lunes, febrero 23, 2015

La realidad invisible

Si uno trata con una familia media de Barcelona, todo será aparentemente normal. Realizarán sus cotidianas actividades, las que sean, sin interrupción como una línea recta que no altera su curso, de modo que normalizarán sus hábitos coincidentes a su vez con los hábitos parecidos de muchos otros ciudadanos, hábitos que estrán normalizados porque cuando vean la televisión o una película, se verán más o menos reflejados en sus costumbres, porque las personas de su entorno a su vez también realizarán actividades análogas, cotidianas todas ellas, repetitivas, seguras, normales....Pero, entre esas líneas rectas existen otras que han alterado su curso, y no lo han hecho radicalmente, de hecho son líneas aparentemente rectas que realizan iguales tareas que las otras, que pasan absolutamente desapercibidas y son tan normales como las demás, pero no notamos su cambio de curso. Esas líneas son las que alteran el rumbo de una sociedad y no necesariamente a mejor. Cuando una línea en lugar de ser recta es curva o con ánguos deja de ser normal y es rechazada por el grupo. Se detecta con rapidez y se desprecia con la misma rapidez, pero si vas alterando el curso ligeramente, poco a poco, al final podrás incluso alterar el curso de todas las demás líneas rectas por imitación dependiendo del poder o capacidad de las primeras líneas alteradas.

La percepción de cambio de las personas en una sociedad siempre está "prorrateada". Es una especie de unión de los recuerdos más recientes con los más lejanos y se aplica una especie de media aritmética con la que justificar la radicalidad de un cambio. A menos que alguien opte por explicar una vivencia de juventud en la que sus usos y costumbres eran radicalmente diferentes de las actuales aburguesadas, en lo que se refiere a la opinión y la actitud sobre una cuestión, las personas pretendemos ser coherentes y vernos a nosotros mismos como resultado de dicha coherencia. A partir de ese punto, lo que pueda haber cambiado en nosotros habrá sido por alguna razón, buena o mala, que otros han forzado y de resultas hemos reaccionado. Todo se ve como un proceso, una evolución capaz de justificar incluso la defensa de uno y su contrario. Las variables reales que han promovido los cambios no entran tanto en la valoración, sino la percepción subjetiva de una realidad, la de las líneas rectas que van alterándose ligeramente, percibida como normal por común y circundante debido a que todas siguen la misma inclinación y todas procedrán consecuentemente a justificarla.

Porque cuando uno ha alterado su línea una serie de grados, en cualquier asunto, a la hora de defender su actual curso, empleará lógicamente las referencias de su nueva situación y en base a éstas podrá justificar lo que sea necesario manteniendo la necesaria coherencia. Lo que vale para situaciones de cambio negativas a positivas, vale también a la inversa. Lo difícil a veces es discriminar unas de otras, pero así como para generar cambios positivos pueden existir situaciones súbitas o momentos pequeños en el tiempo, para las otras, salvo excepción de causa mayor, suelen ser dilatadas y lentas, porque nadie decide prescindir de sus valores de un día para el otro y menos presumir de ello conscientemente; en cambio no existe más que satisfacción por conseguir realizar un cambio positivo que cuando es súbito se proclama a los cuatro vientos. De ese modo, las clases medias, las que forman el grueso de las sociedades occidentales son las más maleables en este sentido. Las clases más deprimidas o las medias que han perdido su estatus siempre tratan de igualar su situación a la del resto en su búsqueda personal de resarcimiento, de modo que romper la baraja en esos casos es normal, si no tienen mucho que perder, poco importarán las consecuencias de un cambio que, aunque pudiera ser a peor, les va a brindar cuanto menos un protagonismo a corto plazo y su gratificación inmediata.

Pero eso no sucede con las clases medias. Éstas perviven por la normalidad de sus hábitos y se defienden de la amenaza a su quiebra porque tienen qué perder. Suelen valorar inconscientemente el riesgo, pero lo hacen tomando como referencia la normalidad imperante, el orden existente que se percibe en el contexto, de más inmediato a menos. La clase media es cobarde y en su cobardía, siempre se alía con los intereses reinantes incluso por encima de los principios que pudieran tener en otros momentos, porque el mayor principio es continuar sus hábitos, no perder su estatus y mantener el reconocimiento del grupo.

Ante todo ello, discurren agrupaciones de líneas, las que marcan los cambios de mentalidad, de principios, de querencias y odios, de afinidades y hostilidades. Poco importa lo que sucediera en el pasado dado que es el momento presente el que marcará la relación de uno con el resto. Al explicar ésto solo puedo negar la coherencia del ser humano, negar su compromiso con unos valores o principios elevados, marcar su propensión al rebaño, a la manipulación y afirmar que a partir de ahora todo es posible, y lo posible no pinta halagüeño.

Ayer vi este vídeo y me quedé sobrecogido. Es el carnaval de Solsona de 2015. Lo organizará imagino el ayuntamiento de esa localidad y la población acude al evento.


Llegar a esta situación, decir lo que se dice, con tranquilidad, en una celebración. Las personas que acudieron eran normales, familias con niños que realizan tareas igualmente normales. Pero lo gordo, lo preocupante que pone de manifiesto dónde nos hallamos y el grado de radicalismo, está en que no existe denuncia, repercusión, información constante, petición de explicaciones por semejante homologación de lo que "es bueno contra lo malo". Cataluña está muda, Cataluña al igual que Solsona solo mira en una dirección, los de la "bandera de las Españas", hacia allí dirigen su odio, su ira, sus culpas. Porque para odiar debes tratar al "enemigo· como un constructo recreado en tu cabeza, ya no son personas, no son potenciales amigos o familiares; ahora son malos, representables y asimilables como hostiles por toda una sociedad que ha materializado su causa, la ha definido como buena y deseable y ha marcado a sus obstáculos a combatir. El ABC de todo conflicto. Que alguien del PP llevara un brazalete identificándole no desentonaría en absoluto con semejante representación de institucionalización del odio.

