miércoles, mayo 23, 2012

El resplandor de la inteligencia

En un mundo dominado por la tecnología y liderado por la ciencia, aunque relleno de paradojas, es lógico que busque sostenerse por referencias tangibles que pueda probar y comprobar. Es por ello coherente que las personas sean calificadas por su valor aparente y no por lo que son. Coherente no significa aceptable. 

El caso es que no hablo de moral. No digo que todos somos personas respetables que deben ser tenidas en igual consideración en términos morales. Eso lo doy por supuesto, hablo de lo que a mi parecer es uno de los problemas a los que se enfrenta la actual sociedad a la hora de tratar a las personas en razón a esas pautas de valor aparente.

Para desentramar un poco algo que puede parecer difuso y poco claro, me ceñiré más a la concreción. En la actualidad, existen unos cánones muy claros para determinar la valía intelectual de las personas y dichos cánones o bien afloran por resultados evidentes en la escuela o por tests o pruebas que esas personas en su niñez realizan con el fin de hallarse entre ellas un elemento destacable para la utilidad de la sociedad.

No es que lo recién explicado pueda parecerme mal, el problema es que me parece incompleto y facilita que se pierdan muchos talentos ahogados por el renombre que otorgan las pautas convencionales. Es quizás cierto que por mi parte ello pueda parecer un grito desesperado de quien necesita el reconocimiento que cree no haber tenido, pero pocas personas que no hayan alcanzado el éxito de una manera rotunda no se han planteado alguna vez que, por un motivo u otro han desaprovechado alguna parte o mucha de su propio talento. Porque resulta que al final, las personas solemos preocuparnos de aquello que, de una manera u otra nos afecta personalmente; un artista que sufre un cáncer luego monta una fundación de ayuda, unos artistas famosos que tienen un hijo aquejado de una rara enfermedad emprenden una cruzada contra la misma y así muchos casos por el estilo. El problema viene por aquellas personas que siendo o reuniendo un talento oculto o que pasa desapercibido entre la vorágine social  no tienen valedores exitosos semejantes ya que su problema precisamente es la dificultad de hacerlo salir a flote.

También es cierto que el escribe reside en España y los medios y recursos disponibles, además de la mentalidad hispana, no demuestran ser los más favorables para extraer vocaciones y méritos ocultos en los corazones de muchos escolares. En países como EEUU un sistema de estudios con innumerables opciones y recursos inmensamente superiores, abonan, además de unido a una mentalidad radicalmente distinta, muchas más posibilidades de que afloren esos talentos de los que denuncio su desaprovechamiento. Pero quizás por otros motivos, quizás de índole personal, puedan igualmente afectar a dichas posibilidades impidiendo su cristalización.

Siendo un observador contumaz y un impenitente pensador autodidacta, lo cual en otras palabras podría describirse como un individuo a todas luces obsesivo compulsivo, me llama mucho la atención la categorización de la idiosincrasia humana que inspira mis hipótesis nada originales sobre la especialización. Ya he escrito sobre la especialización en este blog y es algo sobre lo que difícilmente me puedo desapegar porque una vez anotada ésta en mi mente, se divisa constantemente como cuando al comprar un coche de un modelo y marca, pasas a fijarte en todos los que son como el tuyo y que antes no advertías.

Muchas pistas me han abonado a construir razonamientos sobre los que aposentar causas que muy posiblemente estén tratadas en filosofías o estudios conocidos por aquellos que estudiaron lo que yo descuidé. Así la clara bifurcación que se observa entre las personas marcadamente inteligentes desde una perspectiva formal y oficial de aquellas que se consideran no iguales en semejante capacidad me llama siempre la atención poniendo el valor en cuestiones importantes para la propia humanidad.

Se que ha sonado grandilocuente pero paso a explicarme. Siempre ha sido muy evidente observar la diferencia entre aquellas personas que denominamos intuitivas de las otras que tratamos como reflexivas. No porque no pueda existir la posibilidad de que unas hagan lo que hacen las otras o viceversa (que también pudiera ser según los casos) pero más por poner de manifiesto algo en lo que se destacan normalmente. Pues bien, las personas que denominamos intuitivas suelen ser más directas, espontáneas en los razonamientos, más originales y menos previsibles y sobretodo más exitosas en los tests de inteligencia. Ayer, sin ir más lejos observaba perplejo como un adolescente estadounidense de 17 años explicaba ante un nutrido aforo cómo construyó en el garaje de su casa, su primer reactor nuclear a los 14 años. El chico manifestaba una pasión cuyo origen era indescifrable incluso para él, pero que se constituía y se constituye en la motivación principal de su vida: la energía nuclear. Al oir hablar al mozalbete, veías que expresaba la ilusión de cualquiera a su edad pero por temas algo distintos a sus pares. Hubiera sido completamente absurdo y fuera de contexto preguntar a dicho genio cuál era para él el sentido de la vida, porque el sentido de la suya era saber cada día más acerca de todo lo que tuviera que ver con su pasión.

