lunes, octubre 26, 2015

El ídolo de barro


Mi reflexión no va a ser demasiado extensa, más bien simple pero estremecedora. Todo el mundo puede ver un video en el que Valentino mira a Márquez, ralentiza algo la marcha, se observa como mueve su pierna y el español cae.

¿Si existe tanta gente dispuesta a justificar esta acción en un deporte de competición en el que ruedan a gran velocidad qué no será capaz de justificar el ser humano por su ídolo o su visión de las cosas?

A mi personalmente no me agrada demasiado Marc Márquez, pese a su corrección fuera de pista, dentro de ella no ha escatimado maneras que podría firmar el propio Vale demostrando que al igual que el italiano estaría dispuesto a todo con tal de ganar. Pero... ¿Acaso importa? La acción de Rossi no tiene justificación ni excusa posible, por ello encuentro tan interesante como preocupante que existan seguidores de lo que ellos consideran motociclismo que defiendan e incluso ataquen al que ha sido víctima de la acción. Como si siguieran a pies juntillas el dictado del italiano repiten sus mismos argumentos y despliegan con la misma falta de contención su odio hacia cualquiera que se atreva a llevarles la contraria.

¿Existe mejor ejemplo de referencia de un personaje deportivo capaz de influir en la población? Población que defendería su independencia de opinión y negaría sin fisuras la posibilidad de ser manipulables.

Si se pudiera hacer un experimento con una situación parecida en la que no existiera implicación emocional alguna con los protagonistas, me atrevo a afirmar sin género de dudas que la sentencia sobre el 46 de Yamaha sería abrumadoramente inmisericorde, y ya no digamos que para colmo se atreviera a acusar al derribado de ser causa de su desgracia y culpable de su posible derrota en el Mundial con algún que otro insulto.

He aquí un buen ejemplo de como puede verse "el mundo al revés" y defenderlo con la misma avidez sino más que los que han visto el video de un derribo de un piloto sobre otro a doscientos y pico km/s por hora sin buscar historias asombrosas y culpables odiados de antemano por una rivalidad supuestamente deportiva. No en vano, si el líder de barro es capaz de dar una patada a un rival para superarlo... ¿Acaso no es lógico que sus seguidores o simpatizantes se vean capaces de justificar cualquier cosa por defenderle? Lo extraño sería que la mayoría de los tifosi del 46 fueran correctos, respetuosos y defensores del deporte en buena lid.

Y es que no estoy hablando de deporte, hablo de naturaleza humana.

jueves, octubre 22, 2015

Los planos relativos y los maximalismos en política

La política envilece todo lo que toca por una sencilla cuestión de interés electoral. Ese interés trunca el juicio de cualquier persona contagiada por su causa. En algunos lo corrompe, en otros lo vela justificando lo indecible por la causa y en algunos más anima a mentir o a no decir la verdad. La política hace difícil por no decir imposible que alguien reconozca las evidencias positivas en un rival ya que ello cuestonaría la necesidad de proponerse como alternativa y, aunque ello se pueda hacer a pequeñas gotas para simular un criterio moderado y cabal, el caso es que no es más que teatro, pues el objetivo permanecerá incólume hacia el triunfo parejo a la derrota del adversario.

El problema está en detectar toda esa parafernalia postiza de halagos, odas y/o críticas según venga el viento, ya que éste puede manifestarse como una brisa suave traicionera o cual huracán interminable que azota implacablemente nuestros arrestos. Está ese viento variable que hace confiarte y a la que te descuidas te cala húmedo, despiadado, y ese crudo soplo gélido y seco que te obliga a resistir lo que ves de frente. Cada clima tiene su estilo particular que acaba acostumbrando a sus destinatarios como una metereología propia a la que te atienes sin esperar sorpresas. Al final, lo importante no es tanto lo que levanta y arrastra el viento sino la manera como lo hace, esa que se te hace familiar tanto con una guerra como con el anuncio del estreno de una obra de teatro. Y es que siempre lo que queda es la comparación, la tendencia del ser humano a establecer comparaciones conscientes e inconscientes con todo en relación a uno y lo que le acompaña, y en ello el peligro es abrazar lo que cree ingenuamente propio y cercano como una referencia al margen del resto y no como un clima más que debe compararse y contrastarse a cada instante. Problema porque lo único propio y cercano de veras es uno mismo y su familia. Uno puede, en condiciones normales, confiar en que uno mismo y los verdaderamente cercanos, harán lo posible sin interés de por medio por lograr nuestro beneficio sin paliativos. Los demás, los que se dicen algo, lo que sea, están a juicio o comprometen nuestro juicio para hacerse sus dueños.

