lunes, enero 30, 2012

Futuro...

Ayer estuve viendo un programa documental en TV3 (la televisión pública catalana) que trataba casos de lugares de EEUU donde la crisis había sido especialmente virulenta y afectaba de pleno a sus habitantes. El programa describía situaciones tan desoladoras como injustas que no invitaban precisamente al ánimo o a la esperanza.

No veo mucho la televisión, pero las veces que la he "disfrutado" en los últimos tiempos, parece abundar una combinación de programas versados en experiencias desesperadas de los sacudidos por esta gran crisis con otra programación dedicada a la frívola vida y quehaceres de los ricos, muy ricos, amén de toda una serie de inmundicia plagada de cotillería mal denominada prensa del corazón, que se destaca por no tenerlo. Soy consciente de que entre una capa de los estamentos mediáticos, el morbo y la carnaza suponen una pingüe fuente de ingresos. No en vano, ello se entiende a poco que hayamos vivido de cerca algún accidente motorístico en una calle cualquiera de nuestras ciudades. Al poco rato se arremolinan en torno al accidentado un corrillo de personas curiosas que parecen disfrutar tomando notas con sus miradas. Para describir la admiración y deseo humano por el lujo no hacen falta ejemplos. O quizás esta crisis sea el mejor de ellos.

Cuando lees la publicidad de un fondo de inversión en el que pregona como gancho un histórico de altas rentabilidades, siempre en letra más pequeña aparece una frase que nos previene de que pasadas rentabilidades no suponen u obligan necesariamente a futuras. Es decir, se explica lo bien que ha ido pero que ello no implica que permanezca necesariamente igual. Parece que tales llamadas de atención al posible comprador son en la actualidad más válidas que nunca.

La vida está sazonada de ejemplos que nos ponen en guardia sobre las "inversiones" futuras. Es quizás algo aventajado proclamar a toro pasado un estilo conservador de manejarse en las propias finanzas, pero como llevo ya mucho tiempo pregonando lo mismo, no hago más que seguir repitiendo mis palabras. No en vano comprendo que el problema particular que ha sacudido a España ha sido la "nueva riqueza" en los tiempos de bonanza y esa consecuente fuerza que arrastra a los que con facilidad han ganado dinero en una operación. Es como el que juega a la ruleta y gana. Difícilmente dejará de jugar en ese instante en vista de su "buena racha". También soy consciente que la prudencia tiene mala venta cuando lo que se buscan son "emprendedores" que apuesten por sus ideas en el cometido de crear riqueza para ellos y los que por extensión se relacionen con ellos. El caso es que vivimos una constante paradoja en todo lo que pretendemos dado que deseamos un objetivo sin atender los medios con los que alcanzarlo. Esos "emprendedores" son el sinónimo de empresarios, cuya palabra no dispone ni de lejos del mismo atractivo. Los unos deben salvar al país de la crisis con su decidida apuesta por las inversiones y la creación de riqueza; los otros suelen oprimir a los trabajadores con la idea en mente de obtener el máximo beneficio. El juego de las palabras.

El lujo que antes mencionaba no es deseado únicamente por estos últimos. Lo quieren y lo han querido el noventa y tanto por ciento de la población y no hay duda que si les surge la posibilidad de obtenerlo con relativa facilidad, apostarán por él sin atender demasiado en las maneras.

Para mirar al futuro hay que ser consciente del pasado y del presente. Quienes toman dichas opiniones como ataques personales llegando hasta sentirse ofendidos, son parte integrante del problema, tanto en el presente como en el futuro. Los que no admiten la culpabilidad de lo que vivimos ahora más que de grupos concretos de malvados, una vez los eliminen, seguirán tropezando en la misma piedra una y otra vez. De hecho, uno de los grandes escollos que tenemos de cara al futuro es la enorme cantidad de personas que se sientes moralmente autorizadas para lanzar sus piedras a otros. Sí les reconozco no obstante, atenuante de seguidismo antes y ahora, lo cual les inhabilita para ser instigadores.

La responsabilidad medida en consecuencias físicas, es decir, crematísticas, pecuniarias, contantes y sonantes en dinero es una muy clara y definible, pero la que navega en la mente de los ciudadanos capaces de hacer exactamente lo mismo y que por razones también físicas no han podido perpetrar, esa no es tan diáfana. Aquí está el tumor. Seguimos repitiendo la historia en todo lo que hacemos y reducimos las cuestiones a buenos y malos más que por defensa de intereses propios vestidos de justicia o injusticia. Si se viviera otra utópica era de bonanza, seguirían apareciendo buscadores de oportunidades que no atienden a los medios para lograrlos y caeríamos en el mismo error. Sencillamente porque sólo se busca ajusticiar a los responsables físicos sin prestar atención al origen del problema: las motivaciones.