Uno de los rasgos más característicos de las personas denominadas geniales es su aparente facilidad para dar respuestas originales y fuera de lo común a enunciados que al resto de mortales nos resultan desafíos imposibles. Incluso en menor medida, personas que pudieran tenerse, ya no como genios, pero sí habituales de la espontaneidad, a buen seguro tienen mayor facilidad en resolver acertijos o problemas matemáticos.

Se que el enunciado es muy genérico, pero mi propósito es diferenciar dos inteligencias, con facultades diferentes en rango y apreciación que se tratan como competidoras en un mundo de supervivencia cuando no debieran serlo nunca.

Cual Mozart en contraposición a Salieri, las inteligencias directas abonadas a lo que llamamos coloquialmente "inspiración" son las referentes en un mundo dispuesto al vasallaje de lo aparentemente más valioso. Algo comprensible si se busca un rédito en ello. Ahora bien, si despreciamos la especialización es entonces cuando nos dejamos llevar por el resplandor de la inteligencia y por ello nos volvemos estúpidos al rendir homenaje a situaciones que no merecen dicho tributo.

Llamó mi atención un estudio publicado en The Journal of Neuroscience que explicaba como las personas distraidas reflejaban en las pruebas de imagen una cantidad mayor de materia gris. O lo contrario, que las personas que tenían facilidad para concentrarse y de hecho lo hacían con normalidad reflejaban en los escáneres menores zonas de materia gris cerebral. La respuesta que se dio al asunto fue la eficiencia y sin duda que estableciendo una causa y un efecto en la cual el efecto sería la resolución del problema y la causa el planteamiento, que los menos "poblados cerebralmente" den las respuestas sin importar que un elemento externo pueda afectarles, demuestra la validez de esa conclusión. Ahora bien, para mi, esa constatación podía demostrar otra consideración que, sin desmentir la obvia, despreciaba una senda que ha servido para reforzar esa obstinada idea de la especialización.

Entre las innumerables personas que conocemos personalmente o por medios de comunicación, no es extraordinario diferenciarla por muchas razones. Una de ellas es la citada de su modo de servir la inteligencia, pero en ese modo también puede observarse efectos secundarios aparejados o colaterales. Es el lógico efecto de la moneda. No es de recibo aceptar que una persona de trato fácil, directa y espontánea dedique su vida en cuerpo y alma a escudriñar el sentido de la vida, del mismo modo que otra compleja con tendencias depresivas y sensible a cualquier cambio en su contexto, desprecie todo lo que sería capaz de llenar sus ansias vitales. La especialización no es algo que se escoge por voluntad, sino la definición de un material con la que un cerebro está construido, dicho sea de moddo metafórico. De esa morfología y la consiguiente susceptibilidad de malearse debería concluirse el mejor camino o el idóneo para que esa máquina neuronal se despliegue en todo su aprovechameinto.