Prepárense. La normalidad sigue, pero es una línea paralela la que avanza invisible y que un día se manifiesta violenta, súbita, sorpresiva. Y es en ese instante cuando todos se preguntan ¿Por qué?

viernes, febrero 20, 2015

Debates

Cuando me da por ver algún debate en algún canal o leer comentarios políticos por Tweeter parece que asistes a una función en la que los diálogos están ya escritos como en un guión predeterminado. Puedes adivinar qué van a defender unos y otros, puedes conjeturar satisfactoriamente las cantinelas en un sentido de unos y otros que tras dejar a caldo al contrario pasan a proferir las oportunas puntualizaciones del tipo "a todos igual" que pretenden inútilmente trasladar una forzada idea de ecuanimidad. Allá donde vas observas ese caldo de cultivo entre afines y seguidores que se afanan en animarse y darse razones para ser jaleados por el grupo. De entre todos los tweets que he escrito, los más retwiteados o respondidos han sido los más simples pero certeros de críticas a otros. La red de redes es como un gran arsenal de frases y eslóganes sociales con los que proveer a los personajes mediáticos para sus próximas interpretaciones estelares. Alguno debe pensar que se puede convencer al contrario con un comentario agudo y con dos que piensen igual ya tenemos líneas paralelas, monólogos sempiternos de auto bombo, cuando no gracietas a costa del otro bando. Lo importante no es tanto lo que se dice con unos límites, sino tener presencia, estar ahí para colmar a los acólitos y sus deseos de palmaditas en la espalda como gratificación del grupo.

Discutir o debatir es práctico si lleva a conclusiones útiles o provechosas en modo tangible, pero los duelos dialécticos, en vez de responder a lo que afirman pretender, individualmente no son más que medios para llegar a un fin connatural al hombre: el propio desarrollo personal a costa de los intereses circundantes, cuando no un bálsamo de apaciguamento de nuestras obsesiones intelectuales-sentimentales. Un desafío del orgullo propio más que un intercambio altruista de conocimiento. De modo que una gran parte sigue enfrascada en sus bellas disquisiciones dialécticas utilizando a su público como puntos a su satisfacción personal en el camino de una vida realizada. Eso no es malo, es natural, a veces hay quien hace que el intercambio sea provechoso para la ciudadanía, y la recepción de sus manifestaciones conlleve además de acciones efectivas para alterar la vía del tren, pero las más de las veces, lo que suenan son ecos de ecos de autómatas que repiten en bucle las conductas milenarias de la civilización humana. Y es que los debates son muchas veces inútiles justamente en lo que se refiere a la palabra, porque el público receptor puede haber escogido ya antes de que el mismo se produzca intentando interpretar el grado de afinidad que no tiene que ser en absoluto producto de una capacidad dialéctica o argumental. Lo será cuando el receptor valore esa capacidad según él la tenga como importante en su esquema de referencia. Es más, es tan importante el grado de identificación con el entorno o contexto de un debatiente, comunicador, político, periodista, lo que sea, que puede darse el caso de que ser un mal orador, ser irrespetusoso, incoherente o apelar a silogismos de 5º de primaria, le lleven a ser más aceptado entre un determinado público que otro con unos argumentos impecables, lógicos y plausibles. El emisor de turno en razón a su universo cognitivo piensa que sus dotes dialécticas le harán merecedor de la aclamación que él mismo se daría si fuera a la vez su público, pero ignora que el público genérico comulga con mucha más facilidad con aquello que es fácil, perogrullada al canto, y eso por principio, estipula que sobre una base, el que desarrrolla argumentos conexos pero complejos tendrá siempre las de perder ante el que vende humo a un céntimo o gratis, es decir, el que puede crear mundos con una varita, causalidades tan sencillas como "aproblemáticas", puede resolver escollos sin despeinarse, puede soslayar los efectos colaterales de la fisica como parar una bala con la mano sin hacerse daño. Su público destino estará colmado de anhelantes ciudadanos dispuestos a creer que eso es posible porque la similitud con el emisor y su cercanía, poniendo como ejemplo que se tomarían una cerveza con él o ella en un bar, llevaría a desdeñar todo aquello que rompa o afee el presupuesto ensoñado. Y es que los sujetos somos especializados, es decir, solemos ser capaces o competentes en un ámbito de situaciones con independencia de que nuestras pretensiones y confianza nos hagan creer que abarcan más aspectos. Es más, justamente las capacidades destacadas o destacables en un aspecto nos otorgan una confianza personal en algunos casos, que nos llevan a creernos capaces en otras. Eso es algo que se observa mucho en quienes tienen dotes sociales. El mundo está repleto de personas atractivas y de trato fácil que suplen con sus encantos las capacidades que otros, menos dotados socialmente, podrían desempeñar de mejor modo. Pero eso también sucede con deportistas de élite que se creen todos maestros en lo que han dominado con su inteligencia automático-operativa; o con los científicos que transpiran la fama de su saber hasta tal punto que se hacen fervientes seguidores de su propia causa llegando a convertirse incluso en inquisidores sentimentales de otros despreciando materialmente la ciencia en su expresión.

