jueves, abril 23, 2015

Paranoya nacionalista

Si nos molestáramos en buscar titulares con palabras de líderes nacionalistas, comprobaríamos que existe un buen número en ellas que contiernen la palabra "ataque" o "defensa". Ya sea en el modo: "nos están atacando" o "debemos defendernos o defender", muchos de los alegatos y discursos nacionalistas viven y perviven con la necesidad de proferir la sensación de continua confrontación entre dos bandos.

Uno de los elementos que mejor dispersan la razón y sobre todo la sensatez, es la sentimentalidad, y cuando más desbordada mejor. De lo contrario, ya sólo por el hecho de constatar tanto "ataque y defensa" en una democracia, los más lúcidos verían que algo no acaba de cuadrar del todo, pero lejos de eso, lo común es que la visceralidad resultado de sentirse "atacado" active ese sistema de defensa que todos desplegamos de un modo u otro en la creencia de que si no nos quieren o más bien nos odian, lo mejor será plantar cara al enemigo y luchar.

La gente que sufre trastorno paranoide suele ver intenciones aviesas en todo lo que les rodea, sospechan que las intenciones de sus vecinos son malas y que cuando algo está en contra de nosotros, mejor atacar antes de que te ataquen como sistema de defensa. Ello siempre lleva a una mala solución ya que del germen de sospecha negativa que se inocula en la mente del trastornado se conducen acciones ciertamente hostiles o al menos con un nivel de alerta tal dirigido a tratar de calmar los prejuicios originados por ese temor. Desde ese punto, si no se detiene pronto la desconfianza promoviendo la animadversión, los acontecimientos sufren una escalada inevitable que llevará a las personas no paranoicas a reaccionar ante los ataques de los que dicen que "se defienden" de ellos, y desde ese punto al conflicto.

Tampoco existe originalidad en el recurso paranoide. Muchos sistemas y regímenes a lo largo de la historia lo emplean y han empleado para arengar a sus ciudadanos a activar justamente ese nivel de alerta, prejuicios y hostilidad hacia el que será enemigo objetivo del país. Plantar una cizaña es tan fácil como tirar una cerilla y prender un bosque lleno de matorrales y ramas secas en agosto. A fin de cuentas, superado el germen de quien acusó a otros de un agravio, la sucesión de respuestas hará el resto y dará razones variadas a cada cual en su bando y desde ahí, la escalada de emoción hará el resto.

Este "modelo" de gobierno es ya una garantía de cohesión de masas que se ha demostrado útil entre los que pretenden un objetivo concreto de dominio y poder y pese a ser conocido sigue tan vigente como la naturaleza humana.

miércoles, abril 15, 2015

La "estelada" de Rajoy

Si a día de hoy en España existe un símbolo que representa la división entre los que piensan de una manera y de otra, ese no es más que la estelada. Un sucedáneo voluntarista de quienes tratan de imponer su visión de las cosas a una población que portaba con naturalidad su bandera o su logo sin esa estrella de la ruptura que da nombre al harapo.

Bien, Mariano Rajoy merece su propia estelada. Ha llegado al PP y lo ha convertido en su PCD, su "partido de centro reformista", que propugna reformas de todo corte para estimular el crecimiento económico y una moderación de los principios populares tradicionales hasta llegar al relativismo moral con objeto de que la discrepancia con la Izquierda no suponga un obstáculo a sus objetivos primordiales. Mariano Rajoy propugna un partido práctico en el que los principios resultan un estorbo para sus propios principios..."líquidos".

Suponiendo buena fe para todos los partidos, lo que en algunos casos es mucho suponer, se podría pensar que todos pretenden un bien para los ciudadanos y las diferencias radican en el modo de intentar alcanzar el bienestar. Esas diferencias de actuación se sustentan a su vez en unos supuestos principios originalmente trazados en su génesis que la realidad puede erosionar o subvertir, pero que se sigue suponiendo que fundamentan la acción y objetivos del partido. Es cierto que el PP aglutinaba desde el Centro a la Derecha a un sector muy amplio con diferentes sensibilidades ya que no ha existido alternativa no nacionalista que esgrimiera valores semejantes, pero también es cierto que no habían existido grandes discrepancias internas de orden moral hasta la llegada de Mariano Rajoy y Brey. El PP podría explicarse sucintamente por dos sectores: uno liberal al uso y otro conservador o tradicionalista. Se podía dar armonía en la convivencia en tanto que la preocupación de ambos era muy coincidente en las cuestiones económicas y de gestión de recursos públicos y de la idea de Estado; mientras que por otro lado se asumía como endémicas y consustanciales a un sector de la sociedad española, la existencia de unos principios de fundamentación cristiana que cada sensibilidad dentro del partido podía seguir o no, pero que lejos de provocar un escollo, se configuraba como impronta natural del partido de las gaviotas.