En esa línea de comparación o de merma perceptiva en dilucidar la comparación, un buen criterio a seguir es la variable que se utiliza como referencia para comparar el asunto que se proponga en la cuestión porque ella y solo ella nos mostrará a poco que lo escrutemos, si el interlocutor que nos informa o interpreta, se propone hacernos llegar un juicio cabal y honrado o una diatriba interesada y tendenciosa que bien se propone acreditar lo no acreditable o desacreditar lo acreditado. Y es en ese juego donde la política y por ende los medios de comunicación que la transportan, hallaremos a nobles y taimados para separar a los propios de los fingidos. Antes citaré brevemente los detalles de esa información corrompida por el prejuicio político.

Los titulares suelen ser maximalistas por naturaleza, buscan serlo en su plena expresión hasta el punto a veces de verse replicados en el artículo que les sigue, porque su fin es llamar a la puerta del cerebro de los acostumbrados e incluso conseguir su fin de no acceder al texto y adoptar las conclusiones prejuiciosas que éste pretende. Un titular tira de adjetivos, adverbios, conjunciones, puntuaciones estratégicamente colocadas y lo que haga falta para imprimir en cada neurona una idea que trata de inserirse como una repetitiva plegaria aprendida de memoria.

Otro detalle que explica lo que posiblemente el lector o consumidor ya sabrá y buscará como reflejo condicionado, se refiere a las fotografías de los protagonistas de la información. Como prueba del algodón, la bondad de los rostros o sus inmisericordes planos, actúan casi estadísticamente como test de personalidad de los autores. No tanto cuando existe sobria y equidistante contención o casi naif edulcoración con aisladas licencias a la caricatura, pero con contundencia cuando deliberadamente apreciamos distorsiones y enfatizaciones de todo lo negativo que puede captar un objetivo fotográfico, en esos casos sin duda el medio no hace aprecio del objetivable que se convierte sin quererlo en subjetivable.

Pero volviendo a la palabra, lo que traslada la información del que se tiene por causante, no tanto por acción de causalidad sino por emprendedor de su propia causa a favor o en contra de alguien, el recurso antes mentado fundamental es la comparación. La madre del cordero que relata la vara de medir del juez de turno llamado periodista para conocer si porta la venda en los ojos o trata de instalarla en los ídem de sus consumidores. Y es que la referencia comparativa es el todo en política, es el santo grial de la capacidad de persuasión, o al menos de los que se pertrechan de atajos falaces para hipnotizar a quienes anhelan variables y referencias ficticias con las que ensoñar mundos posibles que la inalterable cotidianidad veta inexorablemente.

Hablando en plata, cuando le dicen que no se ha conseguido algo, ¿Con qué viene a compararse? Cuando se juzga lo que se tiene ¿Con qué se compara? Los que juzgan...¿Han demostrado mayor capacidad en sus empresas para merecer la autoritas de su juicio? Los valores comparados ¿Son realistas y ciertos o aspiraciones asimilables a constructos maravillosos propios de una personalidad anhelante? Hay que desconfiar de los presupuestos maximalistas que pretenden una conclusión inmediata y contundente. En el equilibrio suele hallarse la virtud y es muy posible que todo sea susceptible de mejorarse bastante, pero cuando uno se acerca más a situaciones razonablemente sostenibles que se han demostrado con la práctica de la realidad, los gestos para glosar nuevas soluciones y cambios deben ser más grandilocuentes y teatrales con objeto de motivar a los ansiosos consumidores de una vida mejor de la que tienen. Muchas de las veces el propósito es un objetivo tangible tras una mirilla que busca ser tan focalizado que como la de un rifle de precisión, nos impide observar qué otras realidades existen alrededor y que descontamos por centrarnos en la que inopinadamente nos presentan.

Los datos deben compararse con los anteriores, las situaciones con las cercanas de verdad y no las lejanas, las ofertas deben ser fiscalizadas por quienes son sus proponentes y lo que han conseguido, las negaciones no niegan, solo lo pretenden y no debieran conseguirlo sin argumentos, e incluso éstos debieran pujar con los contrarios. No existen términos absolutos como diálogo, libertad, democracia, todos son relativos a un conjunto de variables que interaccionan entre ellos y resultan en una realidad que no cambiará ni las más bellas letras. Las comparaciones siempre son relativas y cualquier titular que absolutice es un recurso de manipulación. La comparación sensata y honrada es la mayor muestra de respeto y de confianza que uno puede hacer hacia los demás, lo contrario es venta que pretende endosar una estafa como algo positivo. Y hay que fijarse en esa comparación y no en las amables o moderadas frases que la adornen, porque las formas son una estrategia que puede distraer comparaciones endogámicas mentirosas que confieren al consumidor el rango no merecido de magistrado ecuánime que se limita a apoyar al grupo que le han dicho defiende lo propio. Siempre hay que establecer el ratio de verisimilitud de la referencia con la que viene a compararse y su aplicabilidad cierta. Lo contrario es emplear expectativas para rebatir verdades con objeto de dominar almas.

