados figurados, pero el primer cambio que debería acometer este mundo es la honradez de los argumentos con una fiscalización y desarrollo causales necesarios. Es decir, el desarrollo de una teoría u opinión debe ser amplio hasta establecer las consecuencias previsibles atendiendo a las variables establecidas.

Puede que todo suene raro, pero ya ante un individuo que viene a hablarnos de política o a convencernos de una filosofía concreta, respondemos inconscientemente por unos reflejos condicionados que variarán entre personas, pero que debemmos tener presentes si queremos opinar aún considerando las servidumbres de nuestros apegos.

Aparece el individuo. Lo primero en que nos fijaremos será en su aspecto e indumentaria, y lo relacionaremos con el tipo de evento. Comienza la primera criba. Si somos conservadores agradeceremos un modo de vestir que respete cánones armónicos clásicos, con traje y corbata sin estridencias. A partir de ese punto el abanico se abrirá bastante incluyendo desde el que gusta al conservador hasta otros estilos sin corbata o más desenfadado. Todo en función de la mentalidad del sujeto. En el otro extremo, si va el estilo transgresor no hay duda que el look okupa y similares conectará de inmediato con los afines. Con echar un vistazo general a partícipes de distintos partidos políticos podremos identificar estándares de indumentaria cual norma a seguir.

En todo esto interviene poco el consciente. La afinidad de grupo o tribu exige unos cánones o requisitos entre los del mismo clan. Es un rollo tipo “uno de los nuestros”, ya que lograr la confianza inicial en casos antagónicos o siendo una excepción es extraordinariamente complicado. No vería muy congruente que en una reunión de antisistemas, uno de los seguidores vistiera traje y corbata.

¿Qué quiere decir esto? Pues sencillamente que una manera de vestir vale más que mil palabras. La apariencia marca la antesala del veredicto final.

A continuación, prácticamente al unísono, examinaremos el rostro y las facciones del individuo. ¿Recordáis esas películas policíacas en los que un programa informático nos muestra un montón de fotografías de sospechosos con objeto de cuadrar la del que estamos buscando? Pues nuestro cerebro hace algo parecido. Las facciones de quien tenemos delante nos inspirarán una propensión a la confianza o a la desconfianza en base a precedentes con personas que tengan facciones similares. También nos fijaremos en la belleza o fealdad del sujeto, pero es todo el resultado de una combinación. Si existe un prejuicio negativo ya instalado, será difícil superarlo por razones estéticas.

La criba número dos reposa en la expectativa que reposaba en la apariencia, es decir, atendiendo a los detalles antes citados, esperaremos conductas y opiniones determinadas. De lo contrario podremos aplicar ese refrán que dice “las apariencias engañan”. De lo que no habla es de la calidad de los prejuicios de los que juzgan.

Las personas buscamos atajos para todo. Funcionamos con prejuicios incesantemente aunque reneguemos de ellos por su corte peyorativo. Es un modo de ahorrar energía y de advertirnos ante los peligros. Recuerdos de vivencias anteriores que produjeron unas consecuencias determinadas y que se sumaron a otras que nuestro cerebro fue agrupando y clasificando sin que nosotros nos enteráramos. Los cerebros a lo largo de nuestra vida sólo hacen que recopilar información para usarla lanzándonos mensajes de aviso que casen con nuestro organigrama, un conglomerado de lo que somos y pensamos. Por eso cuando vemos una película por segunda vez parece que transcurra menos tiempo o a medida que nos hacemos mayores, parece que la vida pase más rápido. Es que nuestro cerebro recrea constantemente lo que le rodea para únicamente sorprenderse y advertir aquello que no espera.

En ello reposa la seguridad. Los individuos que no sorprenden se dan por descontados y sólo se valorarán significativos si aportan algún elemento que nos resulte novedoso. Los extraños o sorpresivos sólo generarán confianza si al mostrarse así conectan con un anhelo igual o semejante del que lo está presenciando, de lo contrario, la desconfianza aparecerá y poco a poco se irá adoptando una posición defensiva, más o menos agresiva.

Entre los individuos que no sorprenden, están los que consideramos propios o de nuestra tribu y los ajenos. Ambos conocidos o aparentemente conocidos, pero con resultados diametralmente opuestos.

Todo lo descrito es obra de los juicios de valor adelantados o prejuicios. Ahora bien, aunque muchos piensen que éstos son negativos y no debieran existir, resultan fundamentales para la supervivencia del ser humano a lo largo de su existencia. Sin ellos, nos tomarían el pelo constantemente o no nos percataríamos del miedo u otras advertencias claves para articular maneras con las que evitar males mayores. Las personas somos seres vivos permeables que pasamos la vida empapándonos de conocimientos e información mejor o peor aprovechada.