Se puede decir que la construcción de un partido debe cimentarse en unos principios sólidos que den fundamento a las decisiones y acciones que tomarán sus dirigentes. En el instante que dichos principios constituyen un problema, ese partido habrá mostrado signos de incoherencia con la razón de su propia existencia. Puede explicarse como un comparador de principios: en un extremo se coloca un supuesto derecho, principio o decisión y en el otro su contrario y se colocan en la balanza del escrutinio. Hay que determinar el peso de las razones esgrimidas para vulnerar o infringir el derecho, principio o decisión con objeto de valorar justamente qué principios pretenderá seguir el partido. Si ante un principio como la vida se contrapone otro como la idoneidad o el consenso con fuerzas antagónicas ideológicamente, desnaturalizamos ese principio fundamental por someterlo a un trueque en el que actúa como moneda de cambio de otra decisión o actuación que se considera más importante, pero que viene fundamentada por principios "líquidos", es decir, vacuos y asumibles por otras fuerzas en tanto son de gestión administrativa y no suponen un compromiso de calado moral y líquidos literalmente en razón a decisiones de corte económico.

Desde ese punto, el partido ha roto la armonía entre los dos sectores y su líder ha propugnado su independencia de una parte de su propio partido que será directamente proporcional a los argumentos vacuos que explique como excusa: consenso, futura derogación, estabilidad, etc.

Mariano Rajoy merece por derecho propio portar su propio símbolo del PP. La bandera que actúa como una gráfica de los votos que perderá entre sus votantes tradicionalistas y los que dejará de captar entre quienes como él asumen un tono "práctico" en política sin principios sólidos y que por tanto podrían votar indistintamente al PP o a Ciudadanos. Es posible que en otra coyuntura, la decisión de Rajoy de repudiar a parte de su electorado le hubiera podido granjear simpatías de parte del sector moderado de la Izquierda que puede plantearse llegar a votarle y con ello aumentar sus posibilidades por la Izquierda, pero en un momento en el que Ciudadanos y Podemos están recogiendo el relevo de los partidos tradicionales, ni ese puede llegar a constituirse en un argumento para defender a Rajoy. La metedura de pata es importante, entre otras cosas porque no es error, es decisión meditada e interesada y que toma un cauce de obstinación cuando para evitar sus consecuencias se aduce "el caos o yo". Sin saberlo, Mariano Rajoy ha creado el caos por fundamentar sus reformas en principios líquidos, es decir, por no tener principios y sancionar solemnemente los de Rodríguez Zapatero.

domingo, abril 05, 2015

Supremacía moral y presión social

Todo movimiento ideológico que se precie, busca conseguir las dos consideraciones del título de este escrito. Y ambas caminan inexorablemente unidas y en orden; para lograr una sociedad capaz de presionar a sus pares, debe existir una convicción lo suficientemente fuerte, capaz de dotar a los ciudadanos de una supuesta autoridad moral con la que "juzgar" al resto, asumiendo con ello que cada uno puede llegar a creerse juez. Jueces que por otra parte, basan su autoridad en tenerse como respetables cumplidores de las reglas socialmente estipuladas.

Es posible que tras leer el primer párrafo se asuma un tono peyorativo en los requisitos descritos. Eso puede deberse a la sensibilización de ser parte justamente de un sistema social, el de nuestra España-Europa del siglo XXI, que acepta unos discursos o palabras y rechaza otros. Claro, hablar de "supremacía", "moral", "presión" y "juzgar", no casa para quienes están tan integrados en su sistema que asignan todos sus comportamientos a la expresión de la que creen su libertad sin injerencias o control de terceras personas. Porque hablo de lo que busca un movimiento ideológico, con conocimiento o sin él. Trata de que el mayor número de personas interioricen una forma de pensar común y que en base a ella, realicen sus juicios de valor. La "supremacía" es una preeminencia, un pretendido escalón más alto en la escala moral que los ciudadanos que comulgan con esa idea pasan a adoptar inconscientemente. Un ejemplo nada escandaloso supondría que un ciudadano llamara la atención a otro por tirar papeles al suelo habida cuenta que lo socialmente estipulado como correcto y predominante sería mantener la ciudad limpia a base de civismo. Si el que tirara los papeles al suelo fuera extranjero y normal la acción en su país, su conducta predominante y socialmente aceptada ampararía esa práctica. Cada actitud sería preeminente y normalizada, la supremacía abonaría el "derecho de acción" de unos ciudadanos a llamar la atención, ya fuera con una mirada, con un gesto de desagrado o con un comentario. Eso es lo que ocurre, queramos o no en todas las sociedades. Si en una sociedad las reglas sociales implícitas llevan a lo contrario, a que todos hagan lo que quieran y nadie se inmiscuya en el terreno del otro, al hacerlo se podrá ejercer la presión social reprimiendo o conminando al "represor". El patrón siempre va a existir y los movimientos ideológicos van a buscar instituir uno.