En cada individuo, en cada persona que observamos en la calle, en el trabajo, en la escuela o universidad, en los comercios, donde sea, podemos visualizar rasgos en forma de pistas para adivinar el futuro que nos espera. En los hijos del amigo, en el trato a los mayores en el autobús, en la televisión, en el cine, en la política. En todo lo que atañe al hombre podemos aprender lo que al hombre implicará en un terreno u otro. La esperanza o el pesimismo infundados son rasgos del hombre impotente o irracional que nos da a su vez más información para hacernos al caso de lo que nos espera. Extendamos ello a programaciones televisivas, a internet, a los medios de comunicación, a actitudes sociales extendidas e ideologías determinadas que basan su proclama en perseguir a otros y acusarlos.

Las supuestas ideologías no pueden citar expresamente a culpables. Eso es otra cosa mucho más peligrosa que hemos repetido en el pasado de la humanidad demasiadas veces. Los principios y valores construyen un criterio y éste lo es cuando se ha formado ciertamente por valores o principios sólidos y no arengas que elevan el tono sentimental de los entregados seguidores que señalan, no caminos de construcción, sino puntos de mira hacia enemigos objetivos que se supone al derrotarlos se allanará el camino de la felicidad. El cortoplacismo de esas actitudes es tan letal como el que pretenden destruir y aunque "maten" a un rabioso, no habrán matado la rabia.

El futuro no pinta halagüeño y no me refiero sólo al económico. No mientras no extraigamos lecciones de lo que hemos vivido.

domingo, enero 08, 2012

Lengua catalana y nacionalismo

De otro programa televisivo voy a hablar. El programa de Jordi Évole, que me parece que se llama "Salvados" y emite la Sexta en una de sus cadenas "afluentes".

Me suelen gustar los programas del "follonero" (los pocos que he visto) porque abandona un tanto ese estilo de sorna gratuita y ventajosa con cámara y micrófono que se lleva en otro tipo de programas, implicándose más en los temas de crítica y asumiendo que los entrevistados tienen un cerebro para discrepar. Ello no es óbice para que el protagonista trate de meter la puya todo lo el interlocutor de turno se lo permita, pero parece que existe un objetivo más allá de ridiculizar a los famosos y que el pueblo disfrute levantando el pulgar. Es tal el nivel de la programación española que en el país de los ciegos, el tuerto es el rey.

El programa que he visto es la reposición de uno emitido antes de las pasadas elecciones en el que se ha centrado en el Senado y el servicio que éste supone para los ciudadanos. El principal invitado o entrevistado ha sido el político de Unió: Josep Antoni Durán i Lleida, el cual ha sido un peso demasiado pesado para el animador televisivo.

Todo este rollo es para destacar una anécdota que ha sucedido mientras se efectuaba la entrevista en las Cortes. En un momento de la misma, se han cruzado el político catalán y Celia Villalobos, la política andaluza del PP, y pese a existir cordialidad, se ha podido apreciar el escollo natural que media entre ambos, algo a lo que también ha tratado de contribuir el follonero. Pues bien, éste no ha sido ni más ni menos que el catalán. La andaluza relataba como en sus estancias en Cataluña, la gente se relacionaba con normalidad en ambos idiomas, lo que ha impulsado al nacionalista a referir ese hecho como razón por la cual, los que critican la inmersión, buscan un debate artificial. Justo el mismo argumento en contrario de la política malagueña.

¿Existe normalidad en Cataluña con la lengua? Hasta cierto punto. No es ni tanto ni tan calvo. Obviamente lo normal no es ver a gente pelearse por tratar de imponer una lengua, pero existe un elemento introducido por los diversos gobiernos nacionalistas desde Pujol que se ha impregnado en la sociedad hasta el punto de coadyuvar a la presión social. A día de hoy, se tiene por normal considerar incluso una afrenta el que alguien se dirija a la ciudadanía en castellano si lo hace desde las diversas instituciones catalanas. Hace poco tiempo, existió un debate porque un famoso músico catalán se dirigía a su familia en castellano en ciertos momentos de una entrevista. Por tanto, normalidad, lo que se dice normalidad es más un deseo que una realidad.

Para empezar, la presión social es el arma más efectiva en democracia y todos los gobiernos, con mayor o menor acierto, tratan de implementarla, si bien los partidos que por su propia idiosincrasia contemplan asuntos con mayor sesgo sentimental, suelen tener más éxito en la aplicación de la misma. Pues bien, el elemento de presión se pudo divisar con mucha claridad cuando Montilla, el anterior presidente de la Generalitat y cordobés de nacimiento, llegó a ser más papista que el Papa en las reivindicaciones catalanistas.