martes, octubre 20, 2015

Patologías, medicina y farmacia

Quién no conoce de primera mano o por algún cercano la frase de un médico que tras visitarle le dice: "tómese un ibuprofeno o un paracetamol o ambos". También es posible y conocido (por casos incluso que han tenido altavoces mediáticos por sufrirlos famosos), escuchar del especialista: "tómese un ansiolítico o un relajante muscular".

La medicina se centra en el tratamiento de patologías agudas o al menos, cuando están en esa fase de alcance que resultan visibles por alguna técnica de diagnóstico, pero así como en determinadas enfermedades su proceso está bastante definido desde la "entrada" en el sistema inmunitario humano, muchas otras, quizás la mayoría, son un enigma para la ciencia moderna. Todas ellas vienen a formar parte del grupo de etiología desconocida. Y claro, si no se conoce el origen, tampoco se puede conocer el instante en el que han abordado nuestro organismo porque los protocolos de diagnóstico médicos solo suelen contemplar precisamente la fase en la que esas patologías comienzan a manifestarse de un modo suficientemente llamativo como para merecer la atención del facultativo de turno. El médico suele dar una respuesta a cortoplazo, una acción - reacción sobre el caso a tratar tomado como un absoluto y no como parte de algo que puede formar parte de un signo de futuro. No existe una medicina de señales leves que pudieran ser analizadas a posteriori para detectar patrones. En un mundo masificado destaca la gravedad comparativa y la prioridad en buena lógica la ocupa el alcance de una enfermedad, pero eso no debería ser obstáculo para fortalecer modos preventivos más eficientes de análisis de patrones que luego pueden devenir en patologías de entidad.

Nuestro sistema está conformado en la manera que vemos y entiendo que es difícil variar lo que es el resultado de avances durante siglos de investigación, pero mucho más cuando la motivación esencial para esa investigación se basa en derrotar a patologías que tienen un desgraciado protagonismo en la vida de las personas. Me explico, nadie en este mundo pondría en discusión que se destinaran recursos para dar con la cura de esa enfermedad, tanto igual del Alzheimer o de la esclerosis múltiple, pero siempre me he preguntado si sería igualmente motivante tratar de activar protocolos muy estrictos de pautas que podrían registrarse años antes de manifestarse ese tipo de patologías para detectar realmente a tiempo el momento de su instauración en nuestros organismos. Soy consciente de que debe ser tremendamente complicado establecer una criba de síntomas que por lo general reciben la respuesta del "ibuprofeno" o el "calmante" de turno, pero no me extrañaría que en un futuro de ciencia ficción, muchas de las enfermedades inabordables o que se investigan en fases avanzadas, pudieran alterar su terreno de batalla a unos estadios más tempranos en los que combatir con un mejor ratio de éxito. Me consta que la genética está en ello, pero sabemos que un condicionante no es necesariamente una causa inexorable. Desconocemos la llave que abre una determinada variable genética que, de no darse, no supondrá en el sujeto manifiesta la patología.

Mi padre murió de cáncer hace ya más de 15 años. Recuerdo el fatídico día, un 1 de agosto, domingo en el que visitó el hospital aquejado de lo que pensaba era un pertinaz lumbago que le impedía marcharse de vacaciones. Se quedó. Pero lo llamativo para mi que siempre he sido muy perceptivo ocurrió unos meses antes. Un día cualquiera mi padre no pudo ir a trabajar porque le subió la fiebre súbitamente, 39 o 40 grados abrasaban el termómetro, pero también sucedió lo contrario, el mercurio descendió hasta los 35 como si su organismo voceara desesperado que alguien no amigo estaba empezando a romper cosas dentro de su cuerpo. El trance duró apenas día y medio y luego como si nada pasara...hasta ese 1 de agosto.

Hablamos de un cáncer. ¿Sabemos situaciones o hechos similares de millares de personas que han sido diagnosticadas de esa patología? ¿Conocemos alteraciones que pasan desapercibidas o se ningunean por parecer poco graves y que pueden ser el primer paso de patologías insidiosas y larvadas que pueden manifestarse meses o años después con virulencia?