Hay días que gustas de ese refuerzo que te da el grupo, pero normalmente miras las cosas con escepticismo aceptando resignadamente que el "día de la marmota" se repita inacabablemente sin ofrecer sorpresas como personas que caen en la cuenta del bucle y deciden morir públicamente proclamándolo a los cuatro vientos. Los seres humanos somos previsibles y detrás de toda la parafernalia existe gente competente que serán tratados de necios por los necios y gente necia que será tratada de capaz por esos mismos necios, una manera de decir que hagas lo que hagas o digas lo que digas, si eres azul el rojo no te elige. Un enemigo no es competente por definición y un espectador de un partido de fútbol chutaría mucho mejor o sabe más que cualquier entrenador. Eso lo sabe todo el mundo. Y a partir de ahí los necios permanecerán en su necedad por el precio de ese voto con el que un político mantendrá que las personas son maravillosas y acreedoras de todos los derechos del mundo. Porque los debates son lecciones más que elecciones en las que se ofrecen una variante oral de un duelo pugilístico con ganadores y perdedores comprados según sea el bando del espectador.

viernes, febrero 13, 2015

Comprender la raíz del populismo

Se habla mucho de la pujanza del populismo en nuestros días y son profusas las referencias al mismo por parte de los que temen sus consecuencias. Yo soy uno de ellos, pero con un matiz de cierta relevancia. Las consecuencias del populismo no son tales, el populismo es una consecuencia en sí mismo, es el producto de una concepción sesgada de variables que es empleada arteramente por quienes pretenden hacerse con el control de los ciudadanos vulnerables. Dicha vulnerabilidad, o bien viene de origen por estructuras cerebrales ergo mentales agudas pero focalizadas, es decir poco capaces de interrelacionar conceptos análogos: inteligencia focal, que difiere de lo que denomino inteligencia transversal; y/o bien se crea materialmente generando subsidio-dependientes, personas que dependen de recursos ajenos y que por igual, achacan sus males a terceros ajenos.

Existe un porcentaje alto de personas que al expresar su opinión establecen un sesgo destacable en sus informaciones, pero junto a ello e ineludiblemente introducen una variable emocional del todo artificial, artificial porque no corresponde a la situación descrita sino que la introduce el sujeto en cuestión como una necesidad personal de "autovaloración", de postularse como una persona con un grado de solidaridad más alto que los que discrepan de su afirmación. Y es que el tema de la emocionalidad es complicado, dado que es la vía de entrada del populismo y de toda información capaz de calar en la esfera personal de un ciudadano objetivo. No se trata en absoluto de criminalizarla o repudiarla, nada más lejos, la emocionalidad es un requisito inexorable de la inteligencia completa dado que la misma se encarga de "señalar" lo que debe ser almacenado en memoria y lo que no, y precisamente por ello, de un tipo emocionalidad, positiva o negativa, cuelgan unas consecuencias u otras. La emocionalidad inteligente siempre se establece por la reciprocidad y comprensión de todos sus aspectos y ello lleva a conocer el porqué de la reacción emocional y con ello a pronosticar actitudes. Al contrario de lo que defienden las posturas psicológicas dominantes, las personas equilibradas emocionalmente no tienen porqué estar dotadas de emocionalidad inteligente, de hecho como en todo, el centro nos coloca en una campana de normalidad que nos dará respuestas igualmente normales.

Desde mi plano excéntrico, nuestro mundo y los millones de conceptos y constructos que lo circundan son análogos. De todo se puede establecer comparaciones porque entiendo que la causalidad rige el mundo físico y todas las leyes que lo conforman encuentran su correspondencia en cada una de las facetas humanas. Causalidad por tanto se entiende como una relación existente entre unas premisas, sus variables y las consecuencias, que toman como ejemplo el arquetipo de las leyes físicas y matemáticas. El ser humano así, es predecible una vez conocido el número de premisas y de variables, pero al igual que en los números, la analogía se produce en el equilibrio de respuestas, es decir, en correspondencia con la ley de los grandes números si lanzas una moneda diez veces pueden salir todas las combinaciones posibles y así sucede con las personas y sus respuestas en la misma proporción pudiendo ser dispares o coincidentes, pero cuando lanzas la moneda un millón, los resultados tienden al 50% de posiblidades. Con las personas igual, tienden a agruparse, asumiendo incluso que entre esas personas están las que "han caído de canto", pero en la ley de los grandes números el porcentaje decae a la uniformidad. Por ese motivo, el control de una ciudadanía en tanto es un gran número, responderá uniformente en una o pocas direcciones disponibles y las excepciones, población potencialmente creadora o manipuladora, según se mire, podrán afectar el transcurso del patrón que afectará a los uniformes. Parece pues que parece inexorable la capacidad del ser humano a ser manipulado. Sólo podemos salir de la constante causal que ahora nos lleva a repetir el eterno bucle de la historia, (nos hallamos en el período de decadencia previo a un nuevo conflicto de grandes proporciones) por la aparición de una excepción que confirme la regla, de un sujeto capaz de abanderar en su justa medida principios y aplicabilidad, pero en el actual momento, lamento decir que todos los patrones nos llevan a la tormenta perfecta y dichas excepciones son o están en el bando del populismo y su caos consecuente. Tanto en el espacio político como en el religioso.