Un ejemplo que se da con frecuencia es el otorgar crédito a las opiniones de individuos que se han demostrado tremendamente hábiles para resolver complejos problemas matemáticos o que han destacado en algún sector de la cultura o incluso el deporte. Claro que si establecemos una comparación ventajosa junto a un probado incapaz e incompetente la decisión sería evidente, pero como hablo de especialización, mi objetivo es afinar en la competencia que cada persona dispone de modo natural y aprovecharla tanto para su propia satisfacción como la de aquellos con los que éste se relacione. Ser incluso un superdotado no implica más (ni menos) que una enorme capacidad de proceso y una audacia ante los retos que suele conllevar un riesgo inconsciente como servidumbre a dar satisfacción a la curiosidad. Un pago demasiado alto para según que opiniones y ya no digamos para un cargo de responsabilidad. Sin ir más lejos, el establecer una rendición incondicional basada en admiración y pleitesía a los solucionadores y originales sujetos sería como otorgar a Mozart autoridad intelectual para juzgar la organización de la intendencia de la casa por disponer de semejante magia para componer obras maestras musicales. Un ejemplo que puede parecer malintencionado, pero que no es más que una muestra de la especialización de la que somos "víctimas" los humanos. Pero cuidado, en el ejemplo no está una norma rígida. Sabemos que Mozart era un genio en la composición musical, pero no un sabio del sentido común, lo cual no establece nada más que un rasgo de alguien concreto. Pudiera existir alguien famoso o conocido por un deporte y demostrarse extraordinariamente talentoso en otra faceta por el público desconocida. Existe una circunstancia muy común en nuestra sociedad de la que me declaro especialmente escéptico y es a la de conceder a deportistas de élite o incluso figuras consagradas el rango de eminencias en la materia que han desarrollado. Y hablo de deportistas como de cualquier figura en un ámbito concreto. Yo acepto lógicamente que un futbolista o un piloto de carreras sepan de sus deportes más de lo que pueden conocer personas ajenas a los mismos, pero eso no les confiere unas capacidades para dar soluciones o respuestas relativas incluso a su materia a menos que dispongan de unas capacidades específicas que les hayan permitido aglutinar la información y la experiencia de un modo particular para poder ofrecerlo en sus posteriores razonamientos. La "deducción" de las enseñanzas que nos da la vida difieren enormente entre individuos. Unos sólo pueden recrear los hechos subjetivamente, otros además de lo anterior, extraen enseñanzas y conforman métodos de las mismas que sirven para el propio progreso personal.

El buen juicio, la supuesta sabiduría y otros elementos no susceptibles de testearse en centros escolares, no cuentan en una sociedad en la que el peso de los políticos es algo mayor que el de los científicos o personajes denominados de la cultura. Las decisiones importantes debrían ser soportadas por mentes importantes, pero esa importancia no viene definida o al menos pienso que no debería ser definida por el criterio formal de valoración que excluye la especialización de la inteligencia, sino por otras razones que tienen que ver mucho más con aquellas personas que en una resonancia magnética mostrarían una generosa cantidad de materia gris. ¿Por qué? Pues porque el que escribe sostiene que la mayor cantidad de materia gris significa mayores variables u opciones a una misma pregunta que sin duda en una operación matemática o en una composición musical pueden distraer el estimado resultado triunfal, pero que en consideraciones que implican una complejidad contraria a la resolutividad inmediata puede suponer un adecuado análisis de factores no estudiados en libros ni aprendidos en las clases de álgebra. A fin de cuentas no hablo más que de articular análisis científicos sobre algo más que la capacidad de proceso bruta. La ponderación o la contemporización tras un análisis pueden ser muy valiosos en decisiones trascendentales. !Ojo¡ No hablo de miedo o de evitación de responsabilidad, lo cual es una fuente constante de problemas, errores e incompetencias, vengo a referirme a una asunción de responsabilidad con análisis complejos y no necesariamente audaces si bien incluso éstos pueden tener cabida. Es fundamental la combinación de tipos de inteligencia y no delegar en el espectáculo de los fuegos artificiales neuronales. Sí a la inteligencia por supuesto, pero creo lo más inteligente de todo, analizar los tipos de la misma para menesteres que afecten a sociedades y grupos numerosos de personas.

Puede darse el caso de que exista gente que interprete lo que digo de manera radicalmente opuesta a mi propósito: favorecer la idea de un acomodado "chupóptero" es lo que puede parecer al escoger un perfil sobre otro, pero no hablo de optar, sino de aprovechar los recursos tecnológicos disponibles en materia de medicina y avances sobre neurobiología para decidir sobre la especialización de aquellas personas que sostienen los futuros de miles o millones. Estoy dando el guión de una novela de ciencia ficción, lo sé, pero al ritmo que crece este mundo, cada decisión resulta más importante y afecta a un mayor número de individuos, ya no nos podemos permitir depender de sentimientos de afinidad por ser "cercano, simpático, guapo o provenir de una clase como la mía", la exigencia de los mandatarios debe ser mucho mayor. En democracia y siendo la neurobiología tan capaz de dar explicación a procesos biológicos que tienen su correspondencia en las actuaciones cotidianas, no veo la insensatez de someter a los próceres a tests, no de inteligencia, sino que nos arrojen un dibujo de las capacidades positivas y negativas. Puede que lo que digo sea un disparate, pero si dos más dos son cuatro, me arriesgaría en la apuesta de ejercer un control a quien se postula como servidor de una sociedad para lograr su bienestar y no el propio.