Es sencillo. Imaginad un lugar en el que en el pasado experimentasteis una muy buena o mala experiencia. Ese lugar permanecerá en vuestro cerebro con un énfasis especial que os animará a visitarlo o evitarlo. Con las personas sucede lo mismo.

Ahora bien, la diferencia entre unos individuos y otros, desde ese prisma, es muy importante y revela actitudes coherentes y lógicas.

Las personas juzgamos con mucha facilidad las actitudes de los demás como si éstas voluntariamente desearan provocar el bien o el mal y ello no es siempre necesariamente así.

Uno de los motivos de este blog reposa en mi manera de entender las cosas desde una perspectiva psicológica del ser humano. Conocer las motivaciones y estímulos de las personas en combinación con los procederes que nuestro cerebro sigue por nacer con una idiosincrasia determinada, nos lleva a poder predecir actitudes y no sorprenderse cuando observamos unas consecuencias determinadas.

Disponemos de una vara de medir que nos ayuda a limitar los resultados. El conocimiento de la naturaleza humana es la combinación de variables causales y por tanto, determinadas consecuencias se pueden rechazar de plano por improbables. Acudiendo a ejemplos prácticos y reales claros, en un caso, la integridad en un individuo, le haría previsible en un sentido sobre sus respuestas ante motivaciones; en el otro extremo, un pícaro o una persona sin escrúpulos abonaría conclusiones opuestas pero igualmente previsibles. La recreación de las opciones dados un presupuestos morales es perfectamente posible y debería ser algo obligado entre personas que tienen cargos de responsabilidad que afectan a miles de personas.

Se debe asociar la intención a los efectos, recreando simulaciones realistas. La coherencia no puede estimular propósitos optimistas con unos presupuestos que en la realidad no ofrecen razones serias para el mismo. El juego de la emoción trata de evitar el realismo con objeto del aprovechamiento de la masa y la manipulación social. Se crean utopías o quimeras como simulaciones románticas centradas en una expectativa imposible que para colmo se exigen desde la población como si fueran susceptibles de ser reales y convirtiendo a los realistas y honrados en boicoteadores de sus sueños.

jueves, noviembre 03, 2011

La manipulación mediático-política: sustituciones

En el lenguaje actual existen toda una serie de palabras que se escuchan a menudo en medios de información, son lo que he denominado en otras ocasiones palabras-eslogan. Éstas tienen una fuerza intrínseca que no requieren de explicación adicional ya que por sí solas son capaces de actuar directamente en la conciencia de unos individuos previamente bombardeados por medios de comunicación y entretenimiento. Esa fuerza intrínseca tiene una carga emotiva muy fuerte porque resulta de un desarrollo teórico que confiere a sus defensores una condición particular de superioridad moral. En resumidas cuentas, las palabras en cuestión actúan como resúmenes de silogismos que concluyen en una recompensa emocional a los que las emplean.

Veamos una serie de ejemplos:

- La palabra diálogo en sí misma no denota más que la facultad de elevar una conversación entre dos partes, pero al enfrentarla a violencia, el receptor no duda en escoger la que resulta aparentemente inocua para la propia integridad física. Desde ese instante, diálogo es más que una mera plática, es una actitud ante la vida, lo que se podría definir como un talante.
La confrontación con su pretendida antónima, en este caso: violencia, se repite machaconamente al principio para que quede inserida como automáticamente alternativa a su antónima y dotarle así de la correspondiente carga emocional. Se explica profusamente hasta que se establece con claridad la asociación o "macro" necesarias. Desde ese momento, las personas que acogen esa palabra en sus cerebros tratados convenientemente, ya no lo hacen en uso de su natural significado. Acaban de implicar el uso de diálogo con una bálsamo de conciencia automáticamente obtenido por el mero hecho de pronunciarlo como una bandera sin atender a otras las consideraciones que justifican la idoneidad. De ese modo, hemos asumido la metamorfosis de una palabra: el empleo del diálogo implica una actitud ante la vida de rechazo a la violencia obligadamente contrapuesta a la otra actitud reaccionaria que abraza la violencia como solución. Ello con el consiguiente juicio moral que la propia conciencia entiende como bueno y malo.