Volviendo al populismo y asumiendo por lo explicado su facilidad de propagación, el quid del mismo es control de variables que explican o mal explican un presupuesto. La enfatización de variables supone centrar el foco en unas específicas que ayuden a dispersar o sencillamente a obviar a las restantes. Eso es muy fácil, dado que las variables que se ofrecen son las que afectan al ciudadano objetivo positivamente, son aquellas que en teoría le están ofreciendo soluciones a sus males sin aparentes efectos secundarios. Volvemos a las opciones y comparaciones. Si a una persona le ofreces dos alternativas para ser feliz o a lo sumo tres, enfatizando las diferencias entre unas y otras por centrar las variables más atractivas en unas y las más aversivas en otras, estás facilitando la decisión a esa persona. Si le ofreces 25, le pones en un problema, el paradójico problema de la libertad de elección. Por tanto, el populismo va intrínsecamente unido a la limitación de libertad de opciones, que por otro lado agradece la población objetivo al concederle la oportunidad de delegar el esfuerzo mental en sus líderes. Si nos fijamos un poco, aunque existen gradientes de populismo que llegan a casos como el de Podemos u otros, éste no queda excluido del todo ni mucho menos en la ordenación de nuestra sociedad industrial.

Entrando más en lo concreto, el populismo bebe de los principios sin aplicabilidad cierta, es decir, juega con unos principios estableciendo la aplicabilidad de los mismos a discreción, arbitrariamente, sin tomar en consideración las variables inexorablemente causales que los afectan. Así los presupuestos populistas son tan sencillos como efectivos: Tengo un terreno, quiero un hospital, tengo un hospital; no tengo dinero, me hace falta dinero, recibo dinero; soy buena persona, esta persona necesita tal cosa, yo decido que otras personas le den lo que le hace falta a esa persona; formo parte de un territorio, si me independizo de una parte todo será mejor, me independizo del territorio. Los planteamientos son simples y perfectos en la conjunción premisa y consecuencia, sólo cabe soslayar los pasos necesarios para la consecución del fin y lo que es más importante, que la información de esos pasos, su sostenibilidad, sus efectos colaterales y el ejemplo que de dicha decisión se extrae para el común nunca sea una preocupación del ciudadano objetivo. Y es en ese punto donde extraemos y combinamos los conceptos efectivos en la construcción de situaciones, ¿Cuál es el recurrente catalizador que favorece el populismo y soslaya los inconvenientes de la realidad? La mera intención. El deseo, y su zanahoria, la expectativa. A la intención hay que tomársela muy en serio porque no es más que la sublimación de los anhelos de una persona que adquieren precisamente ese tono sublime por hacer recaer la responsabilidad de su satisfacción en terceras personas. A diferencia de cuando debemos ser nosotros los que asumamos la responsabilidad, en cuyo caso trataremos de soltar el máximo lastre y compromiso posible, no hay nada más relajante y  la vez satisfactorio para una persona "exigua" en la contemplación de variabes que afectan a un problema, que depositar la solución de los mismos en otros que están obligados a resolverlos. Los manipuladores "únicamente" injertan, metafóricamente hablando, en los cerebros de sus objetivos el derecho de acción que les provee para exigir a dichas terceras personas su entera satisfacción. La satisfacción nunca llega porque el populismo necesita de "adictos" al subsidio, pero el recurso de todo buen populismo radica en señalar profusamente a las personas o grupos que "impiden" la consecución de las metas ofrecidas, de modo que el odio u hostilidad a tales "personas-obstáculo" pueda superar o distraer incluso el deseo de la consecución del pretendido fin, desplazando el derecho de acción que adjudica la pretensión del objetivo por el derecho de acción contra el que nos dicen que impide su satisfacción. Para ello, se contraponen los principios de modo maximalista y su no logro junto a los responsables señalados como culpables y ¡voilà! un ejército de ciudadanos dispuestos a la batalla por la utopía de un "mundo mejor".

sábado, febrero 07, 2015

Principio y aplicabilidad

Un elemento pedagógico fundamental que a mi juicio debería tratarse en las escuelas es el aprendizaje de la diferencia entre un principio y su aplicación. De su conocimiento e interiorización nos evitaríamos nada menos que esa propensión endémica de la sociedad española a juzgar inquisitorialmente las opiniones o ideologías que no sintonizan con la nuestra. Me explico.

En referencia al ser humano y aun pareciendo lo contrario, existen muy pocas cosas por descubrir ya que todas de un modo u otro se contienen entre la sabiduría popular de la que ofrecen muestras sus frases y refranes que no por repetidos y super conocidos dejan de tener vigencia. Por ejemplo, ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio es algo que tiene un sustento en la homeostasis o equilibrio de la personalidad de cada ser humano que necesita verse a sí mismo como algo homogéneo, consistente y que otorgue autoconfianza. Así, los juicios de valor que solemos realizar sobre otros, llevan un "revestimiento" bastante diferente del que nos aplicamos a nosotros mismos, y eso no tiene solución, pero se puede mitigar. ¿Cómo? Alterando los elementos de juicio propios que tomamos como referencia para realizar una sentencia y que cada cultura inserta intergeneracionalmente en los cerebros de sus individuos a través de la costumbre y la normalización. En ello resulta clave la diferenciación con meridiana claridad de la aplicación de un principio con el principio en sí. Puede parecer sencillo pero lejos de serlo, sucede al contrario, su confusión se convierte en el recurso de presión social más manido en el curso de estrategias de manipulación de masas.

España es un país con una historia más o menos convulsa de luchas, sectarismos, grandes complejos de inferioridad, envidias, guerras fraticidas y superchería inquisitorial, pero algo que podría homologarse a otras culturas occidentales, parece no cejar y extenderse en ese tiempo de pretendida modernidad y progreso hasta hacer difícil la compatibilidad de España y la Democracia. El elemento catalizador del caos, del desasosiego social y el constante enfrentamiento entre bandos existe por el empleo manipulador de los maximalismos, es decir, el uso de referencias como varas de medir del comportamiento humano. Referencias que quedan vacías de contenido pero que son útiles como modos de presión social con los que atar en corto el pensamiento en masa: matar por Dios, luchar por la patria, pelear por el equipo, sacrificarse por el conjunto; siempre hay uno que pronuncia la frase.