Tras un bombardeo incesante orquestado por los medios catalanes desde hace ya más de dos décadas, la ciudadanía ha sido moldeada hasta imbuirse en una lógica de actuación nacionalista que se instituye como normal para juzgar al resto. Ahora bien, una inmersión siempre topa con límites en los grupos que no quieren abandonar incondicionalmente sus raíces y una parte de la inmigración proveniente de otras zonas de España, se ha encerrado en zonas como si de guetos se tratase, donde la lengua principal es el castellano. Éstos y los extranjeros venidos de otras zonas del mundo, especialmente Latinoamérica, son la excusa para seguir insistiendo en el victimismo cultural nacionalista.

El problema no es el conocimiento de la lengua catalana. Al menos ese no ha sido nunca el problema esencial y objetivo primordial del mundo nacionalista. La disputa existe por la imposición desde las instituciones nacionalistas de la obligatoriedad moral de hablar la lengua estipulada como propia, contraponiendo ese principio al de libertad de elección que toda persona se supone debe disponer, además de establecer de paso, una desafección con la otra lengua que automáticamente se constituye en no propia o ajena.

Ese es el quid de la cuestión, la madre del cordero. El resultado de un exponente sentimental y la consecuencia de una lógica, la nacionalista, que tiende a un fin mediante diversas vías instituidas como pilares que apoyan la mayor. El nacionalismo detesta per se la heterogeneidad y la disimula con procesos de homologación. La homologación se diferencia de la lógica necesidad de promover las propias raíces en que va acompañada de coacción entre los naturales de la tierra. La homologación estipula normas obligatorias, no sólo para los recién llegados, que podrían tenerse como razonables hasta cierto punto, sino para los propios catalanes de nacimiento, disponiendo así un manual de lo que el nacionalismo considera un buen catalán o la sanción del que defiende su tierra frente a los que, según ellos, la atacan.

Esa manera de actuar lleva a que una generosa porción de la ciudadanía catalana que sabe o incluso emplea el catalán como primera lengua, tenga impedida la posibilidad de culturizarse (es decir, profundizar algo en una lengua) en otro idioma que no sea el catalán, salvo que su cuenta corriente le permita costearse el mismo colegio del que disfrutan o han disfrutado hijos de políticos que no muestran rubor en abandonar un mínimo de coherencia imponiendo para los demás lo que para ellos resulta en excepción. Por supuesto que se aprende el castellano en un colegio público. Una parte por el centro y otra por la influencia de televisión y medios en castellano, coadyuvan al aprendizaje de la lengua de Cervantes. Eso sí, dependerá de circunstancias ajenas al propio centro el nivel del alumno.

Lo que parece ser suficiente para un político nacionalista o un seguidor al uso, en contrario sería tomado como un ataque. El problema es que ese ataque no lo recibe la lengua sino la libertad.

Conocimiento y aplicación

Uno de estos días estuve mirando la televisión por la noche, cosa que suelo hacer poco. El programa en cuestión lo emitía Tv3 y Buenafuente en particular. Se trataba de una serie de entrevistas a un conocido personaje mediático, Eduard Punset, el cual, al observar su apariencia física y gestual, sin duda pienso que cumple todos los requisitos físicos y expectativas estéticas e incluso cinematográficas de un postulante a divulgador científico: el cabello rizado desmelenado, la discriminación de sus folículos capilares en función de las zonas, con una frontal más despejada, pero desde las parietales hasta las occipitales densamente pobladas y frondosas. A todo ello, una suma de ademanes y entonaciones ondulantes tan sorpresivas como maravilladas e ingenuas sobre aquello que está tratando y divulgando, como si de una oda a lo extraordinario que hay en la ciencia versara su labor, que ciertamente es. Para terminar, un batiburrillo de vocablos anglófilos y castellanófilos sazonados indiscriminadamente como una macedonia entre la lengua vehicular catalana que dirige la conversación. Un compendio entre Einstein y Dominique Lapierre.

El caso es que el señor Punset reúne a mi parecer lo más importante para ser divulgador científico: ganas e ilusión por su trabajo, y eso es lo que transmite y llega hasta el público.

No en vano, yo hablo de conocimiento y aplicación.