- Pongamos el caso de paz. Esta palabra tiene una enorme carga moral, simple consecuencia de atender a la actualidad mundial o al estudio de nuestra historia. En este caso, su uso no requiere de una interpretación o contraposición específica ya que su antónima: guerra, está naturalmente conferida. Por ello, la idoneidad o el interés en su uso no es para desnaturalizar a la propia palabra confiriéndole un significado más allá del que tiene, sino justamente lo contrario, es decir, el empleo de la palabra paz en una situación en la que no existe guerra explicitada en términos formales y académicos, confiere a la disputa de la que se trate una condición grandilocuente que dispone automáticamente a dos bandos en lucha. Lo que hace es desnaturalizar el hecho referido al interpretarse como guerra o como paz, situaciones que no reúnen las condiciones para serlo.

- Tolerancia. Otro vocablo poderoso que en su oposición llevando el sufijo in-, puede ser empleada como arma arrojadiza sin advertir la paradoja que ello supone.

Esta palabra tiene su poder en la ambigüedad de los límites de lo que debe ser tolerado. Llevando la situación al extremo, que puede ser reflejo de la realidad o de experiencias ciertas, cualquier persona puede exhibir esta referencia en cuanto le sea prohibida cualquier acción o manifestación que ésta entienda como justa o necesaria. Del mismo modo, puede lanzarla a otros si entiende que los demás lo merecen, con independencia de la justicia real de los hechos.

El significado primigenio de tolerar requiere de una persona sufrir o llevar con paciencia (RAE). Un sinónimo válido de tolerar sería permitir. No en vano, si buscamos la última inclusión de su significado en el diccionario, encontraremos la interpretación necesariamente genérica y políticamente correcta de una palabra que en origen no es tan altruista como luego se pretende, ya que en la 4ª definición que da la Real Academia Española se incluye la palabra respeto, bastante alejada de permisividad, sufrimiento o resistencia.

En síntesis, la clave de la fuerza de esta palabra reside en el poder que otorga al que la pronuncia con independencia de la razón cierta o justicia que tenga al hacerlo. El portador de la misma eleva un tono de reivindicación a otra parte con un juicio de valor previamente establecido entre la posición buena o justa y la mala o injusta. A fin de cuentas, al exigir tolerancia se establece por una de las partes las condiciones que ésta entiende como válidas y exigibles, pero es que al hacerlo, se produce la enorme paradoja de que el que las formula se exime de esa tolerancia para con la otra parte. Eso se produce siempre cuando empleamos palabras que soportan juicios morales a terceros. Establecemos nuestro criterio y lo imponemos a la otra parte resumiéndolo en una palabra como si por sí sola tuviera suficiente autoridad moral como para poder exigirse en los términos que arbitrariamente decidamos.
Respetar las ideas de otras personas requiere inexorablemente un esfuerzo intelectual y moral que no puede dirimirse en palabras-eslogan, pues ello es una utilización interesada completamente alejada del respeto que se pretende para lo propio.

- Algo muy parecido ocurre con la palabra libertad. Para empezar porque es razón científica y filosófica hallar el grado de libre albedrío que puede encontrarse entre las decisiones de los seres humanos. La pretensión de libertad no presupone necesariamente que los individuos que la soliciten lo hagan en uso de una libertad plena.

El desarrollo de esta palabra es simple cuando se le busca un uso práctico, ya que no pretende un trasfondo real de la misma, sino una intención práctica de obtener permiso o facultad para actuar de un modo determinado con el advenimiento o con la omisión de la parte que podría conformarse en obstáculo. No obstante, palabras como éste tienen un valor cierto muy distinto en función del contexto político en el que se pronuncie. Sin duda, no es lo mismo exigir la libertad desde un estado dictatorial que uno en el que pervive la democracia. Es por ello que podemos tratar de pervertir el lenguaje por un mero interés particular estipulando como referencia lo que son nuestras exigencias y si no se cumplen, rechazarlas. Algo así como establecer pulpo como animal de compañía a sabiendas que los apoyos políticos y los réditos del populismo emocional nos conceden la fuerza suficiente para plantear batalla e incluso ganarla. Siguiendo ese escenario, cuando se reclama libertad en democracia o se exige tolerancia sin especificar límite alguno, entramos en el terreno de las etiquetas y la homologación, y por tanto podemos vernos tentados de erigirnos en jueces morales absolutos de la democracia que no necesitan de referencias para apoyarse en la discusión, siendo por tanto sentencias. De ahi se pueden derivar pasaportes de demócratas a voluntad, estipulando las personas que entran en mi homologación como merecedoras del salvoconducto de demócratas.

Las palabras-eslogan tipo, usadas como arma arrojadiza: tolerancia, libertad, pluralismo, pacifismo, bien común, etc., incluyen todas ellas juicios de valor aparejados dirigidos a sus destinatarios. Sentencias de culpabilidad sin necesidad de juicio o debate previo que se instalan gracias al factor emocional, que no racional.