España en lo general es país de brocha gorda y maximalismo, pero contrasta con esas pinceladas de genialidad individual que responden a quienes debieron realizar un esfuerzo mayor que en otros países para sobresalir de la uniforme mediocridad. De tal modo, las cuestiones suelen dirimirse con un blanco o negro, derecha e izquierda, bueno o malo, honrado o delincuente o la disyuntiva maximalista de turno. También las que se dicen alternativas suelen ser enmiendas a la totalidad a las precedentes y por tanto nuevos maximalismos que emplean la acusación para desmarcarse y refundar lo viejo vendiéndolo como nuevo. Es por ello que resulta muy fácil propagar todo orden de religiones y dogmas que soporten su pervivencia en la persecución de los "pecadores". Pecadores que son señalados y mostrados en público cuales brujas ajusticiadas o adoradores del Diablo prestos a alcanzar el patíbulo entre el regocijo y regodeo del "respetable". Toda esa gente que mira, aplaude, abuchea, juzga y asiente están pensando, o ni siquiera eso, están asintiendo en determinar que ellos son mucho mejores que los acusados y que el principio vulnerado supone claro sacrilegio del principio en sí y de los efectos que de la acción pecadora pudieran derivarse. Todo es normal hasta que un día, el que hace el papel de público pasa a ser de ajusticiado y el mundo se desmorona a su alredededor sin posibilidad de redención. No en vano, como en el ejemplo de la paja y la viga, toda nuestra atención estará centrada en el protagonista señalado y nosotros discurriremos indulgentes y felices de habernos conocido con independencia de que en nuestra vida diaria nos comportemos como desalmados en pequeñas cosas o situaciones, aquellas que por su aparente nimio valor dan la auténtica medida de lo que somos.

Pero estas letras que parecerían dispensarían a muchos lectores de la mera acusación, se nutren de ese maximalismo: yo no he matado, yo no he robado, yo no he hecho ésto o lo otro. Quizás sí, quizás no, pero eso solo tiene importancia desde un aspecto sociológico de ordenación de los individuos, desde un plano moral, lo relevante es la capacitación que tienen los individuos para asistir a una ejecución y aquello que la precede, qué parámetros emplean a la hora de establecer su sentencia. La paradoja comienza justamente por separar a a los que acudirían a una ejecución con motivos o sin ellos y a los que voluntariamente declinarían tal decisión. En ese punto se define la calidad de un individuo y su modo de interpretar un principio si es que lo tienen o lo tuvieron alguna vez, porque la triste conclusión muchas veces es encontrar masa, números, partes de grupo dispuestas a soportar a un amo que les completa como lo que creen que son recibiendo el aval de la aceptación de grupo sin importar bien el principio, que incluso por los medios empleados puede quedar desnaturalizado. El fin es una patraña, los medios siempre determinan el fin con independencia del fin en sí mismo.

Las sociedades que promueven el maximalismo, mezclan indistintamente principios con aplicación, siendo ambas cosas distintas y enjuciables de muy diferente modo. Un principio es una referencia cuyo objeto es una aspiración cuya satisfacción es y debe ser pretendida, pero su aplicación debe tomar en consideración las variables del entorno que afectan a la dificultad de su cumplimiento. De ese modo, principio y aplicación deben estar separadas hasta tal punto que permanezca incólume el principio, ajeno a las intenciones y acciones del aspirante a realizarlo. Cuando eso no se hace de ese modo:

1) Las sociedades juzgan injustamente tomando como referencia lo que no es referencia válida y real sino idealización de un principio de los que sus individuales erigidos en jueces quedan exonerados por efecto de la paja y la viga.

2) Las sociedades que ven imposible el cumplimiento del principio por no tomar la realidad de la aplicación se ven abocadas a la frustración y al enfrentemiento en la búsqueda de culpables.

3) Las sociedades que observan en otros el incumplimiento del principio paradigmático sin ser conscientes de la realidad de aplicación se convierten en sociedades inquisitoriales.

4) Estas sociedades tienden a acusar profusamente a los demás de hipocresía por mezclar principio y aplicación. Son sociedades propensas a rasgarse las vestiduras.

5) Estas sociedades cercenan el progreso moral de los individuos que no responden a la uniformidad requerida por señalarlos y reprobarlos en razón al principio paradigmático desdeñando variables, de modo que la culpa se vende extremadamente barata por compararse a un principio que es en sí perfecto.

6) Esas sociedades de principios rígidos siempre terminan en revolución de los divergentes porque no se oyeron las realidades y no se comprendió cómo funcionaban las cosas. El mayor principio es justamente la comprensión causal de una realidad, de ella se dirime el orden o el caos en un continuo.

7) Las sociedades consecuencia de las mencionadas formas tienden a generar polos opuestos y a repetir en contrario la misma aplicación de los principios revanchistas soslayando la aplicabilidad, de modo que repiten el patrón causal que motivó el error y reinciden en bucle como fuerzas contrarias en disputa sin solución de continuidad a menos que un individual con suficiente fuerza establezca la excepción a la regla. Quien rememora la historia, no extrae la lección de la historia, sino que genera el prejuicio de la historia con unos presupuestos determinados sólo advertidos con los signos y símbolos análogos. De ese modo, la profusión de simbología, por ejemplo numerosas y grandes banderas españolas puede producir prejuicio, pero no numerosas esteladas o símbolos de otro tipo que yacen desprovistos de prejuicio en los cerebros de quienes las apoyan. Ese caso muestra a las claras que no se ha extraido la lección sino el prejuicio que en manos aviesas trata de instigar en los adláteres las oportunas expectativas de resarcimiento. 