Y ya volviendo a la especialización de la inteligencia, en el mundo actual veo con algo de tristeza que tiende a desaparecer la reflexividad y el análisis por un atractivo "carpe diem" asociado a la espontaneidad de tipo "guai" y enrollado fácil de verse en series televisivas y películas taquilleras. El material con que nacemos debe modelarse y el no esculpir una figura es un tipo de escultura que lleva a despreciar lo que podría haber sido y no fue dicha sustancia.

La gran paradoja pasa a ser que los genios sean aquellos más ingenuos y susceptibles de verse manejados por individuos complejos que saben urdir estrategias sesudas con causas y efectos complejos y pingües intereses de por medio. Sin duda los espontáneos talentosos son los que no reparan en los errores hasta que los cometen e incluso algunos ni así, pero si toda la sociedad o una gran parte de ella tiende a despreciar la complejidad por requerir esfuerzo y a acoger el simple y fácil placer de los premios cortoplacistas, estaremos facilitando el advenimiento de una especialización únicamente válida para los maquiavelos multimillonarios que saben aprovecharse de las personas. 

La especialización sí se produce en la realidad y es la de pastores y ovejas. Pocos pastores y multitud de ovejas dispuestas a defender lo que sea por su orgullo sin saber que se atacan. 

Los dilemas sobre la naturaleza humana e incluso la fisiología tiene un eco en las consecuencias de su existencia. Aprender de lo que somos no debe servir únicamente para publicarlo en una revista de colegas sino para mejorar toda la sociedad. El camino que llevamos nos lleva irremediablemente al fracaso porque la especialización humana está mal planteada y distribuida. 

La buena intención es un ejemplo común de personaje espontáneo rendido a bellas causas y utopías irrealizables. Éstos, en un mundo rodeado de semejantes, serán aclamados y justificados por sus huéstes infinitas. Los grises y sesudos hombres que conocen causas y aburridas y responsables consecuencias van poco a poco desapareciendo hasta que topemos de bruces de nuevo con el error. Ya lo estamos viviendo con esta gran depresión, pero como todavía la sociedad no sabe los motivos reales de la misma y mira donde dicen que deben hacerlo encomendándose a cruzadas culpabilizadoras, el error va a tener que ser mayor y de éste, a las alturas que estamos, saldrán bien parados bien pocos.

miércoles, mayo 09, 2012

Reflexiones en torno a La rebelión de Atlas

Hace ya un par de años que leí La Rebelión de Atlas y a cada jornada que pasa no puedo por menos que relacionar todo lo que está sucediendo en el mundo con la visionaria obra de Ayn Rand. Es cierto que no comulgo con la ortodoxia del Objetivismo, entre otros motivos porque soy católico y por tanto un "místico del espíritu" como relataría la escritora estadounidense de origen ruso. No obstante y pese a ello, son muchos los puntos de unión posibles con una forma de pensar eminentemente racional y muchas las reflexiones que nos pueden conducir a plantear teorías inspiradas por las referencias del citado libro. Teorías que buscarían el encaje con aquellas personas que no respondan al perfil psicológico e incluso físico requerido en la obra y que son una mayoría lo suficientemente numerosa como para elevar sus planteamientos a cotas de realidad.

Para empezar, es interesante destacar que este libro ha vendido más de treinta millones de ejemplares desde su publicación, pero casi todos en territorio estadounidense. En España, mucha gente que puede vanagloriarse de devorar libros con asiduidad, puede que ni lo conozca. En Europa puede decirse que es un libro proscrito o intencionadamente olvidado ya que es difícil de creer que entre dos continentes con más elementos en común que diferencias, además de unos poderosos medios de comunicación, existan unas diferencias tan enormes en el interés de una obra que ha llegado a marcar o al menos influir a todo un país.