El requisito sine qua non para justificar el uso de cualquiera de esas palabras, pasa por el necesario e ineludible desarrollo argumental de principios que trate, no únicamente sobre la mera mención de exigencias a la otra parte, sino el fundamento cierto profusamente explicado que legitima a una persona o grupo a exigir sobre otros un cambio de posición u actitud. Si no se hace de ese modo, los reivindicantes serán únicamente grupos de agitación que tratan de imponer su voluntad valiéndose maniqueamente de palabras emocionalmente eficaces capaces de influir y captar a terceras personas.

Porque de todo ello y de muchas más palabras-eslogan podemos inferir una conclusión: la "necesidad" de aplicar un lenguaje nuevo que incluya un código de principios igualmente nuevo que trate de sustituir al anterior ya establecido dirigido a favorecer un nuevo orden. Un lenguaje primo-hermano de una actitud que entendemos como políticamente correcta.

La civilización occidental, tal como la entendemos, se fundamenta por una raíz común judeo cristiana cuyos principios rectores fundamentales son el respeto al prójimo. Sobre esta consideración esencial irán partiendo toda una serie de derechos fundamentales. De hecho, sólo con esa simple idea ya podríamos cumplir todo lo que en nuestra sociedad se entiende como exigible en cuanto a deberes con los demás, no en vano, existen grupos políticos interesados en disfrazar la génesis de nuestra ética interpretándola "convenientemente" a los tiempos actuales. En ese instante, los gobiernos que instruyen ideológicamente a base de interpretaciones, van más allá de su poder temporal y se inmiscuyen en otro más complejo llegando a trascender hasta el factor moral, valiéndose para ello de un lenguaje nuevo, un sustituto o sucedáneo modificado que se expande a la ciudadanía a través de los medios de comunicación y entretenimiento. Medios dominantes y conniventes con esos gobiernos que luego a posteriori mantienen y exigen a base de presión social y un lenguaje plagado de asociaciones de ideas en los que las palabras-eslogan tienen un espacio preeminente. Esto es lo que yo entiendo un "nuevo orden". Una concepción total y global de lo que se entiende debe ser la ciudadanía. Un modelo homologable de individuos que se rigen inconscientemente por unos estímulos bombardeados constantemente por medios de comunicación y entretenimiento que, entre reclamos atractivos en el plano estético y ético, suplantan su sistema de valores por otro adaptable a los intereses de sus gobernantes y que interesan confieran una apariencia de libertad inexistente.

En la actualidad, la religión es una creencia íntima y personal que puedee afectar y condicionar los comportamientos de quienes las siguen, pero en la sociedad occidental, afecta insisto, sólo a los individuos que las siguen. El nuevo orden tal como lo entiendo yo, no. Este nuevo orden progresista se inmiscuye en todos los aspectos del hombre, conformándose en una religión, pero no referida a la de este siglo, sino de la época medieval desde su capacidad de influir en la sociedad. De ese modo, los ciudadanos temen hablar según con qué términos y someten su criterio, no al respeto cierto de una convicción profunda, sino al temor de verse estigmatizados por esa sociedad que puede señalarte de una manera hostil al infringir la formalidad instituida.

Es por ello, que rodeados de tabúes que inhiben la libertad de un modo cierto, desnaturalizamos la razón única que motivaría una actitud civilizada: la sinceridad de acción. Se producen actitudes impostadas o forzadas en todos los casos fingidas, y aquellas que surgen del convencimiento, es porque han abrazado los silogismos sencillos que otorgan dádivas emocionales de buen ciudadano.

Se ha buscado unir lo íntimo y personal con lo público y social y no hacer consecuencia lo uno de lo otro. Sin ir más lejos, el cristianismo promulga el respeto al prójimo y de consecuencia de éste viene lo demás. La diferencia fundamental entre unir y separar convicciones con el modo de regir una sociedad es la libertad. Es decir, las convicciones personales entran en el campo particular de los individuos como entes libres, que deciden seguirlos o rechazarlos sin mayor coacción que su entorno y situación concretas. En el momento que instituimos unas normas de alcance moral a nivel de Estado más allá de unos fundamentos originales y básicos exigibles, nos inmiscuimos en la libertad de las personas disponiendo como deben pensar. Se debe atender a un criterio de mínimos común que tiene su base y referencia en nuestra historia. Ulteriores interpretaciones y adaptaciones convenientes, no son más que ejercicios de manipulación de la ciudadanía.