jueves, junio 28, 2012

Encantado de haberme conocido

Te das cuenta que la lógica humana en muchos casos es simple. Existen muchas situaciones que se producen por unas motivaciones que pueden incluso resultar absurdas pero constantes. Por ejemplo, la ley de la contraria, que es desear justamente lo opuesto a lo que tienes y no digamos si te lo prohiben. El orgullo cerril que nos lleva a mantener cualquier consideración contra viento y marea con tal de no dar la razón al rival con independencia que hallamos franqueado incluso nuestras propias directrices racionales que en condiciones normales estarían bien delimitadas. La queja desproporcionada como válvula de escape de nuestra propia impotencia al acometer retos que no somos capaces de superar. La sensación de protagonismo o el chute de cruzado que nos proporciona defender una causa en primera línea situándonos como abanderados de un producto ideológico que permite unas sensaciones que de manera racional jamás podríamos experimentar. La identificación tribal que implica sentirse parte de un grupo que piensas que tiene las mismas afinidades sobre un objeto de propiedad y su modo de tratarlo. El maquiavelismo que nos lleva siempre a justificar medios para conseguir fines y al comparar derechos con anhelos situándolos en el mismo grado de importancia. La socialización de la desesperanza y la mediocridad que supone el interés de los individuos que han visto fracasados sus utopías en hacer fracasar las de los oponentes, no tanto por demostrarse más válidos o sencillamente mejores sino por un acto inconsciente de necesidad de resarcimiento resumido en "todos son iguales". El triunfo de la incoherencia, muy común entre los que denostan recurrir al pensamiento racional y nunca se sitúan en el plano de terceras personas sino que anteponen siempre las propias. La liquidación de la responsabilidad, muy especialmente entre los medios de comunicación y las personas públicas que manifiestan sus opiniones por un interés marcadamente personal sin atender prácticamente jamás a las consecuencias de las mismas.

Montones de rasgos comunes que nos llevan siempre a la defensa de lo propio como normal aunque no reparemos ni un instante en analizarnos y dirigir siempre el foco hacia lo ajeno. Somos los humanos, individuos que por naturaleza estamos encantados de habernos conocido y es razonable pues ponemos de referencia todo lo que anhelamos sin la mácula del procedimiento cotidiano y real, sino lo que denominamos principios, para compararlos con, esta vez sí, los procedimientos de los demás que lógicamente, siempre quedarán en entredicho y serán menos eficientes. El problema viene cuando no nos queda más remedio que proceder en la realidad y ser víctimas a su vez de otros jueces manifiestamente injustos.

Y así se escribe la historia y así se seguirá escribiendo.

miércoles, junio 13, 2012

La libertad de expresión se come al respeto

Hoy, presenciando la Eurocopa, veía como los portugueses asistentes al partido que su selección jugaba contra Dinamarca ondeaban sus banderas y entonaban el himno al unísono. Lo mismo que luego hicieron los daneses en su turno. Esa escena no puede vivirse en España. No hay letra en el himno ni la habrá porque los conflictos y compromisos que surgirían al exaltar la propia nación chocarían con las críticas de un sector importante de la población que situaría al país como un proyecto "discutido y discutible".

Por ello no deja de ser lógico que resulte imposible blidar los símbolos patrios a aquellos que establecen el insulto, la vejación, los pitos y los abucheos como libertad de expresión.

En realidad no existe lógica alguna que pueda defender la falta de respeto como un derecho exigible, por ello habría que adjudicar públicamente el sambenito de ignorantes o taimados a aquellos partidos y grupos que defiendan dicha asociación de ideas. Porque para la masa que la apoya, la ecuación es una: criticar a España, denostarla o despreciarla, pero es mucho más. Es permitir que en excusa de la libertad se pueda faltar a cualquier símbolo que a uno le parezca hostil, ya sea por convencimiento sentimental o por la razón que considere oportuna. Los ejemplos pueden surgir a millares y de seguirse escrupulosamente el disparate aceptado por esos transguesores, ya sería posible articular grupos organizados en contra de la bandera de cualquier comunidad autónoma o cualquiera de sus representaciones simbólicas amparándose en esa libertad de expresión que concede bula para faltar el respeto de terceros.

También pasa a ser normal que los que debieran hacer cumplir las normas de respeto, al ser posible ya su vulneración, pasarían a ser coactores de la libertad y por tanto los malos de la película. De ahí que la naturalidad con la que los medios catalanes (que yo escuché) tanto públicos (pagados por todos) como privados hicieron sorna tras la pasada copa del rey contra los que pedían medidas contra los que faltaran el respeto de los símbolos de la nación española, debería entenderse igualmente admisible, por ejemplo, ante el hecho de que mil personas venidas de otras partes de España vituperaran la señera y sus símbolos en la celebración de la Diada. A poca gente sensata le parecería bien, pero parece que los sensatos, al no existir entre el nacionalismo ya exacerbado, sólo actuaría ante ese tipo de situaciones y hay que aceptar que lo "normal" es lo que existe en la actualidad por la connivencia de socialistas y nacionalistas. Como siempre.

Yo comprendo que quienes se han visto capaces de cambiar la mentalidad de Cataluña en los últimos 30 años con el control férreo y monopolístico de medios de comunicación y competencias educativas, se hallen henchidos y poderosos ante la mera lógica de los hechos. Han logrado propagar la epidemia del populismo sentimental y contra ella no hay norma ni razonamiento que pueda hacerle sombra. De ahí que ciertamente la libertad de expresión de unos cuantos pasa a ser un privilegio en lugar de la defensa del derecho que de situarse como tabla rasa sería la adjudicación oficial del aval a cualquier confrontación. La ofensa deja de serlo porque los agresores deciden en su libertad cuando lo es y cuando no.

Parece que se admite como algo normal la justificación de "los sentimientos" para poder hacer y decidir lo que uno crea conveniente amparado por grupos políticos que se frotan las manos a sabiendas de saberse propietarios de sus almas. Es como si esos sentimientos hubieran surgido de la nada, como si sobre éstos no pudiera buscarse explicación racional ni un origen intencionado. Parece darse por hecho que la sentimentalidad surge innata o está plantada en la tierra, pero la historia desmiente tales disparates con sentimentalidades radicalmente variadas y hábitos totalmente distintos en función de las diversas coyunturas. Existe sobre todo ello explicación, pero no en la manera épica o fantasiosa que exalta los ánimos, sino en apegos humanos y justificaciones para su propio bienestar que no hacen más que mostrarnos el egoísmo humano y su necesidad de relevancia sobre el resto. De ahí que sea fácil concatenar orígenes y consecuencias cerrando el círculo que lleva a entender el porqué la mal denominada idea de libertad de expresión fagocita el mínimo respeto elemental sobre los demás. Los sentimientos son un catalizador y un comodín para reclamar lo que sea necesario haciendo de un soporte ambiguo y terriblemente sujeto a la manipulación humana, el estandarte para exigir lo que el convencimiento emocional entiende suyo por derecho propio.