Queda poco por inventar ya en cualquier disciplina que tenga que ver con el comportamiento humano, su pensamiento y moral, si bien creo que queda un largo trecho a la hora de adaptarlo a la realidad de la condición humana, y más que quedará atendiendo a la nula labor e interés que muestran los principales formadores en nuestra civilización: los medios de comunicación y entretenimiento. Teorías filosóficas hay muchas, pero si discriminamos aquellas que se preocupan por tener un encaje viable en una sociedad de personas, los números descienden extraordinariamente hasta el punto que pueden tomarse como aspiraciones o anhelos que nos llevan a la utopía y sus consiguientes efectos tanto beneficiosos como adversos. No en vano, es un requisito fundamental el exigir que una propuesta filosófica disponga como objetivo unas aspiraciones de mejora sobre una sociedad, y precisamente por ello debemos poner el énfasis adecuado en la mejora y en la aspiración por separado, ya que la aspiración es el resultado de una intención personal dirigida a la efectividad, mientras que la mejora se preocupa más por el avance personal y moral de cada individuo que en unión con el resto conforma un grupo social. Ahora bien, existe un aspecto delicado de tratar en relación a la aplicación de modelos teóricos para regir sociedades y es precisamente el de su plasmación. Es delicado porque topa precisamente con la genuina condición humana que puede ser capaz de despreciar lo más favorable para ella si el momento y la coyuntura no son propicios. El valor de la libertad precisamente se otorga por ser capaz de determinar lo mejor o lo peor para uno mismo. Con la libertad no se apareja ni el éxito, ni la efectividad, ni mucho menos la felicidad, de modo que los deseos cortoplacistas que puedan ocasionar satisfacción o crear espejismos de satisfacción efímera se puede barrer fácilmente cualquier sesuda teoría que podría comprobarse efectiva para la sostenibilidad y un elevado nivel de bienestar de esa sociedad. Por ese motivo y desgraciadamente, la política no sólo versa en modelos viables de relación social y económica, sino en sistemas de propagación y publicidad atractivos con los que atraer y convencer a la ciudadanía ya que la democracia exige salir escogido por los ciudadanos. Algo que precisamente resulta más efectivo por dos vías, la resolutiva de la coacción y la subrepticia de la manipulación. De ahí que, lo que pueda tratar de una discusión argumentada sobre sistemas viables, poco tendrá que hacer ante ofrecimientos atractivos o cortoplacistas capaces de pulsar la sentimentalidad del público en su favor ya que a fin de cuentas lo que se ofrece es un producto. La libertad es un presupuesto que se puede violar de muchas maneras y la más efectiva es aquella en la que uno no se apercibe de que sucede y piensa que hace lo correcto de manera libre. Hacer lo "correcto" no es dar mera satisfacción personal a un acto o defensa de una posición sin atender a sus consecuencias, sino estipular con honradez lo racionalmente definido por un principio que a veces puede superar la propia intención. Ese convencimiento no debe ser aparente o inseguro como podría ser el aval de una masa que actúa en consonancia y que sanciona como correcto lo que entiende como "normal", sino que debe sostenerse por pilares robustos que tengan un sentido que pueda ser defendido individualmente por métodos racionales.

Hablo de emotividad porque La rebelión de Atlas la toma como uno de sus grandes enemigos y ciertamente mal empleada en política o con aviesas intenciones resulta letal. Ahora bien, poca gente reconocería delegar únicamente en su emotividad las razones para apoyar un modelo o una propuesta. Para conseguir un plato bien cocinado no basta con un ingrediente o una especia. Todo debe combinarse con armonía para que el resultado global resulte satisfactorio y la emotividad es un aglutinador, un aderezo imprescindible que, apoyado por los correspondientes silogismos amén de la colaboración imprescindible de los altavoces mediáticos que modulen información y silencio, resulten en un producto infalible para hacerse con el control de sumisos creyentes. Entonces al hablar de emociones, no vengo a referirme a manifestaciones evidentes u ostentosas de agitación sentimental. Eso puede valer para un determinado perfil de población o en momentos precisos u ocasionales. Me refiero al establecimiento de "marcas" vendidas al público con sus correspondientes eslóganes a las que trata de aparejarse una información favorable que permanezca inserida como un prejuicio imborrable. Así se acaba logrando avanzar en la línea de "normalidad" logrando que la idea que tiene un grupo político determinado se constituya en la referencia sobre la cual el resto será juzgada. Todos los sistemas o regímenes recrean lo mismo, pero especialmente sutiles son aquellos existentes en países avanzados cuyo nivel de comodidad es tan alto que la población necesita bálsamos de conciencia con los que aplacar su sentimiento inconsciente de culpa.