La aplicación del principio, pudiéndose ser incluso antagónica con el principio en sí, puede en la realidad tomar justificaciones capaces de liberar a su autor o autores de la carga de la quiebra del principio. Ello no supone en modo alguno que se avale la quiebra del principio fundamental sino al contrario, que la realidad puede proveernos de excepciones que son eso, excepciones de causa mayor o incluso sin justificación que no deben pesar como una losa hasta el punto que aboquen al actor a la condena de la culpa y su abandono de la defensa del principio.

Matar a una persona no es justificable desde mi visión, pero no podemos determinar a una persona como asesina si mata por entender que debe realizar un acto de defensa. El problema viene a la hora de instituir la muerte como respuesta que responde a unos supuestos y por tanto instaurarla como un principio. La muerte siempre será un ejemplo de muerte venga "justificada" por algo supuestamente bueno o malo, en ambos casos se decidirá disponer del poder para quitar la vida a otros en base a las razones que el legislador estipule. Si la persona que ha matado sin pretenderlo defiende la vida y la no muerte, no es hipócrita, sino justamente lo contrario, una persona que conoce mejor que los que no toman las variables reales en consideración y mejor pertrechada argumentalmente para defender el principio fundamental de la vida.

No se puede partir de un principio de perfección con el que juzgar a los demás de corruptos o hipócritas, el que así lo hace demuestra ser un necio que disfruta sintiéndose mejor que otros que ocupan puestos a los que éste no lograría ni aspirar a soñar. El principio debe defenderse hasta el último aliento y tratar de aplicarse sin bálsamos o exepciones como tal y en referencia al mismo para constituirse en lección y ejemplo, pero cuando se falla o se vulnera el principio en la aplicación, solo puede atenderse a la reacción de los que lo han vulnerado porque no sabemos si el principio ha quedado desnaturalizado por otros tantos que pudieran afectarlo. En ese caso, el sujeto pasivo o espectador del error no puede propugnarse en juez en razón al único principio que conoce, ya que al hacerlo corre el riesgo de sesgar el juicio y su sentencia. Por ello tomar un principio general como vara de medir es apelar a la moral de la perfección humana, análoga a la perfección que el principio de manera formal propugna. La aplicabilidad debe tomar como punto de partida la necesaria humanidad tanto del que falla como del que juzga y no establecer una parte formal idealizada y otra sujeta a la humanidad fallable.

Otro ejemplo, el que existan misioneros que hayan repartido preservativos en países del África para evitar el contagio de enfermedades o embarazos por violaciones no conlleva la aceptación del principio de libre uso de preservativos por la Iglesia católica. La aplicación y la humanidad necesarias en cada situación supone siempre la comparación de principios y se toma en cada momento el más valioso a proteger, la generalidad no realiza esa comparación, únicamente estipula el principio fundamentado por unas causas que no tienen porqué coincidir con las de momentos o territorios específicos. El que desea justificar lo uno por lo otro, sin saberlo, está defendiendo un principio de actuación regido por otro factor ajeno al caso concreto que tiene que ver con su actitud frente a un concepto determinado. El principio en sí no es nada hasta que se aplica y cuando se aplica demuestra su valor o el del que lo aplica en la manera de hacerlo y las consecuencias morales de las que resulta tal aplicación, quedando sin mancillar o cuestionado principio y aplicación. El que busca quebrar uno mediante el otro, buscando los fallos de aplicabilidad, sólo muestra la pobreza de su alma en modo directamente proporcional a su deseo de cuestionar el principio.

La confusión de un principio con su aplicación sólo sirve de ejemplo para caracterizar a poblaciones destino con visiones monocorde ajenas a causas interpretables. De ese modo, son posibles los juicios sumarísimos y las vías de presión social a base de amedrentar a la población con principios rígidos que se instituyen como espadas de Damocles. Principios que no ofrecen más alternativa que la visión "oficial" estimulando con ello la separación de bandos en los que cumplen de los que no, o los que están conmigo o contra mi. La comunicación juega con los principios y los vende como amenazas veladas de presión social. Tanto los que propugnan los principios sin tomar la realidad de la aplicación, como los que acusan a otros de principios rígidos para vender al resto una opinión negativa de un determinado grupo.

En conversaciones con personas, es muy corriente observar que se acusa muy ligeramente a los EEUU de ser un país hipócrita en sus medios de comunicación al tener modos y leyes rígidas con la protección de menores y la difusión de la pornografía entre sus canales, tomando en consideración que son los principales promotores de esos géneros en el mundo, pero ese es un buen ejemplo para explicar la diferencia entre un principio y su aplicación. En España lo corriente es tener "manga ancha" con determinadas emisiones para mostrar nuestra "amplitud de miras" y con ello mirarnos por encima del hombro a quienes "censuran" tales emisiones, pero tal pretendida "amplitud de miras" no surge por la defensa de un principio, sino por la necesidad de demostrar algo que no tiene objeto, y no es más que la atenuación de un complejo personal o social. Instituir programas con un lenguaje procaz, zafio o imágenes subidas de tono no aportan nada positivo a niños de una determinada edad, con total independencia de que sepamos que esos niños, una vez mayores, puedan consumirlos. El establecer que otras cuestiones pueden hacer más daño que el sexo, no es un argumento para emitir sexo, salvo para el maximalista. El principio siempre debe salvaguardarse porque responde a una intención de mejora que navega con independencia de las dificultades que puedan existir en su aplicación.