Soy consciente de que los intereses creados, tanto de farmacéuticas como de grupos médicos prestarían menor atención a algo que se halla en un primer estadio y en ese instante no parece tan fiero y desafiante que cuando su alternativa es la muerte o un deterioro significativo de nuestro organismo. Ni los médicos podrían ser tan fundamentales en ese escenario ni las farmacéuticas se constituirían en la única opción a la patología. No obstante, en un futuro que parece de ciencia ficción, esos detalles capaces de alterar la dinámica de un organismo que se resuelven con unas pastillas y unas palmaditas en la espalda, podrían ser tratados como los cabalos de Troya que llevarían la guerra de la enfermedad a los cuerpos incautos. Si estableciera un protocolo de fases de avance de patologías las cifraría en cinco, una primera de entrada, otra de asentamiento y desarrrollo, una tercera de manifestación aguda inicial, una cuarta de avance y propagación y la última de imposición sobre el sistema inmune. Normalmente, bajo ese criterio, el cáncer suele ser diagnosticado en la fase tres sobre cinco, y ya no digamos otras patologías neurológicas.

A veces no se trata de mirar muy atentamente a algo, sino buscar en diferentes lugares y con planteamientos distintos.
 


jueves, octubre 15, 2015

El cerebro "ético"




El principio universal del ser humano: “no hacer a los demás lo que no quieres que te hagan a ti” está arraigado en nuestra tendencia natural a conservar la vida y ser conscientes de ello. Esta regla aparece registrada naturalmente en el cerebro como un detector que provoca la emoción automática de agrado al ayudar y repugnancia por dañar. También hace que surjan los sentimientos de compasión, culpa o vergüenza. Se trata de una intuición natural que dice lo que está bien y lo que no. Como afirma el neurocientífico de Harvard Marc Hauser, “el ser humano posee un sentido moral innato”. El segundo paso que realiza el cerebro antes de que tomemos la decisión es más lento. Se trata de analizar y valorar la respuesta con respecto a las convicciones personales. Este paso es imprescindible para poder decidir.  

En principio he querido destacar esta parte del vídeo que me parece muy relevante en la consideración de un cerebro “ético”. Sobre la misma cabe analizar:

- Los dilemas en la vía del tren que se plantean en el vídeo.
- Las decisiones tomadas por personas con lesiones en el nudo de comunicaciones frontal que conecta lo emotivo y lo analítico.
- Las decisiones tomadas por personas “muy utilitaristas” entrenadas en el coste – beneficio.

Las respuestas mayoritarias en los dilemas de la vía del tren parece que vienen a confirmar el presupuesto fundamental de un cerebro “ético” con el que un individuo sano prima el no hacer daño a los demás de un modo que podría definirse como automático o por defecto. Como respuesta a un proceso adaptativo de protección de la propia especie, atentar contra la integridad de un semejante produce una respuesta emocional de displacer. Dicho esto, si analizamos la situación con más detalle, observaremos que la intensidad de ese displacer es modulable hasta tal punto que incluso puede desaparecer en sujetos sin alteraciones en la estructura cerebral. Algo que puede observarse en parte con las personas entrenadas en prevalecer una idea de coste – beneficio.

Y es que tras examinar los dos dilemas planteados en el video, observo que la reacción no es tanto la protección de alguien de la propia especie como un planteamiento general, sino salvaguardar la integridad sentimental del propio individuo que quedaría afectada en caso de agredir a un semejante que se encuentra próximo o con el que se ha producido algún grado de implicación emocional, aunque sea por contacto visual directo. Es decir, la preocupación mayor del sujeto que debe decidir, no es tanto la importancia de la vida del otro sujeto, sino la responsabilidad propia que conllevaría agredir a alguien a quien se tiene tan presente y cercano. Esto queda probado con el segundo dilema en el que, modificando las agujas de la vía, se puede desviar el tren para que, “sacrificando” a una persona puedan salvarse cinco. El resultado vendría a ser el mismo, pero la diferencia sustancial radica en el grado de responsabilidad percibida en el “sacrificio” de una persona que planea entre una y otra acción y que es directamente proporcional a la proximidad y/o implicación con la potencial víctima. En el primer caso, la responsabilidad personal puede quedar diluida si uno no interviene modificando el devenir de lo que parece inexorable, aunque con ello fallezcan cinco personas. Por lo tanto, los sujetos sanos perciben un displacer por sentir una responsabilidad o un “cargo de conciencia” que se hace más patente cuando la intervención es más directa por su parte y no tanto por la preocupación general de proteger a otro miembro de la especie. No en vano, el hecho de mostrar una necesidad de auto protección emocional de lo que podría denominarse “conciencia moral” ante la agresión a un sujeto de la misma especie, sí lleva a presuponer que los seres humanos por defecto tenemos asumido que dañar a un semejante es “malo”.