He de reconocer que al escoger "supremacía" lo he hecho adrede, porque la palabra llama la atención y golpea, pero es algo que se busca y se pretende en esta y todas las sociedades, sean o no políticamente correctas. De hecho más justamente en las políticamente correctas.

El advenimiento de esas dos consideraciones es un requisito fundamental e incluso insoslayable que describirá a su sociedad, no por pretender "tener la razón" y demostrar que el "suyo lava más blanco", sino por la calidad de los principios que inspiren los argumentos con los que cohesionar ideológicamente a la sociedad o al menos con los que constituir esa supremacía moral con la que juzgar al resto o sentirse juzgado. Hay que recordar que hablo de un aspecto "social" y por tanto no formal, de modo que las reglas estipuladas o que adquieren estatus de normalidad entre la población pueden ser completamente ajenas a los poderes públicos o mejor dicho: dependientes de los poderes públicos porque interaccionan negativamente con ellos. Un ejemplo: vas a un bar y aparece un político de corte conservador; los tipos de la barra hacen comentarios despectivos y se quejan de lo que ocurre y de que "todos son iguales"; bien, existe un clima de normalidad en el que todos esperan una coincidencia en criticar la situación y verían como anómalo el que uno de los clientes defendiera lo contrario. Otro caso: poner esteladas (banderas independentistas catalanas) en la vía pública y aceptarlas con normalidad, siendo inadmisible o entendiéndose tácitamente inadmisible que lo mismo pudiera suceder con una bandera española.

La presión social acaba ejerciéndose a base de expectativas creadas gracias a los resortes capaces de comunicarlas masivamente. Así, los medios de comunicación ejercen de altavoces de los que plantean el presupuesto supuestamente ideológico (siempre sujeto a discusión), tratando de generar en los ciudadanos una deuda de alguien con ellos, deuda que les confiere la capacidad de exigir la satisfacción de las expectativas creadas o recreadas al tiempo que les proporciona un catalizador de cohesión de grupo: la coincidencia en exigir a terceros la satisfacción de lo que les han dicho pueden y deben exigir, coincidencia que produce la afinidad grupal. Muchos medios pueden comunicar pero solo los que confieren un poder de acción a la población calan como el fuego a la gasolina, y con ello provocar la llama, la emoción/sentimiento de ser o de poder ser acreedor de otros aceptando implícitamente que tenemos razón y somos los buenos.

Y es en ese punto en el que, existiendo una coincidencia grupal azuzada por los medios de comunicación, se asume que la cantidad se equipara a la calidad y con ello a la supremacía moral. Saber que los demás piensan o deberían pensar como tú, hace sentir al individuo que la normalidad es él y que lo que se salga o discrepe de lo que él representa es diferente y por tanto rechazable con la autoridad que le otorga el número de afines. En ese punto todo es tácito y no se requiere una acción expresa o motivada con la que dar razones, la normalidad establece la autoridad para el grupo mayoritario con la que puede juzgar al resto. Y ello aún permite subir la apuesta mucho más y llevar a la prostitución los derechos de las personas utilizándolos como razones con las que justamente vulnerarlos. Porque, como decía, el germen motivador de esa senda es la generación de unas expectativas, pero mucho más concretamente, señalar a quienes no permiten cumplir tales expectativas, de modo que esa sociedad no está abrazando una idea positiva de creación, sino una negativa de destrucción en la que basa su afinidad con el resto en la coincidencia de luchar o eliminar a quien se supone te impide alcanzar tu objetivo. En ese punto, las reglas sociales se pervierten y la supremacía moral con la que concederse autoridad solo sirve para juzgar inquisitorialmente al resto en busca de afines y enemigos. No solo eso, además los afines acogidos a la supremacía moral no necesitan necesariamente cumplir las reglas que ejercen en los demás de presión social porque al ser ellos parte del sector que abandera la supremacía moral, saben que son jueces y parte, de modo que pueden únicamente dedicarse a juzgar a los discrepantes sin la necesidad de mostrar la coherencia con la que se supone se ha abonado esa supremacía moral. Es el instante en el que las normas sociales de grupo que han alcanzado la supremacía se constituyen en normas de aplicación exclusiva a los discrepantes o rivales. Los obligados a cumplir las normas instituidas por el orden hegemónico social resulta que acaban siendo los contrarios a esas normas: en este caso el logro de la supremacía moral ha conformado la soldadesca con la que ejercer la presión social convirtiendo en normal la fiscalización de una prte de la sociedad sobre lo que piensa la otra sin mayor necesidad que sentirse parte de un gran grupo. Voilà!

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Un excéntrico pensador que emplea este blog sin concesiones a la mesura ni a la inteligibilidad