Las reacciones humanas disponen de una lógica precisamente por la emotividad. Ésta mueve las voluntades de los individuos como el carburante permite funcionar los motores de combustión. La lógica humana es siempre causal y no varía significativamente entre grupos, si bien puede diferenciarse por su grado de intensidad. Incluso las conductas psicopáticas, ajenas a la empatía, son vulnerables al halago y la potenciación de las emociones relacionadas con el amor propio o el orgullo personal. Al hablar de emociones por tanto, me centro en todos los aspectos primarios del ser humano distintos a la racionalidad y que pasan inadvertidos por ésta. Por ello sólo se necesita articular los patrones con los que pulsar las emociones de la misma manera que una determinada empresa trata de convertir sus productos en los más deseables a base de anuncios y publicidad. Una psicología de masas dispuesta, no para el logro del mayor número de ciudadanos felices, sino para tratar de disponer el mayor número de ciudadanos posible ávidos por conseguir una expectativa, un producto, sin el cual no están completos. Porque dicha expectativa es el anzuelo motivador de sus vidas y el elemento aglutinador capaz de propiciar la defensa de un producto hasta disponerlo como una causa o incluso una cruzada. ¿El efecto aparejado? Que cuando un ciudadano está inmerso en ese círculo sentimental, no valora otras consideraciones en igual grado de relevancia y antepone su proyecto o producto como superior desechando la racionalidad. Algo que lleva a juzgar lo propio con un patrón sentimental inherente y lo ajeno con otro desapegado y racional que conforma veredictos obvios favorables a su propia causa.

Es por tanto uno de los rasgos más destacables de la manipulación sentimental de masas el advenimiento de un producto o varios que con un coste bajo o relativamente bajo sean capaces de otorgar una recompensa emocional válida. Es clave el coste porque sirve de enganche publicitario. Pertenecer a un grupo o ser parte de un proyecto es en sí una manera fácil de recibir una recompensa emocional, pero los requisitos de esa pertenencia pueden resultar la diferencia entre un deseo o un rechazo. No obstante, en el juego manipulador es posible articular retos que se conformen en puertas más grandes de entrada que las más fáciles de las admisiones. Por ejemplo, es relativamente sencillo potenciar aquello que tiene que ver con lo propio, lo relativo a lo local, lo cercano, porque la afinidad de grupo es más probable en personas vecinas que en lejanos pobladores desconocedores de tu cultura e idioma. El coste es totalmente gratuito ya que el público potencial no debe hacer nada más que asentir o negarse a recibir motivos por los cuales le dicen que es mejor, distintivamente superior o inconscientemente superior y conscientemente distinto. En otro ejemplo de bajo coste, es posible apropiarse de un principio o varios hasta convertirlo en marca o símbolo diferenciador sin necesidad tan siquiera de ponerlo en práctica. El altruismo, otro de los conceptos acuñados como hostiles en la obra de Rand, puede ser un arma emotiva extraordinaria para cristalizar el egoísmo más lacerante de los que usan dicha palabra como eslogan con objeto de lograr una población subyugada que se autocontrola y fiscaliza a base de presión social y despreciando tal altruismo de facto en sus acciones. Hay que destacar que hablo al coste de pertenencia de grupo o de afinidad, no al de expectativa, ya que ésta siempre es lejana o aunque cercana, difícil de conseguir.

Sin embargo, cuando el coste por afinidad es alto o requiere de esfuerzo poco atractivo o sencillamente períodos distantes al cortoplacismo, entonces podemos acercarnos a la verdad en algo. Coste que no es una arenga a la pertenencia de sufridos partícipes, lo cual sería entrar en el juego manipulador, sino personas que saben que pertenecer a un grupo es una necesidad de acotar prejuicios por parte de un tercero porque los principios son generales y al alcance de aquellos que quieran ponerlos en práctica sin necesidad de publicitarlo. Saben que la honradez, la libertad o el respeto no son patrimonio exclusivo de un producto sino de gente capaz de ponerlos en práctica. Los principios pueden ser también un símbolo de atracción pero la diferencia está en la coherencia y sobretodo en la libertad para otorgarlos a cada persona individualmente y no como un producto global sobre el que los demás deben adherirse sin coste.

Una idea, una filosofía, una religión, para demostrarse auténtica en el corazón de un ser humano, debe disponer de entrada y salida la coherencia personal en su aplicación y no la venta de la misma. La venta es el efecto natural de la misma del mismo modo que las malas actuaciones provocan efectos negativos y las buenas, sus correspondientes.

La manipulación busca la materialización de un fin ajeno a los postulados que se venden, porque otorgar recompensas emocionales sin coste y autoridad moral para juzgar al resto sin merecerla, es sencillamente crear ejércitos de voluntarios que quieren dominar a sus semejantes.