La acusación de hipocresía tiene un truco particular con el que la perpetra: el que acusa de hipócrita a otros se acusa a sí mismo, porque exige tácitamente a sus señalados que demuestren ser el ejemplo del principio supuestamente infringido y por tanto, al fallar el veredicto toman la autoridad del principio y su supuesta defensa como razón de sentencia, y resulta que al hacerlo el juez de turno usa un principio para acusar en vez de otorgarle el valor que en sí mismo tiene por su propia naturaleza. Es más, es posible incluso que el acusador utilice al acusado para tratar de debilitar el principio y con ello demostrar que no existe verdad en la intención de señalar sino hipocresía del que utiliza un principio para una mala acción. El hipócrita no es más que un necio que puede acusar a otros de hipócritas renegando de los principios que tanto se esmera en "proteger".  Cuando un cristiano se confiesa de un pecado, o se arrepiente o se miente a sí mismo o a los demás. La culpa que viene por la comisión de un hecho es el veneno capaz de afectar al principio transgredido o no en razón a la sanación de la culpa y la comprensión de la posibilidad de rehabilitación. El que se cree juez y sentencia a otros, se está culpando a sí mismo sin saberlo o lo que es peor, es un mero atrezzo de otro que ha decidido acabar con alguien o con algo y apela a sus complejos, culpas y pequeñeces.

domingo, febrero 01, 2015

Comprender la posición de otro

La frase que da título a este artículo es manifiestamente positiva y probablemente apoyada por una gran mayoría de personas cual si de un eslogan se tratara. De dicha frase se puede extraer mucho más de lo que pudiera parecer a simple vista porque de la manera que la gente pueda o no disponer de la capacidad de comprender a otro se derivarán actitudes igualmente distintas, no sólo en lo que atañe al sentido inicial de la frase, sino en mucho más aspectos que obran como efecto del presupuesto inicial como vasos comunicantes. Me explico: es frecuente ver películas o leer novelas en los que aparecen protagonistas del todo "imposibles" desde de un planteamiento psicológico porque les asignan algo así como capacidades o rasgos como si en la elección de personaje de un juego de rol se tratara. Cada rasgo o capacidad psicológica implica en su portador las mismas consecuencias positivas y negativas para un caso concreto que supondrían un objeto físico interactuando con el medio ambiente. Un ejemplo: si soy un guerrero medieval y porto una espada grande, de un solo mandoble soy capaz de asestar un golpe definitivo, pero las veces que puedo levantar el acero son muchas menos que si el arma fuera ligera y cortante, en cuyo caso blandiré el sable, florete o lo que sea con menos esfuerzo y mayor velocidad. En la forma de ser sucede exactamente igual, si soy voluntarioso y tenaz no seré laxo en alterar tomas de posición que tanto me ha costado alcanzar; si tengo un carácter "fuerte" podré imponerme a otra gente en la consecución de metas, pero puedo tener problemas a la hora de desplegar esa fuerza; si soy de la juerga y la jarana siempre sonriente y nada reflexivo alcanzaré a divertir a quienes me rodean pero que no me pidan sesudos planteamientos sobre las cosas.

En la frase que presento sucede lo mismo, quien es capaz de comprender a otros difiere de quien no es capaz (colgando un corolario de consecuencias por ello de todo orden)  y si bien ello, aunque parezca lo contrario, podría tomarse como requisito ineludible para ser buena persona, ello no es necesariamente así.

Ahora bien, me atrevería a asegurar que, si bien bastante gente abrazaría la frase en cuestión como positiva y deseable, a la hora de aplicarla las cosas serían más complicadas. Y es que todo se puede ser, o mejor dicho, hacerse más sencillo o complicado con independencia del presupuesto que permanecerá inalterado. Lo importante es de qué manera sacamos nosotros una conclusión o lección. Pongamos por caso: imaginemos que yo puedo comprender la posición del otro incluso mejor que él mismo conociendo las causas que motivan a ese sujeto a obrar o manifestarse ¿Puedo aprovechar esa información para atacarle? ¿O para manipularle? ¿O para empatizar con él? Comprender a un tercero no significa solidarizarse o como decía, empatizar con él, significa simplemente conocer (con mayor o menor profusión) algunos de los mecanismos o variables que intervienen y afectan al sujeto para decantar una determinada actitud y ello, fundamentalmente se hace por pensar que uno ha vivido una experiencia semejante que puede recrear hasta simularla. Bien pues algo así, nada menos que mueve el mundo en grandes escalas, las de la masa que se dirige al unísono en unas direcciones u otros siguiendo a sus grupos de características "similares" que nos confieren familiaridad, cercanía e identificación.

El problema suele sobrevenir porque la versión de la frase que reúne a más gente en su derredor cambia un poquito, pero agrupa a la gente muy eficientemente en razón al motivo principal capaz de aglutinarla de manera que en vez de unirse para comprender la posición del otro, se reúnen para que los otros comprendan mi o nuestra posición. Pero eso no es todo, hasta puede darse la paradoja de que se movilice gente defendiendo que, para comprender la posición de otros, "los otros" deben comprender la posición de uno o nosotros siendo los primeros incapaces de comprender a "los otros" y por tanto seleccionando o distinguiendo a los que pueden ser objetos de comprensión y a los que no. ¿Resultado? Grupos que creen que comprenden algo de lo que no comprenden nada.Y es que la comprensión nada tiene que ver con la solidaridad que es un pellizco superficial de una experiencia parecida que nos lleva a unirnos con el solidarizado y que actúa como mera trasposición de la propia persona, tan egoísta e interesada como la que más. La comprensión, desgraciadamente para muchos, es una retahila de variables bastante extensa que lleva nada menos que a descartar a todas esas personas que pretenden que los demás piensen o actúen como ellos mismos porque ellos creen o sienten que eso es lo correcto desde su universo cognitivo. Desde esa premisa se producen los juicios morales de unos hacia otros que se creen mejores. ¿Qué hacemos? ¿Descartamos a más de media humanidad?