Para reforzar este planteamiento podríamos poner el ejemplo del experimento de Milgram donde una serie de personas eran capaces de agredir a otra aplicando una descarga eléctrica, a la que no veían pero sí escuchaban justificándose en las órdenes de un tercero con atuendo de doctor que imponía su autoridad. La preocupación de los individuos en el experimento quedaba desplazada y su responsabilidad distraída al disponerse los sujetos experimentales como herramientas de un superior que les dictaba el procedimiento a seguir.

Con ello, podemos inferir que las decisiones más taxativas de un cerebro “ético” se plantean en situaciones simples donde el cerebro es capaz de focalizar dos opciones inmediatas y maximalistas en las que siempre primará el factor de protección de la propia integridad emocional sobre el cálculo de coste – beneficio. Y digo siempre porque también el sujeto sano que está entrenado en el cálculo de coste – beneficio (que tan mal suena) debe primero salvaguardar su estructura emocional para tomar una decisión. La diferencia es la justificación racional que despliega para concluir que su decisión va dirigida a salvaguardar un mayor número de vidas y con ello tranquilizar su conciencia en la disyuntiva. Otra cosa distinta es llevar a la práctica lo que no deja de ser un experimento teórico imposible de plasmar materialmente de forma voluntaria por obvias cuestiones éticas. Los individuos entrenados en el cálculo coste – beneficio suelen despersonalizar las cuestiones, desproveerlas de la carga emocional  para juzgar las conclusiones óptimas para el global de personas. Algo que resultaría del todo imposible (eliminar la carga emocional) si, efectivamente solo tuvieran la opción real de empujar a alguien por un puente y no como respuesta a un test.

Solo los sujetos con un daño en el nudo que conecta las emociones y la racionalidad podrían efectuar sin titubeos la respuesta teórica del test llevada a la práctica, dado que no necesitarían de ninguna justificación o protección de su esquema emocional de responsabilidad o “conciencia moral”. Tanto en primera persona como indirectamente, estos sujetos decidirían en la práctica como un ordenador, dando las respuestas idóneas aritméticamente.

Por tanto, lo que denota el experimento de las vías del tren, es el grado de implicación emocional en la toma de decisiones con alguno de los demás sujetos en la variable y la evitación del  displacer que supone participar siendo causa directa de alguna de las muertes de los demás sujetos. El caso es muy interesante ya que centra la diana de la motivación de decisión en la autoprotección emocional, más que en un criterio innato de salvaguarda de la propia especie. Es cierto que lo uno lleva implícitamente a lo otro, pero siempre a través de la propia supervivencia y homeostasis como requisito inicial de protección.

Otra cosa, que también es posible, es que existiera algún sujeto que en la práctica fuera capaz de inmolarse y lanzarse, él o ella, por el puente para evitar la muerte de las cinco, pero eso sería muchísimo más probable si el sujeto obligado a tomar la decisión mantuviera un fuerte nexo emocional con alguno o todos entre las cinco personas potenciales víctimas. En ese caso también vendría a reforzarse la idea de autoprotección del sistema emocional, ya que podría resultar del todo insoportable para dicho sujeto, aceptar el fallecimiento de las cinco (imaginemos que son familia directa) y preferiría no vivir semejante angustia.

Con este planteamiento, estoy poniendo en cuestión el constructo “no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti” como algo automático en el cerebro denominado en el video “ético”, y sí un sistema de autoprotección emocional que trata de eludir la responsabilidad de cargar con la muerte de semejantes y que se modula con mucha mayor intensidad cuando las potenciales víctimas son próximas o tienen algún vínculo o implicación emocional con el sujeto que decide.  Esa capacidad de modulación en relación a la protección de la propia estructura emocional lleva a dar explicación a muchas actitudes objetivamente perjudiciales para el ser humano que se superan por una justificación cognitiva determinada y de las que todos los seres humanos son susceptibles en mayor o menor grado. En esa idea de modulación de la intensidad emocional, en cada persona cabe un espacio para el cálculo coste – beneficio, pero dicho cálculo no es necesariamente negativo y la respuesta emocional positiva. Pueden existir casos justamente a la inversa, donde la presión emocional intensa lleva a los sujetos a decidir acciones perjudiciales donde el cálculo coste – beneficio las evitaría. De hecho, se recomienda siempre que se realicen juicios de valor cuando existe un equilibrio entre el factor emocional y el cognitivo y no desborde el uno sobre el otro, algo que dependiendo de las estructuras cerebrales de los sujetos puede diferir entre casos.