En nuestra sociedad existe gente que se dedica profesionalmente a las más variadas materias, pero en particular me interesan aquellas que tienen que ver con el propio funcionamiento humano, sea desde la vertiente que sea: médicos, psiquiatras, docentes, filósofos, científicos, etc. A buen seguro, la gran mayoría tendrán un extenso conocimiento sobre aquello a lo que han dedicado su vida, pero puede ser más discutible el modo en que ese conocimiento llega a determinar su propio modo de regirse. Es sencillo de entender. Por ejemplo, un especialista determinado descubre que un alimento concreto resulta más saludable de ingerir por las mañanas que por las noches, siendo especialmente adverso tomarse antes de dormir. Lo lógico sería pues, que dicho especialista ponga en aplicación ese conocimiento para sí y sus más cercanos. Lo descrito es fácil de ver en cuestiones tangibles que requieren una acción física determinada y que de resultas de dicha acción se obtiene una recompensa o, al menos se evita un daño o perjuicio. Ahora bien, la aplicación en el terreno psicológico y humanístico es donde el hombre sigue igual tras generaciones y generaciones, sociedades distintas y civilizaciones.

De la historia nos llega conocimiento de grandes pensadores antiguos y no tan antiguos que quedan dispuestos y caricaturizados por sus propias obras para bien las más de las veces, como si su comportamiento y disposición ante la vida fueran una continuación de sus postulados.

Sin ir más lejos, a día de hoy es posible tratar con gente que ha estudiado psicología e incluso hasta tener una dilatada carrera tratando a terceras personas, pero incapaces de advertir en su cotidianidad numerosos detalles que les ayudarían a mejorar sus relaciones, incluso personales.

El conocimiento es compartimentado, es decir, tiene su aplicación descrita para casos concretos y sólo se ampliará en la medida que la idiosincrasia del individuo lo permita o coadyuve. Un manual específico puede describir una serie de síntomas de un trastorno o una patología y el que las estudia establece las consiguientes relaciones causales con sus pacientes, pero en la aplicación, existe a veces mucha dificultad en el terreno profesional por variables añadidas no reconocidas o reconocibles, ya no digamos en el aspecto personal donde, a sumar esas complicaciones se añaden las de índole sentimental.

En el terreno intangible de lo humano (referido a la psique), uno puede ser "especialista" en su desempeño profesional para pasar a ser ciudadano "normal" tras finalizarlo. Si no es así y el especialista sigue siéndolo tras sus perceptivas horas de trabajo, entonces ya lo era antes de desempeñar su profesión. Ya disponía de capacidades cognitivas y de aplicación naturales referidas a la materia estudiada. No vengo a referirme a "especialista" como un estudioso o un interesado que emplea horas de estudio y análisis tras su desempeño profesional, hablo de no perder en ningún momento la cualidad de "diagnosticador" y analista. Alguien que aplica su conocimiento automáticamente y no discriminando el momento por su idoneidad.

Existen muchas frases hechas, refranes o similares que hablan sobre ello. Se pueden resumir en uno que mal recuerdo y dice algo parecido a que resulta más fácil aprenderse mil principios que poner en práctica uno solo de ellos.

No es éste un asunto de crítica. A fin de cuentas todo responde a mecanismos cerebrales específicos. Muchos casos de llamados genios o científicos ilustres o filósofos eminentes han vivido una vida alejada del concepto de normalidad, pudiendo no resultar especialmente agradable para los que los rodeaban: obsesiones compulsivas por doquier o una necesidad ineludible de dar con la solución podrían ser un escollo a una vida social saludable en términos de normalidad. La sociedad no critica a esas personas que pudieron destrozar a sus familias ya que tales consecuencias han quedado diluidas por el logro de su labor.

Por ello, no me sorprendió cuando Eduard Punset fue preguntado acerca del más que seguro presidente del gobierno. No lo hizo en tanto era posible que manifestara una opinión concreta alejada de la vertiente por la que había sido invitado al programa, pero cometió el error inadvertido por la gran mayoría supongo, de entremezclarlo con una parrafada pseudo científica de antropología que dejaba en mal lugar a tantos científicos y filósofos con pobladas barbas que disponen de bustos por doquier en todo el planeta. Lo que hizo fue lo mismo que decir: no me gusta el próximo presidente o incluso, es malo. El adorno que parapetaba la frase era eso: un adorno que ponía a las claras la coherencia con lo descrito en el principio: el cabello, los gestos, la creencia propia de lo que se hace es extraordinario, la grandilocuencia en consecuencia, la estética necesaria para ser divulgador en los tiempos actuales. Todo eso y sobre todo, que se volvió a demostrar que conocimiento y aplicación son caminos distintos.

Datos personales

Un excéntrico pensador que emplea este blog sin concesiones a la mesura ni a la inteligibilidad