Nos pasamos días contemplando lo que parece un mecanismo repetido, cual el eco, de actitudes humanas reflejo de tantas otras repetidas a lo largo de la historia de la humanidad creyendo que somos únicos y nuestras proclamas son bastiones de justicia avaladas por esa masa, que al igual que nosotros, reproduce miméticamente los gestos y las palabras sin solución de continuidad.Y es que, por muchas personas que hayan capaces de comprender la posición del otro, siempre habrán muchas más que primen la comprensión de uno, porque el asunto no deja de ser una entelequia: ¿Pretendo yo que se comprenda mi posición de comprender la posición de los demás? Pues definitivamente sí, pero a diferencia de otras versiones que estipulan cortapisas a la comprensión, yo propugno la comprensión de todos con sus especificidades ..pssst, !Para el carro Manolo! Ya sé que eso no es posible, soy consciente de la utopía, pero dicha utopía no lo es, es una vara de medir en un continuo. Es la referencia para medir el estado de "salud" humana de una civilización, con una tendencia global de pocos, poquísimos grupos (que abarcan media humanidad) decididos a defender con uñas y dientes (y otras cosas que hacen más daño) la idea de ser comprendidos por los otros o fenecer en el intento o mejor expresado: que los otros comprendan sí o sí nuestra visión. Un puñetero oxímoron. (Pensaba que nunca pronunciaría la pedante palabreja)

El caso es que, nos guste o no, las habas están contadas de antemano, cuando salimos al mundo y en eso de comprender a unos y otros, nuestro cerebro y cómo está estructurado tiene mucho que decir. En lo que solemos ser iguales es en la tendencia a defender lo que seamos, mejor o peor, y por ello poco va a importar que sea de un modo u otro, el valor es la propia defensa o mantenimiento de nuestro equilibrio, aunque sea desequilibrado, para poder dar la cara al de enfrente. Por ello siempre es más importante el valor cuantitativo que el cualitativo, de cuántas personas dispongo, cuál es mi ejército, la gente que defiende lo mismo que yo, aunque bien es cierto que en contadas excepciones, pocos han sido capaces de vencer a muchos y quizás no hayan sido excepciones. Eso nos lleva a esa palabra hiper pronunciada en nuestros días, empatía, y que a veces incluso se trata en un plano de igualdad con la solidaridad con la que podemos autocondecorarnos con atribuciones de las que a veces ni nos acercamos. Eso de ponerse en la situación del otro pinta muy bien, pero en la práctica suele ser bajo "nuestras condiciones", unas condiciones que de no cumplirse, tal identificación con el otro desaparecería, de modo que no es empatía.

Ahora describamos situaciones hipotéticas. Pensemos que existe gente capaz de comprender al otro y gente que no. En este mundo cada vez más competitivo, las personas que han dispuesto de ese algo diferenciado han escalado más rápidamente al poder y suele ser motivados por déficits, más que por situaciones de equilibrio: el que necesita demostrarse algo sin límite ya nos explica que necesita colmar algo como una pulsión y no como un objeto natural vendido como una meta. Los extremos, sean vendibles como positivos en nuestra sociedad o no, siempre explican un desfase que no se nutre precisamente de un origen positivo o incluso sano. En ese curso, las personas que circulamos sobre raíles, las que no alteramos el camino más que para quejarnos cuando nos pisan, somos mayoría, y una mayoría pendiente de que alguien nos haga sentir la sensación de descarrilar y vivir la experiencia. Pero eso es ni más ni menos que una sensación, un subidón de adrenalina o de cualquier hormona capaz de insuflarnos placer como una zanahoria colgada de un hilo cuya mano sabe que iremos detrás de la misma. En este punto es donde conectamos la comprensión y la empatía con sus antagonistas: los extrovertidos y hasta despreocupados optimistas que viven y perviven para el placer, siendo muchos afectos a la sobrecapacidad intelectual, y no es broma, que pueden focalizar su atención sin esfuerzo en variables contadas pero con extraordinaria eficacia, personas eficientes que desdeñan preocupaciones y acogen consignas bellas que proclaman un mundo mejor para todos menos para los que ponen palos en las ruedas complicándolo todo. Esas personas potencialmente neuróticas, y latentemente deprimidas que ponen pegas a las cosas y que desgraciadamente, en unión a la causalidad física y psicológica, son las únicas capaces de comprender a las demás. Las que calibran variables ignotas para el resto, las que pueden mover unos hilos que los otros nunca verán. Esos que no aprobaban los cursos pero que han llegado a lugares que no se conocen porque están detrás de los académicos superdotados que dicen lo que piensan que deben de decir en atención a la satisfacción de su orgullo personal que tanto les halaga y les motiva en sus vidas.

El mecanismo de un argumento, de una ideología, no es más que una estructura lógico matemática
que toma a la causalidad como catalizador fundamental y que sólo el factor temporal suerte puede alterar como variable desconocida.

¿Comprender a los demás? Bah. ¡Marchando otro programa de debate! ¡Que la rueda siga girando!