El problema siempre viene dado por la primacía de un estado sobre el otro y no de un equilibrio entre ambos, problema que se enquista y crece por la empatía afín entre los que pregonan uno y otro modo de arrojar respuestas. Y es muy serio cuando existen extremos en la primacía, tanto del factor emocional, como de la ausencia de éste: una lleva al fanatismo y el otro al utilitarismo más extremo para la satisfacción del líder. Pero incluso como explicaba, ya entre las personas “normales”, cabe la justificación para la propia exoneración de responsabilidad emocional en la toma de decisiones, ya sea por juzgar a otros y distraer la propia o porque se expone una distorsión de las variables a alcanzar que supera con creces las demás consideraciones que valora el cerebro conminándole a escoger una.

Destaco la importancia del tema por abrir muchísimas posibilidades de análisis en relación a las repuestas-tipo humanas con un trasfondo moral. Sobre todo en casos de sociedades, como por ejemplo la germana de los años 30-40 liderada por Hitler, donde individuos sanos y capaces intelectualmente homologables a otras sociedades occidentales eran capaces de tolerar e incluso participar en el exterminio de una parte de la población por cuestión de religión o etnia. La graduación de la implicación emocional de los sujetos con sus potenciales víctimas son desde mi punto de vista la clave que explica sus posteriores actuaciones en un contexto que denota la capacidad del ser humano a ser manipulado. Así, los dos dilemas de las vías del tren planteados en el video muestran la diferencia entre una rápida respuesta emocional cuando la implicación con el sujeto "sacrificable" subyace con fuerza y la entrada de una posición de cálculo coste-beneficio cuando el sujeto "sacrificable" no resulta tan próximo o existe implicación con él. Eso me permite inferir sobre estrategias de manipulación sentimental modulando los dos extremos a voluntad: 1) En el que se centra una información sobre la multitud buscando su implicación sentimental con el sujeto o sujetos para que que en la comparación con otras cuestiones en las que no existe la misma implicación emocional se escoja la que arteramente se ha pretendido inducir. 2) Efectuando lo contrario, despersonalizando situaciones sobre seres humanos buscando medidas utilitaristas que tiendan a tratar a las personas como cifras con las que poder operar eficientemente en beneficio de un líder y no de las personas. Tanto la emoción como el cálculo coste - beneficio deben ir dirigidos a una mejora objetiva que produzca efectos tangibles positivos para las personas, porque si es al contrario, el uso de técnicas emocionales de manipulación solo estarán orientadas a un fin interesado del que las origina. En todos los casos, de no existir una referencia cognitiva que actúe como contrapeso, lo que denominamos principios (y ni aun así) seremos más susceptibles de quedar expuestos al control interesado de los manipuladores emocionales permaneciendo convencidos de que nuestra causa es la correcta y nuestras conductas avaladas por el grupo.


jueves, octubre 08, 2015

El centro democrático español

Si ahora mismo consultaran a los líderes de tres de los principales partidos políticos españoles: PP, PSOE y Ciudadanos, todos especificarían que pertenecen al centro. Por la derecha, por la izquierda o en el mismo centro, pero... ¿Se traslada esa denominación - eslogan a la práctica?

A mi la palabra en cuestión me parece un recurso estadístico con el que concentrar la moda el valor con una mayor frecuencia en una distribución de datos) del electorado. Si te escoras a cada extremo simplemente nombrando Izquierda o Derecha, con razón o sin ella, las personas que se dicen afectas a las dos restantes, te asociarán con radicalismo.

No en vano, es cierto que sería injusto realizar el mismo juicio de valor sobre PP o PSOE que con Ciudadanos, el cual todavía tiene pendiente un buen examen en Elecciones Generales. Tanto los "ex" de Psoe como del PP que se han unido a la causa de Albert Rivera tendrán unas tendencias y simpatías que en algunos casos se atisban a la hora de hacer pactos en sus respectivas CCAA, pero de lo que no hay duda es que su líder ha manifestado por activa y por pasiva su no voluntad de promover un clásico frentismo basado en recurrentes prejuicios avivados por el interés electoral.

La palabra centro es a la vez simple, por poder escogerse a la ligera para parecer lo que uno no es y con ello abarcar un mayor porcentaje de voto, pero a la vez compleja, porque habla de unos principios necesariamente tibios en algunas cuestiones superados no obstante por uno poderoso, que es la voluntad de llegar a acuerdos por un fin mayor. Y es en esta cuestión en la que debemos saber si vendemos un producto cierto y real o existen los que están tratando de timar al electorado colocándoles una etiqueta que en la práctica queda en nada. Si tenemos un partido que dice ser de centro izquierda, otro de centro y uno más de centro derecha, el sentido común nos permitiría estar de enhorabuena en caso de un resultado electoral igualado, porque casi automáticamente los que se dicen de ese espacio se esmerarían a pactar con su lado más centrado antes que con su perfil más extremo. Decir que uno es de centro pero pactar con los que llevan exclusivamente la otra denominación en sus siglas es sencillamente mentir. Es por ello que el primer compromiso de un partido político, antes incluso que su programa electoral, es el que da nombre o describe al mismo.

De lo contrario, por favor, eliminen su denominación de "centro" de sus mítines, eslóganes y peroratas mediáticas.

España debe madurar como democracia y no lo podrá hacer hasta que no demuestre ser una sociedad moderada en las formas, con independencia de que existan unos principios de fondo que esas formas no pueden vulnerar. Los partidos que se dicen de centro deben ser equidistantes con los de los extremos, con ambos y no únicamente con los de "ese otro arco ideológico", y ese extremismo no se contiene únicamente en el nombre, sino en los programas electorales y en las actitudes demostrables con voluntad de romper, de combatir y de destruir más que de unir y fortalecer un país. Porque lo contrario, atender exclusivamente a la denominación o a la mera discrepancia de ideas sería un simple prejuicio esclavo de la ideología hegemónica predominante o algo peor, un tic autoritario vendido como democrático. Los prejuicios avivados por electoralismo dan rédito, pero el momento actual requiere a personas que, sean de una ideología u otra, deben ser capaces de asumir un compromiso de honestidad que comienza con lo que dicen que son y termina demostrándolo de facto.

Si se desea recibir el beneficio que comporta adjudicarse una denominación, lo justo sería que cuanto menos, se devuelva ese beneficio a la población ejerciendo esa centralidad que convoca a más personas que cada uno de sus extremos. Lo menos que se puede exigir a un político es que sea consecuente con lo que nos dice a los ciudadanos y no que pueda desdecirse en función de la coyuntura. Mucho más cuando en la actualidad esa coyuntura puede manejarse mediante resortes de comunicación de masas que predican políticas de hechos consumados que exoneran de responsabilidad a sus líderes y electorado justificándose en el necesario combate contra el enemigo objetivo de turno.

El requisito fundamental para formar un partido político, ya no de centro, sino centrado, debería ser el destierro de los demonios políticos entre quienes lanzan sus propuestas ciñéndose a la Democracia y asumiendo las reglas que ésta tiene. Los que objetivamente manifiesten su voluntad de destruir el sistema, quizás no el mejor pero sí el menos malo que nos hemos dado los españoles, deberían ser tachados sin atisbo de duda, como radicales, como extremistas. Simple. De la propiedad del lenguaje a la honradez en la política.

Ahora que tanto se habla de cambiar la Constitución, el cambio fundamental que necesita nuestro país es comprobar cómo los partidos que se dicen de centro, en caso de incertidumbre electoral, serán capaces de unirse por un fin más elevado y sacar adelante la asignatura pendiente que parece acompañarnos generación tras generación. Hasta entonces, España no será una democracia consolidada por muchas veces que los partidos se empeñen en designarse como de centro.

lunes, octubre 05, 2015

Si no hay con quien comparar...

Parece ya inevitable que Mariano Rajoy, cual Artur Mas de turno, desea darse un homenaje sí o sí en las próximas elecciones generales. Poco importará el resultado, lo fundamental es que ejerza su "derecho" a presentarse porque él lo vale y lo merece. Algo a buen seguro indiscutible en los mares de su materia gris. Eso sucede en nuestra querida España donde las decisiones afectas al supuesto interés general no son tanto objetivamente lógicas sino subjetivamente deseables. A ver, tampoco nos vamos a engañar, el anhelo de poder no es exclusivo de los ibéricos, en todos los lugares quien más quien menos, emplean todos los recursos a su alcance para mandar más que nadie. Quizás la diferencia en otros lares que suelen ponerse como ejemplo en otras cosas radique en los contrapesos dispuestos ante esa decisión puramente subjetiva impuesta por el deseo del líder.

Que yo sepa, quien más ganas tiene de ser el candidato es el propio Rajoy y desde él, las ganas son proporcionales (siempre desde el plano subjetivo de cada uno de sus individuos) al trozo de tarta de poder tangible que tenga el político popular de turno. ¿Que voy el 3º de la lista? Rajoy a muerte ¿El 50º? También. Y desde esos cargos y "carguillos" se despliega la influencia que cada uno de ellos puedan tener sobre su entorno. Nada nuevo.

Pero se imaginan que, como en otros lugares, ¿Se toman en consideración las encuestas y se ofrece al mejor candidato posible? Una especie de optimización de los recursos para no tener que correr los cien metros sabiendo que no tiene cojera y algo de lumbalgia. No, no, no. Lo importante es que Don Mariano Rajoy y Brey considera que merece su oportunidad después de rescatar a España. Sobre esa cuestión pueden existir discrepancias. Conmigo no. En el aspecto económico, que era el más importante cuando un país está a punto de quebrar, se ha hecho, de razonablemente bien a muy bien considerando la realidad y el pesimismo imperante. Si a uno le da por comparar en plan político populista de turno, las alternativas a las políticas de Rajoy nos hubieran dado más empleo con sueldos más altos y tres puntos porcentuales de mejora anatómica, amén de felicidad espiritual y hermanamiento patrio al regazo de los actores y referentes culturales del entrañable cordón sanitario.

Le doy las gracias por ello señor Rajoy, pero ¿Debo pagarle de alguna manera el cumplimiento de su deber? ¿Debo supeditar lo que pienso es el interes de mi país a su reconocimiento?

De lo que no hay duda es que si no tiene un rival dentro del partido con el que pueda compararse, sus resultados serán los del Partido Popular y no los de Rajoy, dando por hecho que los problemas o son de comunicación, o que han cometido errores en ésto u lo otro, pero ejerciendo de juez y parte en la valoración. Y claro, no va usted a decir: el problema es el candidato. Y mucho menos por España y la catástrofe que tenemos delante de nuestras narices con el Independentismo desafiante y estratégico más una Izquierda cada vez más radicalizada y populista. No, lo importante es que usted considere que se han hecho las cosas "razonablemente bien" y dando unos toques aquí y otros allá en la campaña de comunicación, acabarán salvando los muebles....o no.

Después del 20 de diciembre, cuando usted reciba el resultado electoral podrá brindar por su oportunidad que tan cara nos va a salir a todos los españoles. Los que le apoyan y los que le odian. "Yo contra el caos" vende en la lógica de que es usted la única alternativa entre los populares. Parece que todavía arrastramos las secuelas del 14-m en las que ha podido verse tentado a atribuir una buena parte de su pobre resultado a las consecuencias del terrible atentado perpetrado días antes. Quizás no. Lo que sí es cierto es que en 2011 Rubalcaba tenía peor prensa que nadie y la Izquierda estaba profundamente malherida. Algo que no solo ha cambiado, sino que parece afectar al PP que sufre una profunda grieta "ciudadana". No obstante, quiero felicitarle porque tras su resultado no solo podrá tratar de ejercer su "consenso", sino que no le quedará alternativa. Aunque dudo que nadie quiera consensuar con usted cuando la Izquierda puede consensuar entre los suyos sin preocuparse un ápice por lo que usted pretenda.

Usted ha perdido la bolsa de voto del sector tradicional que votaba al PP contra viento y marea y por el contrario, pugna con Rivera por la bolsa de voto más flexible en principios que valora más la gestión y otras consideraciones más líquidas. Pero Rivera es más coherente que usted y su consenso es su marca desde el principio. Rivera es mucho más atractivo que usted y Ciudadanos ya ha demostrado experiencia en nuestro territorio de modo que, sin darse cuenta, en cierto modo sí que tiene un candidato alternativo, quizás no dentro del PP, pero sí en su apuesta de centro reformista. Apuesta que le lleva directamente al mismo espacio que Ciudadanos. ¿Competir con ellos apareciendo activamente en las redes sociales? ¿Vendiendo los logros? Nada le servirá, el problema es usted.

Y es que es inexorablemente cierto que existe gente como Manuel Pizarro o Mayor Oreja que ya no pertenecen a su PP y muchos otros que como ellos, o están en el exilio, o resisten numantinamente el vacuo halo de su consenso tancredista. La gente que arrastra a multitudes por lo general es la gente convencida de sus principios, que tiene y demuestra personalidad y no se arruga defendiéndola con moderación y respeto, pero con firmeza. La moderación siempre debe ser en las formas, cuando lo es en el fondo, hablamos de tibieza o mojigatería. Usted ha convertido a personas como las citadas en la extrema derecha o en fachas directamente porque ya hasta para el PP oficial resulta extraño defender valores cristianos o principios "consensuables" cuando el mayor objeto de venta es la mejora de la economía. El PP de Rajoy no tiene personalidad y una marca claramente identificable y va dando tumbos erráticamente a la búsqueda de lo que ya no tiene. Y es que siempre la clave son las personas, poco importa que lo haga razonablemente bien, usted ha perdido la confianza de un sector importante del electorado popular y parece que no quiere verlo.

Usted no se siente "discutido". Por ello, disfrute de su derecho a presentarse a las elecciones generales. A fin de cuentas no tiene a nadie en su partido con quien compararse.



Datos personales

Un excéntrico pensador que emplea este blog sin concesiones a la mesura ni a la inteligibilidad